David Uclés: la gorra, la firma, la letra

Ha tenido que ser el profesor Gracia, Jordi Gracia, nada sospechoso de veleidades oportunistas en temas literarios y aún políticos –por más de sus opiniones atrevidas en ocasiones–, el que levante la veda sobre el unánimemente –para bien y para mal– focalizado joven escritor ubetense, David Uclés, en el texto del pasado 4 de febrero del diario El País, El Premio Nadal de David Uclés: un pastiche plano, mohíno y desaborío. Levante a la veda y siente una opinión razonable en este mundo del súbito estrellato literario y de la política de los premios de algunos sellos editoriales. Pero no sólo súbito estrellato, sino la obligatoriedad de comulgar con los preceptos dominantes del mundo cultural. Ya se llame David Uclés, David Broncano, Pedro Almodóvar o la misma Rosalía. Donde los atributos desplegados sobre el trabajo de Uclés no dejan lugar a dudas de su percepción y valoración por parte de Gracia, frente a  un consenso de grandeza literaria y de ejemplaridad de la escritura desplegada, oído de boca de Iñaki Gabilondo o de Julio Llamazares. Por eso frente a la grandeza otorgada por éstos, la simplificación reductiva de Gracia: pastiche plano, mohíno y desaborío, lo dice todo sobre pulso literario, no ya de la segunda novela, sino sobre el completo ejercicio de Uclés, en una suerte de toreo de salón. 

Ya que el texto de Gracia nace tras la consecución del Premio Nadal de 2026, por parte de Uclés, con su pieza La ciudad de las luces muertas –que prolonga muchas cuestiones esbozadas ya en La península de las casas vacías. Cuestiones, que la promoción editorial de Siruela –como editora– primero, y el sector crítico, después, supieron orbitar en prendida y rendida clave de ‘una novela sobre la guerra civil en clave de Realismo mágico’. Tal vez la primera novela en ese formato mágicorealista, que, escrita por un autor joven, dejaba desplazada –o al menos, omitida– buena parte de las mejores aportaciones noveladas sobre la guerra civil: desde Max Aub a Miguel Delibes, desde Camilo  José Cela a Juan Eduardo Zúñiga, desde Agustín de Foxá a Juan Benet y desde Arturo Barea a Ángel María de Lera o José María Gironella. Por no hablar de la transgresión metaliteraria practicada por Uclés como recurso destacado y muy personal atributo –la de dar voz a los personajes, en pie de igualdad con la opinión del autor, para romper el pacto narrativo suscrito entre autor y lector, que desde Flaubert todos conocemos y acatamos, como ocurre con el episodio de las Treces rosas como ejemplo de estas transgresiones repetidas– ensayada tan tempranamente por Unamuno en Niebla ya en 1914, que deja el empeño de Uclés en una cita menor, o en una nota a pie de página. Por no citar el otro empeño –desplegado igualmente en La ciudad de las luces muertas– como es la ruptura de las convenciones espaciotemporales al dar pie a encuentros históricamente imposibles y en ocasiones improbables: García Lorca redivivo, haciéndose visible tras su asesinato en julio de 1936; prolongar la vida de  Buenaventura Durruti más allá del disparo del frente de Madrid; relatar el encuentro de Picasso con un testigo de Guernica que porta restos de metralla y escombros, para dar lugar a su posterior pintura sobre el bombardeo de la ciudad vasca; o la presencia continua del pintor Rafael Zabaleta –una composición de ilustraciones de Zabaleta, compone el mosaico de la portada de la novela– en contextos ajenos a su propia trayectoria como pintor reconocido por el mismo Picasso, como ‘pintor del pueblo’. Zabaleta, amigo de la familia de Odisto Ardolento de la ficción novelada por Uclés, y originario del pueblo jienense de Quesada, es parte de otro eje significativo de La península de las casas vacías en ese territorio denominado Jándula, casi en paralelo al universo de Mágina, desplegado narrativamente por el otro escritor de Úbeda, Muñoz Molina, aunque aquí y ahora sea Jándula el enclave originario de los Ardolento.   

Y esa etiqueta de Realismo mágico, actuó como un imán de las lecturas y hasta de las opiniones en curso –opiniones sostenidas y declaradas por el fácil consenso de la dirigida unanimidad, como si acometer la guerra civil bajo esa rúbrica –propia del mejor momento de la novela del boom literario de los primeros setenta sudamericanos y aún anteriores, como revela Juan Rulfo– fuera de suyo un éxito por sí solo o un elevado ejercicio de riesgo literario. O esa estructura entre arborescente y botánica, de las cuatro partes de la novela: Simiente –con diluvio incluido de 28 días de duración–, Leño –con erupción volcánica avisadora–, Ascua –con nuevos avisos del volcán central peninsular que era ya a propia guerra civil en curso– y Ceniza–volcán en erupción, devastación y ceniza mortuoria– como conclusión.

Uclés, quien, a raíz del éxito social y mediático de su primera obra, La península de las casas vacías ha condicionado parte del debate literario y metaliterario de los últimos meses, pivotando en cierta precocidad en su acierto y en un tratamiento desigual de la guerra civil. Así entre la propia afirmación de Gracia – “su novela primera, La península de las casas vacías, me abandonó muy temprano como lector (a las cien y pico páginas, y sin ánimo para regresar: no la he leído, por tanto)”, que carece, por ello, de opinión formada, más allá del abandono voluntario y consciente y sin voluntad de regreso, que ya es de hecho toda una opinión crítica rotunda. Que se ha completado, posteriormente, con su salida ruidosa –tras la inicial aceptación– del encuentro Letras en Sevilla, denominado 1936 ¿La guerra que todos perdimos? organizado por Arturo Pérez Reverte y Jesús Vigorra. Dando muestras de cierta superioridad moral al no querer comparecer frente a quienes puedan sustentar opiniones diferentes de las propias, que ha merecido el reproche de Ana Iris Simón con su artículo El fascismo de los antifascistas (El País, 30 enero, 2026): “Uclés puede ser el niño en el bautizo, la novia en la boda y el muerto en el entierro si así lo desea. Pero su gesto ha tenido mucho de lo que Pasolini diagnosticó el siglo pasado como el fascismo de los antifascistas: caer en la lógica de que el fin justifica los medios. Convertir al adversario en enemigo”..

Y ello ha venido a coincidir con el otorgamiento del Premio Nadal en favor de La ciudad de las luces muertas. Donde un pretexto muy actual y poco aclarado, –como el apagón del 28 de abril del año 2025, más allá de las responsabilidades de Redia y del problema de la poca inercia de las energía renovables en el mantenimiento del sistema – un gran apagón nocturno en la ciudad de Barcelona da pie para otro tipo de incursiones metaliterarias y escapistas. En esas lindes imperceptibles de rupturas espaciotemporales, que permite dialogar a Antonio Gaudí con Carlos Ruíz Zafón. De todo ello da cuenta Gracia al advertirnos: “A mí al menos me parece un experimento fallido el intento de hacer converger en el apagón en la ciudad a personajes de cualquier tiempo, pero sobre todo personajes de brilli brilli y nombradía celebérrima y/o legendaria: salen todos a voleo, desde Pau Casals a Gil de Biedma o Roberto Bolaño pasando por Mercè Rodoreda o Montserrat Roig (o Silvia Pérez Cruz), los “hermanos Goytisolo”, Carmen Laforet como muy pobre hilo conductor, Freddy Mercury (y por supuesto la Caballé), los milicianos (y por supuesto George Orwell), el hotel Colón y la fuente de Canaletas, y la Caputxinada, y Pompeu Fabra, y Machado, Antonio, y Moix, Terenci y Ana María, los dos, y Tàpies, y hasta Gurb y el pobre Biscuter tienen que salir) en cameos tan insignificantes y a ratos grotescos sin intención grotesca que parecen más bien el precipitado de un atracón de información sobre hechos y celebridades relacionados con Barcelona. Y sí, por supuesto también salen Lorca, Rosalía y Carlos Ruiz Zafón (entre otros)”. 

Vamos, una repetición de formulas como las ya citadas antes en La península de las casas vacías, que merece la puñalada de Gracia: “Me repatea la expresión namedropping (los listados de nombres un tanto gratuitos o con fin exhibicionista) pero esta vez cuadra insospechada y exasperadamente, junto a la retahíla de tópicos sobre la ciudad, desde el atentado anarquista del Liceo o la Semana Trágica hasta el recorrido por los salones históricos del Ayuntamiento de Barcelona, el restaurante La Puñalada, La Criolla, el Via Veneto o el Park Güell: en el tour turístico solo faltan, si no me he despistado, Kubala, Capri y Copito de nieve. La pátina de pálido humor solo lo hace más pueril, sin intención alguna o con malicias tan pobres como meter en un quirófano a Vargas Llosa para que le pongan en el lado derecho el corazón porque se ha hecho de derechas, no como su amigo Julio (sí! Cortázar: también sale), que lo tiene en el sitio correcto. Los intentos de escenas cómicas —por ejemplo, reunir en Els Quatre Gats a Dalí, Ramon Casas, Woody Allen, Margarita Xirgu y… Fermín Cacho— son manifiestamente infructuosos, sin chispa, sin intención o sin la carga de sentido que podría haber levantado esas escenas lejos del mero cromo. Vamos más que pastiche plano, collage complejo de buenas intenciones y de gestos desafortunados que se creen literatura. Como la firma misma de Uclés –tan estudiada como su postura indie y contracultural con gorra rústica y pose estudiada, que le hace coincidir con el sombrero perpetuo de Dean Martin en la película de Vicente Minnelli, Como un torrente (1958)– que imita claramente la de Federico García Lorca: la U arriba, acompañada de la C, para luego precipitarse hacia la parte baja del papel con la L como cordón deslizante o soporte bajante, y resolver en el piso bajo ya, con la E y ya la S tras el precipicio del garabato. 

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