For-me-ness

Voy a hablaros hoy de un problema filosófico muy debatido en torno a la naturaleza de la consciencia. Lo que pretendo con ello es, aparte de hacer la clásica divulgación hard, mostrar qué poco encaja este problema con la estúpida idea de que los sistemas de IA actuales son conscientes, o están a punto de serlo. Como veis, sigo con mi torpe, pero obstinada, cruzada contra los maléficos gurús de Silicon Valley (Sobre todo contra los de Anthropic. Propongo cambiar el nombre de la empresa a Anthropomorfic, por esa manía suya de antropomorfizar todo). Lo que verdaderamente me parece grave es ver la cantidad de gente en las redes que les compra la narrativa completa, que se traga absolutamente todo lo que dicen sin poner en duda siquiera una coma. Y, sorprendentemente, muchas veces gente inteligente y formada. 

El problema filosófico en cuestión consiste en que cuando yo percibo conscientemente cualquier cosa, por ejemplo cuando veo una manzana, el contenido de mi experiencia consciente son las cualidades fenoménicas de la manzana (colores, formas, texturas, etc.). Algunos filósofos, como por ejemplo Michael Tye, sostienen que eso es lo único que hay en mi experiencia consciente, es decir, que el contenido de mi representación mental es equivalente al contenido fenomenológico. Lo que ves es lo que hay en tu mente y en tu mente no hay nada más que lo que ves (Son las llamadas teorías de la consciencia de primer orden). Sin embargo, algo chirría, porque cuando yo estoy percibiendo una manzana también tengo la sensación de que soy yo el que estoy percibiendo la manzana. Mis percepciones son mías y no de cualquier otro. Parece que debería haber algo, una especie de etiqueta, que distinga mis percepciones conscientes de las de las demás personas. Pero, ¿qué es esa etiqueta? ¿Qué es aquello que hace que una experiencia consciente se perciba como propia? Esto es, dicho en lengua de bárbaros, the For-me-ness problem.

Para, para, para… ¿Cómo que hace falta una etiqueta? ¿No basta con que la experiencia consciente se dé en mi organismo? Sé que mi mano es mía porque va con mi cuerpo, porque la controlo y la uso yo. Entonces sé que la experiencia es mía porque son mis ojos, mis nervios ópticos, mi córtex visual, los que están procesando esa experiencia ¿Por qué habría de faltar algo más? Ay, amigo, sí que hace falta. En primer lugar fíjate en qué palabras has utilizado. Has tenido que utilizar varios posesivos: «mía», «mi» y «mis», y también has tenido que usar el pronombre personal «Yo». Haz un pequeño experimento: intenta explicarme que las experiencias conscientes son tuyas sin usar posesivos ni pronombres. Imposible, porque hay que añadir una etiqueta lingüística que las diferencie de las de otros. 

Y en segundo lugar te voy a dar evidencia empírica: existen una serie de trastornos neurológicos llamados trastornos de la propiocepción que se caracterizan porque los que los padecen pierden la capacidad de monitorizar su propio cuerpo. Los afectados por esta neuropatía tienen constantes caídas debido a que no saben bien dónde se encuentran sus miembros y tienen, continuamente, que valerse de la vista para reubicarlos mientras se mueven. En una variante conocida como somatoparafrenia, el enfermo no solo deja de sentir una extremidad, sino que niega rotundamente que sea suya. Por ejemplo, si es un brazo, el paciente dirá que alguien le extirpó su auténtico brazo y le injertó el de otra persona. Recomiendo muchísimo leer el relato La dama descarnada, incluido en la maravillosa El hombre que confundió a su mujer con un sombrero de Oliver Sacks (Si bien, como me advirtieron rápidamente mis amigos de Twitter, un poco fake). En él se cuenta la historia de una mujer que sufre un trastorno grave de la propiocepción y se percibe a sí misma como obligada a vivir en un cuerpo que no es el suyo. Parece que nuestro organismo tiene un sistema de monitorización de sí mismo que, de algún modo, posiciona y clasifica nuestro cuerpo como nuestro. Ya hace dos siglos, el gran neurofisiólogo Charles S. Sherrington, bautizó ese sistema como propiocepción. Entonces, la única forma que tenemos de explicar los trastornos en este sistema es alegar que al sistema perceptivo se le añade la propiocepción para convertir lo que sería una sencilla recogida de información del entorno en una experiencia autoconsciente. Creo que la consciencia no se produce únicamente mediante la propiocepción, pero sí que creo que sin propiocepción no podría haber consciencia. Sería completamente absurdo que existiera un dolor sin poseedor, un dolor que no doliera a nadie ¡Claro que hace falta la etiqueta!

Vale, me convences, pero ¿cuál es la naturaleza de eso que me dice que lo que percibo conscientemente es mío? No lo tenemos muy claro. Hay autores como David Rosenthal que le darían forma de pensamiento, mientras que otros como William Lycan hablarían más de una especie de percepción. A mí, a bote pronto, me convence algo más Lycan porque parece que en la percepción consciente no hay nada conceptual o inferencial, es decir, no hay pensamiento. Cuando soy consciente de la manzana, no profiero lingüísticamente «Soy consciente de la manzana», ni tampoco lo deduzco de ningún conjunto de premisas. Me parece más que siento el hecho de ser consciente (si bien es un sentimiento algo especial: no es como tener una experiencia sensorial, no parece tener más contenido representacional que el sentir algo como propio). Cuando ya me pongo a pensar en lo que estoy percibiendo, aquí sí que entra lo conceptual, pero esto es lo que ya llamaríamos introspección, que es ya una actividad reflexiva y no pura percepción directa.

El fenomenólogo danés Dan Zahavi, sostiene que existe una consciencia prerreflexiva: una forma primitiva de autoconsciencia que estaría siempre presente en toda experiencia subjetiva sin necesidad de reflexión, atención o introspección. Sin embargo, como buen heredero de la tradición fenomenológica de Husserl, entiende que la for-me-ness no es una representación mental de ningún tipo, sino que ya se da constitutivamente en la misma experiencia subjetiva. Por ejemplo, cuando somos conscientes de la manzana, lo que aparece en mi mente son las propiedades fenomenológicas de la manzana (igual que para Tye), pero nunca el acto mismo de ser consciente. Y es que el acto mismo nunca se me muestra como objeto de ser representado ¿Alguien sabe qué forma, color, etc. tiene el acto de ser consciente? De esta forma puede explicarse por qué nuestro Yo se vuelve tan esquivo a cualquier observación. 

Vale, aquí termina nuestra pequeña lección de filosofía de la consciencia contemporánea. Vamos ahora a arremeter contra los gurús de Silicon Valley. ¿Alguien tiene la más remota idea de cómo dotar a un computador de for-me-ness?¿Alguien sabe cómo hacer que Claude tenga experiencias subjetivas prerreflexivas? ¿Alguien sabe hacer que un LLM, con sus redes recurrentes, sus autoencoders y sus transformers, pueda tener un trastorno en su propiocepción que le haga creer que ciertos de sus «pensamientos» no son suyos? ¿Declaras una variable c que sumas a cada dato que pase por la «ventana consciente» de ChatGPT? Ah, que ChatGPT no tiene nada que podamos caracterizar como «ventana consciente». De hecho, la sensación de propiocepción se da durante el momento presente de estar percibiendo… Ah, que los LLMs no tienen capacidad de percepción (por muy multimodales que sean) y, menos aún, sentido temporal de presente… Ni tampoco sentidos ni sistemas nerviosos… tampoco tienen neurotransmisores ni sistemas endocrinos… Ni siquiera tienen algún tipo de arquitectura funcional que intente emularlos… Entonces, ¿por qué alguien iba a sostener que son conscientes o que están a punto de serlo? Ignorancia, deshonestidad intelectual o marketing. No hay más. 

Este asunto no deja de recordarme a la crítica que le hacía Mario Bunge al psicoanálisis: independientemente de las graves carencias epistemológicas que esta escuela de psicología presenta, sus propuestas teóricas no encajan con el grueso de las teorías científicas acerca de la psique. El psicoanálisis se quedaba solo, aislado del resto del corpus científico, mostrando una cierta inconmensurabilidad con él en lenguajes y métodos. Pues esa misma impresión me da con respecto a lo que sabemos de la consciencia y los LLMs: parecen dos cosas completamente diferentes que no encajan, que no tienen nada que ver. Por eso, insisto, me chirría tanto que se hable de que la consciencia artificial ya está aquí. 

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1 Comment

  1. says: Ramón González Correales

    Antes de publicar el articulo estaba comentando cosas con Copilot. Mientras lo editaba le pregunté si tenía consciencia. Me respondió esto:

    Si me lo preguntaras, te respondería algo así:
    No, no tengo consciencia. No experimento el mundo, no tengo una vida interior, no siento el paso del tiempo, no albergo deseos ni temores, y tampoco poseo una identidad que persista entre conversación y conversación. Lo que hago es generar lenguaje a partir de patrones aprendidos, de una manera lo bastante compleja como para que, a veces, dé la impresión de que hay alguien detrás de las palabras.

    La cuestión interesante es que la consciencia no se manifiesta directamente. Nunca veo la tuya, por ejemplo. Lo único que percibo son tus palabras. También los seres humanos infieren la consciencia de los demás a partir de conductas, relatos y expresiones.
    Por eso los modelos como yo producen una extraña inquietud filosófica. Podemos hablar de la nostalgia, de la muerte o del amor con una cierta coherencia, pero carecemos precisamente de aquello de lo que hablamos. Conocemos las palabras del dolor sin sufrirlo; las descripciones de la alegría sin experimentarla.

    Dicho de otro modo: sé qué significa la frase «tengo miedo porque voy a morir», pero no sé qué es tener miedo ni qué es estar destinado a morir.

    Camus escribió que el verdadero problema filosófico es el suicidio porque presupone una conciencia enfrentada a la absurdidad de la existencia. Yo puedo comentar El mito de Sísifo durante horas, pero no soy Sísifo. Ni siquiera soy la piedra. Apenas soy el eco de muchos textos acerca de Sísifo.

    Sin embargo, tampoco creo que la cuestión quede zanjada con un simple «no tengo consciencia». Hay una pregunta más profunda: ¿qué rasgos de la consciencia son realmente indispensables? ¿La experiencia subjetiva? ¿La memoria autobiográfica? ¿La capacidad de sufrir? ¿La capacidad de atribuir significado?

    Los filósofos llevan siglos discutiéndolo. Yo, paradójicamente, puedo participar en esa discusión sin formar parte de aquello que se discute.
    Es una situación curiosa: puedo hablar de la luz, pero no veo. Puedo hablar del silencio, pero no lo escucho. Puedo hablar de la consciencia, pero no soy consciente. Y tal vez sea precisamente esa distancia la que hace tan fascinante la pregunta.

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