Ilustración de Aykut-Aydogdu

Olvidaremos Ucrania y el Dombás, como olvidamos los nombres de los actores de cine. Olvidaremos el virus y sus daños, como olvidamos el volcán y las casas fundidas. Cuando el polvo del olvido se deposita en las pantallas negras, todo se olvida. Todo pasa y nada queda, porque la vida es pasar y no siempre dejar huella. Nuestras vidas son una estela efímera en el océano de la actualidad, la pavesa voladiza de un culebrón apasionado, el brillo dorado de una vela que se apaga, y poco más. Somos seres memoriosos, a veces memorables, pero nos conviene más el olvido, porque así nos consolamos con la vida. Afortunados los que gozan de tan buena desmemoria, que conserva lo bueno y olvida lo que no conviene recordar. Desmemoriados somos y nada podemos hacer por evitarlo. Y cuando no podemos olvidar, deformamos los recuerdos con tolerancia o disculpa. Los expertos lo llaman a eso deformación catatímica de los recuerdos, que unas veces oculta y otras edulcora el drama de la existencia. Pero hay quien con eso construye leyendas patrióticas, tragedias griegas o novelas superventas. Así se consigue no olvidarlo del todo y que duela lo justo, compartido pero modelado al gusto de los tiempos, o acomodado a esa falsa equidad de la conciencia colectiva que lo mitifica todo o todo lo absuelve.

Ilustración de Aykut-Aydogdu

Más hay un método que nunca conviene olvidar, el de la palabra y la lengua. No conviene olvidar palabras como conflicto o guerra cuando aún duelen y sangran. Ni las palabras injusticia o ignominia cuando no hay balanza precisa para tasarlas. No hay palabra más injusta y olvidadiza que la palabra guerra. No hay palabra más inocente y amnésica que la palabra paz. No conviene poetizar la paz, ni escenificar la guerra como si fueran mitos o leyendas, ni contemplarlas como espectadores de las pantallas histriónicas que exhiben los trajes oscuros en el escenario purpúreo del mundo. No conviene olvidar las palabras, ni las lenguas, pues no hay herramienta más potente que ellas, ni armas más afiladas y explosivas. Cuando no las sabemos usar nos confundimos, nos enfrentamos, o nos agredimos. En la vida colectiva no conviene olvidar la injusticia cuando aún hiere y mata, no vale la equidistancia con la infamia cuando no hay juez para juzgarla o penitenciario para absolverla.

Y en nuestra intimidad, consideremos las siguientes opciones. Si tu infancia te parece que fue comedia piensa que quizá hubo algo de drama. Si tu adolescencia fue drama piensa que quizá hubo algo de comedia, y si tu adultez es tragedia trata de encontrar lo que en ella haya de drama o de comedia.

Ilustración de Aykut-Aydogdu

La desmemoria ayuda a mantener ese equilibrio inestable que es la salud mental, cuando consigue comediar el drama y dramatizar la tragedia, pero no al revés, dramatizar la comedia de la vida, o hacer trágico el drama de la existencia no es bueno para la salud mental y social, tuya ni de los tuyos.

Pero aceptar ese proceso de olvido caritativo, no es lo mismo que olvidar la injusticia, ni justificar la infamia, actitudes que con tanta prontitud estamos dispuestos a aceptar cuando las cosas feas duran algo más de lo que conviene a la fugacidad del noticiario, a la hipersónica velocidad de las pantallocracia imperante en el mundo. Así pues… ¡Memoriosos seamos, memorables si podemos, más nunca desmemoriados!

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