First Cow (o el hombre que susurraba a los bovinos…)

Dicen que los westerns tradicionales solían encuadrar al hombre (al ser humano, habitualmente varón) en un entorno natural inmenso que se enfocaba de abajo a arriba, de manera que la figura del amo de la tierra quedara así magnificada, como en un skyline humano recortado sobre el cielo infinito. En cambio, Andréi Tarkovsky acostumbraba a hacer lo opuesto, y tendía a hacer el plano de arriba a abajo, como si sus pobres protagonistas estuvieran siendo vistos desde el cielo, o lo que es mejor, por el mismísimo cielo -en particular, en Stalker hay muchos secuencias tan extrañas que sólo pueden ser explicadas como la visión subjetiva, por así decirlo, que la Zona tiene sobre los intrusos, lo cual me parece algo inquietante y sin duda el summum de la maestría. Pues bien, en la última película de Kelly Reichardt, no tenemos ni una cosa ni la otra, sino que los planos se sitúan en la pura horizontalidad, siguiendo a los personajes como el espejo al borde del camino de Stendhal, y todo horizonte, los grandes horizontes característicos de John Ford o Howard Hawks (y que todavía seguían muy presentes en las tres películas que Kevin Costner consagró al género) se pierden para siempre, brillan por su ausencia. De hecho, según la desquiciada crítica de la película realizada en el periódico El Mundo , la propia directora habría declarado explícitamente su personal aborrecimiento por Ford, ese tipo con parche en el ojo que a menudo se emborrachaba en los rodajes y que de “nuevas masculinidades” o de dulces vulnerabilidades y éticas del cuidado no tenía ni la más remota idea: «El western -razona Reichardt- es un género que pone constantemente el foco en situaciones intensas dedicadas a probar la masculinidad del héroe. Cuando veía películas como Centauros del desierto, de Ford, me preguntaba qué diría la mujer que sirve la sopa si alguien le preguntara sobre la absurda bravuconería de lo que estaba escuchando».

Kelly Reichardt

Si eso es lo que honradamente se pregunta, pues creo que la respuesta es sencillísima. Una de las mujeres del reparto de Centauros del desierto lo que diría es que estaba orgullosa de que los hombres se comportarán como hombres, y que jamás se casaría con uno que no tuviese el valor de perseguir a los indios para rescatar de sus sucias garras a la preciosa Natalie Wood. Eso dentro de la lógica de la propia película, desde luego, pero quizá no sea eso a lo que se refería Reichardt y haya formulado mal su pregunta. Porque si lo que de verdad ha querido decir es que le gustaría saber lo que pensaban las mujeres reales del Lejano Oeste histórico acerca de la “bravuconería” de sus maridos -esa sin la cual seguramente sus familias jamás habrían sobrevivido, y que tenemos felizmente superada- entonces está entrando en el terreno de la disciplina histórica, no del rodaje de westerns. Los westerns son, sin sombra alguna de duda, un género cinematográfico (y a veces literario) que consiste, efectivamente, en exponer a situaciones límite la masculinidad del héroe, la andreía como se decía en tiempos de Homero. Si Reichardt lo que ha procurado en First Cow es hacer una película histórica, al modo de, no sé, Jean Renoir, pues estupendo y bienvenido sea. Vemos a los tramperos de principios del XIX, vemos la precaria situación de los trabajadores inmigrantes chinos (¿es por cierto, First Cow, además de un estudio histórico, un intento de fábula bienintencionada de alianza chino-estadounidense?), vemos el interés por la alta costura de los gentlemen ingleses en tierra salvaje, etc., etc. Pero sostener que lo que estamos viendo es una “deconstrucción” del western tradicional es realmente hacer un pan con unas tortas. Y pongo tan solo un ejemplo, un episodio de la película con el que no destripo nada y que tampoco importa demasiado, dado que además nada importa gran cosa en la película. Se trata de una escena de pelea, la típica escena de pelea de western que a Ford y a tantos otros les encantaba rodar, como una especie de celebración del modo de vida rudo y anti-intelectual del protomacho norteamericano, ese mismo que luego va y vota a Trump. Pues sorpresa: Reichardt no graba la pelea, la pelea tiene lugar en el exterior mientras que los protagonistas hacen cucamonas a un bebé en el interior de la taberna. De modo que First Cow es una película tierna, morosa, pequeña y fácilmente olvidable que se pretende entre Tarkovsky y Howard Hawks, pero que en realidad ha expulsado el western enteramente de su seno junto con la pelea a puñetazos, que se han quedado fuera, proscritos por patriarcales y violentos…

Así que vayan a ver First Cow si quieren reafirmar sus convicciones feministas (incluso políticas, ya que el hombre que susurraba a los bovinos expropia sus bienes al rico patrono…), o si quieren disfrutar de un ejercicio de hiperrealismo visual, pero olvídense del western y olvídense de esas formidables películas que trataban de ser Bigger Than Life. Aquí, de lo que se trata es de demostrar que “lo pequeño es hermoso”, como promulgaba el economista alemán E.F. Schumacher, lo cual es completamente cierto, pero para la vida más que para el cine. Tal vez Reichardt esté pensando ahora en rodar la Odisea desde el punto de vista de Penélope (me suena que ya se ha hecho en teatro), pero lo que es a mi no me pilla otra vez en la sala viendo tejer y destejer el tapiz a la pobre mujer abandonada, que hasta su propio hijo se le subía a la chepa. Eso iba a parecer, me temo, una película de Andy Warhol, aunque, eso sí, provista de un gran valor moral. A propósito de eso, del gran valor moral que aporta a una obra de arte la perspectiva feminista, tengo una adivinanza por proponer al lector de este comentario cinematográfico. Son dos poemas, el primero un fragmento y el segundo un texto completo; es a saber:

Pero con ruego tierno y persuasivo

portan las mujeres el cetro de la moral,

cancelan la discordia enfurecida,

enseñan a las fuerzas hostiles que se odian

a abrazarse en forma amorosa,

y unen lo que continuamente se escapa.

Y el siguiente, titulado Epigrama (Del ciclo Secretos del oficio):

¿Acaso pudo Bice crear como Dante,

o Laura celebrar el fuego del amor?

Yo enseñe a las mujeres a hablar…

pero, Señor, ¡como obligarlas a callar!

El primero pertenece a un anticuado señor del s. XVIII, Friedrich Schiller, filósofo y filántropo, a quien nadie lee ya. El segundo, a Anna Ajmátova, poetisa del s. XX adorada y leída por el feminismo (su Réquiem es citado, por ejemplo, en El infinito en un junco, de Irene Vallejo). Quien haya votado por el primero, vetusto y varón, mis felicitaciones, pero a mi los dos me parecen igualmente patriarcales…

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