El otoño vendrá con caracolas

Dicen que Lorca era capaz de iluminar cualquier reunión, de esas que se celebraban entonces, en algunas casas de la burguesía ilustrada, y en las que uno imagina un gran salón con piano, un patio empedrado con chinas más bien pequeñas y un servicio de uniforme con la sonrisa muy bien educada. En algún momento alguien le pedía que recitara algo y entonces quizá cogía una guitarra y entonaba una seguiriya al estilo de Manuel Torres con la voz un poco rota, según cuenta Santiago Ontañón en Unos pocos amigos verdaderos. También podía ponerse a tocar el piano o  a cantar canciones populares;  a recitar fragmentos de una de sus obras de teatro  o a imitar a una vieja comadre granadina. Al parecer Federico era un juglar capaz de invocar el duende de la alegría, pero como bien sabía el duende siempre es “oscuro y estremecido, descendiente de aquel alegrísimo demonio de Sócrates, mármol y sal que lo arañó indignado el día en que tomo la cicuta…”

Harold Bloom dice en Genios que Lorca es “el poeta del deseo y de sus límites “, cosa que no termino de comprender del todo, pero lo comienza presentando, con un fragmento del “Llanto por Ignacio Sanchez Mejías“,  como un poeta con una conciencia estremecedora de la realidad de la muerte (“El otoño vendrá con caracolas/uva de niebla y montes agrupados/pero nadie querrá mirar tus ojos/porque te has muerto para siempre”). Quizá toda su poesía nace del fondo del ese pozo oscuro que es capaz de tensar su sensibilidad y de ayudarla a buscar colores para disfrazar al miedo o para convertirlo en otra cosa, igual de embriagadora, que pueda ayudar a exaltar algunas noches la alegría de vivir el tiempo presente que ya se escurre, sin mirarlo,  entre las manos.

Quizá esa sensibilidad le llevó a intuir el fondo de crueldad que habitaba en el corazón rutilante de Nueva York. Lo normal hubiera sido fascinarse por la modernidad, los rascacielos, las universidades, las tiendas y los electrodomésticos. Sobre todo frente a la España de aquel tiempo. Pero captó de inmediato la locura intrínseca de un capitalismo salvaje que ya había explotado en la crisis de 1929 y que mostraba sus fauces a millones de personas a las que ignoraba.

 Poeta en Nueva York fue antes una conferencia-recital que un libro y es algo muy emocionante dejarse llevar por los fragmentos de prosa poética con los que Federico encadenaba la lectura de los poemas. Los siguientes fragmentos están sacados de la lectura que hizo el 16 de diciembre de 1932 y que transcribo de la edición de lumen de 1976.  No he conseguido encontrar el lugar en el que dió este recital pero pasen y siéntense. Invoquen al duende y luego sigan leyendo los poemas

 “Señoras y señores. siempre que hablo ante mucha gente me parece que me he equivocado de puerta. Unas manos amigas me han empujado y me encuentro aquí. La mitad de la gente va perdida entre telones pintados y fuentes de hojalata, y cuando creen encontrar su cuarto, o círculo tibio de sol, se encuentran con un caimán que se los traga o… con el público como yo en este momento. Y hoy no tengo más espectáculo que una poesía amarga, pero viva, que creo que podrá abrir los ojos.

 He dicho un poeta en Nueva York, y he debido decir nueva York en un poeta. Un poeta que soy yo. Lisa y llanamente; que no tengo ingenio, ni talento, pero que logro escaparme por el bisel turbio del día antes que muchos niños. Un poeta que viene a esta fría sala y quiere hacerse la ilusión de que está en su cuarto y que ustedes, vosotros, sois mis amigos, que no hay poesía escrita sin ojos esclavos del verso, ni poesía hablada sin orejas dóciles, orejas amigas donde la palabra que mane lleve por ellas sangre, olas, labios o cielo a la frente del que oye. 

 (…) Así pues antes de leer en voz alta y delante de muchas criaturas unos poemas, lo primero que hay que hacer es pedir ayuda al duende, que es la única manera de que todos se enteren sin ayuda de inteligencia ni aparato crítico, salvando de modo instantáneo la difícil compresión de la metáfora. 

(…) Los dos elementos que el viajero capta en la gran ciudad son: arquitectura extrahumana y ritmo furioso. Geometría y angustia. En una primera ojeada, el ritmo puede parecer alegría, pero cuando se observa el mecanismo de la vida social y la esclavitud dolorosa del hombre y máquina juntos, se comprende aquella trágica angustia vacía que hace perdonable por evasión hasta el crimen y el bandidaje. 

Las aristas suben al cielo sin voluntad de nube, ni voluntad de gloria. Las aristas góticas manan del corazón de los viejos muertos enterrados, éstas ascienden frías con una belleza sin raíces, ni ansia final, torpemente seguras sin lograr vencer y superar, como en la arquitectura espiritual sucede, la intención siempre inferior del arquitecto. Nada más poético y terrible que la lucha de los rascacielos con el cielo que los cubre. Nieves, lluvias, y niebla subrayan, mojan, tapan, las inmensas torres, pero éstas ciegas a todo juego, expresan su intención fría enemiga de misterio y cortan los cabellos de la lluvia, o hacen visibles sus tres mil espadas a través del cisne suave de la niebla.

 La impresión de que aquel inmenso mundo no tiene raiz os capta a los pocos días de llegar y comprendéis de manera perfecta cómo el vidente Edgar Poe tuvo que abrazarse a lo misterioso y al hervor cordial de la embriaguez en aquel mundo.

 Yo solo y errante evocaba mi infancia de esta manera.. (y comenzaba con Poemas de soledad en Columbia University)

Lo impresionante por frío, por cruel, es Wall Street. Llega el oro en ríos de todas partes de la tierra y la muerte llega con él. En ningún sitio se siente como allí la ausencia del espíritu; manadas de hombres que no pueden pasar del tres y manadas de hombres que no pueden pasar del seis, desprecio de la ciencia pura y valor demoniaco del presente.

Y lo terrible es que toda la multitud que lo llena cree que el mundo será siempre igual y que su deber consiste en mover aquella gran máquina noche y día y siempre.

Yo tuve la suerte de ver por mis ojos el último crack en que perdieron varios billones de dólares, un verdadero tumulto de dinero muerto que se precipitaba al mar, y jamás,  entre varios suicidas, gentes histéricas y grupos de desmayados, he sentido la impresión de la muerte real, la muerte sin esperanza, la muerte que es podredumbre y nada más, como en aquel instante, porque era un espectáculo terrible pero sin grandeza.  Y yo que soy de un país donde como dice el gran poeta Unamuno , “sube por la noche la tierra al cielo”, sentía como un ansia divina de bombardear todo aquel desfiladero de sombra por donde las ambulancias llevaban a los suicidas con las manos llenas de anillos.  

Por eso yo puse allí esta danza de la muerte ….

 

 

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