Federico Correa, espejo de su época

Alfonso Milá y Federico Correa. Fotografía de Antoni Bernard

Hace apenas dos días en el País Semanal (19 octubre, 2020) se publicaba la última entrevista con el veterano arquitecto barcelonés de la mano de Anatxu Zabalbescoa, en lo que finalmente ha resultado ser una despedida entrevista, por más que la entrevista periodística tuviera más registros de adioses familiares que propios de la Arquitectura que le ha tocado vivir. En una resolución final, digna de un personaje de Proust, digna del tiempo perdido y no recuperable. Escritor, el francés, al que acaba citando Federico Correa (Barcelona 1924- Barcelona 2020) como ineludible consejo –junto a la lectura de la Biblia– a los estudiantes futuros. ¡Menos teoría y más literatura!, sería el mensaje final.

Contrasta el mensaje apacible y literario del anciano Correa, frente al sostenido en la vorágine de los años setenta, donde todo era estructuralismo, semiología y freudo-marxismo, y muy poca arquitectura. Por más que Correa nunca haya sido un hombre progresista, sino un conservador ilustrado y mondaine. Una mundanidad que se visualiza en algunas de sus obras –restaurantes, sobre todo–, que vienen a coincidir con el fenómeno socio cultural barcelonés de la Gauche divine y con el Discreto encanto de la burguesía, como nos relatara Buñuel en 1972. Ese carácter de frivolidad intelectual y de diseño concienzudo se pudo comprobar en la cercanía del primer restaurante del Centro de Arte Reina Sofía, con aquellas lámparas colgantes cual faldas de mesa camilla, que acabaron siendo sustituidas finalmente.

Oscar Tusquets y Federico Correa

El aurea de cierto antifranquismo –fruto de su apoyo en 1968 al SDEUB– trazó la aureola de un profesor de perfil progresista entre los estudiantes, perfil de compromiso que creció tras las oposiciones de las cátedras de Elementos de Composición en 1972. Las oposiciones de las que se sigue hablando aún hoy, y en la que comparecieron Alejando de la Sota, Rafael Moneo, Antonio Fernández Alba, Federico Correa y Alberto Donaire. Y que condicionaron el decurso posterior de las escuelas de Arquitectura de Madrid, Barcelona y Sevilla. Baste ver, que la llegada de Rafael Moneo a Barcelona se acabaría traduciendo en la posterior aparición de la revista barcelonesa de arquitectura por antonomasia Arquitectura Bis, en 1974, con unas características bien diferentes a las publicaciones anteriores como fueran los Cuadernos de Arquitectura y Urbanismo, del COAC (Cuaderns en su etapa posterior de nacionalismo lingüístico). Arquitectura Bis, que cuenta con un diseño tan excepcional como incomodo para la lectura de Enric Satue –el diseñador de moda en la Barcelona de estos años– y que quiere hermanarse con la revista neoyorquina de los Five Architects, Oppositions, con quien llega a celebrar un encuentro en Castelldefels. Revista en cuyo consejo editorial se sentaba Federico Correa, y que dio salida a diversos trabajos menores, de tono recreativo y viajero, poco críticos y menos teóricos. Y muy mundanos, en su línea habitual de interpelaciones al pasado.

Edificio de la nueva Diputación de Barcelona

Todo ello, todas esas alternativas –que no eran tales– entre la ilustración comprometida y la biografía alto-burguesa es observable tanto en el atuendo –siempre cuidadísimo y de un clasicismo inglés–, como en las diferentes entrevistas concedidas –Federico Correa es un hombre de entrevistas más que de escritos propios o de reflexiones personales–, como las sostenidas con Fernández Galiano, para Arquia; con Beatriz de Moura como editora para Tusquets Un maestro de arquitectura en Barcelona; y la sostenida en 2002 en la Universidad de Navarra publicada en el número 7 de la revista Documentos de Arquitectura, como Una retrospectiva sobre mi obra.

Frente a todas esas declaraciones hay aspectos poco comentados y citados y que me parecen más relevantes, desde su voluntad por el control del diseño, a su magisterio posterior en hombres como Lluís Clotet y Óscar Tusquets. Por, no hablar de la elusión fotográfica del pasado personal, como si hubiera una voluntad de rectificar la historia y reescribirla. Junto a ello la extrañeza de no incorporarse al Grupo R en la Barcelona de los 50, junto a Oriol Bohigas, con el que compartiría afinidades diversas. Si Correa, cuenta en su formación con el magisterio de Jujol y Ràfols en los años de escuela –pura posguerra en la Barcelona catalanista vencida–, su verdadero curso formativo transcurriría, finalmente, con José Antonio Coderch –más franquista que nacionalista, pero excepcional arquitecto–. Quien no sólo le situó en el mundo real de la arquitectura mediterránea y sensible, sino que tuvo la habilidad de proponerlo como representante suyo en una reunión el CIAM (Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna) en Venecia, donde conoció al mítico José Luis Sert y a los primeros amigos italianos: “Allí conocí a Rogers, a Gardella y Albini, que realmente tuvieron una enorme influencia en mí forma de enfocar la arquitectura, influencia que, creo, dura hasta hoy”.

Estadio Olímpico Lluís Companys (Barcelona) (con Vittorio Gregotti, Carles Buxadé y Joan Margarit)

Lo demás es de sobra conocido y más citado por todos. Así la Enciclopedia catalana daba cuenta en su edición de 1973 de los perfiles más precisos y escuetos. “Arquitecto, titulado en Barcelona (1953). Trabaja en equipo con Alfonso Milán. Profesor en la Escuela de Arquitectura de Barcelona de 1959 a 1966, año que fue expedientado. Su experiencia didáctica ejerció una poderosa influencia sobre las jóvenes generaciones de arquitectos. Su obra, reducida, es de una gran perfección formal. Hay que destacar la casa en Esplugues de Llobregat, del año 1958, el proyecto ETADE, en Barcelona (1962), el restaurante Reno, de Barcelona (1962), la fábrica Montesa (1963) y la casa Milán, en Esplugues (1964), la fábrica Godó y Trías, en L’Hospitalet de Llobregat, y últimamente una casa de pisos en la Diagonal de Barcelona (1969) y la Atalaya de Barcelona (1970). Ha hecho numerosas obras para interiores”.

Notas de la EC que se ampliaban en 1989, con las aportaciones de los últimos años. Así: “En 1977 obtuvo la cátedra de proyectos en la Escuela de Arquitectura de Barcelona y desde 1967 también es profesor de la escuela de diseño EINA. Entre sus últimas obras cabe destacar el edificio La Atalaya, en Barcelona (1972), por el que recibió el premio FAD de arquitectura, el restaurante Il Giardinetto (1974) y las tiendas Furest (1974-77), en Barcelona. Ha colaborado en el proyecto del anillo olímpico de Barcelona (1984), y ha diseñado la nueva sede de la Diputación de Barcelona. En 1976 fue elegido presidente de ADI-FAD. Correa y Alfonso Milán, son parte de esa generación que situada entre las grandes figuras de la primera generación del Movimiento Moderno en Cataluña y la actualidad. Su obra es un reflejo de cómo han interpretado la herencia arquitectónica de los grandes maestros de la arquitectura catalana con los que estuvieron en contacto y, por tanto, nos da una idea de cómo se ha producido la evolución del arquitectura catalana hasta nuestros días”. Toda una vida que ahora se cierra.

Para seguir disfrutando de José Rivero Serrano

Johnson y la Glass house, New Canaam, 1949

  La gloria arquitectónica le llamó temprano a su puerta y no...
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1 Comment

  • La imagen de Correa, en los dos videos adjuntos, nos muestran formas de profesión – un estudio artesanal sin ordenadores de última generación, lápices afilados con afilador manual, escuadras y plantillas colgados en la pared, ejercicio manual del dibujo, caja de lápices para colorear, tablero de chapa de madera con papel Guarro, la mesa revuelta de artilugios y el maestro encorbatado y vestido para ir la Liceo– desaparecidas. Eso mismo dice uno de los discípulos de Correa, como es Óscar Tusquets. Todo el tiempo que antes se dedicaba a pensar y a elaborar el proyecto, se dedica ahora a aspectos legales, a aspectos de de seguridad o de normas alambicadas. Por ello los comentarios de Correa, sobre la Casa Milá o sobre la Opera Garnier, proceden de otro tiempo y llegan de otro espacio. Y aún así nos esforzamos por entenderlos y recordarlos. Todo un reto.

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