Juan Marsé: la muerte de un gran escritor de los 50

Juan Marsé: la improbable muerte del espíritu de los Pijoaparte

por Ramón González Correales

Trato de recordar el momento en que leí “Ultimas tardes con Teresa”, cómo llegué a ella, las sensaciones que me causó, lo que pensaba mientras leía, no sé si en un verano o en medio del curso en Madrid, cuando asistía a un seminario de la Generación del 50. Busco inutilmente el ejemplar de aquella época para ver los subrayados, las notas que quizá escribía en las hojas en blanco del final, como hacía entonces. Me doy cuenta que lo que ha persistido en mi cabeza, más que un argumento o el recuerdo de historias concretas que suceden en él, son imágenes rotundas, emociones que se han ido trasmutando con el tiempo, el mito de una ciudad donde todo parecía posible, una cierta forma de narrar que es capaz de recrear un mundo que termina pareciendo más real que la propia realidad porque conecta con los sueños y las decepciones de mucha gente de varias generaciones, un modo de tratar las palabras que propicia que se infiltren en la experiencia de cada lector y le permiten tomar consciencia, recomponer su propia historia o al menos intentarlo, tomar perspectiva, situarse, tomar partido, quizá por uno mismo al fin, y tener la posibilidad de atreverse a buscarse la vida en otro sitio distinto. Intentar salir de pobre en definitiva.

Marsé y Onetti

Oigo decir a Marsé que la historia se le ocurrió cuando trataba de ganarse la vida en Paris dándole clases de español a unas chicas francesas muy acomodadas. Notó que se interesaban por su vida en España y se vió adornándola, inventándola de alguna manera, dándole relieve, porque se dió que cuenta de que aquellas muchachas ricas tenían, paradójicamente, “nostalgia de arrabal”. Imagino las conexiones mentales entre el chico huerfano y luego adoptado, sin estudios, currante en un taller de joyero donde acumulaba el combustible del resentimiento y la imaginación que es previo a la decisión de escapar y el joven que ya había conocido al grupo de Carlos Barral y Jaime Gil Biedma y , probablemente con asombro, observaba como deseaban o mitificaban lo que no tenían, como se atormentaban con demasiada frecuencia, a pesar de tener acceso a un mundo que quizá a él todavía lo ilusionaba o le parecían valioso, desde luego mucho más que permanecer en los barrios bajos. Llegó a ellos a través del “Premio Biblioteca Breve” de Seix Barral en 1960 donde “Encerrados en un solo juguete” fue finalista y, luego, fue rescatada por Barral porque creyó apreciar que estaba escrita por un autentico “obrero”, un mito construido por muchos “niños bien” que se habian intoxicado de marxismo y que necesitaban demostrarse continuamente cosas para sentirse verdaderos revolucionarios.

Gil de Biedma, Jose Agustín Goytisolo, Carlos Barral y Jose Maria Castellet

Así escribió una novela desde su propia visión de la vida y de la escritura, no desde la que se suponía que tenia que tener un escritor concienciado o vanguardista También la fantasía lúcida de un cierto varón de la época y la interacción entre dos mundos que parecían colisionar y también alimentarse en un determinado momento histórico. El charnego guapo y audaz que se traslada, en motos robadas, desde el Monte Carmelo a San Gervasio con su único traje decente y el negro cabello peinado hacia atrás de una forma laboriosa “donde uno encuentra los elementos inconfundibles de la cotidiana lucha contra la miseria y el olvido, esa feroz coquetería de los grandes solitarios y de los ambiciosos superiores“. Un tipo que asume, impasible, las decisiónes extremas que ha decidido tomar y que transparenta en los ojos “como estrellas furiosas esa vaga veladura indicadora de atormentadoras reflexiones que podrían incluso llegar a la justificación moral del crimen“. La bella rubia rica que “apareció corriendo y envuelta en ese pequeño desorden personal que revela la existencia del sólido y auténtico confort —el cinturón de la gabardina a punto de desprenderse y rozando el suelo con la hebilla, un rojo pañuelo de seda colgando de un bolsillo, los rubios cabellos caídos sobre el rostro y ajustando al pie, con movimientos nerviosos, un zapato que se le había desprendido al correr— esa encantadora negligencia en el detalle que es claro signo de despreocupación por el dinero, de confianza en la propia belleza y de una intensa, apasionada y prometedora vida interior: en los seres mimados por la naturaleza y la fortuna, un encanto más.” Dos fantasías que se atraen porque desean lo que no tienen y aplastan a la realidad que representa Maruja, la buena chica que se conforma con lo poco que tiene, incluso solo con las migajas que le proporcionaban los dos.

Marsé y Vila-Matas

Una novela que ganó el “Premio Bilioteca Breve” de 1965 a “La traición de Rita Hayworth” de Manuel Puig con cierta polémica que tuvo un epilogo venticinco años después en un artículo de Juan Goytisolo que fue respondido con una contundencia, que refleja un caracter (y probablemente viejas cuentas pendientes), por Marsé. Una polémica que pasado el tiempo parece injustificada porque “Ultimas tardes con Teresa” no ha hecho más que crecer con el tiempo y quizá convertirse en la gran novela de la generación del 50, la que mejor refleja los sentimientos que movieron a las gentes de un tiempo quizá porque esas motivaciones pertenecen a la condición humana y son intemporales, la que más ha influido en escritores jóvenes y sobre todo la que siempre apetece volver a leer, aunque sea a pedazos, la que te atrapa y va transmutándose dentro de tí descubriendo nuevas perspectivas e identificaciones en distintas épocas de la vida.

He seguido a Marsé a lo largo de mi vida con la sensación de que a medida que envejecía se refugiaba más en el mundo de la postguerra, como si no hubiera pasado el tiempo y alimentara un resentimiento que precisara cultivar para escribir o para cincelar su imagen de escritor, conectado con los desfavorecidos y los vencidos, con los que siempre se sentirán al margen. Observo su rostro de boxeador noqueado, en un documental que le hicieron por el premio Cervantes, su empeño en desmarcarse de lo convencional, de los premios, de la Academia. Me encanta su postura ante los nacionalistas que editaron carteles tachándolo de renegado, su deseo de mantenerse independiente o coherente con sus ideas de siempre, pero me parece un poco impostado su empeño por aparentar seguir siendo un perdedor. Porque su propia historia es bastante distinta a la que imaginaba para el Pijoaparte. Triunfó muy joven, vivió, al final del franquismo, en el mejor escenario para hacerlo, con los amigos más inteligentes que, además de buena conversación y buenos alcoholes, tenían barcos, mujeres, editoriales, dinero y Bocaccio cerca, donde no era precisamente aburrido tomar unas copas (por allí iba con gente tan divertida como el Perich con el que colaboró en Por favor). Por otro lado, dudo que a su pesar por mucho que lo diga, ha ganado todos los premios, ha estado (a veces para irse) en todos lo jurados, ha pertenecido a la generación que ha dominado la vida cultural en la segunda mitad del siglo XX. Y sin embargo hay que ver lo que se han quejado de lo dura que es la vida, de todo lo que no tenían, de los desamores que podían encadenar, de todas las vicisitudes, en fin que siempre tiene la vida mortal aunque se viva en los barrios altos. Lo que quizá no sospechaba el Pijoaparte, lo que siempre se ignora cuando se sueñan paraisos. Me conmueve su artículo sobre los últimos días de Barral y Biedma y siento mucho que haya muerto. Me gustaba mucho que siguiera en el mundo aunque fuera cabreado o chapoteando en el mundo de la postguerra que sin embargo tanto ayudó a superar a gente más joven que sí consiguió salir de pobre o perseguir sus sueños.

La nostalgia de los charnegos que construyeron la mejor Barcelona que ha existido nunca …

Las tres caras de Juan Marse

Por José Rivero Serrano

El caso de Juan Marse (Barcelona 1933- Barcelona 2020) representa un emblema de varias cosas. Al menos tres. La primera de ellas tiene que ver con la cualidad de su formación ajena a las letras, y volcado a oficios lejanos de la literatura con lo que ello tiene de excepcionalidad; lo que determinará su posterior trayectoria como un out-sider que cabalga a lomos de una personal visión del mundo. Y esta circunstancia no fue óbice para su crecimiento literario y su inicial deslumbramiento, al descubrir un mundo vedado por las letras catalanas; letras ocupadas mayoritariamente por los cachorros de la burguesía, por más pretensiones generacionales que se hayan conjeturado a posteriori . La ruptura que representa en 1960 la novela “Encerrados en un solo juguete”, había sido similar a la practicada por Juan García Hortelano con Tormenta de verano en Madrid. Piezas que venían a cerrar la experiencia del social realismo precedente, al tiempo que barruntaban nuevas vías de experimentación escrita y que señalaban a una traslación literaria de los años sesenta. Y ello se visualiza en Marsé con su obra más reconocida, como fuera “Últimas tardes con Teresa”, donde ya emerge con nitidez el Pijoaparte, que no solo enuncia el desplazamiento social de la Cataluña qué juega a definir su identidad pequeño burguesa, frente a la fuerza de trabajo de emigrados charnegos procedentes del sur español subdesarrollado, que contribuyen al desarrollo económico de su tierra de acogida, pero son vistos con desdén y superioridad por los señoritos de Pedralbes. Y este desajuste será un hilo conductor en distintas piezas de Marse, desde “La oscura historia de la prima Montse” hasta “El amante bilingüe”. Dando lugar con ello, a la suerte de esquizofrenia cultural del Principado, construido en reinado de los Pujol y en donde Marsé es parte de la excepción cultural.

La Segunda de las notas, apunta al carácter lateral de la obra posterior. Incapaz de retomar el vuelo alto de las primeras piezas citadas. Por más que obras como “Un día volveré” o “Rabos de lagartija”, se muevan en esa línea de tensión creativa que, para contradecir esos logros, rebajaban el nivel de lo escrito antes. Baste recordar su fallido empeño de reelaboración de “La muchacha de las bragas de oro” o del muy discutible “El embrujo de Sanghai”, por más que encandilara a Víctor Erice en una adaptación cinematográfica fallida. Hay quien manifiesta que el declive de esa tensión creativa de Marsé, acontece con su desembarco en tareas menores de periodismo de supervivencia, como fuera toda su andadura en la revista satírica Por favor, donde se hermana con Vázquez Montalban y con Perich. De ese trayecto son algunas obras recopilatorias y prescindibles, como “Señoras y señores”, o “Memorias de un chorizo”.

Y la tercera de las evidencias, es el indudable carácter barcelonés de su escritura, por más que se haya producido siempre en castellano, como corresponde a esa mixtura de charnego de corazón y de anti nacionalista de nación. Circunstancia que no quitan su íntima relación con la ciudad del Guinardó y del Poblé Sec. Relación que le conecta, por demás , con otros grandes escritores del mestizaje cultural, como el citado Vázquez Montalban o como Eduardo Mendoza, que han producido su obra lejos del área idiomática de vivencia y de hegemonía política. Pero en todo caso, esos pasajes esquinados y esos Aventis memorables, son ya parte del pasaje literario de la Barcelona de posguerra y de la literatura española del siglo XX.

Posguerra, El Guinardó, Juan Marsé

por Oscar SánchezVadillo

Tengo la misma edad que la segunda hija de Juan Marsé y debo reconocer que se me está haciendo largo el posfranquismo. Cuenta más años ya que el propio franquismo, y sin embargo rebrota, como el virus, con nuevos bríos en los últimos tiempos. El posfranquismo consiste en no aceptar que Franco murió hace 45 años, y esa fase de negación propia del duelo, primera etapa de cinco que deberían arribar en la aceptación, sólo recientemente ha dado paso a la de ira y con ella a otra insólita, que retrasa el proceso indefinidamente: la de un amago de sustitución. Terriblemente cansina, España, que diría José Mota. Tal vez por eso Juan Marsé, que ha fallecido hoy a avanzada edad, prefirió refugiarse siempre en la posguerra, que también duró un güevo, pero menos en su periodo más crudo. Esa crudeza, esa Barcelona asándose entre los escombros y la tierra apelmazada de la calle es la de El Guinardó de Juan Marsé, dos o tres grados de miseria más abajo que la mierda mal encubierta del Nada de Carmen Laforet.

Marsé comenzó su carrera literaria dramatizando esa miseria, en sus primeras grandes novelas, aquellas tan sociológicas y tan descarnadas a la vez. Algunas las hemos leído, de otras hemos visto las películas que se rodaron al efecto. Porque aunque Marsé era un hábil y concienzudo narrador (recuerdo a menudo el diálogo de El cónsul de Sodoma, en el cual un Gil de Biedma apócrifo le preguta a un Marsé apócrifo, “-oye, Juan, ¿qué hubiera pasado si Pijoaparte se hubiera quedado con Teresa? -¡que la hubiera dado de hostias!, responde el autor rápidamente; me pareció que sí, que eso hubiera pasado y que así de a fondo conocía Marsé su historia y su realidad social), son novelas demasiado trágicas y morosas para el lector poco disciplinado. Estoy seguro de que, pese a nuestra asombrosa incapacidad de dejar aquello atrás, no todo lector está preparado para revivirlo con la agudeza y la parresía con que lo recreara Marsé. La posguerra, El Guinardó, el infinito escarbar en los márgenes desesperanzados y sucios de la implacable apisonadora franquista, cuyas secuelas no remiten jamás: ese fue el escenario amado por Juan Marsé hasta el final, el sitio de su recreo como diría Antonio Vega, el sólo juguete con el que se encerraba, que diría él mismo…

Luego ya, a partir de los 80, o finales de los 80, la década prodigiosa (aquella en la que muchos quisieron ser botes de Colón, y lo consiguieron, según asevera Jorge Martínez), Marsé como que se suavizó. Lentamente, a regañadientes. En el 75 había publicado esa colección de retratos como trazos caligráficos chinos que fue Señores y señoras, y que yo leí mucho después pensando que eso era soltura, saber escribir y no cortarse un pelo. La muchacha de las bragas de oro es del 78, según acabo de comprobar, y aunque un poco sádico por parte de Marsé, era excepcional. Hace poco intenté bajarme la versión cinematográfica, sólo por disfrutar un poco de Victoria Abril rubia y niña -esto me ha quedado muy Umbral, rival de Marsé- torturando de encanto lolitesco a su tío putrefacto y falsario en la ficción y no lo conseguí. Pero está claro que Marsé se lo paso de miedo escribiéndolo, como en una especie de venganza en efigie del posfranquismo de postal -Manolo Vázquez Montalbán también solía intentar eso, pero era demasiado honesto y terminaba derrotado hasta en la imaginación.

Ronda de Guinardó es breve y paisajístico, por decirlo así, de paisaje urbano desolado, y es puro Marsé concentrado en pildorita agridulce. El amante bilingüe (no confundir con El amante lesbiano de Sampedro, también divertido pero más espeso) asentaba sus firmes en lo francamente divertido, dentro de la atmosfera desangelada y caediza marsiana, y también El embrujo de Shanghai, que es por donde habría que empezar a leer a Marsé. Con estos ganó premios y ganó lectores, que es lo que supongo que pretendían él y su editor. En Rabos de lagartija volvía a las andadas de Ronda del Guinardó, pero, además de otros méritos más vanguardistas, las conversaciones entre el niño impertinente y el policía eran tan deliciosas y mordaces que la novela podría durar eternamente. No le seguí después de esta. Pero atesoro una cita, una cita que no le resume en absoluto, pero que da una pista de su carácter moral, si no artístico. Es, claro, de Últimas tardes con Teresa…

¿Qué otra cosa podía esperarse de los jóvenes universitarios en aquel entonces si hasta los que decían servir a la verdadera causa cultural y democrática del país eran hombres que arrastrarían su adolescencia mítica hasta los cuarenta años? Con el tiempo, unos quedarían como farsantes y otros como víctimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato, generoso y hasta premiado con futuro político, y todos como lo que eran: señoritos de mierda.

No soy de entonces, pero me siento algo descubierto (y también Pijoaparte, fifty-fifty). Gracias Juan Marsé, y que la eternidad sea para ti como un beso en espiral no en el Otro Barrio, sino en El Guinardó…

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2 Comentarios

  • Escribiendo el otro día el obituario de Marsé encontré, por casualidad, la polémica que tuvo en 1990 con Juan Goytisolo por la concesión del premio Biblioteca breve de Seix Barral de 1966 donde ganó “Últimas tardes con Teresa”. En un artículo publicado entonces (https://elpais.com/diario/1990/07/27/opinion/649029609_850215.html) Goytisolo narraba que Carlos Barral tenía decidido previamente que ganara esa novela y que presionó al jurado (donde estaba Luis Goytisolo que, según dice, dimitió por ello) para que no lo hiciera “La pasión de Rita Haywoth” de Manuel Puig, que para él era mejor. “Con su probado olfato literario, decidió que aquel argentino afeminado, vulnerable y frágil no era un escritor digno de figurar en el prestigioso catálogo de la editorial. Se publicó en Buenos Aires, en donde obtuvo el éxito que merecía.” En el artículo describe a Marsé como un autor “por otra parte muy estimable” lo que desató la ira de Marsé que se dio por aludido y respondió con contundencia (https://elpais.com/diario/1990/07/29/opinion/649202407_850215.html). Releo por cierto ahora el artículo de Goytisolo con más atención y resulta interesante para contemplar, pasado el tiempo, esas luchas entre escritores muy marcadas por la ideología en aquellos tiempos y sobre todo en el ámbito sudamericano. Manuel Puig era en ese momento alguien distinto, no politizado pero que quizá en sus libros relataba mucho más profundamente lo que estaba ocurriendo y como esto le afectaba a la gente que era como él y a la que no lo era.

    Después de escribir el artículo encontré unas declaraciones de Vargas Llosa en “El Pais” donde habla de esa polémica por encima, pero la refiere al libro de Manuel Puig “Boquitas Pintadas” (https://elpais.com/cultura/2020-07-19/vargas-llosa-con-la-muerte-de-marse-se-queda-vacia-barcelona.html)

    Reviso las fechas de publicación de los libros y “La pasión de Rita Hayworth se publicó en 1968 y “Boquitas pintadas” en 1969 lo que parece denotar que Vargas Llosa ha tenido un lapsus de memoria, sobre todo porque el mismo Marsé en la respuesta a Goytisolo asume que se trataba de “La traición de Rita Hayworth”.

    Cuando se ha vivido un poco casi resulta enternecedor observar lo “estupendos” que se ponen los escritores, cómo tratan de defender sus libros o sus opiniones refiriendose a argumentos que consideran “sagrados” en ese momento histórico en el grupo social al que quieren agradar o apaciguar, cómo se olvidan de los motivos literarios para pasar a argumentaciones morales para, en último termino, descalificar al otro o encontrar un lugar bajo el sol. Algo que sigue ocurriendo y que tan caro les costó en el siglo XX frente al poder políticp. De pronto cualquier fantoche (el extremo fue Stalin en los escritores de izquierda) podía terminar con ellos solo con acusarlos de no servir al pueblo o ser culpables de individualismo por mucho que antes les hubieran justificado cualquier cosa. Algo de lo que sabe bastante Vargas Llosa que ha transitadodistintos territorios a lo largo de su larga vida.

  • Yo creo que en toda esta historia (lapsus de M.V.LL. Aparte) queda clara la posición de J.G oficiando como Prodigio de las letras hispanas. Con capacidad para denostar a Barral y al propio J.M. frente a la frivolidad -lo llamemos como lo queramos llamar- del Manuel Puig. La mejor lección de todo ello es el paso de tiempo como juez evidente de los asuntos literarios. Hoy podemos hablar, discutir y leer de y sobre Marsé. Sería más difícil hacerlo de Puig. Y el mismo Goytisolo ve tambalear sus posiciones defendidas en pro de La Corona de su propio autoexilio.

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