“Aunque el alcohol eléctrico del rayo…”

En tiempos de confinamiento o semiconfinamiento hemos leído más de una apología de los bares, además de la magnífica que escribió Santiago Alba en Ctxt.es , que debería ser objeto de análisis y comentario en la EVAU, para que los chicos disfrutasen en ese trance aunque sólo fuera un poco. En él concentra y compendia la sabiduría antropológica de toda una vida de interés intelectual por el pueblo llano y villano y su degradada circunstancia. Pero todavía haría falta una alabanza cien, mil, un millón de veces mayor, lo que pasa es que entonces ya no podría leerse desganadamente entre una tapa chunga de calamares tiesos de bar y un vistazo de reojillo a la horrísona telepasión. La intrahistoria vislumbrada por Unamuno en realidad sólo tiene lugar en un bar. Uno abre la puerta y se sumerge en la única eternidad posible en este valle de lágrimas. Es acunado por la eternidad, y más cuando más pedalín lleva. La noche debería durar para siempre, el bar no debería cerrar jamás, el bar es el único templo cuya hostia consagrada te eleva hasta la bajura absoluta. Por eso hay tanto parroquiano proleta que cuando es amablemente sacado de su lar varonil a empujones paga su regreso al siglo midiendo su cinturón con alguna espalda consanguínea. Ya lo cantaban acertadamente los Gabinete Caligari, en inmortales versos (por cierto, el del título es de Claudio Rodríguez, en Don de la ebriedad, el “Don de” junto y separado): Bares, qué lugares / tan gratos para conversar / no hay como el calor del amor en un bar…  

Hay gente pobre, realmente miserable, yo lo he visto, que acude al bar a hora convenida y descubre que sus cofrades de puntillo siguen asombrosamente vivos cada día, lo cual inmediatamente hay que celebrar con un carajillo, un cubatita o una birrilla, tomada lentamente, apurada hasta las heces, porque hay mucho que pontificar todavía y la mujer y tu madre te esperan en casa con la escoba en la mano. Si hay menos manicomios y pocos suicidios es porque hay muchos bares y falsos amigos de brindis, y en el Norte la proporción es la contraria. El pobre parroquiano es pobre en muchos sentidos, pero nunca es tan pobre que no tenga al menos el puto bar de siempre. Tendría que haber una renta mínima vital para los desgraciados de bar. Esa sería una medida que atraería el consenso de derecha e izquierda incluso en España, o sobre todo en España.

Bukowsky en Apostrophes

Confieso que a mí los bares me dan miedo, te succionan y ya no sales jamás, como la Filosofía. Pero peor son los pafetos caros de Azca: allí primero te hipnotizan con sus luces y cristaleras, luego te engañan con la música de sirenas de las chicas de la barra que te sonríen y por último te dejan la tarjeta vacía tras haberla usado de cuchillo de cocina en la cisterna del excusado. El bar más bar que conozco es el bar Denver, su opuesto absoluto, un bar de cómic concebido por Javier Valenzuela en el que las bandejitas de olivas navegan solas y puedes encontrarte curda al propio Dios. Todo se le puede perdonar al coronavirus y a los políticos que lo malgestionan menos los bares chapados. En mi barrio, ayer, las listas de espera de las terrazas se medían por horas. Dos fue la mínima que encontré. Por mucho que me joda la gente que no lleva bozal ni guarda la distancia profiláctica, no les puedo culpar. Las cañitas con los amigos en la brisa nocturna son mejores que el sexo, duran más y salen mucho más baratas crematística y emocionalmente. Dios -el del rostro arrasado del Denver- bendiga los bares y a la vez nos libre de ellos. Ni museos ni catedrales: bares. A los camareros, aplausos también todos los días a las ocho.  

Algo hay cuando los borrachos no geniales, los “normales”, raramente mueren tan pronto como Dylan Thomas o Bon Scott. Un señor que haya trabajado en la construcción, por ejemplo, se ha tomado sus buenas botellas de vino y cañas de cerveza en la comida durante años, además de cubatas los fines de semana, y muere viejo de cualquier otra cosa indirectamente asociada a sus aficiones etílicas. Sin embargo, parece que las llamadas “profesiones liberales” abonan más esa clase de autodestrucción. Por varias razones, de las cuales la última me parece la decisiva:  

1- Las drogas, en general, promueven cierta ilusión de eternidad mientras duran, y así un embriagado quiere más y quiere que nunca termine, lo cual se acentúa con la edad, puesto que a más años aumenta la sensación de perder el tiempo con otras diversiones más tranquilas y, diríamos, maduras. La ebriedad tiene algo de divina, como reconocieron muchas religiones paganas, e incluso los primeros cristianos se la agarraban gordísima con toneles de la sangre de Cristo. Puesto que los rituales del monoteísmo son ascéticos casi siempre, a menudo había que sentirse divinamente incluso contra el propio Dios (las cuartetas de Omar Kayyam en el s. XIII), un Dios que en realidad sólo ofrece como correa de transmisión emocional el temor.

Joseph Roth

2- En el caso de los artistas en particular, beben porque otros antes que ellos a los que admiran bebieron, un aspecto de la “angustia de las influencias” que Harold Bloom no trato, que yo sepa. Si no puedes parecerte a tus ídolos en todo, al menos imítales en lo que más tienes a mano, aunque te cueste la cordura o la vida, o para (subrayo el “para”) que te cueste la cordura o la vida -véase Leopoldo María Panero. Ya digo que este fenómeno es propio del Romanticismo, aunque sólo sea porque ellos tenían por primera vez la información histórica suficiente para enterarse de estas cosas.  

3- Lo que tiene el alcohol, y menos otras substancias, es que permite estar borracho prácticamente el día entero. Se produce, así, una aniquilación total de las servidumbres de la vida cotidiana en la que los demás sí están sumidos. Hasta el más tirado de los sin-techo que trasega su brick de Don Simón se siente un poco excepcional, un poco de fiesta perpetua, y nos mira a los demás como si fuéramos borregos. Quizá el secreto sea ese: que los borregos no-artísticos tenemos el calendario de fiestas muy bien demarcado, y eso nos salva…. (El problema del personaje de Jack Lemmon en “Días de vino y rosas” es que, por su trabajo, tenía fiestukis a diario). 

De modo que no hay que llegar a los extremos de Joseph Roth, cuyo santo bebedor alcanza la bendición de hundirse en un seno virginal y su creador mortal, no menos borracho que su personaje, lanza entonces esta plegaria: “Denos Dios a todos nosotros, bebedores, tan liviana y hermosa muerte”. No, pero tampoco debemos incriminar mezquinamente a la vida por ser finita, no sólo en extensión, sino también en alcance. La vida humana, a diferencia de la animal, consiste en unas manos, en vez de en unas patas. Con esas manos se puede coger, toquetear, construir o desechar todo, absolutamente todo, pero no todo a la vez. No es cierto que elegir sea renunciar o sacrificar: elegir es elegir, en primer lugar, y ese es un suceso tan fantástico que las posibilidades rechazadas en la elección son como la ganga de una herrería, que por comparación no valen nada ni importan un carajo. La existencia de uno se templa como una espada, y entonces hay que amarla como se ama a los hijos, sabiendo que tarde o temprano nos dejarán. Somos como hábiles manos, pero besamos con los mismos labios que humedecemos con abandono y complacencia en el bar de la esquina. Besemos también nuestra propia finitud, esa que nos limita para forjarnos, no para destruirnos. Y cuando la tarea de una jornada esté cumplida, y nos dé por ahí, acudamos al bar, en el pensamiento de que, como dijo William Faulkner, “entre el whisky y la nada me quedo con el whisky”…

Para seguir disfrutando de Óscar Sánchez Vadillo

Viaje al fin del IKEA

  Hay en el mundo mucha mierda: ¡eso es verdad! ¡Mas no...
Leer más

4 Comentarios

Responder a Juan Manuel Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.