La vergüenza y la justicia

Fotograma de "Tempestad sobre Washington"

En los cielos la antigua Grecia vivía un titán, Epimeteo, el que actúa antes de pensar, que por orden de los dioses repartió entre los seres animados dones y virtudes para que pudieran sobrevivir y convivieran en armonía. Cuando le tocó el turno a los seres humanos apenas quedaba nada que repartir y entonces, otro titán, Prometeo, el que piensa antes de actuar, robó el fuego y las artes a los dioses y se los entregó a las criaturas humanas, y estas ingeniaron con ellos todas las cosas necesarias para sobrevivir, pero no les enseño cómo hacerlo compatible con la convivencia, y enseguida aparecieron la discordia, la envidia, la violencia y la injusticia. Entonces Hermes, el dios de las fronteras y los mensajeros, repartió entre los hombres – y las mujeres – otras dos virtudes divinas, la vergüenza y la justicia, para que pudieran convivir razonablemente. La vergüenza es una fuerza interna, un fuego interior que cuando se agita nos ruboriza y nos obliga rectificar, a actuar con moralidad, con decencia, a desarrollar normas éticas y a asumirlas. La justicia es una fuerza externa, una voluntad de respeto por los demás que nos impulsa a evitar los abusos, las desigualdades, las intolerancias, y nos ayuda a encontrar reglas para castigar las conductas perversas o malignas. Al reunirlas las dos por una decisión consciente, voluntaria y compartida de las personas, surge la virtud política, que nos permite convivir en las polis, las ciudades y los estados. Esa virtud es la base de la democracia, el gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo, basado en la participación obligatoria de todos y en el respeto de todos como grupo y de cada uno en particular. Así se engendró la democracia ateniense, que fue más longeva, al menos de momento, que la democracia moderna.

Fotograma de «Tempestad sobre Washington»

Cierto es que hubo muchos flecos sueltos en aquella formidable aventura de la humanidad localizada en una zona y un tiempo concretos, cierto que habría que extender y profundizar en el análisis para ser equitativos, pero, aun así, convengamos que la virtud política fue la esencia de aquel admirable invento ateniense que sus sabios y escritores nos legaron, y nunca después plenamente repetido. Aquella forma tan virtuosa de vivir y convivir generó tanta riqueza y sabiduría que aun nos ilumina a todos.

Pero los políticos atenienses, como Solón y Clístenes, o Temístocles y Pericles, también nos advirtieron de sus debilidades, pues la excelencia siempre está amenazada por la inmundicia, cualidades ambas afines a la naturaleza humana. Por eso, cuando los sabios Platón y Aristóteles indagaron sobre cuál sería la mejor forma de organización política para garantizar la democracia y su persistencia, lo tuvieron muy difícil. Platón, tras fracasar fácticamente, regresó a lo suyo, la enseñanza académica. Y, advertido de ello, su discípulo Aristóteles, ayudado por sus alumnos del Liceo, se limitó a examinar las formas de organización contraponiendo las buenas y malas en parejas: monarquía frente a tiranía, aristocracia frente a oligarquía, democracia frente a politeia. Tras indagar y sopesar ampliamente las cualidades y defectos de unas y otras, el sabio polifacético y errante, preconizó el regreso a la politeia, al gobierno de las ciudades y estados basado en la virtud política, fundamento de la dignidad y la convivencia humanas.

¿Díganme?, ¿en qué se parece esa creación política, más real que mítica, a las actuales democracias dirigidas por gobiernos y parlamentos que dicen representarnos, pero que realmente solo representan a los partidos políticos y a sus afiliados, los que democráticamente, es un decir, elegimos con un voto, voto que, una vez entregado, nos priva de la voz?

Fotograma de «Tempestad sobre Washington»

La ola de desafecto de la política y el abandono de las urnas por los pueblos de Europa, es síntoma de que no se sienten representados por los partidistas, que las instituciones políticas no fomentan las virtudes políticas que las sustentan. A menudo se percibe que no respetan los principios morales y éticos de la convivencia, con frecuencia se desvían de los fines políticos que las inspiran, entre las dobleces de la política partitocrática se fomentan las ambiciones particulares frente al bien colectivo, se justifican las desvergüenzas de unos y las connivencias de otros, se toleran las injusticias y se velan las desigualdades, y… no sigo para no caer en la hybris que critico.

Cuando los ciudadanos, incluso los más simples, contemplamos atónitos el comportamiento de los partidos y sus líderes, sentimos vergüenza ajena, nos crece el rubor interno y la rabia externa, nos salen excrecencias en las manos y en las lenguas, pero no sirve para nada, porque estas democracias no son democráticas, y son sordas y mudas, y tienen como máxima misión la de perpetuarse a sí mismas.

Por eso pedimos -o al menos este escribiente se permite hacerlo en su propio nombre y en de no pocos conocidos- a esos ciudadanos que se autodenominan políticos, los que nos gobiernan y legislan, entre los cuales deberían estar los mejores de nosotros, la aristocracia política, que piensen antes de actuar, que reflexionen antes de hablar, que estudien, investiguen e ingenien nuevas formas de representación y de gobierno, más equilibradas, más equitativas, más ágiles y adaptadas a los tiempos actuales.

Fotograma de «Tempestad sobre Washington»

Para ello tal vez podrían aprovecharse las posibilidades que las técnicas modernas nos brindan, para representarnos mejor a todos en el gobierno general y en las cuestiones menudas, para respetar más fuerte y ágilmente las virtudes que las sustentan, para contribuir a evitar los desmanes de las tiranías, oligarquías y plutocracias, tan crecidas en estos tiempos de globalización de -sobre todo- las inmundicias humanas. En definitiva, para que la democracia del futuro se aproxime lo más posible a aquel ideal de la politeia ateniense, que pese al desdoro del tiempo y el polvo de la incultura, seguirá siendo siempre faro de la democracia verdadera, la que se fundamenta en esos dos sentimientos tan sencillos y universales: la vergüenza y la justicia.

Con mi agradecimiento y admiración a Pedro Olalla, moderno Sócrates que, desde su tribuna ateniense, azuza las conciencias humanas e inspira a los que nos atrevemos a imitarlo.

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