Heinrich Böll, Opiniones de un payaso

Día del libro 2023

Creo que es en Manhattan, que es mi favorita, donde Woody Allen pasea junto a Mariel Hemingway y charla con Diane Keaton y su pareja acerca de los que estos últimos denominan “sobrevalorados”. Se menciona, bajo esa pedante categoría, a Heinrich Böll, que fue todo menos pedante, y que fue el escritor alemán más lúcido y engagé de su tiempo, seguramente el hombre personalmente más decente que hayan dado las letras del s. XX. Siempre estuvo, en mi opinión, en el bando correcto, tanto en los años del ascenso nazi como en la guerra y la posguerra (periodo en que fue carpintero, como el dios de los cristianos), tanto con ocasión de la construcción del Muro de Berlín como en el de la invasión soviética de Checoslovaquia, y un largo etcétera. Opiniones de un payaso es su obra más célebre -o sobrevalorada, según se mire-, pero también la más amarga. Publicada en 1963, sirve a Böll para criticar la hipocresía de la Alemania del “milagro económico”, esa que ya ha aprendido a exonerarse a sí misma por los crímenes del nazismo con el pretexto, abanderado por el canciller Konrad Adenauer, de que fue la polarización extrema entre el partido nazi y el partido comunista la que provocó la caída de la República de Weimar y el triunfo ulterior de Hitler. Para ello, Böll se sirve de un mimo, de un bufón profesional, a cuyo desmoronamiento vital asiste el lector en el curso de un solo día a través de numerosas llamadas telefónicas y gracias a los pensamientos y evocaciones del protagonista (al que, por cierto, no sé por qué yo he imaginado muy poco ario, es decir, no muy alto y moreno). Si uno busca en la afición a la lectura una distracción de sus problemas cotidianos no debe acercarse a esta novela ni protegido por una Epi, pero si se entiende que la narrativa puede y debe ser también conciencia de su tiempo y “aguijón de la corte” -y Böll, por cierto, fue presidente del PEN club-, entonces la triste epopeya de Hans Schnier es su siguiente estación de tren literaria.


Böll fue un católico sincero, además de carpintero, pero fue con la misma intensidad un feroz azote de los católicos de postal que le rodeaban y que en esta novela terminan por repudiar y marginar, entre buenas palabras y con aun mejores modales (ese tipo de personas que en España llamamos “kikos”, pero valdría decir lo mismo también para otros grupúsculos de “almas bellas”), a Hans Schier, el payaso cuyo único afán era vivir discretamente con su pareja, que le es arrebatada por tan piadosos como repugnantes motivos. Cuando la novela empieza, Hans sólo tiene un marco en el bolsillo, vive en Bonn, está solo, es prácticamente alcohólico (coñac y “schnapps”: yo tragué ese bebedizo en Berlín y no lo recomiendo), y ni siquiera su familia, sórdido núcleo de mezquinos intereses, está dispuesta a hacer nada por él. Entonces ocurre lo que decía Hemingway, no Mariel, sino el otro: Las mejores personas poseen sensibilidad para la belleza, valor para enfrentar riesgos, disciplina para decir la verdad y capacidad de sacrificarse. Irónicamente, estas virtudes los hacen vulnerables; frecuentemente se les lastima, a veces se les destruye…

Lean, con la excusa del día del libro de este año, Opiniones de un payaso, aunque sólo sea porque Woody Allen en Manhattan le defiende, aduciendo frente a Diane Keaton y compañía que Böll, entre otros que son citados y ridiculizados, a él le parecen todos magníficos…

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