El videojuego de la “espiritualidad”

Meher Baba

Pasábamos por dificultades insólitas y algunos nos recetaron aspirinas”, este podría ser un aforismo de El Roto y esta fue también la impresión que me dio la entrevista a dos voces publicada ayer en El País que tuvo lugar, si es que no se hizo con tiempo y por escrito, con dos eminentes… eminencias (el uno teólogo, dice, y el otro lector de sanscrito). El objetivo manifiesto era vender el último libro de uno de ellos, el bendecido con ese cabello nivéo que expresa sin duda su gran serenidad y su bondad, pero el periodista había preferido disimular ese hecho comercial para hacer creer al lector que el pensamiento occidental entra por fin en la Era de Aquarius. No tuvimos bastante, según parece, con Herbert Marcuse disertando en California acerca de Eros y civilización entre la muchachada pluridimensional, ni con Luís Racionero en España ilustrándonos con una cachimba acerca de Las filosofías del underground, o con las más recientes invocaciones psuedoheideggerianas al Homo Sacer del italiano Giorgio Agamben, no, queremos más. Y eso que queremos parecen ser puertas de atrás para poder poner tierra de por medio y que se las arreglen nuestros hijos como buenamente puedan. La propuesta de estos señores consiste, si no lo he entendido mal, en que dentro de unos años, mientras nuestros cachorros buscan empleo, luchan con los algoritmos que les constreñirán como en el cuentecito aquel de Cortázar en que un tipo se ahogaba al quitarse un jersey, deciden entre un amplio espectro de opciones sexuales y de género, salen a manifestarse a las calles a favor de las energías renovables e intentan distinguir como hipermétropes digitales en sus numerosas y oligofrénicas redes sociales entre un bulo emocionante y otro inquietante, nosotros vamos a dedicarnos a la meditación, como Yuval Noah Harari entre un bestseller y el siguiente. Cuando todo da lo mismo, por qué no abrazar el budismo. El budismo es, como la religión egipcia, un evidente culto a la muerte y a la pasividad, pero a estos dos insignes intelectuales hispánicos, como han leído a Raimon Panikkar, este aserto les parecerá -además de un plagio de Javier Krahe-, un despropósito y una muestra de ignorancia. No por nada ellos comenzaron sus respectivas carreras leyendo El tercer ojo de Lobsang Rampa (“rampa hacia el cielo”, que cantaban los Zeppelin), sin verle el chiste fácil a la cosa que sí que le encontraban el resto de sus compañeros de estudios. Lo malo del tal Rampa no es que fuera o no un falso gurú, lo malo es que de verdad tuviera abierta en algún sitio una consulta de proctología…

¿Y cómo se pueden hacer estudios de Filosofía y seriamente, de corazón, afirmar que Kant es una suerte de “cerrado mecanicista” (no os preocupéis, ellos tampoco saben lo que han querido decir) y que uno prefiere arrimarse a la técnica de oración del hesicasismo de la Edad Media, una corriente de la Iglesia Ortodoxa de la que no ya se acuerda ni Dios, nunca mejor dicho? Pues muy fácil, es el mismo tipo de ardid -de nuevo huir por la puerta de atrás- que usan esos tipos que abundan ahora en la red desde la cuarentena del pasado marzo y que te aseguran que con un ordenador y un móvil vas a ganar diez mil euros al día desde un resort en Malibú sin necesidad alguna de matricularte en una carrera, aprender idiomas o redactar currículums -ya sé que está mal usado el latinajo, pero es lo que hay-, esas fatigosas trampas formativas para los pringaos. De modo enteramente gratuito (sic), ellos van a compartir generosamente lo que han aprendido acerca del comercio digital -es decir, nada menos que poner banners de publicidad en páginas de otros durante 24 horas al día-, que es el gran negocio del futuro cibernético si sabes bien dónde excavar -asombroso: ¡cuatro espabilados nos están vendiendo otra vez la Fiebre el Oro del Yukón!…-, engañando a miles de pringados como tú. Al menos nuestros dos ilustres entrevistados venden una mercancía venerable, previamente gentrificada y recortada por ellos mismos para uso de los atribulados y perplejos de hoy, en plan Reader´s digest de la sabiduría. Leer a Kant (que escribió además aquella diatriba contra los psicofantes, Sueños de un visionario) es un coñazo insufrible, ya lo dijeron Alaska y Mario, eso requiere del Cuarto Ojo, el ojo del entendimiento, así que adentrémonos mejor en la misteriosa filosofía samkhya, que, no se asuste, señora marquesa, es muy sencilla, yo se la explico en una tarde con una infusión por delante… 

No obstante, no se crea que esto es un retroceso a Madame Blavatsky o incluso a Meher Baba, el cantamañanas (charlatán no, porque no hablaba, no como estos dos, que no paran de perorar del silencio…) que embaucó a tantas estrellas del rock, y al que debemos ese lema tan emblemático de la tontería global que dice Don´t worry, be happy. Al contrario, tal exhortación al recogimiento, al vaciarse para llenarse -también las cosas están vacías, dice uno de los sabios entrevistados, poco antes de probar a meter los dedos en los agujeros de un enchufe…-, al sincretismo cultural y a la compasión universal pero siempre desde la necesaria distancia de la ironía lo encuentro yo en la actualidad completamente reflejado en la industria de los videojuegos, una de las más boyantes del planeta. El gaming, he aquí la espiritualidad del presente. Si estás estresado, la vida te confunde, alguna vez votaste al PP o te ha abandonado tu móvil -para cuándo una aplicación para poder besarse con lengua con tu móvil-, enciendes la videoconsola y una paz interior semejante al Nirvana te invade. Como riman en TikTok, “viva el orden, viva el rey, viva el mando de la Play”. No es una paz, es cierto, quietecita e inerme, como les gusta a nuestros intelectuales de vanguardia, porque se grita, se suda, se sufre y hasta se ama, como en el Striking Vipes de Black Mirror. Pero obtienes apartamiento del mundo y desnudez del alma, borrar enteramente las preocupaciones del día para encontrarte contigo mismo, renegar con un ademán del ruido mundano para dejarte penetrar de una pura percepción interior. Podéis esperar comunidad en el silencio de los gamers, esos nunca usarán de la palabra para protestar excepto si les suben el precio de una skin. El propio Fornite, la Más Alta de las Experiencias Místicas, te absorbe en su mundo virtual sin resto alguno, y ya no existen para ti el mal, ni la política, ni la ecología, ni tu familia ni más muerte que una especie de dron ultramoderno que chupa tu luz, confirmando así que eras un ser de luz y que te reconfigurarás en el siguiente evento. El Fornite es, en efecto, sincrético, mezclando mitologías y franquicias en una visión holística común, ramas todas de un mismo poderoso árbol que hunde sus raíces el Ser y eleva su copa hacia la Nada: personajes Marvel, DC, Depredador, Mandalorian, youtubers famosos y un largo etcétera de religiones contemporáneas, efectivas, con decenas de millones de seguidores entusiastas. Como apunta Juan Arnau en el artículo de ayer: “Percibiendo. Para mi la clave de la meditación no es tanto cerrar los ojos como abrirlos...”

Y todo esto está muy bien, es estupendo y maravilloso y devuelve una dimensión de lo numinoso a nuestras vidas por cortesía de la Sony o de la Nintendo, pero de lo que ya no estoy tan seguro es de que sea filosofía propiamente dicha. En Fedón, Platón pone en boca de Sócrates que una vez estuvo interesado en la composición de los astros y todo lo que está más allá de la experiencia vulgar a la manera de Anaxágoras y compañía, pero que luego, en una “segunda singladura”, se dio cuenta de que aquellas materias son vanas si uno no se preocupa primero por la promoción de lo bello, lo bueno y lo justo en su ciudad. Esa preocupación se compadece mal con el recogimiento, la planitud interior y mucho menos con el silencio, por eso Sócrates salía desde temprano a la calle todos los días a dar la vara a sus compatriotas. Así que no sé si es del todo cierto que el videojuego de la espiritualidad, o la espiritualidad de los videojuegos, que es prácticamente lo mismo, constituyan realmente el nuevo territorio del pensamiento del futuro, por muchísimos followers que tengan, sobre todo mientras pesen sobre la humanidad tantas nuevas incertidumbres y tan enormemente decisivas que lo que menos necesitan es que nos desentendamos de ellas a canje de dar vivas al espíritu, al rey y al mando de la Play. Pero que no se diga, ¡ea!, que soy yo un materialista que sólo aprecia una larga espalda de mujer y una paella con sangría entre amigos -nuestros gurús hablaban también del fagos: “¡al Principio fue el Fagos!”1… 

En realidad, también yo tengo mi facetilla espiritual, como la tenían sobradamente Sócrates y Kant, y me postro de hinojos ante la divinidad, al tiempo que trepo sobre las ramas de ese Yggdrasil que conduce del ser a la nada o a la inversa, pero sólo en los términos en que lo canta el poeta en El libro de horas:

El tiempo es como un borde marchitado

en una hoja de una haya.

Es el ropaje deslumbrante

que Dios ha desechado,

cuando Él, que siempre fue profundidad

se cansó de volar

y ante los años, todos, se escondió,

hasta que su cabello, que era como raíces,

entre todas las cosas se extendió.

1 So el espíritu, en este mundo corpóreo y crudo todo consiste en comer y ser comido. Los animales no hacen otra cosa, comerse los unos a los otros. La noche llega y engulle la luz del día, la plantas rechupetean la luz del sol, un cachorro crece y absorbe porciones de su entorno, un idioma es un sistema digestivo común, la revolución devora a sus propios hijos, el sexo está hecho de mordisquitos, de envulvar y de hacer desaparecer en cuevas partes salientes del otro, hasta el conocimiento no es más que echarse un libro, una clase, una práctica entre pecho y espalda… En el fin del mundo Dios volverá a ingerir todo aquello que había evacuado antes, al inicio…

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