60 años de la “nata” que acabó con Albert Camus

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Si han visto Al final de la escapada, de Godard, recordarán cómo JP Belmondo se frotaba los labios con un dedo a imitación de las películas noir de Bogart -y Bogart no actuó en ni una sola película mala, que yo recuerde, negra o no negra. He leído en alguna parte que Albert Camus hacia lo mismo, en sus mejores años de guapo de gabardina y pelo enbetunado. Eso me ha hecho siempre pensar que Camus fue más personaje que intelectual, y que su enfrentamiento con el otro Jean Paul, el de la Rive Gauche, estaba cantado desde el momento en que el bizco le puso el ojo -un ojo- encima. Sartre era incomparablemente más inteligente que Camus, pero solo por eso sabía también guardarse mejor las espaldas y buscarse los aliados. A Sartre, en mi opinión, el comunismo le importaba cien veces menos que su última pieza de teatro o su próximo ensayo sobre Baudelaire -que es, por cierto, excepcional-, pero no desconocia que con el busto de hierro colado de Marx se pegaba más fuerte y además con el aplauso general de todos. Camus, en cambio, fue un incauto, y tardó en percatarse de que su amigo le iba a dejar en la estacada no tanto por declararse antiestanilista, sino por sacarse unas novias harto más bellas y frívolas que la pobre Gran Simona.

Albert Camus y Jean Paul Sartre

Hace unos pocos años, Michel Onfray público una monografía para menospreciar a Sartre alzando por contraste a Camus, como en una de las viejas balanzas de tendero, y debo decir que coincido mucho con él. Como digo, Camus era algo así como Hammett, el hombre que había vivido lo que escribía, mientras que Sartre era como Chandler, el hombre que no había podido vivir nada pero que lo adornaba y ampliaba mucho mejor (Faulkner sería en esta analogía como Jean Genet, mejor y más lírico escritor que los dos, gracias a no echarle al romanticismo cuento filosófico innecesario y postizo). Sin embargo, yo creo que la razón, y la humanidad elemental, estaban más del lado de Camus. Venía a decir que si la realidad -sobre todo en el vórtice de una guerra que acaparaba el horizonte redondeado del mundo sin fisura alguna- no avala ya un concepto de libertad y justicia ideales, eso no significa que no existan, o que tras sufrir mucha angustia no tengas más remedio que echarte en brazos de la clase universal e indistinta que configura el proletariado. Significa, únicamente, que la libertad y la justicia la pones tú con tus actos, son realidades, por tanto, performativas que provienen no del vacío del absurdo y esas milongas lloricas, sino de un acto deliberado de compromiso ético. Así de fácil, una especie de Kant de andar por casa (Camus había estudiado a San Agustín, pero Sartre fue San Agustín personificado hasta los cincuenta, y encima en plan Francia ocupada, lo que es decir con mala conciencia).

Albert Camus y María Casares

Hay quien dice que la “nata” (estamparse con el coche en el viejo lenguaje de la revista El Jueves) que mató a Camus fue obra de la KGB, y me parece perfectamente posible. Albert era menos listo que Sartre, pero mucho más responsable de sus palabras, seguramente debido a sus humildes orígenes argelinos. No le gustaba decir o escribir cosas que soliviantasen a colectivos que pudieran hacerse daño por ello. Predicaba, en consecuencia, la revuelta, pero en términos personales y siempre con escepticismo y moderación. Mientras, Sartre llamaba “perro” a quien discrepase de la ortodoxia del Partido Comunista, completamente olvidado ya de su concepto primigenio de “mala fe”. Leer a Camus hoy resulta difícil. Lo encontramos ampuloso y redicho (Calígula, por ejemplo, da auténtica vergüenza ajena), y el propio círculo de mandarines de Sartre era capaz de ridiculizarlo con tres líneas -ejemplo: El extranjero es existencialismo redactado con el fraseo de Hemingway; es cruel pero también es cierto. La caída es de una teatralidad irreal, las Cartas a un amigo alemán no son más que Pericles sin Tucidides, El mito de Sisifo lo tumba un verdadero lector de Nietzsche en cuarto de hora, etc. Pero qué hombre más cabal, Albert Camus, incluso cuando se creía el protagonista de Tener y no tener

Lean, en su honor, Verano y Bodas, esas evocaciones sentimentales que Camus escribió de la Argelia de su niñez con olor a sal, pobreza y felicidad. Y olvídense de toda la filosofía francesa posterior, incluido a Onfray. Ya sé que esto es pedir demasiado, pero es que de verdad me parece que, en este aspecto serio y académico, Albert Camus, el guapo y anarquista de Albert Camus, fue efectivamente su último hombre….

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