Friedrich Engels, la grandeza del segundón…

Estos días se celebra, o simplemente se cumple, el bicentenario del nacimiento de Engels, el brazo derecho de Marx y el co-fundador del comunismo, es decir, mucho más que ser el Espeusipo de Platón, el Teofrasto de Aristóteles, el La Böetie de Montaigne, el Stuart Mill de Harriet Taylor, el Guattari de Deleuze, el Garfunkel de Simon o el Bertín de Arévalo. A Antonio Escohotado le gusta mucho decir que Engels no sólo mantenía a la familia entera de Karl Marx, sino que además le corregía la prosa, hasta el punto de hacer de la batería de invectivas personales en las que se enredaba el maestro un texto claro, legible y desde luego cargado de futuro, como dijera Gabriel Celaya. Cuesta creerlo, la verdad, porque Friedrich no tenía un pelo de tonto, y si un embaucador paisano suyo se la hubiera estado dando con queso de borrachera en borrachera por las tabernas de Londres digo yo que tarde o temprano se hubiera dado cuenta, aunque sólo fuera porque las cervezas y los cigarros los pagaba también él. En cambio, la lealtad de Engels a su asilvestrado e indisciplinado amigo fue de un rigor ejemplar y duró hasta su propia muerte, en un testimonio asombroso de admiración y fidelidad incorruptibles que más parecen propios de un verdadero caballero que de un perrillo faldero.

De hecho, Engels ya era un intelectual de gran talla antes de conocer a Marx (“La condición de la clase obrera en inglaterra”, donde obtuvo la siguiente desoladora conclusión: “la grandeza industrial de Inglaterra no puede ser mantenida sino mediante un tratamiento bárbaro a los obreros, mediante la destrucción de la salud y el abandono social, físico y moral de generaciones enteras”), y lo siguió siendo después de la muerte de Marx, que sin duda fue mucho más engreído e intratable que él. Ese espíritu de servicio, ese papel autoinvestido de Juan el Bautista ante la presencia de Cristo Redentor, es el rasgo que hace de Engels un gran hombre, alguien que estaba radicalmente convencido de estar participando en un parto colosal, el del alumbramiento de un Nuevo Hombre y el fin definitivo de toda injusticia y explotación.

La palabra “ingenuo” –que, por cierto, significa “nacido libre” en latín-, e incluso la palabra “iluso” no le calzan bien a este señor que podría haber continuado el negocio millonario de su padre en Manchester pero que se decidió por su particular descensus ad ínferos y hasta se casó con una bonita obrera textil. Cuando conoció a Marx, fue más bien él quien le dijo al moro -nombre por el que era conocido en su familia a causa de su piel cetrina- aquello de “déjalo todo y sígueme”, y no al revés. Muchos le culpan de haber realizado el juego de manos de convertir el marxismo de ser una barahúnda de intuiciones más o menos coherente a ser una doctrina rígida, totalizadora y metafísica -el “Diamat”: Dialectikscher Materialismus– puesta al servicio de futuros aventureros como Lenin, y en parte es cierto, pero también lo es que lo hizo así con entera buena fe. Antes de que Marx y Engels se conocieran, en el Tercero de los Manuscritos de París de 1844 -esos que no gustaban al majara de Althusser-, el primero hablaba del comunismo grosero y de como es, en realidad, no otra cosa que un capitalismo de Estado. El comunismo grosero, escribía allí Marx, quiere aniquilar todo lo que no es susceptible de ser poseído por todos como propiedad privada; quiere prescindir de forma violenta del talento, etc. La posesión física inmediata representa para él la finalidad única de la vida y de la existencia; el destino del obrero no es superado, sino extendido a todos los hombres (…) Este comunismo, al negar por completo la personalidad del hombre, es justamente la expresión lógica de la propiedad privada (…) la envidia general y constituida en poder (…) La comunidad es sólo una comunidad de trabajo y de la igualdad de salario que paga el capital común: la comunidad como capitalista general. Líneas que representan un horrible vaticinio insospechado del destino de su propia doctrina. Es claro que Engels, el mejor -y más rico, todo hay que decirlo- compañero que haya tenido jamás un filósofo, vio desde el principio algo en Marx que no era eso sino el intento teórico/práctico opuesto a ello, y de ahí que pronunciase estas palabras finales ante la tumba de su amigo en Highgate, en 1883, y que más hay que considerar una despedida poética de verdadero amor entre hombres que el comprometido y molesto momento de un discurso fúnebre al uso:

(…) Marx era el hombre más odiado y más calumniado de su tiempo. Los gobiernos, lo mismo los absolutistas que los republicanos, le expulsaban. Los burgueses, lo mismo los conservadores que los ultrademócratas, competían a lanzar difamaciones contra él. Marx apartaba todo esto a un lado como si fueran telas de araña, no hacía caso de ello; sólo contestaba cuando la necesidad imperiosa lo exigía. Y ha muerto venerado, querido, llorado por millones de obreros de la causa revolucionaria, como él, diseminados por toda Europa y América, desde las minas de Siberia hasta California. Y puedo atreverme a decir que si pudo tener muchos adversarios, apenas tuvo un solo enemigo personal. Su nombre vivirá a través de los siglos, y con él su obra.

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