Virginia y Leonard Woolf: las cartas del inicio

Estaba llegando a los 30 pero aún no se había casado y eso la inquietaba a ella y a su círculo social. Todos estaban de acuerdo en que era especial y precisaba de un hombre especial, alguien que la quisiera, por supuesto, pero sobre todo alguien que estuviera a su altura intelectual (que fascinaba a todos sus amigos), con el que pudiera conversar y vivir esa vida dedicada a la cultura en la que no estaba dispuesta a renunciar a nada: quería “amor, hijos, aventura, intimidad, trabajo“. Virginia era alta, de una belleza que a todos parecía indudable pero también extraña, a menudo ensimismada, andaba distraida, transparentaba quiza por sus gestos sus cambiantes estados de ánimo o la fuerza de su búsqueda interior. Ya era muy conocida como escritora de artículos y pequeños ensayos y llevaba tratando de dar forma a su primera novela que había rehecho varias veces, Fin de viaje, que se planteaba de manera muy exigente y todo eso la agotaba: “¿Te has sentido horriblemente deprimida? Yo sí. No podía escribir y se me aparecieron todos los demonios: los negros y peludos. Tener veintinueve años y permanecer soltera… ser un fracaso… sin hijos… loca también… y ni siquiera escritora”, le escribía por entonces a su hermana Vanessa.

Virginia Woolf de niña

A la altura de 1912 el llamado Grupo de Bloomsbury, que había comenzado a reunirse en el 46 de Gordon Square (la casa de los hermanos Stephen) en las “Veladas de los Jueves”, había evolucionado mucho en las relaciones entre sus miembros. Su hermana Vanessa, siempre muy vinculada a Virginia, se había casado en 1907 con Clive Bell, con el que había tenido un hijo, aunque en esos momentos mantenía una relación sentimental con Roger Fry. Ella había tenido pretendientes en su círculo de amistades pero su inhibición sexual había hecho que quedaran solo en amistades intelectuales. Incluso Clive Bell había coqueteado con ella fascinado por su inteligencia y belleza y también Lytton Strachey ,quizá su mejor amigo, que aún siendo abiertamente homosexual le llegó a pedir matrimonio en una carta de la que se arrepintió enseguida. Éste, por otro lado, mantenía al día de lo que pasaba en el círculo a Leonard Woolf que estaba de funcionario en Ceilan y que comenzó a contemplar relacionarse con Virginia cuando volviera aunque, como todos los amigos, la consideraba lo contrario a la sensualidad de Vanessa, un símbolo de castidad e inhibición. Incluso la comparó con Aspasia, “la más olímpica de las olímpicas”, la compañera de Pericles: “Cuando pienso en Aspasia —escribía Leonard—, pienso en colinas que se elevan muy nítidas pero lejanas contra un cielo azul y frío; hay nieve en su cima que ningún sol ha derretido ni hombre alguno ha pisado”… “Si la tocaran enloquecería, como algunas mujeres enloquecen si las toca una oruga”. La gran diferencia en la vivencia de la sexualidad en dos hermanas que, al parecer, sufrieron abusos sexuales en la infancia por parte de sus dos “medio hermanos”.

Leonard Woolf volvió a Londres en Julio de 1911 tras siete años de ausencia, en un momento crucial cuando Virginia ya estaba perdiendo las esperanzas de encontrar un hombre adecuado para ella. Al poco de reencontrarse descubrieron que cogeniaban de manera especial y comenzaron a pasar cada vez más tiempo juntos. Cuenta Irene Chikiar Bauber en “Virginia Woolf: la vida por escrito su minuciosa biografía basada casi siempre en documentos escritos (todos llevaban diarios y escribían muchas cartas) que… “El 10 de enero de 1912, mientras se encontraba pasando unos días con el vicario de Frome en Somerset, Leonard le envió a Virginia un perentorio telegrama: “Debo verte una hora mañana jueves. Llegaré a Londres a las 12.50 y saldré a las 5. Si puedo ir a Brunswick Square a la 1.15, puedo verte entonces. Leonard”. Durante el breve encuentro en Brunswick Square, Leonard le pidió que se casara con él. Virginia le respondió que necesitaba tiempo para conocerlo mejor, la llegada de Walter Lamb interrumpió la conversación y Leonard regresó a Frome. Al día siguiente él le escribía:”

“Querida Virginia, tengo que escribirte antes de irme a la cama y pueda, creo, pensar con más calma. No tengo un recuerdo demasiado claro de lo que realmente te dije esta tarde, pero estoy seguro de que sabes por qué fui…

No quiero decir simplemente que estoy enamorado, sino que eso, junto con la incertidumbre, nos lleva a hacer este tipo de cosas. Quizás estaba equivocado, puesto que, hasta esta semana, siempre tuve la intención de no decírtelo a menos que tuviera la seguridad de que estabas enamorada de mí y te casarías conmigo. Pensaba que me apreciabas, pero que eso era todo. No sabía cuánto te amaba hasta el momento en que hablamos de mi regreso a Ceilán. Después, no pude pensar en nada más que en ti. Me encuentro en un estado de desesperada incertidumbre, sin saber si me amas, si podrás llegar a amarme algún día o simplemente a apreciarme. Dios mío, espero no tener que pasar nunca más unos momentos como los que he pasado hasta telegrafiarte. Te escribí para decirte que quería hablar contigo el lunes siguiente, pero entonces sentí que debía estar loco si esperaba hasta entonces para verte. Así que te mandé un telegrama. Sabía que me dirías con precisión lo que sentías. Te comportaste exactamente como yo sabía que lo harías, y si antes no hubiera estado enamorado, lo estaría ahora.

No es, de veras no es, solo porque eres tan bella —aunque por supuesto es una razón importante y así debe ser— que yo te amo: es tu inteligencia y tu carácter, nunca he conocido a nadie como tú en ese sentido. ¿Podrás creerlo? … L”

Al día siguiente volvió a escribirle matizando más su postura y sus intenciones:

“Puedo intentar escribir sobre lo que era tan difícil de hablar con calma y sin apasionamiento mientras estabas sentada delante de mí. No creo ser tan egoísta como para no verlo también desde tu posición. La mía: estoy seguro de que, aparte del hecho de estar enamorado… valdría la pena correr cualquier riesgo para casarse contigo. Esa era, por supuesto — desde tu posición—, la pregunta que planteabas constantemente ayer y que era probablemente lo que debías hacer. Ya que estás fuera del cerco de fuego, puedes decidir mucho mejor que yo, puesto que estoy dentro de él. Dios mío, veo el peligro de casarse con cualquiera y por cierto conmigo. Soy egoísta, celoso, cruel, lascivo, mentiroso y seguramente mucho peor. Me dije una y otra vez que, por esos motivos, nunca me casaría, sobre todo porque creo que nunca podría controlar esos defectos en presencia de una mujer inferior a mí y que poco a poco me llenaría de furia con su inferioridad y sumisión… Debido a que tú no eres así, el riesgo es infinitamente menor. Puedes ser presumida, egoísta y mentirosa, como dices, pero no es nada comparado con tus cualidades: magnanimidad, inteligencia, ingenio, belleza, sinceridad. A fin de cuentas, nos gustamos mutuamente, amamos las mismas cosas y a la misma gente, ambos somos inteligentes y, por encima de todo, es la realidad lo que comprendemos y lo que nos importa”

Virginia recibió la propuesta pocos días antes de cumplir los treinta años y en principio la rechazó . Su hermana se apresuró a aconsejarle que solo se casara si estaba enamorada y que, en ese caso, no se preocupara de que Leonard fuera judío. Estaba además ocupándose de los arreglos de la nueva casa de campo en Asheham y tratando de dar los toques finales a Fin de viaje, lo que le desencadenó una de sus crisis nerviosas que precisó desde el 16 de Febrero unos días de internamiento en Twickenham. El 23 de Abril Leonard renunció a seguir trabajando para la Oficina Colonial y decidió quedarse definitivamente en Londres. Volvió a salir con Virginia y siguieron hablando de su posible matrimonio. Él consiguió besarla y al día siguiente le escribió…

Queridísima Virginia, no puedo dormir, no de deseo, sino de pensar en ti. Fui a la ópera, pero por lo poco que oí, bien podría haberme quedado en esta habitación. Leí dos de tus manuscritos, y en todo caso uno de ellos demuestra que podrías llegar a escribir algo asombrosamente bueno. Quiero verte, hablar contigo y ahora, aunque supongo que no debería, voy a escribirte, sintiéndome muy desdichado, lo que quisiera decirte y probablemente no podría.

Desde ayer, parece que algo ha surgido en ti contra mí. Puede ser mi imaginación; si lo es, perdóname. No creo que siquiera te des cuenta de lo que significaría para mí. Dios mío, la alegría que me da estar contigo y hablar contigo, como lo he sentido a veces, juntos de mente a mente y de alma a alma. Sé muy bien lo que siento por ti. No es tan solo amor físico, aunque es eso desde luego, pero es una mínima parte; no es solamente que solo soy feliz contigo, que quiera vivir contigo; es que quiero tu amor también. Es cierto que soy frío y reservado con otras personas; no siento afecto con mucha facilidad: pero además del amor, me he encariñado contigo como nunca me ha pasado con nadie ni nada en el mundo. Muy a menudo nos reímos acerca de lo adorable que eres, pero no sabes lo adorable que eres. Es lo que me mantiene despierto, mucho más que el deseo. Es lo que me preocupa ahora, y lo que me desgarra a veces, pues no quisiera que te casaras conmigo, a pesar de lo mucho que te amo, si creyera que te haría infeliz. Esto es realmente cierto aunque me dolió más que el peor dolor físico las simples palabras que le dijiste a Vanessa de que lo más probable era nunca te casarías con nadie.

Con Lytton Strachey y Mainard Keynes

No hay nada que hayas hecho que no me haya parecido absolutamente correcto y que no me haya hecho amarte más. Nunca ni por un momento he pensado que me tratabas mal y nunca lo haré, aunque no te cases conmigo. Te amo más por no decidir… sé cuáles son los motivos. Eres mucho más buena, más noble y mejor que yo. No es difícil enamorarse de ti, y cuando alguien se enamora de una persona como tú, no puede hacer concesiones ni tener reservas. Pero yo tengo muchos rasgos detestables, a pesar de que te los he mostrado con toda intención en varias oportunidades, porque siento demasiado cariño por ti como para no querer que sepas que existen. A mí saber que existen y estar enamorado de alguien como tú, me causa un gran dolor. No quiero que tomes ninguna decisión hasta que no hayas terminado tu novela [The Voyage Out (Fin de viaje)]. Creo que tienes razón en no hacerlo. Puedo seguir como lo hemos estado haciendo en los últimos seis meses, si así lo quieres, pero si consideras, aunque sea por un instante, que sería más fácil, me iré por una semana, un mes o más … a pesar de que no verte durante todo un día me hace muy infeliz. Pero creo que sé cómo te sientes ahora, y siempre deberíamos hablar francamente de lo que sentimos. Me gustaría decírtelo, solo que cuando estoy contigo todo tipo de sentimientos me impiden decir con exactitud lo que quiero decir… así que quizá lo bueno sea que te estoy escribiendo. Creo que con mucha facilidad podrías estar enamorada ahora, y casi con igual facilidad nunca estarlo… de mí al menos. No pienso demasiado en la parte física de esto, pero hay que tomarla en cuenta… aunque es tan escurridiza. Si uno es como yo de nacimiento, casi con certeza será muy fuerte, pero aun así se confundirá con los otros sentimientos. Cuando me enamoré de ti y te lo dije por primera vez, era el más débil de mis sentimientos. Se ha hecho mucho más violento a medida que mis otros sentimientos se han vuelto más fuertes.”

Creo que estamos llegando a un punto que hará temblar el equilibrio. A veces creo que no sabes con exactitud qué es lo que sientes, y cosas realmente poco importantes se magnifican. Tengo defectos, vicios, mezquindades, pero aun así creo que deberías casarte conmigo y enamorarte, y no es solo porque siento que si nunca estás, lo mejor de la vida habrá pasado. Nunca seré como tú, nunca nada similar, pero pareces liberarme de mis faltas. Y siento el ardor dentro de mí al menos, y el conocimiento. Quiero vivir y obtener las mejores cosas de la vida, y tú también. Tú eres lo mejor de la vida, y vivirla contigo haría que valiera diez mil veces más la pena de ser vivida. Solo me conformaré con lo mejor. Y tú, estoy seguro, ves que si dos personas que saben cómo vivir pueden vivirla de ese modo, Dios, esa posibilidad vale casi cualquier riesgo.

Virginia, no sé dónde he llegado. Solo estoy escribiendo mientras pienso. Son casi las tres de la mañana. Voy a salir a caminar y a echar esta carta al buzón, y después volveré a la cama. Solo espero que no tenga nada que te preocupe. De todos modos quiero que sepas que te amo tanto como un ser humano puede amar a otro. Haría cualquier cosa antes que causarte el menor daño. No debes preocuparte ni apresurarte… no tienes que hacerlo. Primero debes terminar tu novela y mientras lo hagas no tienes que tomar ninguna decisión. Si no tratas de tomar una decisión y seguimos como hasta ahora, me sentiré muy feliz en los próximos dos meses. Después de todo, me he sentido más feliz en los últimos dos meses que en toda mi vida.
Y escribirte de este modo es como hablar contigo; aleja la depresión. Me iré a la cama feliz y dormiré en paz. Espero que tú lo estés.

Ella le responde ….

Virginia y Leonard con Angelica Bell

Queridísimo Leonard:

Veamos los hechos primero (tengo los dedos tan fríos que apenas puedo escribir). Estaré de vuelta mañana alrededor de las siete, así que habrá tiempo para discutir… ¿Pero qué significa esto? No puedes tomar la licencia, supongo, si es seguro que vas a renunciar al final. De todos modos, ¡esto demuestra la gran carrera que estás arruinando!

Bueno, pues, en cuanto a lo demás… Me parece que te estoy causando muchísimo dolor —en parte sin querer— y por eso debo ser contigo lo más sincera que pueda, porque sospecho a veces que te encuentras en una nebulosidad que no percibo para nada. Por supuesto, no puedo explicar lo que siento —estas son algunas de las cosas que se me ocurren. Las obvias ventajas del matrimonio se interponen en mi camino. Me digo a mí misma: ‘De cualquier modo, serás muy feliz con él; y te hará compañía, te dará hijos y una vida agitada”. Pero entonces me digo: por Dios, no voy a tomar el matrimonio como si fuera una profesión. Los pocos que saben de esto, todos ellos lo consideran conveniente, y eso me obliga mucho más a analizar mis propios motivos. Y entonces, por supuesto me enojo a veces contra la fuerza de tu deseo. Quizás, el que seas judío tenga que ver con esto. Pareces tan extranjero. Y además, soy terriblemente inestable. Cambio de humor a cada rato sin ningún motivo; pero creo que influyen el puro esfuerzo y el cansancio físico. Lo único que puedo decir es que a pesar de esos sentimientos que se persiguen el uno al otro el día entero cuando estoy contigo, hay un sentimiento que es permanente, que sigue creciendo. Querrás saber, desde luego, si es que alguna vez me llevará a casarme contigo. ¿Cómo puedo saberlo? Creo que lo hará, porque que no hay ninguna razón que lo impida. Pero no sé lo que pasará en el futuro. En parte tengo miedo de mí misma. A veces pienso que nadie nunca ha compartido o puede compartir algo. Eso es lo que te lleva a compararme con una colina o con una piedra. Por otra parte, quiero todo: amor, hijos, aventura, intimidad, trabajo. (¿Tienen algún sentido para ti todos estos desvaríos? Escribo una cosa tras otra). Así que paso desde estar medio enamorada de ti, y querer que estés conmigo para siempre, y que sepas todo sobre mí, hasta el extremo del desvarío y el retraimiento.

Vanessa, Stella Duckworth y Virginia

A veces pienso que si me casara contigo, podría tenerlo todo… Y entonces, ¿es acaso el aspecto sexual el que se interpone entre nosotros? Como ya te dije en forma brutal el otro día, no siento ninguna atracción física hacia ti. Hay momentos —uno fue cuando me besaste el otro día— en que no siento nada, como si fuera una piedra. Y, no obstante, el hecho de que sientas cariño por mí casi me abruma. Es tan real y tan extraño. ¿Por qué deberías sentir cariño por mí? ¿Qué soy yo en realidad, más allá de una criatura agradable y atractiva? Pero es precisamente porque sientes tanto cariño que pienso que yo también tengo que sentirlo antes de casarme contigo. Tengo la sensación de que debo darte todo; y que si no puedo, bueno, entonces el matrimonio sería una opción secundaria tanto para ti como para mí. Si pudieras seguir como antes y dejar que encontrara mi propio camino, puesto que eso es lo que más me agradaría. Y entonces ambos tendríamos que arriesgarnos. Pero me has hecho muy feliz también. Los dos deseamos un matrimonio que sea algo tremendamente vivo, siempre vivo, siempre cálido, y no muerto o cómodo en partes, como son la mayoría de los matrimonios. Le pedimos mucho a la vida ¿verdad? Quizá lo obtengamos. Entonces, ¡qué espléndido sería!

No es mucho lo que se puede decir en una carta, ¿no es cierto? Ni siquiera he mencionado al pasar la enorme cantidad de cosas que están sucediendo aquí, pero pueden esperar.

¿Te gusta esta fotografía? Demasiado noble, quizá. Aquí va otra.”

Siguieron viéndose, sin embargo, paseando y conversando. Por fín el 29 de Mayo, después de almorzar, Virginia le dijo que lo amaba y que aceptaba casarse con él. Anticipandose a los prejuicios de sus conocidos lo comenzó a presentar como “mi judío“. Muchas de sus dudas y experiencias de esa época están contenidas en sus dos primeras novelas “Fin de viaje” y “Noche y día”. Así comenzó un matrimonio complejo (en su libro Irene Chikiar Bauer cuenta los siguientes años con todo detalle) cuya luna de miel pasó por España: visitaron Madrid, Toledo, Barcelona Tarragona y Zaragoza.

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1 Comment

  • No había cama, eso era todo, pero eso era ya un tragedión de Esquilo completo. Compadezco a ambos, pero sobre todo a Leonard. La mujer de sus sueños no quería nada con él, mientras que él seguro que suplicaba con el miembro tieso y el orgullo fláccido. Terminó acostumbrándose, él, como quien se acostumbra a unas hemorroides o a una artritis. Pero una desgracia, de profundis lo digo. Y cómo debió afrontar Leonard, como un auténtico caballero, las aventuras de Virginia con Vita, por las que para colmo se sentía ella tan culpable, de manera que cómo coño afeárselo después. Un mal rollo que te cagas. Virginia rechazó siempre ser homosexual, por respeto a Leonard. Pero únicamente gozaba fuera del matrimonio, siendo así que sin embargo admiraba la entrega política de su marido. Cómo puede uno complicarse la vida, cuánto nos gusta sufrir a los bichejos humanos. Virginia, mucho más interesante ella que su obra. Gran texto, Ramón, pero de verdad te digo, for the glory of my mother, que a veces -pocas, efímeras…- preferiría ser un cerdo satisfecho que un Sócrates insatisfecho…

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