“Las noches de Cabiria”, Fellini, 1957

Cine clásico

En la filmografía de Federico Fellini (Rímini, 1920-Roman, 1993) hay un antes y un después. O quizás sean varios los saltos en el tiempo de ese antes y ese después, cuestión de opiniones. El primer salto tiene que ver con su dimensión de guionista junto al maestro Roberto Rossellini, en obras como Roma cittá aperta (1945), Paisá (1946 y L’amore (1948). Un momento de formación y aprendizaje claramente vinculado al Neorrealismo, que proseguirá más tarde –ya como realizador desde 1950 y que llegará hasta los años sesenta, con una deriva fuertemente visual y alegórica que marcaría otra etapa y otro Fellini–.

Años, los 50, donde brillan con luz propia sus colaboradores en el guion Ennio Flaiano y Tullio Pinelli. Con ellos realiza las obras que pueden ubicarse en ese tramo claramente influido por la estética neorrealista y que ocupa la década de los cincuenta y primeros sesenta. Obras como Luces de variedad (1950), El jeque blanco (1952) –donde se incorpora al guion Michelangelo Antonioni–, I vitelloni (1953), La strada (1954) y la comentada ahora Las noches de Cabiria (1957), son la mejor prueba de lo afirmado. Por más que las colaboraciones de Fellini con Flaiano y Pinelli, aguanten hasta Giulietta de los espíritus (1965) que ya es tanto un testamento del pasado como un manifiesto del futuro que viene. De tal suerte que todo lo que se precipita desde La dolce vita (1960), es ya otro Fellini. Y quizás otro cine.

Fellini y Giuletta Masina

Las noches de Cabiria permite contemplar el mejor trabajo de su esposa, la actriz Giulietta Masina, en el papel de Cabiria Ceccarelli, prostituta de la zona de Ostia, en Roma donde vive diferentes vicisitudes de una vida golpeada. El nombre del personaje está tomado de la película italiana de 1914 Cabiria, mientras que el personaje ya había sido anticipado en la obra El jeque blanco. La idea de las periferias romanas en proceso de construcción, con restos arqueológicos visibles junto a las incipientes infraestructuras de transporte y la proliferación de un tímido parque móvil, son lugares frecuentados por la cinematografía italiana de estos años y componen un claro emblema de la transformación en curso de la sociedad italiana de la posguerra y de la mirada que sobre esas transformaciones se producen desde el cine. Algo parecido a lo que ocurre en Berlanga y el cine de los años 50 españoles. Estaciones de ferrocarril –como Termini –atestadas de pasajeros, militares, ociosos y campesinos–; viejos cines turbios, transformados en local de variedades y sesiones de magia y espiritismo, con un público rural y sofocado; romerías populares a la Virgen de los Milagros en petición de gracias y portando un exvoto en la mochila junto a la merienda campestre y un nocturno de prostitución y lluvia mansa.

Una mirada moderna que con sus equívocos claroscuros de la prostitución romana volverá a aparecer en tantas otras piezas que se relacionan con Las noches de Cabiria. Desde la Mamma Roma (1962) de Pier Paolo Pasolini –quien había colaborado en Las noches de Cabiria tanto en el guion como en el escenario–, hasta la opera prima de Bernardo Bertolucci, La commare secca (1962) –donde también aparece Pasolini como guionista, junto a Sergio Citti– establece un raro enlace entre diferentes generaciones de realizadores.

Con música de Nino Rotta y Pascuale Bonagura y fotografía de Aldo Tonti y Otello Martelli, Las noches de Cabiria cuenta con algunos momentos excepcionales de realización que combina la puesta en escena escueta y estilizada con movimientos multitudinarios –de clara influencia en el cine español de esos años–. Baste ver las congregaciones de feligreses de Los jueves milagros (Berlanga, 1957) o la negritud de la Noche Buena sin plato caliente de Plácido (Berlanga, 1961), con la soledad de los pinares romanos al anochecer.

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