Bonet Correa y la mirada transversal

Creo que una de las peculiaridades biográficas de Antonio Bonet Correa, ABC, (Coruña 1925-Madrid 2020) es que es enteramente un hombre puente, entre la historiografía anterior de la Historia del Arte –anclada tanto en Pombo Angulo o Camón Aznar, como en Arnold Hauser– y las promociones por el formadas, que adoptaron otros intereses historiográficos y por ende otras miradas y posiciones. Bastaría recordar la nómina de los historiadores formados por ABC, para reconocer lo afirmado. Los ya, tristemente desaparecidos, Ángel González, Juan Antonio Ramírez o Paco Calvo Serraller, junto a otros como Vicente Lleó, José Morales, Sofía Diéguez, Estrella de Diego –que cumple su recuerdo con la onomástica de El País del 23 de mayo–, Delfín Rodríguez o Gabriel Ureña, componen un repertorio para reconocer la excelente capacidad formativa del maestro en las lides de la Historia del Arte.

Su recorrido profesional –tras la estancia francesa entre 1952 y 1957–, tiene una breve estancia en Madrid –Facultad de Letras y Escuela de Arquitectura en el curso de 1962-1963; que coincide con la secretaria de la revista Goya–, de allí pasa a Murcia para llegar después a la Universidad de Sevilla –alterando el equilibro del reputado Laboratorio de Arte que comandaba, Hernández Díaz con formas historiográficas pasadas y amortizadas volcadas en la concepción más estática del barroco– donde permanece hasta 1972 en que retorna a Madrid como catedrático que va imprimir un aire nuevo, coincidente con los cambios políticos en curso, que llevarán a ABC a ser detenido como integrante de la Junta Democrática.

Y quizá ese recorrido geográfico sea capaz de explicar la diversidad de intereses –que se pueden rastrear en su amplia bibliografía, consultable en bases de datos como Dialnet o UB-edu– que le pudieron llevar a interesarse por el Arte Barroco –tanto en Murcia como en Sevilla–, el Arte Americano –en la ciudad hispalense –donde Morales Padrón regentaba la única catedra de Historia de América en España, en alianza con el imprescindible Archivo de Indias de la ciudad– y el arte último de la mano de su hijo Juan Manuel. De estos años son mis recuerdos más nítidos de una coexistencia vecinal con la familia Bonet-Planes, en el número 19 de la avenida de Reina Mercedes, frente a la Escuela de Arquitectura, donde permanecí un curso. Eran vecinos, además de los Bonet-Planes, la familia de Rafael Manzano Martos –catedrático de Historia de la Arquitectura y discípulo destacado de Fernando Chueca, que llegaría después a la Dirección de la Escuela y, más tarde, a Conservador polémico de los Reales Alcázares– y la familia de Fernando Tudela –profesor de Construcción en la vecina escuela y con una leyenda difusa y confusa sobre su brazo mutilado–. En los bajos del inmueble citado, Monique Planes Durand–la mujer de ABC– junto a la mujer de Fernando Tudela, habían decido abrir una pequeña y escueta librería, que denominaron –sin mucho esfuerzo, por cierto– Librería Reina Mercedes. Cuya parte delantera estaba destinada a Libros de Arte y Arquitectura, dejando la parte interior abierta a ciertos devaneos literarios y otras generalidades, obras mayoritariamente de origen francófono, monopolio que funcionó hasta la llegada de la librería Montparnasse en la calle Abades.

La falta de referencias de libros de Arquitectura en España en los finales de los años sesenta, que sólo comenzó a disipar la barcelonesa Gustavo Gili, hacía que el mercado editorial fuera mayoritariamente de importación de México y Argentina: Hoepli, Mortiz, Nueva Visión, Científico-Médica eran las editoriales que ocupaban los estantes. Sospecho que en esos cometido bibliófilos el papel de ABC fue ya destacado como asesor, como prueba, además, que años después, un tema recurrente en él fueran los fondos y repertorios bibliográficos. De esos años, recuerdo que su hijo Juan Manuel, junto a su inseparable Quico Rivas, abanderaban en El Correo de Andalucía una sección rompedora de crítica de Arte, en el suplemento semanal que dirigía ABC. Incluso llegaron a hermanarse como Equipo Múltiple. En 2019 el Espacio Santa Clara celebraba la exposición ‘La aventura del Equipo Múltiple y la vanguardia sevillana de su época (1969-1972)’, que conmemoraba la creación del Equipo Múltiple por parte de Juan Manuel Bonet y Quico Rivas en la Sevilla de finales de los años 60.  Período que se colmata con la aparición en 1970 de la Galería Juana de Aizpuru, tomando el relevo de La Pasarela, y dos años más tarde nace el Museo de Arte contemporáneo, dirigido por Víctor Pérez Escolano, primero en la Iglesia de San Hermenegildo y después en la calle Santo Tomás. De esos años sería la conferencia que impartió ABC y que copiaba el título al del libro de Henri Lefebvre y Galvano Della Volpe Ajuste de cuentas con el estructuralismo que, editado por Comunicación Serie B, había aparecido en 1969. ABC no reparó, no sólo en la similitud de nombres, sino en el charco que pisaba, en la medida en que la crítica de Lefebvre y Della Volpe al estructuralismo, se realizaba desde los ribazos del marxismo –más o menos académico y evolucionado, pero marxismo a fin de cuentas–. Posiciones que creo, ABC nunca frecuentó con intensidad. Más allá del debate de la historicidad pretendida por unos y de la ahistoricidad latente en el Estructuralismo, la posición de ABC entonces me resultó más hilada por el compromiso de la comparecencia en el acto, que por pretender polemizar con las derivas ahistóricas del Estructuralismo.

La segunda mirada, ya en Madrid desde 1973, de ABC se asienta en esa diversidad de intereses comentada antes. Desde su esencial Andalucía barroca (1978) hasta los cursos de la Universidad Menéndez Pelayo de 1980 sobre Picasso, y de 1981 sobre el Surrealismo. Su trabajo, recopilatorio de otros previos significativos, como fuera Morfología y ciudad. Urbanismo y arquitectura durante el Antiguo Régimen en España (1978), donde aparecían dos estudios excelentes sobre la Plaza de Toros de Almadén y sobre el recinto de la Feria de Albacete. En 1976, en el semanario Triunfo publica un extraño trabajo –para la óptica del momento español–, que da cuenta de la diversidad de sus intereses y de la pluralidad de las miradas: El bunker. Monumento funerario del delirio nazi. Que retoma sus impresiones en la exposición del Atlantic Wall, fortificación del tercer Reich en la Segunda Guerra Mundial, que montara Paul Virilio. Acceso a Triunfo, como antes lo había hecho a Revista de Occidente, a Arquitectura del COAM o incluso a Diwan.

De 1980 es su excelente Panorama artístico del siglo XX, en el libro colectivo Los andaluces, de Istmo ediciones. En 1981, asume la coordinación de un trabajo imprescindible, contando con algunos de sus discípulos –Sofía Diéguez, Carmen Grimau o Gabriel Ureña– Arte del franquismo. Su intervención en el trabajo colectivo Los tratados de arquitectura. De Alberti a Ledoux (1988), reflejan uno de los intereses que aparece con continuidad en la vida y en la obra d ABC, como queda constancia de que su trabajo último, interrumpido por la muerte, es una reelaboración de Los diez libros de Arquitectura de Vitrubio.

Todo ello, por no hablar de sus incursiones por trayectorias individuales de artistas diversos. Autores que van desde Joaquín Saénz (1973), José Guerrero (1976), Antonio López Torres (1984), Antonio López García (1985), Alberto Sánchez (2010) o José Luís Sánchez (2010), entre otros muchos. Incluso el gesto melancólico de colaborar en 1993 en el libro del centenario del Palacio de la Diputación Provincial de Ciudad Real, con su texto La Arquitectura institucional y los palacios de las Diputaciones que antecedía al mío El Palacio Provincial: razón y crisis de un modelo.

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1941. Salto de la ventana.

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