Cinco formas de decir adiós a Luis Eduardo Aute

Aute y el perro del dolor

por José Rivero Serrano

Ahora que Dylan, Bob Dylan el maestro y Premio Nobel de Literatura 2016, nos regala con su último trabajo Murder Most Foul, un recitativo de cerca de 17 minutos, donde descarga todas sus obsesiones, perdiciones y mitologías personales, caemos en la cuenta de otras cosas igualmente raras. Como que Luis Eduardo Aute (Manila, 13 de septiembre 1943- Madrid, 4 abril 2020) había acometido un recitativo similar, aunque más corto, como fuera su Aleluya número 1 de 1967, con tres minutos y 38 segundos. Una exageración para las impaciencias de entonces

Ahora que Dylan va desgranando su particular rosario, y empieza a pasar cuentas y recita con voz monótona los nombres de personajes y lugares de su particular mitología (Kennedy, Woodstock, Altamont, los Beatles, la Era de Acuario, el Tío Sam, Scarlett O’Hara, Tommy y la Reina del Ácido, Marilyn Monroe, los Eagles, Oscar Peterson, Stan Getz, Bud Powell, Bugsy, Nat King Cole), podríamos recordar el recitativo de Aute de sentimiento y sensaciones, como si aquello fuera un anticipo de lo que hemos empezado a escuchar en vísperas de su muerte y en pleno destrozo emocional y social de la pandemia del COVID-19.

«Estas son las cosas que me hacen olvidar/Una lágrima en la mano/Un suspiro muy cercano/Una historia que termina/Una piel que no respira/Una nube desgarrada/Una sangre derramada…/ Una madre que amamanta/Tengo seca la garganta/El color de un tiempo abierto/Un mañana siempre incierto/El sudor en una frente/El dolor de aquella gente

Aunque Aute también podría haber realizado su particular recitativo a la manera de Murder Most Foul. Caravana musical de Ángel Álvarez en radio Intercontinental, Elvis Presley, Los Pekenikes, Los Tigres, Los Sonor, servicio militar en Cataluña, amor por la pintura y el viejo cine, viaje a Paris y descubrimiento de las canciones de Jacques Brel y Serge Gainsbourg, primeras canciones como «Rosas en el mar«, paso por la Nueva Canción Castellana, la trilogía de Canciones de amor y de muerte y su película de 2001, «Un perro llamado Dolor«. 

En alguna nota rápida del obituario de Luis Eduardo Aute he podido leer que en 1967 con su primer disco, Diálogos de Rodrigo y Ximena, ya se sintió influido por el primer Bob Dylan; álbum éste que mostraba un cantautor serio e introspectivo –como siempre ha sido– pero también crítico y sarcástico con el mundo que le rodeaba –como no ha dejado de serlo–. Y de allí, de esas influencias rebotadas de poemas y canciones, de pinturas y de películas, saldría la trilogía central de los setenta: Rito (1973), Espuma (1974) y Sarcófago (1974). Para llegar, como llegó a tiempo, a convertirse en un representante de la Nueva Canción Castellana, un joven talento que compartía espacio y visión con el grupo Canción del Pueblo formado por cantautores como Hilario Camacho, Elisa Serna o Adolfo Celdrán.

Aún en esos años procelosos y difíciles tuvo Aute su particular advenimiento al reconocimiento y la popularidad, por más que no lo hubiera buscado ni estuviera entre sus prioridades. Resultando que ese constitucional año de 1978, fue su año clave, al tiempo que misterioso. Ofreció su primer concierto durante un acto del sindicato de la CNT en la ciudad de Albacete y publicó Albanta, su disco más emblemático, donde poetizaba sobre el rayo de esperanza de la nueva España democrática, con la canción Al alba. De forma paralela a como lo había hecho en ese mismo momento Jaume Sisa con su pieza irónico-festiva-melancólica Qualsevol nit pot sortir el sol. Para erigirse Aute y Sisa, Sisa y Aute en referentes imprescindibles de la canción de autor de esos años que transcurrían entre un anochecer y un amanecer.

La última vez que supe de Aute fue en la exposición de Prior en la Galería Fúcares de Almagro de 2018, dos años después de 2016, el año en que un infarto lo aplazó todo y dejó en suspenso tantas cosas. Y el mismo año del homenaje multitudinario en el que participaron autores como Víctor Manuel, Jorge Drexler, Silvio Rodríguez, Joan Manuel Serrat, o Joaquín Sabina entre otros. Justamente para saber con todos ellos –como cuenta Fernando Navarro en El País– que Aute “era algo más que un músico para la España democrática, la misma que creció con sus canciones y se educó con su sensibilidad transgresora y su visión exigente de la realidad”. Era, además por ello, la voz más emotiva de la España de la Transición, como ya dijimos antes, Transición tan denostada por algunos ocupantes actuales del poder y quizás desconocedores del valor de Aute. Aute había realizado un pequeño video –dentro de sus apetencias cinematográficas– en el que se mostraban piezas sueltas de sus pinturas hermanadas con las de su amigo Manuel Prior, para componer un mosaico en blanco y negro de misterio, de expresionismo breve y de dolor, que se mostraba en esa exposición entrañable.

AUTE: AUTOR

por Jesús de la Gándara

Ha sido en tiempo de dolores, en un hospital lleno de angustia y muerte. Aparte de su esposa y sus hijos, con quienes me duelo y me conmuevo, llorarán su muerte muchas personas, no demasiadas seguramente, pues son dias de llantos excesivos.

Pero muchos hablaran, cantarán, escribiran, dibujarán, filmarán, puede que incluso esculpan con motivo de su muerte. Merecidos homenajes para un artista que hacía todo eso, y bien.

Si me atrevo a escribir esta nota breve es, sencillamente, porque fue una de las personas que más influyeron en mi vida emocional y creativa. En primer lugar, como simple expectador y lector suyo, siempre admiré su enorme originalidad, pero además, su desbordante y atinada creatividad inspiró y determinó muchas veces mis intereses y mis producciones.
Pero más tarde tuve el honor de compartir con él y su familia algo más que admiración, y eso lo atesoro en mi bagaje vital. Por eso guardo – como un tesoro – la carta manuscrita que reproduzco al final, que me envió con motivo de mi libro “Agua Somos”. Un grafólogo diría que tenía letra de genio.

Mientras escribo tengo ante mi un cuadro suyo, una especie de colage muy original. Lo colgué justo encima de mi escritorio, asi es que lo veo todos los días de mi vida. Son unos ojos que vierten lágrimas. Uno de ellos también vierte una hilera de cerillas – ¡sus eternas cerillas, ahí maldito tabaco! – y del otro cae una hilera de hembrillas de metal. El me explicó que era un experimento, un cuadro para verlo con gafas tridimensionales, y en efecto, si te las pones, el cuadro cobra vida, parece que los ojos, además de lágrimas, estuvieran llorando cerillas encendidas y hembrillas lacerantes. Es el dolor del llanto humano, el dolor de ver, el dolor de mirar la vida ardiente y acerada. Ese dolor y esa vida de los que él tanto sabía. Nada más acorde que ese dolor con el de estos días aciagos, en los que su muerte ha venido a confirmar, no solo lo que hace años nos temíamos tras su gravísima lesión cerebral, sino el dolor planetario que ahora nos asola, que, de haber podido, sin duda él hubiera glosado y cantado con excelencia.

Mas, como el objetivo de esta nota no es glosar su biografía, ni hacer un exordio de su obra, acabaré diciendo algo que creo que a él le gustaría: Luis Eduardo, de padre Aute y madre Gutiérrez, era, sencilla y llamente un AUTOR, que, en el sentido más profundo y orginal de la palabra, significa el que aumenta, agranda o mejora el mundo.

Que los dioses conserven su alma de animal humano para siempre.

Luís Eduardo Arte

por Oscar Sánchez Vadillo

Aute ha muerto, y casi siento decir que identifico su vida y legado más con la generación de mis padres que con la mía (en el aute de papá… mal chiste). Pero no es justo, en realidad: este hombre no ha parado de hacer cosas desde los once años, según parece, y era un artista total, de modo que no tengo por qué encuadrarlo exclusivamente entre los cantantes-protesta que tanta falta hicieron en el último franquismo, pero fueron que reemplazados después por los representantes estrafalarios de la movida madrileña. Víctor Lenore, el crítico musical, insiste mucho en que la movida fue un fraude, que no llegó a los barrios obreros y que fue la banda sonora de la homologación internacional del PSOE, pero yo estoy convencido de que antes de esta diatriba al propio Lenore le gustaba esa música.

Eran canciones muy, muy buenas, y sólo la existencia de “Pero qué público tan tonto tengo”, que es musicalmente de las peores, justifica el alcance estético de la movida madrileña, sea cual sea el juicio político que hagamos de ella. El hecho de que Alaska ahora sea una abuela gótica del PP no quita que en los ochenta fuera la musa del punk español, y es que siempre resulta chocante y feo valorar las cosas retrospectivamente desde su final, como hiciera el sabio Solón. Pero Luís Eduardo Aute salió incólume de esa prueba, él seguía haciendo su estilo de música social y sentimental y a la gente no le importaba, porque era muy buena. Como oí decir una vez a la directora de esas revistas juveniles de ídolos adolescentes, las boys/bands podrán estar compuesta de chicos muy monos y que bailen muy bien y totalmente insulsos y prefabricados, pero si no hay una buena canción detrás no hay nada que hacer. Pues eso: Aute continuó en los ochenta haciendo de las suyas porque las letras eran muy buenas, las melodías eran buenas, y él, como Cristo melenudo de la canción protesta, era tan sincero como creíble.

Yo soy más de Joaquín Sabina, que debe andar muy deprimido hoy viendo a la Parca tirar piedras certeras tan cerca de su cara. La intervención de Aute en el directo de Sabina y viceversa era preciosa, no puedo decir más. Tiene también algo de razón Lenore al señalar que Sabina abandonó prácticamente enseguida el rollo Dylan, como el propio Dylan había hecho, por otra parte, y que se apuntó al “yo me lo paso de puta madre y hasta recibo al príncipe Felipe en mi casa”, cosa que a mí me parece muy bien pero que Lenore califica, a partir de Pisa el acelerador (una exageración total: esta canción trata de lo mismo que toda poesía desde tiempos inmemoriales, del carpe diem y del collige, virgo, rosas, o sea, “déjate, guapa, y no me seas estrecha”…), del yuppismo sabiniano. Me temo que cuando se entiende que lo personal es político, se politiza todo lo personal y empieza la gresca, a la que los españoles somos muy dados. Aute, sin embargo, seguía a lo suyo, que era mucho: cine, pintura, música y sátira social.

Desde los veinte años guardo una anécdota de él que me es muy valiosa sin ser mía. Resulta que una amiga que conservo desde entonces, y cuya relación se nos prolongará hasta el cohousing, fue a un concierto suyo y logró sostener una pequeña conversación amable y cómplice con Aute antes de arrearle un pellizco en el culo y salir casi por patas. Ignoro bajo qué tipo criminal inculparíamos hoy socialmente y penalmente a mi amiga, dado que la acosadora por admiración y alevosía fue ella, pero parece que en aquel momento el cantante se lo tomo bien. No todo eran cosas malas en tiempos de mis padres, aunque ahora -yo mismo lo hago a menudo- lo queramos ver así. Ese pellizquillo de idolatría se lo ha llevado a la tumba, junto con todo su caudal de arte, del que nos hizo partícipes y del que no. Deberían declarar las 4 y 10 la hora de Aute en España, pero es que a esa hora en vez de enamorarnos o desenamorarnos estamos echando la siesta… (Qué decadencia, oyes).

Aute: no tendremos que olvidarte

por Javier Martinez Atienza

Hoy me ha dicho un viejo amigo que ha muerto Aute, y yo me he acordado de esa canción suya que decía: «De alguna manera, tendré que olvidarte«. Y de las largas noches de nuestra vida inquieta y melancólica de estudiantes, y de alguna vez que la escuchamos, o la tocaba yo con la guitarra, como él, muy bajito, con los dedos rozando las cuerdas de nailon, y la cantaba con mi voz tímida, si no de cura, tal vez de monaguillo…

Nos gustaba aquella melodía simple y fácil, y aquella letra corta y triste. Pero, de alguna manera, Aute no era de los nuestros. Lo veíamos como un señor mayor, uno de los pocos cantautores que mi padre conocía por su nombre. Nosotros escuchábamos otra música, en otras emisoras más movidas y modernas. Supongo que éramos, de alguna manera, de otra generación: menos profunda, menos poética, menos pretenciosa. Y Luis Eduardo nos venía, por decirlo así, grande.

Muchos años después asistimos a un concierto suyo, en un polideportivo abarrotado. Al final nos acercamos y le vimos rodeado de una nube de jovencitas, devotas admiradoras a las que no importaba aquello de: «te la cambio por dos de quince, si puede ser«. Aquel señor mayor, con su corte adolescente, me pareció entonces tan ajeno… Y pensé que, de alguna manera, tendría que olvidarle.

Es verdad que con el tiempo le olvidamos, casi del todo, de manera distinta a como no olvidamos a aquella chica cuyos cabellos dorados parecían el sol; o a aquella que esperaba en la glorieta de Bilbao, recordando aquellos días de abril. O, de la misma manera que tuvimos que olvidar lo que éramos entonces, los de aquella otra canción olvidada: mis amigos, dónde estarán. Tal vez ellos tampoco eran de los nuestros, o no existen los nuestros y solo existimos, de alguna manera, cada uno de nosotros por nuestra cuenta. Porque de alguna manera nos tenemos que olvidar de casi todo. Y nada más; apenas, nada más.

Luis Eduardo Aute: rosas en el mar

por Ramón González Correales

Creo que fue el segundo año que estaba en Madrid, al poco tiempo de conocer a Eduardo, cuando fuimos a casa de un amigo suyo que vivía cerca de Atocha. A aquel chico, que era muy cordial, le gustaba mucho la música, sobre todo el jazz, del que yo entonces no sabía casi nada (recuerdo que esa tarde descubrí con consciencia a Coltrane) y tenía una gran colección de discos de vinilo. En cierto momento, ya cerca de irnos, cambió de música, y comenzó a sonar «Anda» de Aute, que yo no conocía. Recuerdo que me gustó mucho, quizá por su tono intimista y melódico al que siempre he sido más dado por mi temperamento, aunque probablemente también por sus posibilidades eróticas. Aquello de «Anda quitate el vestido, las flores y las trampas» era sugestivo y prometedor en tiempos donde la liberación sexual, tan anhelada, tenía los problemas prácticos que siempre ha tenido (y tendrá) para la mayoría de los mortales, al menos para los hombres y mujeres de aquella época lo que llevaba a recurrir a argucias para lograr acceder a esas pieles tan deseadas y en general tan imposibles. Eso a pesar de que en El Viejo Topo Vicent Marqués ya hablaba con mucha naturalidad de la conveniencia del sexo desvinculado de la afectividad, de dar via libre al deseo y todas esas cosas.

Desde entonces, y durante algunos años, escuché mucho a Aute. Estaba en la banda sonora de mi vida como estaba Serrat o Silvio Rodriguez. No solo la oía en el radio cassette que tenía entonces sino que, a veces, cantaban canciones suyas algunos amigos que sabían tocar la guitarra y no entonaban mal del todo. Nos juntabamos en alguna habitación, haciamos té en un hornillo y en el repertorio, a veces como un extra, casi nunca faltaba «De alguna manera«, una canción sencilla y melancólica que definia muy bien la intimidad transversal de su autor, su capacidad para captar dilemas sentimentales que son comunes a todos pero que siempre se viven como si fueran únicos, y atosigan y necesitan el consuelo que solo da una buena canción. Como tampoco faltaba «Barquito de papel», otra canción blandita y entrañable que apetecía oir de vez en cuando, como «Solo pienso en tí« de Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzman.

Sobre 1980 el tiempo de los cantautores pasó de pronto, como dejó de apetecer ir a los bares de la Calle Huertas y a «La tetería de abuela» o desaparecieron los pantalones de pana. De pronto apareció otra generación mucho más joven con otra estética que preferia otra música que ya sonaba en «La vía Lactea» o en «El Penta» y todo el mundo entendió que eso era lo nuevo a lo que había que apuntarse, algo más movido, entre otras cosas porque ya había un cierto cansancio también ideológico de aquellas letras. Aute se había dado cuenta mucho antes cuando escribió «Autotango de un cantautor» donde se miraba al espejo y se cansaba un poco de sí mismo y de sus compañeros, de sus pretensiones un poco moralistas y quizá disonantes ya con su propias vidas. Antes de eso creo que lo ví en un par de conciertos, en el San Juan Evangelista y en el Chami, este último en un espacio reducido donde disfruté mucho de su capacidad para crear un ambito íntimo, para jugar con las emociones de los espectadores que muy facilmente se identificaban con él. Sobre todo las mujeres, porque creo que veían en él un hombre distinto, sentimental, amable, tierno, lleno de palabras que también podían acariciarlas de otra manera. Aunque este estilo quizá también pasó de moda rapidamente.

Desde que me fuí de Madrid, Aute aparecía de vez en cuando por mi vida: una entrevista donde no siempre decía cosas que me resultaran cercanas; una canción que se filtraba por algún sitio o que yo buscaba por la tarde, cuando estaba perdido en alguna guardia; conversaciónes, de vez en cuando, con un amigo que lo conocía y admiraba. Ahora leyendo cosas de su vida me doy cuenta de las muchas actividades que ha hecho bastante bien (música, pintura, poesía, cine), de la suerte que tuvo de vivir experiencias cosmopolitas en una época donde era tan dificil, de la influencia de sus canciones en el pop español, de las estúpidas etiquetas ideologicas con las que vamos catalogando a los artistas (y que a veces ellos mismos se ponen o aceptan) cuando su obra es, muy a menudo, trasversal y atraviesa esas corazas tan estupidas que a veces nos ponemos para lograr pertenecer a algún grupo o tener la conciencia tranquila en lo que creemos el lado soleado del mundo.

Lo miro ahora en diferentes imágenes de su vida y soy consciente de lo rápido que pasa el tiempo. También de lo importante que son las canciones para vivirla o para soportarla. Las canciones de Aute que siempre seguirán apareciendo por algún lado y nos recordarán cierta sentimentalidad de aquellos buenos tiempos de un país como éste que tanto necesita recuperar la alegria.

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2 Comentarios

  • Dos cosas, nada más. ¡Que espléndidos duetos! que resumen cuarenta años de música. Serrat, Sabina, Moncho Alpuente, Gurruchaga, Jaume Sisa, Massiel y Pastora. Quizás falte otro ser excepcional, como Hilarión Camacho, pero no se puede llegar a tanto en tan breve lapso de tiempo. La segunda reflexión en tiempos de alza feminista, ¿como es posible construir un homenaje a Aute sin la colaboración de algunas mujeres? Como si ellas no se hubieran emocionado con sus canciones. Me resulta raro y arenoso. A él le habría resultado lamentable.

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