El Sidney Poitier que llegó a cenar esa noche

Cine clásico

Lo que los padres suelen querer para sus hijos. Los buenos padres que quieren que sean felices, que vivan mejor que ellos, que alcancen una posición social más alta a través de un trabajo mejor, que sean justos y bellos y buenos, que hagan todas esas cosas que ellos no pudieron hacer. Todo eso que quieren los buenos padres que saben que se juegan todas sus convicciones en la educación que consigan construir para ellos, en lo que aprueben o desaprueben, en lo que prohíben, en lo que alientan, en cada gesto casi sin importancia que saben que ellos no olvidarán o en el que rastrearán sus contradicciones, lo que no eran y aparentaron que fueron, la valentía que no tuvieron, lo que decían creer o defender y no se atrevieron a experimentar o a perseguir en sus propias vidas.


La familia liberal de los prósperos 60 en el centro del imperio americano, donde no era oro todo lo que relucía, donde había violencia y fronteras casi infranqueables entre los distintos grupos que fueron componiendo el país. Más si esa frontera tenía otro color, ostensible, neto: negro. Un año, 1967, donde ya habían ocurrido muchas cosas y ocurrirían mas en un futuro muy cercano. JFK asesinado, Marthin Luther King y Malcon X o los Panteras Negras, , la guerra del Vietnan en el contexto de la Guerra Fría, un aire social muy cargado de ideas muy polarizadas que parecían dispuestas a colisionar, a complicar las maneras de vivir de los individuos concretos. También, a pesar de todo, el optimismo latente todavía en parte de la juventud de que todo podía cambiar a mejor incluso radicalmente, no solo el mundo, también la vida cotidiana de cada individuo. Quizá por eso también el prestigio de la Contracultura, del humanismo del movimiento de potencial humano, dentro de un modelo liberal todavía seguro de sí mismo.

Los liberales ricos que son Christina (Katharine Hepburn, interpretando quizá su propia experiencia familiar) y Matt Drayton (Spencer Tracy) que han criado a su hija «Joey» (Katharine Houghton) en unos principios que se van a ver obligados a poner a prueba de manera radical. «Se feliz«, «vive a tu manera», «ama a quien quieras«. Esas cosas tan bonitas que ellos dijeron, pero que siempre tienen un precio que los jóvenes no tienen en cuenta o creen estar dispuestos a pagar. Lo que puede poner en riesgo la vida fácil que se imaginaba precisamente para ellos, de lo que quizá no se habló porque se suponia que nunca iba a ocurrir, que las elecciones iban a ser otras justamente las que se preveían. John y Mary Prentice (Roy E. Glenn y Beah Richards) matrimonio de color que ha conseguido ascender a la clase media y sobre todo que su hijo, John Wayde Prentice, sea un médico de prestigio (Sidney Poitier), que haya conseguido un mayor ascenso social todavía pero del que esperan que no olvide su color, y el compromiso con los suyos. El ama de llaves de los Drayton, Tillie (Isabel Sanford), la mujer negra que ha criado a la niña blanca y que ha internalizado los prejuicios respecto a los de su piel. El cura católico Mike Ryan (Cecil Kellaway) amigo de Matt, bonachón y con la manga ancha suficiente como para legitimar los nuevos tiempos que parecen abrirse camino.

No solo el color de la piel en años muy turbulentos donde los matrimonios interraciales eran todavía ilegales en 17 estados del pais, sino la diferencia de edad (ella 23, el 37 y viudo) y el haberse conocido hace solo 10 días Los posibles riesgos que los padres ven y que son inconcebibles para Joey aunque no del todo para John, que es consciente de todas las dificultades, incluso de las que tendrá con su propios padres que se empeñan en conocer a su prometida sin saber que es blanca. Su estrategia que parece muy pensada, en medio de las dudas y los miedos, para conseguir sus objetivos: ser racional, educado, comprender los prejuicios para desactivarlos más eficazmente, incluso aparentar asumir lo convencional para demostrar que puede cumplirlo y neutralizar los recelos incluso transmutarlos en simpatía o admiración, de ahí la promesa que le hace a Matt sin que lo sepa Joey: no se casará con ella si él no lo aprueba. Y tiene que decidirlo en pocas horas. Tampoco ha querido tener con ella relaciones sexuales antes del matrimonio quizá por los mismos motivos.

Lo que los hijos les deben a los padres, lo que se supone implicito , despues «de todo lo que se ha hecho por éllos», de todo lo que se ha caminado como cartero para que el hijo negro estudie y prospere como los blancos, lo que se imagina que da derecho a algo, a que no se trasgredan ciertas normas de comportamiento, cierta moral de grupo. La lógica racista, aunque sea atenuada, en las dos direcciones que lleva a no mezclarse con los otros entre otras cosas por el precio que puede pagarse en la comunidad de origen. La respuesta del hijo que parece tener muy pensada, lo que le dice aproximadamente: «No te debo nada. Hiciste lo que tenía que hacer cualquier (buen) padre si trae hijos al mundo, lo que yo haré con los míos». Los supuestos derechos que le arrebata como explicitando la ruptura de un cordon umbilical, manifestandose en otra dimensión: «El problema es que tu te consideras un hombre negro. Y yo solo me considero un hombre». La dramatización de ese sueño del que hablaba en ese mismo tiempo Martin Luther King: «Yo tengo el sueño de que mis cuatro hijos pequeños vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter.» y que tan disonate es en los tiempos de las identidades.

Las mujeres tan distintas pero conexionadas por el amor incondicional a sus hijos, por la desconfianza en las ideas cerradas que se han vuelto tantas veces contra ellas y sus deseos. Aquella postura de Camus en 1957 en plena guerra de Argelia: “En este momento se arrojan bombas contra los tranvías de Argel. Mi madre puede hallarse en uno de esos tranvías. Si eso es la justicia, prefiero a mi madre”. Una menos en segundo plano que otra, pero las dos en segundo plano todavía, aunque también muy conscientes de su poder y de que los tiempos están cambiando también para ellas. Las dos defienden a su manera la idea romantica del sentimiento con la autentica dimensión de los individuos, lo que les aporta autencicidad, lo que hay que defender en úitimo término siempre frente a los convencionalismos sociales.

Y por fin el amor, la pasión, eso de lo que los hombres parecen haberse olvidado pero no las mujeres, lo que aporta la clave a Matt y propicia el discurso final de esta película de Stanley Kramer. El amor con alguién afín como única salida frente a la soledad y la alienación que causaría la sociedad en los individuos. El último refugio y la única salida a todos los problemas: mirar dentro y observar si es intenso, autentico, procedente del yo mismo, de la naturaleza no contaminada. Como si fuera un genio que al final consigue salir de la lampara un poco involuntariamente, como atendiendo a la voz de antiguos dioses que buscan la verdad. Es en este sentido en que ésta es una pelicula de propaganda de un cierto modelo liberal como lo es a su manera «Vencedores y vencidos» o «Solo ante el peligro» que Kramer había producido en 1952.

La película parece una obra de teatro con un guión de William Rose que recibió un Óscar como Katharine Hepburn (60 años entonces) como mejor actriz que luego se confesaría aterrorizada cada día porque Spencer Tracy (67 años), su gran amor, muriera en el rodaje, cosa que sucedió solo tres semanas después. Ser consciente de esto viendo la película aporta una especial emoción como contemplar a Sydney Poitier interpretando a ese negro/blanco quizá demasiado perfecto, por lo que fue criticado desde algunos sectores. Algo subrayado por la voz que lo dobla en español. Una forma de ser y comportarse no muy lejana a la que tuvo en su vida personal donde supo lo que era era ser pobre y ascender desde abajo hasta llegar a ser el primer actor negro en ganar un Óscar en por «Los lirios del valle» en 1964 y uno honorífico en 2002.

Una película que tuvo mucho éxito y que permite un debate de muchas dimensiones y muy actual, que ilustra como cambian los tiempos o solo ciclan y se repiten situaciones que se viven como nuevas cuando ya ocurrieron o se pusieron en práctica alguna vez con algunos resultados inesperados. Lo que es interesante volver a rastrear entre generaciones: el contrato entre padres e hijos dentro de la familia, la tensión entre eficiencia económica y realización personal, entre ciudadanía e identidad, entre teoria y practica, entre utopía y realidad.

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2 Comentarios

  1. says: José Rivero

    Creo que más allá de cierta endeblez de la pieza de Kramer (su carácter teatralizado , la bondad del liberalismo yanque, el ingenuismo sentimentalista de las madres o la torpe inconsciencia de Joey la hija de Tracy y de Hepburn) quisiera enlazar esta nota con el papel diferenciado de Sidney Poitier en otra película anterior, como reflejo de los cambios operados en la sociedad USA en solo diez años. Como fuera –entre nosotros– el desempeño en el papel de La esclava libre con la inefable Yvonne de Carlo y el repetido caballero sureño –ma non troppo– Hamish Bond, desempeñado por Clark Gable. Pieza de Raoul Walsh de 1957, concebida como un trasunto paralelo a Lo que el viento se llevó (1939). Aquí Poitier, esclavo semilibre –si es que existe esa categoría– vuelve al esclavismo –tras un agresión a un caballero sudista y esclavista– para acabar engrosando las filas del ejercito yanque que rebajaría la división racial existente en los nacientes Estados Unidos del Norte. Pese a todo ello y a todos esos esfuerzos de los padres fundadores de la Unión, en 1967 todavía seguían existiendo dudas sobre los llamados matrimonios interraciales.

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