Grillos y estrellas

Nuestra casa del pueblo lindaba con el campo abierto. 

Más allá no había más que algunos arbustos, hierbas ralas y rocalla severa bajo el sol.

Pero por la noche se oía el silencio oscuro de los grillos bajo el cielo estrellado. 

Tan oscura era la noche que a veces se veían luciérnagas.

Una de esas, sentados en la terraza a la fresca, le dije a mi esposa: 

  • Cariño, ¿te has fijado que ya apenas se oyen los grillos?, yo creo que les está afectando el cambio climático, como a las luciérnagas, que no han vuelto a salir.
  • No sé… -dijo ella distraída, absorta en su libro electrónico-.

Otra noche le dije: ¿Te has fijado, cariño, que ya casi no se ven las estrellas?, …les estará afectando la contaminación lumínica.

  • No sé… -repitió sin pensar, atenta a su lectura-.
  • No me haces ni caso, cariño… -me quejé algo molesto-. 
  • ¿Cómo que no? -respondió severa- lo que pasa es que no me habrás oído… Por cierto, cariño… -dijo ahora con retintín-, los grillos sí que suenan y las estrellas yo las veo igual que siempre, y a tí lo que te pasa es que vas a tener dureza de oído y principio de cataratas -sentenció-.

Yo, boquiabierto, ni rechisté… intentando afinar el oído y aguzar la vista, pero, ni con esas.

Poco después me recetaron audífonos y me operaron de cataratas, y… ¡oh, nocturna belleza!, han vuelto los grillos y se ve hasta la Vía Láctea. 

  • Pero las que no han vuelto -cariño- han sido las pobres luciérnagas.

Ella, por fin, levantó la vista del libro, y escuchando a los grillos miró a las estrellas.

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