Treinta años de la caída del muro de Berlín

Treinta años de la caída de un símbolo del totalitarismo

por Ramón González Correales

Qué banales  parecen las calamidades históricas cuando el tiempo se las lleva por delante y desaparecen como por ensalmo, dejando solo souvenirs ya descontextualizados y apacibles: trozos de hormigón en los mercadillos callejeros junto a las gorras del antiguo ejército o las insignias y medallas con la hoz y el martillo quizá de héroes olvidados o de fanáticos o esas pintadas tan pop que todavía persisten en el muro y que dan la sensación de que todo fueron incidentes leves, como si la sangre no hubiera llegado al río y todo hubiera sido una pelea de vecinos más o menos vociferante pero, en el fondo, sin importancia, donde siempre hubiera estado claro que las aguas volverían a su cauce con el tiempo.

Pensé en esto continuamente cuando visité Berlin hace unos años y la puerta de Bradenburgo me pareció tan pequeña dibujándose al final de la famosa avenida de los Tilos, bañada por el sol de otoño, tan amable, que parecía mentira que en esta ciudad hubiera existido tanto dolor y tanta muerte, tanto tiempo. Seguí con esa sensación cuando recorría sus calles por primera vez, siguiendo las explicaciones de aquel magnífico guía argentino del free tour que nos fue llevando desde la maravillosa Isla de los Museos o la Universidad Humboldt a sitios como la Bebelplatz, donde una losa de cristal, en el suelo, trasparentaba una estantería vacía del tamaño que hubieran ocupado los libros que se quemaron aquel 10 de mayo de 1933 o el imponente Ministerio de la Luftwaffe, que luego quedó en la parte oriental y aún conserva los murales del realismo socialista y las huellas de las balas de la guerra en algunos de sus sillares de granito. Todo estaba allí tan impecablemente reconstruido y limpio que parecía que todo el horror que ocurrió en esas calles, ahora paseadas por turistas relajados y risueños, solo hubiera sido una pesadilla, algo que en realidad no ocurrió o lo hizo en un tiempo muy remoto o habitado por gentes muy distintas a las que ahora se veían por las calles.

Pero sí ocurrió. En estas calles que estaba pisando fracasó la República de Weimar y brotaron todos los huevos de la serpiente del totalitarismo nazi que incendió Europa en los años treinta y provocó la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, con entre 55 y 60 millones de muertos (probablemente la mitad civiles) y una devastación inimaginable de las vidas de muchos de los supervivientes. También esas calles sufrieron la derrota, la destrucción y la venganza al final de la guerra, en la famosa batalla de Berlín, que costó la vida a 400.000 rusos (sobre todo por la prisa que tenía Stalin en tomar la ciudad antes que los aliados, como puede leerse en Berlín de Anthony Beevor) y dejó la ciudad con el 75% de los edificios destruidos, 45.000 muertos, miles de violaciones de los que nacieron entre 150.000 y 200.000 niños en la zona alemana ocupada por los rusos, según relata Tony Judt en «Postguerra» junto a muchos otros datos que reflejan una devastación inimaginable.

Y luego el muro. Un símbolo de las diferencias irreconciliables entre los dos mundos que quedaron y que dio lugar a la «Guerra fría«, entre dos formas de humanismo, el liberal y el socialista según relata Harari en «Sapiens», de la dificultad intrínseca de conciliar derechos como libertad e igualdad, aquello que teorizo Isaiah Berlin en «Dos conceptos de libertad». Los dos sistemas de creencias que pugnaron tanto tiempo en cualquier lugar del mundo y que se comportaron como una religión en la cabeza de tanta gente. El muro que, ahora, parece el símbolo de una derrota anunciada aunque hubo momentos en que no fue así en absoluto: fue construido para que la gente no escapara (3.000.000 lo hicieron antes, entre 1949 y 1961) del supuesto paraíso donde iba a florecer el hombre nuevo y solidario y solo surgió un enorme campo de concentración liderado por implacables y sanguinarios tiranos. Lo que no quiso ver Sartre ni otros intelectuales de izquierda que vivían a salvo en la soleada rive gauche occidental, como Heidegger no quiso ver el lado oscuro del nazismo cuando lo tuvo delante de sus narices. El muro también como símbolo de los límites de los intelectuales intoxicados por el opio del marxismo como escribió Raymond Aron y también del heroísmo de los que se atrevieron a pensar libremente soportando las criticas de los mandarines o jugándose la vida más allá del telón de acero.

El muro que cayó casi de golpe aquel 9 de Noviembre de 1989 tras tanto tiempo y tantas historias políticas y personales, tan complejas y a menudo trágicas. Después de tantos inviernos y tanta miseria económica y moral, del control de la Stasi, de la propaganda contrapuesta, del «yo soy un berlinés» de JFK, del «punto Charlie», de Adenauer y Willy Brand, de Reagan, Gorbachov y Thatcher, del milagro económico alemán, de la Fracción del Ejército Rojo, de todos los espías, la OTAN y el Pacto de Varsovia, de todos los que intentaron cruzarlo (100.000), de los que lo consiguieron (5000) y todos los muertos que se quedaron por el camino (600: 138 en Berlín).

Aquella noche donde se respiró la libertad y la alegría desatada, un país que se disuelve en otro, lo que parecía el fin de la historia que teorizó Fukuyama. «La palabra fin no tenía un sentido de «terminación», sino de «meta» u «objetivo». Karl Marx sugirió que el final de la historia sería una utopía comunista, y me limitaba a sugerir que la versión de Hegel, donde el desarrollo desembocaba en un Estado liberal vinculado a una economía de mercado, me resultaba más plausible.» dice en la introducción de su último libro, «Identidad» que también sirve para explicar ,de alguna manera, el desencanto que algunos de los alemanes del este sienten con la unificación treinta años después, a veces apelando a una pérdida de la identidad que tenían en el otro estado, la RDA, o quejándose de sentirse marginados, con nostalgia de otra vida que no han alcanzado o tenían antes. Algo que tiene que ver con él llama thymos, la parte del alma, en el sentido griego, que anhela el reconocimiento de la dignidad, algo sumamente subjetivo que estaría en la base de emergencia de las nuevas políticas de identidad, de la religión, del nacionalismo y los nuevos populismos. Eso a pesar del gran éxito económico de una empresa colosal, realizada a la vez que la ampliación europea. «El PIB per cápita del este de Alemania ha crecido hasta el 75% en comparación con el del oeste, frente al 43% de 1990, según el informe anual del Ejecutivo. El desempleo nunca ha sido tan bajo (6,8% frente al 4,8% en el oeste) y los salarios alcanzan ya el 84% de los de la Alemania occidental. El crecimiento del PIB el año pasado, con un 1,6%, fue incluso algo mayor que en el oeste (1,4%) y cuando le preguntan a la gente en las encuestas, la gran mayoría dice que su vida ha mejorado significativamente.»

Todo lo que vino después: la globalización, la transmutación de la vieja nomenklatura en los nuevos oligarcas nacionalistas, la eclosión del capitalismo financiero y la deslocalización, el aumento de la desigualdad, la crisis económica de 2010, Trump y el Brexit, la crisis de la CEE, China como la nueva potencia emergente que parece aunar lo peor de los dos sistemas con gran éxito económico y apenas avances democráticos. Los nuevos muros que amenazan construirse o se han construido. La crisis ecológica. Los viejos fantasmas que parecen volver y la posibilidad de que la democracia liberal moderna decaiga o retroceda, convirtiéndose en otra cosa que limite la libertad y el crecimiento de los individuos. La fragilidad de las sociedades abiertas, que en su mejor versión (con un estado del bienestar desarrollado y sostenible) parece no defender ya demasiada gente.

Treinta años de la caída del muro de Berlin que nos recuerda todo lo que se puede perder, el horror inmenso que fue superado, la tiranía tras las utopias, todo lo que podemos añorar lo que tenemos ahora, todavía, en algunos sitios soleados del mundo.

Winds of change?

por Oscar Sánchez Vadillo

En noviembre de 1999 estuve yo un mes en Berlín, hacía un frío que pelaba y se veían las estrellas a las cuatro de la tarde. Habían pasado diez años justos de la caída del Muro, el único muro que es nombre propio hasta que Trump levante el suyo, fecha que coincide con el estreno en televisión de The Simpsons. Recuerdo que un amigo español que vivía allí me mostró el chiste gráfico de un periódico de la ciudad: se veía una masa de gente a un lado, y, como cortada a cuchillo y separada aposta, otra masa de gente al otro lado, con un pasillo de vacío entre ambas multitudes. El pie del chiste decía algo así como “menos mal que hace diez años que derribamos el muro”. Ja, ja. Mi amigo me explicó que era así, que efectivamente el Muro ya no estaba -excepto algunos tramos que siguen todavía hoy ahí como una muestra a la intemperie de Arte Contemporáneo-, pero la división en algunos aspectos permanecía intacta. A lo largo de esa década, los Wessies o habitantes del flanco oeste ya se habían comprado prácticamente todo el flanco este, y los Essies (no sé si lo escribo mal, pero me parecería trampa consultarlo) andaban más cabreados que una mona. Hasta unos conocidos míos con pinta jipi se habían comprado un edificio entero en la zona este, para vivir y para alquilar, y les había salido tirado. Una construcción cuadrangular con apartamentos pequeñitos de suelo de losetas y chimenea de obra como único lujo frente a las bajas temperaturas.

Gorbachov y Reagan

El contraste entre oeste y este era, así, demasiado cantoso, y la Reunificación se materializaba en la casa de arte Tacheles, donde ambas mitades se sentían igual de vanguardistas e igual de destruiditas. De manera que era inevitable que los Essies, a los que al principio había hecho tanta ilusión pasarse al otro lado (“votar con los pies”, creo que lo llamaron entonces, porque hay que tener en cuenta que antes los custodios del Muro disparaban de verdad y mataban de verdad), solían llevar la cabeza rapada al cero y entre eso y lo altos que eran daban un poco de miedo. En una ocasión entré en un bar cualquiera de la antigua RDA, probablemente porque eran más baratos, y según abría la puerta divisé que estaba lleno de rapados. Como el que esto suscribe tiene cierto aspecto de turco, y el valor en la batalla del bravo soldado Sjvek (o, para quién no conozca la referencia, de Santiago Abascal afrontando una dura jornada de trabajo asalariado), cerré la puerta echando leches y salí de allí como alma que lleva el diablo… De turco mal, pero de hispano sin División Azul casi que peor…

Lo que quiero decir es que no estaban contentos, los berlineses, o no todos. Hasta el más colgado de los ciudadanos de la capital de Alfred Döblin, Christopher Isherwood y Wim Wenders sabe tres idiomas, tiene casa propia y toca un instrumento musical, pero se les veía frustradillos. La caidita del Muro había sido altamente simbólica, pero más para los norteamericanos que para los propios interesados. Súmale a eso la amargura que aún reinaba en los corazones de los jóvenes berlineses -Berlín es sin duda la ciudad más joven y cosmopolita de toda Deutchsland, allí donde el plato típico no es el codillo con chucrut sino el internacional kebap…- por ser los nietos de los nazis. En Prezlauerberg, el barrio anarquista que atesora el recuerdo de Bertolt Brecht (todo Berlín lo atesora, Brecht es como Tacheles pero con sensibilidad y gafitas), los pubs y garitos tienen colocado en un repecho, a la entrada, un candelabro judío de siete brazos eternamente encendido, penitencia por las víctimas del Holocausto.

Bertold Brech

Eso, junto con el hecho de que Berlín albergue cafeterías, o calles, llamadas Kant, o Hegel, o Marx (su estatua sedente, junto a la de Engels de pie, nos recuerda bien quién arrimaba el hombro en aquella famosa pareja), hace de Berlín la ciudad más melancólica de Europa, más triste a la vez que más vivaz, y mira que todo el Norte de Europa es triste, que todo el Norte de Europa es, también, vivaz… Todo berlinés ama Berlín, pero sueña con huir a países más cálidos. El mes que yo estuve ahí, todavía seguían adorando Buena Vista Social Club, que es de 1997. La proyectaban en cines caseros que consistían en tres butacas y una pared de gotelé. Ahí se quedaban, die berliner, con una cerveza enorme o una copa en la mano, embriagándose con la idea de vivir despreocupadamente, sin un pasado nazi, sin ser la locomotora de Europa, sin frío nueve meses al año y sin levantarse a las cinco de la mañana… Una noche tratamos de encontrar un lugar donde bailar en el Berlín reunificado. Pues bien: en una cuidad tres veces más grande que Madrid, y con tres aeropuertos, sólo encontramos uno. Era una torre de cuento de hadas, con diferentes pisos en la función de consecutivas pistas de baile de música electrónica, y se hallaba a la ribera de un riachuelo, alzándose entre la nieve, como en la postal de un Belén navideño posmoderno…  

Pink Floyd the Wall Live in Berlin 1990

Quien quiera conocer, en fin, lo que ocurrió después de la supresión del Muro de la Vergüenza por esos pagos, una vez que acto seguido se desmoronó la constelación política de la URSS como se desmantela una enorme tienda de campaña a la que vas desclavando los vientos y desarbolando los palos, que lea El imperio de Kapuscinski, y se caerá de culo. Ese tipo de libros son verdaderos libros, y el resto es propaganda. Propaganda era también, a su manera, la famosa baladita de los Scorpions, Winds of changes, que se escribió el año siguiente, en 1990. Es una canción estupenda, vibrante y emocionante, no lo niego, pero que, como todo arte cuando aún había arte y no escombros de arte, falsea la realidad en pro de una esperanza –¿quién fue aquel que dijo aquello de que el arte es “una promesa de felicidad”? Me parece que era francés, no alemán… Yo diría que Alemania es un país acostumbrado a no ser feliz. Supongo que piensan algo así como “para qué vamos a ser felices, si ya somos los mejores…”, pero el consuelo es irreal, y por tanto les dura poco. El fin de la Unión Soviética fue un gran alivio para el mundo, y seguramente también para los rusos y sus naciones satélite. Pero con él cayó también el último sueño no tanto de una utopía, que, como se demostró también en este caso, son siempre un horror total más allá del papel, sino del sueño de una hermandad austera, disciplinada, entre los hombres. Por eso he mencionado antes que en 1989 nacieron The Simpsons. Los Simpsons son, de hecho, la caricatura de los vencedores de la Guerra Fría. No hay hermandad en Springfield, y desde luego hay todo lo contrario a austeridad y disciplina. En EEUU pronto ganó las elecciones Clinton, el tipo más carismático que haya ocupado la Casa Blanca después de Lincoln y Reagan, un auténtico cachondo mental y de lo otro, pero al que no le tembló la mano a la hora de ejercer la hegemonía unipolar en el mundo. Good Bye, Lenin…

Yo abomino, como todos, del modo de vida servil, corrupto y burocrático de la extinta URSS.   Pero comprendo, también, a quien el modelo americano le parece decadente, estúpido y poco modélico en realidad. Tras Clinton, en EEUU no tardaron en elegir a George W. Bush como marioneta pública, es decir, a un tarado semejante a Homer, a fin de redondear el mapa de la nueva situación. Bush era un alcohólico, un tipo al que echaron de la armada por cocainómano, cuya mujer había matado a un hombre conduciendo borracha, y que arruinaba todos los negocios en los que su padre el Gran Pez Gordo le enchufaba antes de destinarle a la política… Nada que ver con Gorbachov, pero mucho que ver con Boris Yeltsin. Pero sirvió para lo que sirvió: redefinir al nuevo enemigo de la única potencia globlal. O sea que sí, que hubo vientos de cambio tras la caída del Muro, como querían los Scorpions, pero, bueno, pienso que tampoco estamos todavía como para dar saltos de alegría, ni die Leute aus Berlín ni nadie…

Yo, Bertolt Brecht, soy de las Selvas Negras.

Mi madre me trajo a la ciudad,
Cuando aún me encontraba en su seno. Y el frío

       de las selvas

Irá conmigo hasta la muerte.

Mi hogar son las ciudades asfaltadas. Desde

       siempre,
Provisto de los santos sacramentos:
Periódicos. Tabaco. Y aguardiente.
Suspicaz, perezoso, satisfecho, al final.

Soy amable con la gente. Me pongo,
Cuando corresponde, un sombrero de copa.
Y digo: son animales de un olor muy especial.

Pero agrego: no importa, también lo soy yo.

De mañana me siento en mis sillones vacíos,

Entre algunas mujeres; despreocupadamente,

Las contemplo y les digo:
Conmigo no podéis contar para nada.

De tarde se reúnen conmigo varios hombres.

Nos tratamos de “gentleman” con gran dignidad.

Ellos ponen sus pies sobre mis mesas
Y dicen: pronto nos irá mejor. Y yo
No les pregunto: ¿cuándo?

Al alba los abetos hacen pis en la niebla.
Y su alimaña, los pájaros, comienzan a gritar.

A esa hora vacío mi copa en la ciudad,
Tiro mi colilla y me duermo intranquil
o

Hemos habitado, generación sin fundamento,

con casas que se creían indestructibles.
(Así construimos las largas avenidas
de la península Manhattan
y las finas antenas que cruzan el Atlántico).

De esas ciudades quedará: el viento

       que las atravesaba.
Alegra la casa al que come: pues él la vacía.

Sabemos que somos pasajeros
Y que después de nosotros vendrá:
       nada digno de mencionarse.

Durante los cataclismos que llegarán, yo espero

No dejar apagar mi cigarro, a causa de mi amargura.
Yo, Bertolt Brecht, venido, desde las selvas negras,
A las ciudades de asfalto, en el vientre de mi madre,
Hace mucho tiempo.

(Traducción de Mercedes Rein).

 30 años del Muro de Berlín: hormigón y silencio

por José Rivero Serrano

En 1999 Winfried Georg Sebald publicaba Luftkrieg und Literatur, que aquí entre nosotros fue traducido como  Sobre la Historia natural de la destrucción. Un ejercicio de traducción excesivo a mi juicio por la pretendida presencia de lo natural en el artificio extremo de la guerra cruel, del magnífico traductor que es Miguel Sáenz. Un ejercicio de traducción del texto que podría haber sido titulado más ajustadamente como Guerra aérea y Literatura, que ese es el título además de uno de los capítulos del libro. En la medida en que el texto de Sebald reflejaba puntualmente el silencio ominoso y vergonzante de las letras  alemanas de posguerra, en el episodio  de los bombardeos aliados que llegaron a afectar a 131 ciudades y pueblos de la Alemania hitleriana. Silencio poseído por el complejo de culpa de la población germana superviviente y por la superioridad moral  presentida de los aliados en combate y luego victoriosos. Como si dicha condición triunfal les otorgara el derecho intelectual y moral a la interpretación de los hechos de la Segunda Guerra Mundial.

Diez años antes de esas fechas, en noviembre de 1989 y en la Alemania del silencio sebaldiano, tuvo lugar otro silencio significativo de las letras y del pensamiento alemán y europeo, sobre todo del universo político de las izquierdas activas, en torno a otro memorable acontecimiento, como fuera La caída del muro, del que ahora celebramos un silencioso 30 aniversario. Silencioso en la medida en que sus arúspices han callado y evitado la onomástica y sus adversarios están en otros trinos y melodías.

Tal acontecimiento del noviembre berlinés fue visto, básicamente, de dos formas complementarias y no solo por el hundimiento del Berliner Mauer sino por la derivada consecuente del Hundimiento del Socialismo Real. Acontecimiento que representa, por rebosamiento, el cierre de las esperanzas revolucionarias abiertas en 1917 con la triunfal Revolución Rusa. Acontecimiento que supuso de hecho, y en primer lugar, el cierre anticipado del siglo XX, que para algunos autores como el historiador marxista Eric Hobsbawm, presenta una cronología abreviada y sincopada, al haber dado comienzo en 1918 con el final de la Gran Guerra, y concluir con el Hundimiento del Socialismo real en el referido año de 1989.

Un siglo corto pues, de tan solo 70 años, que evidencia algunos fracasos visibles en la historia política y social y en el pensamiento político y económico alimentado desde la Internacional Comunista. Demostrando, por otra parte, el ciclo corto aunque para algunos demasiado largo, del llamado Movimiento Comunista, triunfal en la revolución soviética de 1917 y agotado ya en el otoño crepuscular de la RDA, como metáfora resistente del viejo conglomerado de Soviets y Trabajadores de la fenecida Unión de Republicas Socialistas Soviéticas. Unión de Republicas Socialistas Soviéticas que quedaron afectadas por todo el imposible proceso modernizador impulsado por los reformistas de la Perestroika desde 1985 y, finalmente, desde 1988 por Mijaíl Gorbachov al frente de la Presidencia de Presídium del Soviet Supremo y de la Jefatura del Estado de la URSS. Aunque los años transcurridos entre 1965, con Nikolai Podgorni al frente del Presídium, y 1989 con la apertura proclama por la Perestroika  por la Glasnot, son un reflejo preciso del enquistamiento e hibernación del grupo dirigente agrupado en la Nomenklatura. Como permite adivinar la dirigencia –nunca mejor casta obrante– de los Brezhnev, Andropov, Chernenko y el intermitente Vasili Kuznetsov que repite hasta en tres ocasiones la alta magistratura.

Nótese que la erección de Muro de Berlín supone y representa la culminación de la Guerra Fría, desde que en 1949 se instituyen las dos Alemanias, la República Federal y la República Democrática, cuyas fronteras se habían dejado trazadas en 1952,  y se culmina con ese gesto carcelario y altivo del mes de agosto de 1961; viendo prosperar la iniciativa del gobernante Partido Socialista Unificado en pro de dividir la ciudad de Berlín en dos mitades y repetir el esquema en el territorio alemán. Un Muro llamado desde el Este como Muro de protección Antifascista (Antifaschistischer Schutzwall), y desde el Oeste como Muro de la Vergüenza (Schandmauer). Y esa representación esencial y esquemática del Berliner Mauer se erige como un monumento no improvisado, sino meditado, a la bipolaridad de Occidente frente a Oriente, y se acomoda a la fácil oposición del Occidente capitalista y del Oriente comunista, provistos de su brazo armado –OTAN y Pacto de Varsovia– y de su armario ideológico contrapuesto. Así como a la lucha por la supremacía internacional, como se acabaría viendo a lo largo de los años 60 con revoluciones de izquierda exportadas por doquier desde el paraguas moscovita; y con dictaduras militares de derechas promovidas desde el Pentágono y desde la CIA. 

JFK en Berlín 1961

Tuvo que ser la fractura de esa bipolaridad ocurrida en 1968, con una revolución de estirpe antiautoritaria la que acelerara la descomposición de los viejos modos de la Guerra Fría. Es decir que hubo que esperar algunos años al perfeccionamiento del corte espacial y social, para comenzar a advertir su precoz deterioro. Aunque la elocuencia escrita de tal despropósito haya que buscarla más por el territorio de la cinematografía que de la novela y del ensayo, en el otro silencio significativo como el señalado al principio. Y así serán las películas tempranas de Carol Reed, El tercer hombre (1949), de Willy Wilder, 1,2,3 (1961) o de Martin Riit, El espía que surgió del frío (1965), los documentos culturales que mejor expresen el clima de delación, acoso y propaganda del Socialismo Real. Como expresaría, ya tardíamente y una vez disuelta la realidad partida de las dos Alemanias, la exposición excepcional y memorable de 2007 Parteidiktatur und alltag in der DDR (Vida cotidiana en la dictadura de partido de RDA), celebrada en el Deutsches Historiches Museum de Berlín. Exposición que suponía la recapitulación y cierre de 28 años de pesadilla berlinesa y alemana, con una análisis desde la cotidianeidad controlada por la inefable Stassi. Como ha seguido contando el cine en las piezas de 2003 (Good Bay Lenin, de Wolfgang Becker) y de 2006 (La vida de los otros, de Florian Henckel). Aunque sobre todo ello, y aún en 2001, siga pesando el Estado de excepción cultural, tal y como reflejaba el suplemento Babelia (11 de enero de 2014) al denominar el trabajo de Andrea Rizzi, como Huérfanos de la RDA. Describiendo las heridas de un supuesta orfandad vital y social. Orfandad ideológica que trazaba la huella del Hundimiento del Socialismo real.


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