Estúpida manía circular

Fotografía Jeanloup Sieff

«A ti

Sueño desnudo

Abierto tras la ventana

A ti

Mi flor primera

De estío en la madrugada

A ti

Mi memorable cuerpo

De arena y campanas Recordándote…»

Luis Eduardo Aute

Para ti mujer, en el rito diario de contemplar tu espuma

Te escribo una vez más sin esperanza. Estoy apurando cada uno de los granos de arena en los que se han convertido los minutos de mi vida, y el aire exacto que va quedando entre ellos, para que por fin dejen de ser una espera. Para que esta muda cadena de sueño y engaño, para que esta grieta del tiempo pasado no se cierre en falso. Porque ya no sé si quiero seguir viviendo esta breve comedia bajo el latido del último acto, todavía sintiendo ese ruido de brasas en mis venas que poco a poco va enfriándose a fuerza de tanto morir cotidiano, en este quieto camino de huellas resecas que van quemándose en cada paso que doy. Y quisiera beberme de un trago la fuerza tenue que apenas me sigue alimentando de viejas quimeras. Porque debes saber, que ya nada es nuestro, tuyo y mío, ni ese miedo de perderte ni aquel beso ambiguo que creíamos valiente. Nada es nuestro, ni el silencio ya indeleble que nos une en este rito de agujeros y cipreses. Y cuando recuerdo tu imagen desnuda en la noche vacía, tu cuerpo sin peso se abre y yo abrazo mi propia mentira. Y mi sangre vuelve a reanudarse pensando en la carne dormida y mis dedos aprietan amantes un hondo temblar de caricias.

Y dentro, vuelvo a quemarme por ti, a verterme sin ti, y entonces vuelve a nacer otra vez ese muerto en que me he convertido. Y ya no me acuerdo de aquel momento en que tu mano ahuyentó soledades tomando tu forma precisa y aquella piel que se hundía en mi aire, es hoy solo un temblor de cenizas. Y un quieto cansancio me esparce esa imagen tuya que se borra enseguida y me llena una ausencia de hambre que añora el dulce calor de tu saliva. Y ya no sé que es la palabra amor a fuerza de repetirla mil veces como una letanía. Amor. Te digo esta palabra que se me hace vacía, y a fuerza de nombrarla, no sé qué significa. Y no sé por qué he de pronunciarla sintiendo esta agonía si no me dice nada. Y ya no sé si la digo por rutina, o es que esa enfebrecida magia que arde en tus pupilas es la que me arranca esa palabra. Si ya no sé decirla. Y entonces cuando un hilo de fuego aparece en mis sienes y rompiendo mis venas desciende, quisiera matar este amor en lecho de amor y de muerte. Y enciendo un cigarro y la mente se llena de silencio y de ceniza y recuerdo dos cuerpos domados reteniendo el peso ancestral de la nieve intentando matar al amor en lecho de amor y de muerte. Entonces la penumbra se apodera de mi carne inerte, estoy despierto de cuerpo presente en un lecho con forma de puente que va del amor a la muerte. Y vuelvo a mirar el reloj para ver que los segundos siguen latiendo en una estúpida manía circular. En el hueco sucio del espejo, un rostro exhausto me consuela con un gesto familiar.

Junto a tu fotografía se amontonan las colillas en el cenicero virtual de mi cerebro. Y me gustaría preguntarte si todavía huele a besos la almohada donde aquella tarde dejé mis sueños de algodón y celofán. Y si alguna noche has vuelto a releer el libro de poemas que te escribí en un arrebato de infección sentimental. Ahora una fina lluvia va rompiendo en los cristales largas lágrimas que ya empiezo a tutear. Y recuerdo la última vez que te vi cruzar aquella plaza con tus zapatos calzando pasos en el aire que ahora el silencio me obliga a escuchar. Eran tiempos en que una mirada tuya me bastaba para encontrar una palabra. Eran noches de vibrar entre lágrimas insomnes mojando mi cara como se mojan los besos con el dolor lacerante de las últimas mentiras, pero aun a pesar de eso, siempre amándote. Y al amanecer muerdo la luz prohibida sobre tu barro entrañable, barro divino y pagano, sacro demonio de carne. Templo de lúdicos ritos, solo me quedan altares para adorar tus pecados de paraísos mortales. Cuando llegue la noche, pondré soles en tus ojos y el latido de mis labios cuando tiemble tu mirada a lo largo del trayecto que tus lágrimas señalan, pondré el aire que respiro encerrado en una jaula construida por tus brazos que son mi única morada y seré como ese polvo que has pisado y aún arrastras. Salgo a la calle y viene un coche pero no lleva tu equipaje, tal vez el tuyo sea el que viene detrás. Y vuelvo a mirar el reloj y los segundos siguen latiendo en la misma y estúpida manía circular.

PD: Olvidé decirte que esta carta la escribí la noche que murió Luis Eduardo mientras escuchaba dos de los discos suyos que más me gustan.

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