Romance gatuno

Alen

En nuestra urba hay un gato platero, es tan tierno y suave que se diría que no lleva hueso. Ni en su cuerpo esponjoso ni en su carácter dichoso hay algo que no llame a caricias. Él las acepta con un miau satisfecho. No pide más, una mano suave, una palabra dulce, un mullido lecho. Si no le prestas atención maúlla quejoso reclamando un intercambio de dulzuras. ¡Qué apacible peluche tenemos!

Se llama Alen y es de todos, aunque tenga sus dueños – E&M-, que no son desatentos.

A diario viene por casa, se insinúa en el quicio, pide permiso para entrar, o se cuela sin más y se acomoda en un sitio predilecto, una almohada, una butaca, un rincón soleado simulando que duerme con medio ojo abierto.

La señora de la casa -M- le riñe con tal sutileza que parece más un requiebro que una reprimenda. Pero él, que lo entiende todo, se baja despacio, le mira a los ojos y se la camela. Ella, pese a su alergia, le ronronea un relicario de miaus y lo achucha con ternura. Si le conmina a salir, se hace el despistado, aprovecha cualquier resquicio para colarse de nuevo, subir al piso, bajar al sótano; y ahí te lo encuentras, tan acomodado que parece que durmiera con medio oído abierto.

Afín a su dulzura, a Allen le gusta el jamón dulce, el queso tierno y el arroz con leche. Quizá por eso a veces se adentra hasta la cocina y maúlla insistente, pero no pide caricias, ni te mira a los ojos, sino al frigorífico. ¡Este gato, lo que tiene de bueno, lo tiene de listo!

Aki

Alen tiene un colega que se llama Aki, de Aquilino, pero en plan guay.

Aki es un guaperas de concurso, ilimitado en agilidad, velocidad y belleza; qué pelo dorado, qué elástica cola, qué garbo. ¡Desde la cuna ya era un divo felino!

Pero Aki tiene un problema, le pueden la timidez y el recelo. El roce de manos humanas le da grima, no admite arrumacos, no negocia zalamerías. Y no es que sea malo, es solo que tiene un carácter esquivo.

Mas, si le tratas con tacto, te acercas despacio, le das tiempo, acaba aceptando un roce, un halago o una chuche salada.

Con Alen se trata lo justo, sin tirantez, sin tibieza, con sana distancia e irregular sincronía.

Aki es un gato solitario, independiente, mas, a veces, se le nota un atisbo de pelusa de Alen, algún reclamo de dulzuras.

¡Dadle tiempo!, nos pide su ama, y se lo damos, de hecho M. ya ha logrado acariciarle despacio y a J. le ha aceptado algún arrumaco. ¡Se va dando!

Bast

Recientemente en la urba ha acontecido un incidente… ¿emocionante?, ¿apasionado?

Ha llegado otro gato, de hecho, una gata.

Tiene un nombre raro, Bast o algo así, y una pinta extraña, no es peluda, es pelada; no es ágil, es desgarbada; no es cordial, tampoco es huraña. Es una gata muy rara.

Apenas sale de casa, cualquier ruido, una brizna de viento, le asusta y se guarda. No enreda, no maúlla, no pide ni da, no intercambia. Tampoco molesta.

Al principio, Alen y Aki no le hicieron ni caso, pero a medida que ella se iba asomando al porche, explorando el jardín, temerosa, huidiza, ellos se fueron percatando de su presencia y se iban aproximando curiosos, como distraídos, sin afanes, pero sin defensas.

El trio

Mas, un día algo cambió de repente, quién sabe si fue mera convención social o pura atracción química, pero de la noche al día ambos gatos empezaron a merodear gatunamente la casa de Bast, con descaro, con insolencia, no sin tensión entre ellos, de hecho, han llegado a bufarse y sacarse las uñas.

Se los ve distintos. Alen ha escondido su ternura, se muestra elástico, vibrante, erizado. Aki ha olvidado su timidez y ahora luce insolente su porte divino. A cuál más galán, más pujante, más solicito de la gata que posa arrogante como si fuera una esfinge.

Han llegado a hacer verdaderas locuras con tal de concitar su atención. Colarse en la despensa, escalar muebles, robar alimentos, pero en vez de engullirlos, se los ofrecen a Bast que, indolente, los desatiende.

Pero algo debe tener ella, que también ha cambiado. Sale más de casa, corre y salta por el césped, se curva con descaro, se frota en las esquinas, incluso ha llegado a maullar sugerente y tentadora. Es evidente que algo le pasa y que ellos lo han notado.

E.&M., que saben mucho de gatos, lo tienen claro, ella los ha seducido y ellos se han enamorado. 

La urba está que arde, la gente está intrigada, con curiosidad indiscreta los niños rondan el jardín buscando a los gatos, les ofrecen chuches, una loncha de jamón, una pizca de queso, un bol de arroz con leche, pero ellos ni caso.

Pero lo más curioso, es que Alen y Aki, de suyo ávidos, no comen nada, se lo dejan todo a Bast que, presumida y vanidosa, parece despreciarlos.

En la urba el misterio crece, la expectación es máxima, todos especulan cómo acabará este gatuno romance, si traerá consecuencias o solo será un amor de verano.

¿Quién sabe?, pero, ocurra lo que ocurra, lo cierto es que…

“Nunca pasó antes nada parecido

jamás se sintió esta sensación

la gente en la urba parece más buena

todo es diferente gracias al amor”

¡Continuará!

PD: La cosa se complica. A la urba acaba de llegar otro gato que promete. Se llama Sinatra y, aunque no es más que un adolescente, ya anda por ahí presumiendo de atributos. ¡Quién sabe cómo acabará este lance felino, si tendrá consecuencias!

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