Tash Sultana: el milagro de la música al final del viaje

Recuerdo la primera vez que la escuché. Un amigo argentino, al que por entonces no conocía mucho pero al que me encontraba en todas las (buenas) raves, siempre me decía: tenés que escuchar a Tash. Si te gusta Chet Faker, tenés que escuchar a Tash. Es también Australiana, es una bomba, boludo. Lo hace todo ella, es increíble. No le hice mucho caso hasta que un día nos invitó a un asado, con ojo de bife y un buen Malbec, en su casa y ya un poquito ebrios nos puso el vinilo de “Flow State”. Era Septiembre y los riff’s de Tash Sultana comenzaron pronto a mezclar muy bien con la nostalgia y la humedad de los últimos días de verano.

Reconozco que me olvidé de ella unos meses hasta que YouTube, siempre YouTube, me recomendó su «Tiny Desk» y vino a salvarme de mi error. Allí estaba Tash, en aquella habitación icónica, con la gorra hacia atrás y aspecto de skater amiga de Pepper Ann, insultantemente joven y segura, haciendo muecas y moviendo sus brazos tatuados con mándalas de un lado para otro, de un instrumento a otro, a la velocidad de la luz.

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Me vino a la mente esa escena justo antes de entrar al foso de los fotógrafos en su concierto en Barcelona, para los 15 minutos pactados, cuando el segurata nos comentó sorprendido: no sé de donde ha salido esta chica. Ha estado toda la tarde sola ensayando y mira que llevo tiempo aquí, ehh, pero nunca había visto a nadie hacer tantas cosas juntas. Todas a la vez. Parecía un pulpo. Impresiona, ya veréis.

El Sant Jordi Club lucia pletórico, lleno hasta la bandera. Voces extranjeras entremezclaban conversaciones en las primeras filas. Tres objetos (un flamenco rosa, un cactus verde y un arcoíris) anticipaban el colorido de las proyecciones que vendrían después en medio de una oscuridad en la que la multitud coreaba: Tash, Tash, Tash…

Tash Sultana apareció, de repente, con la mirada azul afilada como un gato. Unos pequeños botes rápidos, casi febriles, hicieron que los abalorios de sus rastas y los anillos plateados de sus dedos desprendieran reflejos luminosos. No pude contar la cantidad de instrumentos que había sobre el escenario (doce, quizá quince) pero enseguida se puso a jugar con ellos. Como si fuera la cosa más fácil del mundo. Como si veinticinco años hubieran sido más que suficientes para encontrarle el secreto a todos: pedales, baquetas, batería, saxofón, teclado, guitarra, flauta … Todo lo tocaba y todo confluía, armónico, seductor. Hay algo que tiene el talento innato, el duende, que no se explica, que no se puede buscar ni perseguir, solo acontece y no queda otro remedio que rendirse a él, sonreír y disfrutarlo. Era mirarla y verla brillar: sola, sumida en su elemento, furiosa y precisa, desencajando la mandíbula y a veces los ojos, en un estado de trance casi místico.

Cuentan que Tash salió de la calle, de la drogadicción, del umbral oscuro donde se atisban los límites de la percepción y la consciencia propia. Un mal viaje con setas, del que tardo nueves meses en recuperarse, fue el punto de partida de una resurrección basada en la música y la voz. Descubrió la musicoterapia y de repente vio nítido lo que siempre estuvo ahí, lo que siempre quiso ser, lo que había venido a hacer entre nosotros. Todo encajó. El concierto de anoche en Barcelona dejó intuir esa semilla psicodélica, ese unir de piezas, ese paseo por los orígenes del ser y de lo real. El frágil y precioso equilibrio entre el vértigo y lo sensual, entre el caos y la armonía, entre la falta de certezas y la dulce calidez de la emoción y el sonido. La música como sostén, refugio y amparo.

Pasó una hora y media bella, intensísima, hasta que Tash bajó del olimpo y demostró su materialidad tomándose el primer respiro. Metió la mano en su jersey negro, sacó un ventolin, aspiro tres veces y dijo:

No es un buen momento para tener asma

Luego, veloz, volvió a enfundarse la guitarra y tocó los bises (“Jungle”, “notion”…), ya con el público ardiendo en vítores y aplausos.

Salí, despacio, del Sant Jordi Club, con el arpegio de la última canción grabado en la retina y con una profunda convicción: la de haber visto a la elegida.

Tash Sultana reinará si ella así lo quiere.

Fotografías de Hugo González Granda. Sant Jordi Club, concierto de Tash Sultana, 17/03/2022.

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