«Coming out», la película que derribó el muro

El pasado 9 de noviembre tuve la suerte de participar de uno de los eventos más bonitos que he disfrutado desde que me estableciera en Berlín. El Kino International, que fue el escaparate para las grandes premieres del cine producido en la RDA y persiste hoy en la Karl-Marx-Allee tal como era, con la atractiva mezcla de lujo espartano y decadencia que desprenden tanto sus dos vestíbulos como la majestuosa única sala, acogía como hace cada 5 años la proyección de Coming Out, a su manera un mito cinematográfico que extrañamente sigue siendo poco conocido fuera de Alemania.
Y es que la película tuvo su gala de estreno precisamente el 9 de noviembre, pero de 1989. Justo durante su primer pase se anunció que el Muro de Berlín había caído. Por definitivo que sea este hecho, quizá no hubiera marcado a la película para quedar tan indisolublemente unido a ella de no ser porque es la primera y única de temática homosexual que se rodó en Alemania del Este.

Su director, Heiner Carow, era el mascarón de proa del cine alemán al otro lado del Telón de Acero. Siendo una figura importante, resulta aún más extraño que una película así obtuviera luz verde para realizarse, lo que evidencia el momento de gran debilidad de un régimen que tenía los días contados.

La cosa podría haber sido una mera anécdota histórica, pero lo cierto es que en Coming Out se ve muy patente el espíritu de una sociedad que había conseguido desembarazarse poco a poco del miedo y estaba preparada para dar el salto hacia adelante. Su título exacto traducido del inglés es salir del armario, pero si se toma en sentido literal, salir hacia fuera, no puede resultar más ilustrativo.

En Coming Out está ese Berlín ceniciento de Trabis rodando por las calles de Prenzlauer Berg y Friedrichshain, pero contrasta con la luminosidad de unos personajes dispuestos a vivir por encima de todo. En este sentido, es muy celebrable el modo en que la película no endulza la sordidez de los ambientes en que se desenvolvía el mundillo gay por entonces (si pensamos en que no se trataba del Berlín occidental) pero tampoco la exacerba buscando el drama barato, y trata con ese mismo verismo y transparencia a sus personajes. La base de sus conflictos (la aceptación de uno mismo tanto en lo personal como en el entorno) se parece, claro, a la de mucho cine gay que vino después, pero la resolución de los mismos dista mucho de caer en el melodramatismo y los clichés de los que siguen adoleciendo muchas películas actuales sobre el tema.

La habilidad del guionista Wolfram Witt se conjuga bien con la soprendente libertad formal de Carow y una estética que cruza al primer Almodóvar con el barroquismo de Fassbinder. De todo ello resulta una película inesperadamente sólida y con un buen número de escenas fabulosas, tanto las de sexo como las meramente dramáticas, y por supuesto las desarrolladas con cierto aire de fantasía felliniana en el bar, donde un grupo de entrañables figurantes se prestaron a interpretarse a sí mismos para salir del ostracismo al que aún estaban condenados.

Parte de esos figurantes, junto a los icónicos protagonistas del film (Matthias Freihof, Dagmar Manzel y Dirk Kummer) estaban presentes, como cada 5 años, en la vieja sala del Kino International, para conmemorar aquella premiere que empezó como una más y terminó cuando todo había cambiado

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