Gento y los tiempos de las plazuelas y los campos de tierra

Lo que se nos olvida, pero quizá nunca del todo, es lo en serio que nos tomamos las cosas cuando somos pequeños. Es algo realmente paradójico. Cuando somos mayores y vemos a los niños jugar con un balón o una pelota en cualquier plazuela de cualquier sitio, creemos que es un divertimento sin importancia, algo por lo que no merece la pena enfadarse, ni llorar, ni pelearse con nadie. Y sin embargo, si lo pensamos bien, si hacemos un esfuerzo por recordar aquellas viejas sensaciones, es posible que las evoquemos como muy intensas, vividas con mucha mayor rotundidad que cosas que ocurrieron ya de adultos y parecian más trascendentes desde todos los puntos de vista.

Aquellos partidos de futbol de finales de los sesenta y principio de los setenta, a veces entre los bancos de piedra o de madera de una plazuela con una pelota verde que regalaban al comprar unos zapatos»Gorila», o con cualquier objeto que rodara o se desplazara, como la chapa de una cerveza o de un refresco; a veces, con balones de goma más o menos desinflados en porterías improvisadas entre los arboles de un parque, con un aluvión de chicos de diferentes edades persiguiendolo. Los partidos en los campos de tierra llenos de chinatos o de charcos con un balon de reglamento muy usado que los dias de lluvia se convertía en un misil muy pesado que hacía mucho daño si se intentaba darle de cabeza o se recibían pelotazos en cualquier sitio. La expectación y el nerviosismo de los partidos importantes cuando se despertaba muy pronto y se temía tanto fallar y, a veces, no salían los regates que se hacían con toda facilidad cada día o se fallaba un gol o se metía de cabeza y todo el cuerpo se inundaba de alegría, ante porteros que siempre estaban desconchados en las rodillas o en las caderas y, sin embargo, seguían intentando hacer «palomitas» o tirarse a los pies de cualquier delantero. Las camisetas deslustradas o fabricadas por las madres para un equipo entero con una raya roja atravesando en diagonal el pecho y la espalda con números y todo. El sueño de las botas de tacos y los balones buenos, de ser titular en el equipo de infantiles del colegio y de jugar con el número once.

Real Madrid Sexta Copa de Europa

Los tiempos de los cromos que se intercambiaban o se jugaban de distintas maneras y donde siempre había algunos que no salían y con suerte se encontraban en el Rastro. Los años donde las Copas de Europa del Real Madrid estaban muy cercanas y todavía jugaban futbolistas que participaron en ellas y que los chicos se sabían de memoria: De Felipe, Pirri, Zoco, Amancio, Grosso y sobre todo Gento. El extremo izquierda legendario (el número 11: entonces los números de las camisetas definían exactamente el lugar donde se jugaba en el campo) que siempre desbordaba y corría tanto y había jugado con Di Stéfano; el que veíamos en las televisiones en blanco y negro de los bares que tenían serrín en el suelo los días de lluvia y olían a fritangas y a humo de tabaco negro o en los reportajes del NO-DO donde era tan extraordinario ver a los jugadores tan grandes, y al público tan emocionado y al estadio Santiago Bernabeu tan esplendente en medio de la Castellana de un Madrid que ya se comenzaba a anhelar como la promesa de otro mundo lleno de posibilidades. El que jugó 18 años en el mismo equipo y ganó seis copas de Europa y no se lesionó casi nunca para desgracia de Manolín Bueno el eterno suplente de su posición que, sin embargo, era un buen futbolista que tuvo la mala suerte de quedar para siempre eclipsado por un jugador como él.

Gento que luego ha seguido por ahí toda la vida, con sus patillas anchas y su apariencia de hombre sencillo que podría no haber salido de su barrio o de su pueblo. Pero que sin embargo fue un héroe muchas veces para los chicos que jugaban en las plazuelas o para la gente trabajadora de aquel tiempo que quizá encontraron en el futbol una distracción o un consuelo o una pasión que les ayudó a sobrellevar sus vidas.

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3 Comentarios

  1. says: Pablo S. F.

    Gracias Ramón. Tu texto me ha recordado aquellos encuentros en las callejas donde no teníamos Video ARbitraje pero todo se discutía cual jugada crucial de Copa de Europa.
    El balón de mis tiempos era el Mikasa, de recuerdo casi imborrable durante días si rematabas de cabeza.
    Como tampoco podemos olvidar esas noticias que temporada, tras temporada aparecen en la prensa, y a veces hasta en el telediario, donde los protagonistas de las peleas a cuenta del partido de fútbol no son los chavales. Son los padres, que posiblemente no tengan superada esa fase de infancia, a la que te refieres, en que todo se tomaba muy enserio.

  2. says: Oscar S.

    Genial. Pero te aseguro que eso pervivio (tilde) en los primeros ochenta, y que sabe Dios -el Dios de entonces- que era mucho mejor que el sexo de los adultos, mucho más mantenido en el tiempo y con muchos menos costes emocionales….

  3. says: José Rivero

    Creo que era Valdano quien decía que “en el fútbol no hay memoria”. En el sentido en que el pasado no sirve para ganar partidos, finales o ligas. Por eso hay equipos que tuvieron un pasado glorioso y hoy son solo polvo arruinado. La otra dimensión es contraria a lo afirmado por el argentino. Ciertos recuerdos del fútbol, permanecen indelebles: olores a habanos en domingo, a linimento cerca de los vestuarios o el himno de Eurovision en las retransmisiones de los primeros sesenta del fútbol internacional aún en blanco y negro. Y de ahí la grandeza de esa estructura que hoy muta a una gran industria del ocio sin color, sin memoria y sin olor.

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