Stand by me

Fotografía Elliot Erwitt

“Y el amor está en el mundo

para olvidar al mundo”

Paul Eluard

Cuando Fred conoció a Laura, aún le quedaban tres años para acabar la Carrera de Medicina. La tarde había sido lluviosa, y al entrar en el hall de las urgencias generales sacudió las gotas de agua antes de desprenderse de su parka azul. Ella, que estaba sentada en el control de enfermería, apartó su mirada del mostrador para contemplarlo unos instantes con una expresión mezcla de sorpresa e ironía:

–  ¿Tú debes ser el nuevo estudiante de la Cátedra de Marchena, verdad?,  le espetó a bocajarro.  ¡Buen día has elegido para tu bautismo de urgencias!.

Aún no repuesto de aquella bienvenida, Fred se dio cuenta de que sin haber pronunciado ninguna palabra de respuesta, ya había quedado imantando por los ojos de aquella mujer. Verdes, con una voracidad oceánica  parecían invitar a perderse en ellos en una navegación infinita.

Y recordó en ese momento los versos de Neruda:

Inclinado en las tardes tiro mis tristes redes

a tus ojos oceánicos

Allí se estira y arde en la más alta hoguera

mi soledad que da vueltas los brazos como un náufrago.

Fotografía Elliot Erwitt

Pocos días después ella lo invitó a comer en su tasca favorita, y fue allí donde  ambos comprobaron lo mucho que en común tenían.

Les unía el amor por el campo y por la fiesta de los toros y por contemplar los amaneceres frente al mar y por la música de John Lennon.

Y mientras él le confesaba que su vida había sido un rosario de fracasos en busca de la mujer de su vida, ella le habló de unos hijos adolescentes y de un presente que se negaba a ser pasado, lleno de un desamor áspero y violento. Y entre copas de vino y confidencias, emergió como una nube de hielo la realidad que los separaba. Había diecinueve años entre las hojas de sus calendarios.

Unas semanas después ella aceptó su invitación para volver a comer juntos. Con una condición.

– iremos a una casa de comidas, que los estudiantes siempre estáis mas tiesos que la mojama.

En un rincón del tugurio de Eliseo comenzaron las mutuas confidencias.

– Haces que me sienta bien cuando estoy a tu lado, dijo ella.

– Y a mí, me da miedo pensar que estas comenzando a serme imprescindible, respondió el, deslumbrado por el brillo que brotaba del espejo roto de aquellos ojos que entregaban una lejana esperanza de cristal tan tenue como el hálito del alba.

Fotografía Elliot Erwitt

Entonces ocurrió un hecho insólito. Durante unos segundos el local se quedó a oscuras. Ella enmudeció, y él entonces se levantó de la mesa y elevando suavemente el rostro femenino, se atrevió a probar lo imposible colocando sus labios en el lugar de sus sueños. Y ella, con su boca ávida de colores  respondió a aquella caricia del azar dibujando un beso lento y profundo como el golpe de las olas contra las maderas de un barco abandonado.  Salieron del local sin atreverse a pensar nada. Navegando en la nebulosa de lo imprevisto, mudos para evitar que el amor invadiese sus palabras.

Aquella noche en su cuarto de estudiante, Fred recordó el temblor de aquellas caricias y mientras abría las páginas  del “Harrison”  tuvo la certeza de que sin darse cuenta ya había comenzado a amar a aquella mujer.

Comenzaron a salir asiduamente. Al principio ella retrocedía asustada ante los embates de animal herido que él le propiciaba.

– Debes comprenderme, casi  suplicaba ella, aún estoy muy herida por los hombres, por un hombre.

Fotografía Elliot Erwitt

Por eso, en las tardes en las que el clima mediterráneo no invitaba al callejeo, él en el tresillo del salón se esforzaba en curar aquella herida todavía palpitante. Se sentaba a su lado y le leía muy cerca de su oído los poemas de Rilke.

Un día tomé entre mis manos tu rostro

sobre él caía la luna

haciendo de su mirada

el más maravilloso de los objetos

sumergidos bajo el llanto.

O la invitaba a escuchar protegida por su abrazo, al Lennon más misterioso e intimista. Al Lennon de “Woman”

Mujer, se que entiendes

a este pequeño niño dentro de un hombre

Por favor recuerda:

mi vida está en tus manos

y mantenme en tu corazón

así la distancia nunca podrá separarnos

Después de todo

está escrito en las estrellas

Y déjame decirte una y otra vez

Te amo.

Y en los jardines de Monforte, el tiempo se detenía cuando ella se sentaba en uno de los bancos frente a los leones de Bellver y él, recostada su cabeza en el regazo femenino la dejaba acariciar su descuidada barba.

– Eres tan indefinible como tu barba: roja negra y blanca en retazos, decía ella, y él contestaba mientras enredaba sus dedos en los finos y ondulados cabellos:

– Cuando cojo tus manos siempre recuerdo lo que decía Pablo Milanés: tus manos no son hermosas, no veo estilo en tus dedos, pero que humano reposan, si se enroscan en tu pelo.

Y de un salto él se levantaba y poniéndose de rodillas frente a ella le recitaba las estrofas de la canción “Grow old wiht me”:

Envejece junto a mí

lo mejor está aún por venir

nuestra hora ha llegado

y seremos como uno

Envejece junto a mí

y seremos las dos ramas de un árbol

de la cara del sol poniente

cuando se hace de día.

Y entonces ella lo hacía levantarse y apretando sus labios a los suyos le iba recitando en cada beso el “Happiness is a war gun”:

La felicidad es un arma caliente

cuándo te tomo en mis brazos

y siento mi dedo en tu gatillo,

sé que nadie puede hacerme daño.

Durante aquella primera etapa, algunas noches en las que ella no tenía guardia ni le tocaban niños, se iba al piso de estudiantes para acompañarlo en el estudio. Al final, los apuntes de Quirúrgica se postergaban y terminaban desnudos abrazados sobre el desvencijado tresillo al que había que calzar con el “Farreras” porque le faltaba una pata. Pero antes, él ya había puesto en el viejo plato “Dual”  el “Rock´n´Roll” para poder susurrar al oído de ella a la vez que Lennon las estrofas del “Stand By me”:

Cuando llegue la noche

y se oscurezca la tierra

y la luna sea la única luz que veamos

no tendré miedo, no tendré miedo

mientras estés conmigo.

Y él la amaba hasta el alba con la noche dentro de sus venas, contemplando como el sueño apresaba la huella y el color de sus ojos, sintiéndose seguro a su lado a salvo de todas las tinieblas, envuelto en el arrullo cálido de su respirar, esperando que llegase la llama invisible del día.

Cuando el alba se rompía en jirones de sol, y ella se vestía apresuradamente con un “llego tarde a la guardia”, él besando su espalda desnuda le ofrecía el primer regalo de la mañana.

– Llévate esto contigo para que tu hoy sea distinto al de ayer

Y Fred enmudecía para dejar que Lennon le entregase sus palabras envueltas con el celofán de los besos que comenzaban a viajar desde la nuca hasta los hoyuelos del sacro.

Ha pasado tanto tiempo

desde que nos dimos tiempo

Ya sé que la culpa no es de nadie

y que el tiempo pasa volando

Pero cuando te veo

siempre tengo ganas de preguntarte

¿Por qué no nos vamos juntos?

– ¡Déjate llevar!, le gritaba ella desde la puerta, redibujando su sonrisa con la barra de labios.

Fotografía Elliot Erwitt

Y  Laura atravesaba la ciudad como un sendero de verano, lleno de flores y de pájaros y de niños sonrientes y de madres frágiles, dispuesta a permitir  que la luz de un nuevo día desparramase la palabra amor sobre su piel dolorida.

Pasaron algunas semanas, y comenzó a agonizar la lucecita de “El Pardo” a la vez que la pasión en el corazón de Laura.  Aprovechó un atardecer para decírselo, sentados en el Jardín de Viveros cuando la noche nerudiana comenzaba a cabalgar sobre su yegua sombría.

– No puedo seguir así. Seré tu amiga a partir de ahora. Nunca te dejaré, siempre me tendrás a tu lado cuando me necesites.

Los pájaros noctívagos  ya habían comenzado a picotear las primeras estrellas y Fred comprobó que las señales de su amor se estrellaban sobre el oleaje verde de unos ojos ausentes, y las hierbas de su risa se escapaban entre las sombras que habían abdicado de la noche.

– Nunca podré ser tu amigo, Laura. Nunca podré ser espectador imparcial de tu nueva vida. Nunca aceptaré la imagen de verte al lado de otro hombre. Y ya que no puedo cambiar amor por amistad, déjame al menos la libertad de perderte.

Aquella madrugada Fred apuró todas las horas del estudio y cuando comenzaba a amanecer, entró en la sala de espera del Banco de Sangre del Hospital de Laura. Ya sabía que los negativos de su Rh iban a ser bien remunerados. Empleó las mil pesetas que le dieron en comprar el bolso de Luis Vuitton que ella siempre miraba con ojos de envidia cuando lo esperaba frente al escaparate de la boutique “Don Carlos”.

Sería su último regalo. Introdujo en el bolso una nota con algunas estrofas de la canción “Free as a bird” y se dirigió hacia la calle.

Tengo que partir ahora

porque hay muchos sitios que debo ver

Y si me quedara aquí contigo

las cosas no serían las mismas

porque soy como un pájaro libre

Pero por favor no te lo tomes a mal

porque yo no tengo culpa de nada

Pero si me quedara aquí contigo

las cosas ya no serían igual

Y tú no me puedes cambiar

Esperó a que saliera del trabajo para despedirse de ella. Y en la puerta del Hospital tomó sus manos y mirando aquellos ojos que habían naufragado en la playa arenosa de la razón, le entregó junto al regalo sus últimas palabras.

– He sido el último en tu camino. La última primavera  y la última nieve, la última lucha para no morir. A partir de ahora ya solo me queda entregarme a la tarea más difícil de mi vida: la de amarte en la distancia hasta la muerte.

Al soltar sus manos, el dolor se hizo más amargo y comenzó a temblar intuyendo el sabor salino de la lejanía. Besó su mejilla y sin esperar a que ella abriese el regalo, se marchó entre los árboles de la Avenida al Mar. Por las frondas de los últimos resplandores del día, iba alejándose un rostro. Un rostro semejante a todos los que él ya había olvidado.

Cuando se levantó aquella mañana del día 9 de la cama que compartía con la mujer con quien se había casado solo dos meses antes, y ella le dijo secamente: “Un loco ha matado a Lennon”, Franck se derrumbó en las sabanas y sus ojos se poblaron de ceniza. Quiso apretar algo y solo había sombras. Fantasmas del pasado como un amargo saldo de sueños vacíos.  Aquella mujer no sabía que Fred no lloraba por Lennon.  Lloraba por haber aceptado para poder seguir viviendo, refugiar su vida en un amor que no era el suyo.

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