Cuando Nick Cave llevaba 20.000 días sobre la Tierra

Debemos creer que nuestros demonios privados pueden ser derrotados.

DK, Frank Miller

Ahora que no fumo, lo primero que hago al despertarme, mientras estoy en el cuarto de baño, es ponerme música; y, así mismo, lo último que hago, antes de irme a la cama y rezar mis oraciones, es escuchar música. Nunca me pongo temas de estudio, siempre versiones de concierto. No lo valoramos lo suficiente, pero es un verdadero milagro que podamos hacer que Elvis reviva en tu pantalla sudando y perdiendo el resuello en un recital en Las Vegas. Youtube es, así, el verdadero tesoro de Alí Baba, aunque no haga más que intentar estropearlo con anuncios cortarollos y encuestas estúpidas. La sacralidad sigue existiendo en el s. XXI, pero despedazada bajo la forma de una constante interrupción comercial. Dionysos niño fue también fue despedazado y devorado por los titanes, que se creían invencibles, pero su corazón sobrevivió y Zeus pudo recomponerlo. En la cuarentena, me dio por poner conciertos completos de Nick Cave, el cual siempre me había atraido pero conocía muy poco. Todas las noches de esos dos meses haciendo la cena con Nick poseído de fondo (en realidad era al revés, lo que estaba de fondo era la cena…), y para que mi deseo se viera colmado tenía que tomarme una cerveza, ser de noche y tener las ventanas bien abiertas -estoy seguro de que mis vecinos lo comprenderán. Pues ha sido un gran descubrimiento, que me ha hecho descubir que o Nick me estaba esperando para estos 49 años y cierta experiencia del dolor, o que he hecho mal en perdérmelo el resto de mi anterior vida. Pero es igual, uno tiene ya el oído podrido de belleza. Hay tanta que llevarse a las orejas que podrías explorar Youtube durante cien años, si otra pestilencia maligna nos confinase a todos en casa como larvas en su capullo.

Nick Cave es un dandi. Me recuerda, con esos trajes de Drácula y esos oros de rapero, el mito de Paganini vendiendo su alma al diablo, del que ya se hacía eco Heine. Sólo que él es Paganini y a la vez Mefistófeles. Para ser estrella del rock, o del post-punk, o como lo queráis llamar, hay que haber nacido con el físico adecuado para ello, y Nick lo tiene. Sólo existen, que yo recuerde, tres excepciones a esta regla de oro: Roy Orbison, que podría ser tu tío Roy, el que te pellizca el moflete, Phil Collins, que parece un camarero de restaurante caro, y Elton John, que si no llevase sus galas habituales sería Paco Clavel entrado en carnes. Esas cejas de villano de vodevil, enmarcando esos ojuelos gris-plata, que flanquean una nariz respingona de niño travieso, representan justamente lo que sus canciones dicen, y sus canciones dicen exactamente lo que se cuece tras unos rasgos como los suyos. Hablando, es un hombre pausado, que controla bien la elección de sus palabras y la dicción profunda con que las emite. En 2014 se hizo un documental bastante bueno sobre él y su mundo que podéis encontrar en Google (esta vez no en Youtube, de manera que os ahorráis las salpicaduras de la vulgaridad de los anuncios en la cara), aquí:

Está realmente bien, para lo que suelen ser estos artefactos hagiográficos. Rodado de manera muy original, a la vez que muy cuidada y hospitalaria, con diálogos muy naturales y en el que Nick nos da muy poco la paliza acerca de su sí mismo y su vida privada. Hay unas cuantas reflexiones sobre el proceso creativo un tanto místicas o mágicas, pero según lo veía me he dado cuenta de que me fastidiaban porque ya no nos creamos nada que no sea una realidad flagrantemente económica. En esto nos han jodido bien, tanto unos como otros, marxistas y liberales, desde el s. XIX: todo lo que no sea objeto de una transacción económica no existe, es una ilusión o una superstición. Y estas, a su vez, son mercadeadas por gurús, sectas, sanadores, escritores cursis o manuales de autoayuda. Nick Cave lleva anillos bien gordos en sus dedos, como Aristóteles, Edgar Poe, Charles Dickens o Alan Moore. A saber qué venenos contienen de su época de yonki bajo el cielo sobre Berlín. Al año siguiente de este documental, uno de sus hijos pequeños, de 15 años, probó el LSD al lado de un acantilado y terminó siendo tragado veinte metros de vuelo sin motor por él. Nick decía, en este docu, que no sabía si había conseguido honrar y mantener con vida a sus fantasmas, y yo comprendo eso demasiado bien, me lo creo. Pero también dice que es bueno sentirse un dios aunque sea por un momento, en el escenario o dónde fuera, y a los padres, claro, no siempre hay que hacerles caso en todo… 

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