La respuesta está flotando en el viento

Una infancia difícil, una cualidad sobresaliente, unos impulsos problemáticos, un entorno hostil, una oportunidad que puede perderse, un amor que se escapa entre los dedos. Un cóctel que produce una de esas películas que me gusta ver algunas noches, con final feliz incluido, porque a veces hay que alimentar la esperanza en el futuro y en la fuerza de ciertos valores para sobrevivir en él.  El indomable Will Hunting incluye también un psicólogo, Sean Mcguire, (Robin Williams)  que me llevó a recordar la teoría y los métodos de la psicoterapia humanista, la tercera fuerza de la psicología, que tan de moda estuvo en los años sesenta y que ahora parece tan olvidada, cuando quizá habría que volver a aprender algunas cosas de ella, a pesar de los errores y límites que el tiempo haya podido dejar al descubierto, como por otra parte ha ocurrido con la mayoría de las teorías psicológicas.

 

 

Tras la Segunda Guerra Mundial  la psicología estaba dominada por el conductismo (primera fuerza) y por el psicoanálisis  (segunda fuerza). Ambas orientaciones eran bastante  deterministas y, sobre todo el conductismo, planteaba una causalidad puramente física en la conducta humana, como si los seres humanos fuéramos máquinas  que partiendo de una “tabula rasa” pudieran ser automáticamente programables por el entorno en base a dinámicas de estímulo-respuesta.  Frente a ello Carl Rogers, que tuvo frecuentes debates con Skinner, a partir de los años 40 del siglo XX plantea la importancia de las creencias, de los valores y de la libertad personal en la toma de decisiones (el problema del “libre albedrío” que de una forma u otra no deja de plantearse a lo largo del tiempo).  Para él es importante la visión subjetiva y la experiencia emocional de cada persona y considera esencial comprenderla para poder ayudarla a vivir el tipo de vida que realmente anhela profundamente. Lo que quedaba cerca de los humanistas clásicos griegos que creían que los valores para guiar la acción humana se encontraban dentro de la naturaleza de lo humano y en la propia realidad natural.

 

 

Abraham Maslow fue el principal teórico y organizador de la psicología humanista.  Para él el ser humano es único e irrepetible, de naturaleza intrínsecamente buena (los ecos de Rousseau  están al fondo) y con una tendencia innata a la autorrealización si no es bloqueado por el contexto social. Esa naturaleza se expresaría más auténticamente en lo emocional, lo intuitivo y lo contemplativo frente a lo racional que predominaba en el pensamiento occidental. Estudiando a personas sanas y creativas definió su famosa pirámide de necesidades y planteó que todas las personas tiene un potencial creativo de autorrealización que no expresan por inhibiciones sociales impuestas que les terminan produciendo rutinas psicológicas que les llevan a tomar decisiones que les alejan de lo que realmente podría hacerles felices. A partir de estos presupuestos se desarrolló una terapia para atender los casos psicopatológicos pero también para ayudar a que las personas sin patología pudieran conseguir estados más creativos y vitales,  lo que dio lugar al desarrollo de lo que se denominó “movimiento del potencial humano” que tuvo su principal foco en el Instituto Esalen pero que se diversificó en grupos heterogéneos por todo el país.

 

Abraham Maslow

El terapeuta humanista mediante la empatía y la aceptación incondicional trata de comprender el mundo interno del “cliente” (no les gustaba el calificativo de “paciente” por lo que tiene de etiquetación de enfermo), lo  acompaña y trata de ayudarle a eliminar obstáculos para que emerja de forma natural el impulso que tiene hacia el crecimiento, la salud y el ajuste: hacia la “autorrealización” en suma. Se trata de que descubra su autentico “sí mismo” y lo acepte, las cualidades que tiene y las desarrolle, lo que realmente quiere hacer en la vida. Más o menos lo que termina consiguiendo en la película Will Hunting (Matt Damon) el chico con cualidades matemáticas que es capaz de perdonarse a sí mismo y poder amar, un paso previo a desarrollar su talento, también a su manera.

 

 

Estas ideas prendieron con especial fuerza en los años 60 del siglo XX en la costa oeste de EE.UU y luego en Europa en el “Mayo del 68”. Los jóvenes de Berkeley  y otras universidades de California comenzaron a cuestionar los valores normativos del sistema social y a plantear una nueva cultura (de ahí viene el término “Contracultura”) donde primaban el afán de novedad y de libertad, la posibilidad de felicidad en el aquí y ahora, la experimentación de nuevos estados de conciencia y de relaciones interpersonales, lo que incluía nuevas formas de relación sexual o de convivencia (comunas, parejas abiertas, etc.). Muchos comenzaron a ir hacia allí. (I want go to a San Francisco) para entrar en la nueva era Acuario (el tema central de “Hair”) donde la humanidad podría aspirar a la felicidad, a la magia, a la imaginación que terminaría con la represiva Razón para siempre. Como la juventud, todo se fue diluyendo muy deprisa y terminó apareciendo la parte oscura de la droga y de la superstición, el poder de los charlatanes y santones de toda laya, el choque cruel con la realidad,  que terminó con algunos sueños idílicos en las relaciones o en los nuevos estilos de convivencia. Aunque estas ideas no han desaparecido del todo y persisten en muchos aspectos de la vida cotidiana de las sociedades occidentales y en las múltiples tendencias que configuran la New Age o en muchas tendencias de la música moderna como el rock and roll o el punk.

 

 

Esa oscilación del péndulo hacia lo emocional, la intuición, la rebeldía o la individualidad no fue nueva ni se ha ido del todo porque es una pulsión que probablemente está dentro de la naturaleza humana. Puede reconocerse en muchos movimientos culturales a lo largo de la historia: los goliardos, el romanticismo, el surrealismo, el orientalismo, los beats. Y también en la actitud y en la obra de muchos artistas, escritores o músicos: Rimbaud, Herman Hesse, Allen Ginsberg, Allan Watts, Jack Keruac, Janis Joplin, Jimmy Hendrix o Bob Dylan que ponía música a la intuición de que algo estaba cambiando y que la respuesta a muchas preguntas estaba flotando en el viento (the answer is blowing in de wind).

Dentro de la psicoterapia humanista también destacó Paul Goodman un prolífico escritor que con Friz y Laura Pearls ayudo a desarrollar la psicoterapia Gestalt  otra de las corrientes dentro de esta psicoterapia humanista. Goodman apoyó movimientos de no violencia  o de reivindicación de derechos de minorías como el movimiento gay. Fue uno de los teóricos de la llamada New lef, de orientación anarquista que con distintas influencias ha llegado hasta hoy.

 

 

Nacemos siempre en un grupo social en el que se nos obligan a integrarnos, en el que necesitamos integrarnos. Un grupo que siempre nos da y nos quita, que nos trata de imponer normas, creencias, relatos, hábitos, códigos de relación. Que nos obliga a buscar una significación no siempre fácil en ciertos momentos de la vida; que nos da cobijo y posibilidades de crecimiento; que nos impone una forma de vivir; que nos invita a trabajar en unas condiciones que a menudo no nos gustan y nos limitan la vida. Necesitamos adaptarnos pero a la vez desarrollar nuestra propia vida, nuestra propia manera de pensar, de sentir, de relacionarnos. Necesitamos encontrar nuestro lugar en el mundo y para eso es difícil ignorar del todo los planteamientos de los psicólogos humanistas. Puede que fueran ingenuamente optimistas, que no siempre emerjan de forma natural egos benignos en la mayoría de la gente. Puede que las emociones dependan muy a menudo de cogniciones o que, en cualquier caso, emoción y razón estén siempre muy interrelacionada como después ha demostrado la psicología cognitiva.  Puede que conseguir ser uno mismo no sea algo tan natural y automático como quitar supuestos obstáculos sino que también sea el producto consciente una construcción compleja y consciente que hay que ir haciendo a lo largo de toda la vida, utilizando la razón y la intuición de una forma equilibrada.

 

 

Pero en una sociedad abierta, siempre debería estar claro que el sistema social tiene que dejar un espacio para que el individuo se desarrolle y alcance algunos de los objetivos vitales que realmente anhela. No puede ser simplemente el engranaje de una máquina exclusivamente dedicada a la producción y al consumo.  Tiene que tener tiempo para poder pensar, para poder desarrollar otras actividades significativas y creativas, distintas del trabajo. Tiene que tener oportunidades para cambiar en el momento en que encuentre un nuevo camino: cambiar de estudios o comenzar a estudiar, cambiar de trabajo, cambiar de ciudad o de país, cambiar de vida. Esas oportunidades dependen mucho de la organización social y son posibles con el actual desarrollo tecnológico pero en los últimos tiempos,  incluso antes de la crisis económica, cada vez parece estrecharse más el margen de elección de las personas, agobiadas en trabajos que cada vez parecen precisar más tiempo y energía, incluso en las mejores condiciones.

Por eso no hay que perder de vista algunos principios humanistas a la hora de plantear algunas reivindicaciones sociales. Porque tienen que ver con la libertad personal o al menos con la posibilidad de conquistarla y siempre estarán ahí. Porque a la hora de tomar una decisión trascendente siempre será inevitable preguntarnos que deseamos realmente y entonces hacer acopio de coraje para tomar la decisión que consideremos correcta. Para conquistar nuestro lugar en el mundo.

 

 

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