Francesco Petrarca: remedios del ayer para el hoy

"Laura" de Giogione, 1506

Remedios tengas, que nadie los ha de querer. Ni siquiera tú mismo. El humanista toscano Francesco Petrarca (1304-1374) conocía demasiado bien esta verdad. El norte de la península italiana del siglo XIV se encontraba en plena efervescencia política con los conflictos entre güelfos y gibelinos como tentáculos de poderes extranjeros para influir en la región. La expansión aragonesa por el sur y la presión del Sacro Imperio Germánico y de Francia por el norte habían asfixiado el desarrollo de cualquier surgimiento de reino o república que pudiese aglutinar a los diferentes pueblos de las actuales regiones italianas. Tan sólo Venecia y Génova destacaban en el Mediterráneo gracias a la prosperidad acumulada mediante el comercio. Más allá de proteger sus enriquecedores intereses, los grandes conflictos bélicos sucedieron a pesar de los italianos, y no tanto por su propia mano. Es decir, en la época de Petrarca, Aragón desplazó a Francia del Mediterráneo, llegando a tener sus más y sus menos con las huestes de las repúblicas italianas cuando envió sus almogávares a la supuesta protección del último vestigio del Imperio Romano, el renombrado en occidente como «Bizantino». En el norte, la guerra también la hacían los países mayores. Italia era el gran sueño europeo que, reinventado bajo una mirada cultural, cuando no idealista, sigue siendo en la actualidad: quien la conquistase, o la recorriese, pisaría idéntica tierra que los emperadores de la antigüedad. Italia es la promesa de un pasado que no fue mejor y tampoco ocurrió exactamente como se desprendía de las obras clásicas que habían sobrevivido al paso de los siglos.

En medio de este panorama, Petrarca tuvo la oportunidad de estudiar en Francia, de (posiblemente) enamorarse de Laura, musa de sus poemas, en Aviñón; también de convertirse en pionero del alpinismo y de recorrer numerosos países de Europa, incluidos los reinos españoles, contradiciéndose a sí mismo. Porque entre los numerosos consejos que el laureado poeta de Arezzo ofreció en su De remediis utriusque fortunæ está el que se dedica a sí mismo en una apasionante nueva lid entre el Gozo y la Razón para convencerse de que tener muchos libros era una tarea del todo inútil. Porque el poeta y humanista, bajo el mecenazgo de la familia Colonna, fue junto con otros autores decisivos, como Boccaccio, precursor del conocido como Primer Renacimiento Italiano. Su excelsa cultura, unida a su destreza literaria y conocimiento de las obras clásicas y de su época le convirtieron en un referente para otros eruditos de su tiempo. Además de la riqueza de su obra, que alberga la polimatía propia del genio, el afán bibliófilo de Francesco Petrarca consiguió reunir bajo una extensa biblioteca obras del acervo grecolatino que se encontraban desperdigadas por diversos rincones de Europa. Se sabe que nutrió su colección en las Escuelas de Traductores de Toledo y de Calatayud, en los actuales Países Bajos, en Francia y, por supuesto, en el material que fue llegando a Italia desde muy distintas procedencias.

“Petrarca y Laura”, Anónimo

Hoy en día, que estamos inundados de novedades literarias y en las que los libros están al alcance de cualquiera que quiera acudir a una biblioteca, la lectura y el don de la palabra escrita han perdido casi la totalidad de su valor. La alfabetización formal, al no estar acompañada de unos planes de enseñanza de calidad (es decir, destinados al estímulo del placer de aprender, no en formar miembros funcionales para trabajar en una sociedad mecanicista que adora a la etérea deidad del dinero), ha producido el indeseable efecto de instrumentalizar el saber. Como sucedía en época de Petrarca son mayoría quienes identifican el acceso al conocimiento como un mecanismo de emancipación económica (llamémosle «ascensor social» o hacerse con la mayor cantidad de dinero posible), ya fueran iletrados con pocos recursos o rebosantes de ellos. Antes, al menos, existía un cierto sentimiento de clase intelectual. Ahora todos queremos ser ciudadanos de un mundo que ha convertido el cosmopolitismo en una réplica sumamente imperfecta de un sistema de Estados independientes donde las barreras más simplonas, como los permisos de poderes contingentes, nos recuerdan cuánto nos aísla el globalismo los unos de los otros.

Volviendo a la cuestión, Petrarca quiso una Italia soberana de algún modo, capaz de enfrentar a los titiriteros de su siglo. Al mismo tiempo ayudó a germinar la raíz de una aglutinación cultural que permitió la eclosión que conocemos como el Renacimiento. De entre su obra, el De remediis…, traducido como Remedios para la vida en la edición que Acantilado ha preparado en castellano de la mano del estudioso y cantautor José María Micó, representa una de las más refinadas joyas de la literatura de su tiempo. En un sinuoso soliloquio en el que la personalidad se divide en dos rasgos, el Gozo y la Razón, Francesco Petrarca asume cuestiones habitualmente entendidas desde una perspectiva material, cuantitativa, y no tanto cualitativa, que afectan a aspectos como la salud, la sabiduría, la libertad, la posesión de bellas viviendas, la celebridad o, entre muchas otras, la ya nombrada bibliofilia. Mientras el Gozo, como representante del deseo desnudo, se expresa de manera tosca y reiterativa con breves frases, la Razón aporta un análisis encadenado que se nutre con la candente ironía, cuando no cinismo, del autor. Un buen ejemplo es este fragmento del diálogo que reserva a la amistad:

«Gozo: Tengo amigos que me dan provecho y deleite. Razón: La amistad basada en el deleite o en el provecho no puede ser firme, pues cuando existen el uno o el otro, las amistades flojean, y cuando se acaban cesa también la amistad. Además de ser posible y fácil, esto es casi necesario e inevitable: el placer y el provecho van siguiendo a la fortuna, a la edad o a la hermosura, que son todas cosas muy inciertas; en cambio, las amistades que se fundamentan en la virtud son inmortales, porque la virtud, por decirlo con Aristóteles, es firme y resistente, y tan duradera que no puede morir. Por eso a los que amamos por su virtud los seguimos amando después de su muerte».

Con la idea de actualizar este clásico de la literatura universal y adecuarlo a un tiempo apresurado, donde la lectura cada vez está más vinculada a la imagen y no a la reflexiva calma, Acantilado, de la mano de Micó, ha seleccionado aquellos temas que Petrarca recoge en su obra y que son del mayor interés para el traductor y recopilador pensado, en especial, en aquellas cuestiones que invocan al lector actual. A mí, personalmente, me atraen las obras completas, pero defiendo también las selecciones por su valor para alcanzar lectores que, probablemente, se sentirían intimidados ante un tocho de ejemplar que le recuerda más a un ladrillo que a una puerta hacia el placer intelectual. En otras palabras, bienvenida sea esta edición del Remedios para la vida (lo llamaré ya así) de Petrarca. Además, la traducción está sumamente cuidada, a la par que actualizada al lenguaje de nuestros días. Porque la mejor literatura, como los consejos no solicitados, son desoídos enseguida y pronto perecen en nuestro interés. Pero el poso que nos dejan en nuestra memoria, que es aquello que llamamos cultura, permanece cuando se nos revelan ciertas o necesarias. Es lo que tiene el saber, que sólo rutila cuando lo alumbramos con nuestro intelecto.

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