El Síndrome del espejo (I)

EL IMPERIO DE LOS ESPEJOS

1. INTRODUCCIÓN

El mundo está lleno de espejos. Nunca ha habido tantos. En tiempos antiguos eran objetos lujosos, ahora son cotidianos. También hay espejos especiales, como las pantallas en las que nos fotografiamos, grabamos, miramos y difundimos. Y además están los espejos metafóricos, los escaparates, las revistas… que proyectan las imágenes idealizadas de la moda y la belleza. Y cada espejo, pantalla, escaparate es un lugar en el que nos vemos, miramos y comparamos. Son los jueces insobornables de la belleza y la fealdad. Tan mágicos y sinceros, como taimados y peligrosos. Y hay tantos…

Ante el espejo la mayoría de las personas se conforman con lo que ven, otras se acicalan habilidosamente y disfrutan, pero algunas se sienten tan mal que acaban abatidas, obsesionadas, enfermas. Padecen un “síndrome del espejo”, una especie de mal “especulativo”, típico de los seres humanos modernos. En definitiva, lo que se pretende es describir una especie de síndrome individual o colectivo de malestar con el espejo, tras el cual se oculta una enorme cantidad de sufrimiento, desasosiego, riesgos y engaños.

 

2. ESPEJITO, ESPEJITO. 

Mitos, cuentos y leyendas.

Hay muchos mitos y cuentos con espejos. El primero fue el de Narciso, a quien verse en el espejo le costó la vida. Pero era tan guapo que Apolo le suplantaba para ejercer su conducta promiscua y casquivana, aunque los lemas que figuraban en su templo en Delfos eran sabios y saludables: “Conócete a ti mismo” y “Nada en exceso”. Los tendremos en cuenta.

Todos los mitos con espejos reflejan y nos confrontan con dos de las tareas más complicadas de los seres humanos: reconocerse (quién soy) y conocerse (cómo soy). Las dificultades para alcanzarlas son la base de los problemas y sufrimientos que englobamos bajo el apelativo de “síndrome del espejo”.

La pantalla global.

¿Cuántas pantallas tienes ahora mismo a tu alcance? El mundo es una gran pantallasfera, que ostenta un gran poder, la pantallocracia, que impone un modelo social, mercantil, cultural y estético conflictivo y paradójico, en una especie de pantallofrenia colectiva. En ese contexto algunas personas débiles, inestables o inmaduras y, por lo tanto, vulnerables, sufren problemas emocionales o de conducta por someterse a la influencia de las pantallas.

Además las pantallas personifican el modelo global, colectivo, uniformado (la moda, las tendencias), en un modelo individual, personal, exclusivo: mi ropa, mi colonia, mi coche. Ése es el secreto de la gran pantalla: un hiperespejo globalizante en el que cada uno se contempla, compara y juzga.

En ese espejo virtual encajan muy bien los modelos psicológicos de influencia y vulnerabilidad que explican cómo las informaciones e imágenes condicionan nuestra conducta y modelan nuestros cerebros. Por eso preocupa tanto la influencia de las pantallas sobre el desarrollo de nuestros hijos. Sin embargo escasean los estudios científicos sobre los efectos de las diferentes pantallas en la mente humana. El debate se centra en Internet. Se acepta que influye en las conductas, emociones y relaciones, pero es arriesgado asegurar si las mejora, empeora o ni lo uno ni lo otro.

El gran escaparate.

Si quieres ser feliz has de viajar. Pero si quieres que el viaje sea un éxito has de comprar: ¡Tiempo libre para ir de compras! Ojo, he dicho compras, en plural, no compra, en singular. Ir a la compra es aburrido y vulgar. Basta añadirle una “s” para que sea gratificante y diferenciador. Y es que el mundo pos-ultra-hiper-moderno es un gran hipermercado lleno de escaparates. Ellos son los grandes facilitadores del sistema. Cada escaparate es un “ábrete sésamo” al mundo de la fantasía, la riqueza y el poder. Un paisaje con vistas al deseo y al placer. Pero también es un espejismo. Todos ofrecen belleza, placer, ilusión y felicidad, pero imponen una gran distancia entre lo deseable y lo posible, entre la ilusión y el ilusionismo. Por eso son peligrosos.

 

3. ¿QUIÉN ES LA MÁS GUAPA DE LA FIESTA?

Belleza y placer.

La belleza es una virtud deseada por los seres humanos de todos los tiempos. Es un bien evolutivo, natural y cultural. Equivale a placer: “La belleza es el nombre de algo que no existe, y que doy a las cosas a cambio del placer que me producen” (Pessoa). Si nos produce placer, deseamos poseerlo. Luego lo que une belleza y placer es el deseo.

Pero, ¿qué pasa en nuestro cerebro cuando percibimos algo como bello y sentimos impulso de poseerlo? La información bella activa los sistemas cerebrales de recompensa, los denominados circuitos del placer perceptivo. Se sabe que los receptores para opiáceos endógenos, y de endorfinas y dopamina, es muy alta en las regiones cerebrales que intervienen en el reconocimiento escenas con alto grado de información estética, las que el cerebro humano valora como positivas, estimulantes y placenteras. Curiosamente, esos circuitos y neurotransmisores se localizan más densamente en las zonas del cerebro donde se manejan sentimientos y emociones, es decir en las que se ligan belleza, percepción y placer. Por eso la belleza es tan deseable y adictiva.

 Belleza y bondad

Uno de los ideales griegos era la “kalokagathía”, una mezcla de “kalos” (lo bello) y “agathós” (lo bueno), que solían ir unidos en el cuerpo y la conducta de los héroes, que eran los modelos idealizados y envidiados por los humanos. Siglos después, cuando se interpretó por primera vez “El Mesías” un crítico musical le dijo Haendel que era muy entretenido, a lo que éste respondió: “My lord, I should be sorry if I only entertained them; I wish to make them better”. Luego si belleza y bondad van unidas, ¿por qué en nuestra sociedad su ostentación excesiva se asocia a actitudes peligrosas o insanas?

Una vez más el problema no es la belleza, es la explotación comercial de la relación belleza-bondad asociada a placer-deseo. La publicidad crea un entorno imaginativo y placentero (un espejismo), donde lo que importa no es el objeto o su función, sino crear un halo ideal, perfecto y feliz a su alrededor, un mundo mágico en el que nuestros deseos se convierten en realidad. Luego el elemento en discordia siempre es la satisfacción del deseo. Deseamos lo bello, bueno y placentero. Pero no siempre podemos conseguirlo, y eso genera  insatisfacción, frustración y búsqueda de compensaciones que no siempre son equilibradas y saludables.

 Belleza y poder.

Decía Darwin que “La belleza es el resultado de la selección sexual”. Por otra parte, sabemos que la posesión de objetos bellos, y su utilización en relación con comportamientos de cortejo y ostentación social, es decir de aumento del poder o la deseabilidad sexual, son conductas antropológicas ancestrales. La belleza y el rango social, sexual, etc. están unidos por el desarrollo de mecanismos cerebrales de percepción estética. Luego podemos aceptar que belleza y poder social o sexual también van unidos. De hecho, los poderosos siempre tratan de asociarse a los iconos públicos de belleza, como los artistas, deportistas o famosos. Por eso la pérdida de rango o estatus social es causa  de depresión en los machos, y la pérdida de apoyos y aprobación social lo es en las hembras. Luego es lógico que los humanos busquemos poseer la belleza para sentirnos poderosos y atractivos, y así perpetuarnos.

 Belleza y salud.

Juventud y belleza son dos símbolos de salud y felicidad. La juventud hermosa es una de las cualidades más admiradas por los seres humanos de todos los tiempos. Pero la juventud es una diosa alada y la belleza una mariposa efímera, por eso son tan deseadas como peligrosas. En la actualidad la relación entre un estereotipo de belleza y riesgo para la salud afecta especialmente a los jóvenes. Por eso se le culpa de producir algunas de las enfermedades más “de moda”, como son los trastornos de la conducta alimentaria y las enfermedades de la autoimagen, como la fealdad imaginaria o la adicción a operarse.

Pero una vez más el problema no es el estereotipo estético, sino la cantidad de información, de imágenes, gustos y opiniones estéticos que reciben los jóvenes. Es tanta que exige un gran esfuerzo de adaptación y tolerancia al cambio, lo cual no siempre es posible, generando frustración y malestar, y catalizando la aparición de conductas anómalas en ciertas personas vulnerables, ya por motivos psicobiológicos (genéticos, constitucionales), ya por condicionantes psico-sociales (familiares, culturales, etc.).

En síntesis, la asociación de belleza con placer, bondad, poder y salud es un bien fructífero para la evolución de la especie y el bienestar humano, pero también es una mixtura peligrosa dependiendo de la dosis que se le aplique y de quien la reciba.

 

4. ¿QUIÉN ES ÉSE QUE ME MIRA DESDE EL ESPEJO?

La capacidad de reconocerse en el espejo es una habilidad peculiarmente humana. Gracias a ella podemos saber que ese que veo allí soy yo y no es otro. Podemos mirarnos, observarnos y hacer cosas sencillas (acicalarnos) o complejas (reflexionar). Gracias a esa habilidad no solo podemos diferenciar entre “yo” y “tú”, sino que podemos saber qué somos, cómo somos, qué pensamos, sentimos… y de paso conocer y comprender a los demás. Esa capacidad se denomina “teoría de la mente” y solo la tenemos los humanos.

Una anécdota: En 1977 una puericultora de la casa cuna de Salamanca, que acogía niños de 4 a 6 años procedentes de familias muy pobres, jugaba con ellos a hacerles fotos polaroid y mostrárselas, y enseguida observó algo sorprendente: algunos no eran capaces de reconocerse a sí mismos, aunque sí a sus compañeros. Indagó y encontró la causa: los que no se reconocían nunca se habían visto en un espejo, ni en sus casas ni en aquel viejo hospicio sin espejos. Padecían el denominado “síndrome de los niños sin espejos” (Carolina Bellingi, 2009).

Esa etapa del desarrollo mental ha sido denominada “estadio del espejo”, y acontece entre los 6 meses y el año de vida. Al principio el niño ve una imagen de otro niño pero no puede pensar “ese soy yo”. Para que se reconozca a si mismo hace falta que desarrolle habilidades motoras y psíquicas y que se relacione con otras personas (madre), y el entorno (cosas, objetos); así, poco a poco, va aprendiendo a diferenciar entre él y otras personas o cosas, y se forma su identidad psíquica (yo) y somática (mi cuerpo), lo cual es cardinal para el posterior desarrollo mental complejo,  equilibrado y saludable. Así pues, puede que esos trastornos y “complejos” que aquí se engloban bajo el concepto de “síndrome del espejo”, provengan de una mala relación con el espejo desde la más tierna infancia.

5. ESPEJISMOS POSMODERNOS

Borges odiaba los espejos: “Los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres” . Pero también los amaba, y siendo ya mayor escribió: “Llego a mi centro / a mi álgebra y mi clave / a mi espejo. / Pronto sabré quién soy”.  Hé ahí una gran paradoja moderna.

“X” es mujer “real” que odia a su espejo: “…cada noche se mira en el espejo esperando encontrarse delgada, pero no lo consigue. Así que solo piensa en hacer dieta, en perder peso, en hacer ejercicio… Se ha sometido a un doloroso masaje reductor, y ahora piensa en hacerse una liposucción, u operarse. Cada día se ve peor pese a que los hombres que la rodean no dejan de piropearla… Pero ella ya tiene 50 años, y es esposa, madre de dos hijos y trabajadora, y sufre en silencio, y  nada le ilusiona, nada le ensimisma, y a veces tiene que tomar pastillas para dormir, pues no soporta que cada noche, cuando se mira su espejo no retransmita aquella imagen de diosa divina”.

¿Qué le pasa a X? Que se ve gorda, se ve fea y se odia a sí misma. Pero, ¿realmente está gorda? ¿O sólo es una víctima de la delgadez posmoderna? Según Gilles Lipovetsky, a los humanos actuales, amén de ciertos rasgos como el hiperconsumo, la mercadotecnia y la saturación informativa, nos identifica el que somos seres paradójicos: individualistas y sociables, narcisistas y solidarios, hedonistas y sufridores.

Una de las mayores creaciones de la posmodernidad fue el prêt-a-porter de Coco Chanel, es decir el lujo al alcance de cualquiera, pero efímero, cambiante. Adoramos la belleza y aun más su ostentación, nos divierte el lujo y aun más lo superfluo, pero caemos en sus trampas insalubres, como la esclavitud de moda o las tendencias, las compra compulsivas, o la adicción al ejercicio físico, a operarse, etc.

Esa conspiración posmoderna afecta más a los más vulnerables: adolescentes, mujeres estresadas, y personas con complejos, inseguras y con escasa autonomía. Las consecuencias son las enfermedades compulsivas, como la bulimia,  el binge, o la anorexia, y, sobre todo, el “síndrome del espejo”.

Pero esas eran patologías posmodernas y ya estamos, eso dicen, en la “hipermodernidad”, y esta ha traído sus propios “vicios”. Veamos algunos.

Por ejemplo el “Cosplay”, palabra que resume el inglés “costume role play”.  Se trata jóvenes que se divierten disfrazándose a imitación de sus personajes favoritos de manga, anime, videojuegos o famosos. Este fenómeno surgió en los años 70 en Japón y desde entonces ha ido en aumento, hasta el punto ya hay convenciones y concursos nacionales e internacionales. Dicen los expertos que a estos jóvenes les falta de interés por el futuro, el trabajo o los estudios, no tienen ambición de superación, todo en su vida es una superficialidad hedonista, disfrazada de crítica hacia los modelos hipercompetitivos e hiperconsumistas. Ahora bien, si esto es una patología o una simple especulación lúdica es cuestión compleja, ya que aun no sabemos si esos comportamientos repercutirán sobre salud de los afectados. De hecho, detrás de todo travestismo siempre hay algo de exceso lúdico saludable, algo de solfa a la identidad sexual. Disfrazarse siempre ha sido un juego atractivo, una desmesura tolerada, un requiebro contra el espejo de la normalidad.

Otro enfermedad del hiperespejo es la vigorexia, una patología descrita en los años 80 por H. G. Poppe, que inicialmente la denominó Complejo de Adonis o anorexia inversa. La padecen sobre todo hombres que practican mucho ejercicio físico, especialmente de tipo culturista buscando adquirir un cuerpo hipermusculado. Lo malo es que por muy concienzudamente que se apliquen a los ejercicios, dietas y tratamientos, nunca están del todo conformes con su musculatura, y acaban obsesionados y enfermos.

También es curioso y frecuente el llamado “skin picking” o dermatotilomanía, es decir el impulso invencible a rascarse o sacarse granos, espinillas o escoriaciones cutáneas, que en ocasiones llega a ser obsesivo y compulsivo, y se producen lesiones o infecciones cutáneas que dejan huellas indelebles, las cuales acaban generando conflictos con el espejo.

He ahí algunos ejemplos del conflicto entre los espejos y la hipermodernidad.

 

 6. TU ESPEJO SABE LO QUE COMES

Se puede ser muy gordo o gorda y tener unos hijos, o unos padres que te quieran mucho. La obesidad no es incompatible con la felicidad, ni con la salud. Lo que pasa es que las personas obesas con frecuencia se odian a sí mismas. Y hay tantas…

La epidemia actual de obesidad es un asunto bio-evolutivo y socio-cultural. Para de explicarlo hay una hipótesis muy ilustrativa, denominada “teoría del genoma lag”, que se ajusta muy bien a lo que ha sucedido en los últimos milenios de la historia humana. La hipótesis enuncia que la carga genética que condiciona nuestro comportamiento se desarrolló como adaptación a los ambientes naturales hace unos 200 mil años, y desde entonces evoluciona muy lentamente. Sin embargo el cambio socio-cultural, promovido por la expansión de la especie y el aumento de la inteligencia social, se inició hace unos 10.000 años, con la industria y la escritura, y desde entonces se expande exponencialmente, lo cual genera un desajuste progresivo entre nuestra evolución biológica (la de los genes) y la evolución social (la de los memes o genes culturales). Entre ambos, genes y memes, está el cerebro, un órgano sensible y flexible, en constante remodelación funcional, pero cuya estructura evoluciona tan lentamente como las demás partes del cuerpo, y, lógicamente, le cuesta adaptarse. Esa teoría explica la disociación entre la utilidad bio-evolutiva de la obesidad ancestral, y su inutilidad y rechazo social en los tiempos modernos. Los gustos han cambiado, pero no por un capricho esteticista, sino porque el rasgo ha perdido su valor bio-evolutivo.

La tendencia estética global es hacia la progresiva estilización de la figura, con fluctuaciones según los tiempos y con diferencias entre sexos, lo cual se explica por la separación evolutiva del sexo (reproductivo) y el género (social). La obesidad femenina se relacionaba con mayor fecundidad y por lo tanto mayor probabilidad de selección hereditaria, mientras que en los machos el rasgo selectivo más potente era la musculación. La repartición ancestral de las tareas de género se ajusta a ese modelo: la caza y la agresividad en ellos, frente a la alimentación y el cuidado de las crías en ellas.

En las últimas décadas se puede observar que la figura se ha estilizado mucho más en las mujeres y musculado mucho más en los hombres que en todos los siglos anteriores. Pero, eso sí, la obesidad es proscrita y asimilada a fealdad, enfermedad o estigma social. Eso tiene que ver con que desde mediados del siglo XX se ha producido mayor incremento de riqueza global, de producción de recursos y de abundancia de alimentos que en todos los siglos anteriores, y, en consonancia, se propagó el rechazo de la obesidad como algo antiestético e inadecuado para los tiempos modernos, y de ahí se pasó velozmente a la moda de la delgadez extrema como preferente estético. Y luego la norma se ha seguido imponiendo por mor de la saturación publicitaria y comercial. Cuantos más espejos, pantallas y escaparates, mayor desdoro, baldón y estigma de la obesidad, y mayor admiración de delgadez y la musculación.

Pero, ¿podemos ofrecer alguna solución a las personas obesas? Podríamos empezar por pedirles que adelgazaran, pero eso sería poco eficaz. Es como decirle a un depresivo que se anime: si pudiera hacerlo no nos necesitaría. Luego es necesario que al menos hagan algo por sí mismas, que valoren sus intentos de adelgazar como un honrado esfuerzo por ser dueños de sí mismos, por no disociarse de su cuerpo, por no hacer que la imagen del espejo sea su peor enemiga. Que aprendan a luchar contra su obesidad, pero inteligente y empáticamente. Luego lo veremos con más detenimiento.

¡Hagamos dieta!, pero si dieta es sinónimo de restricción, sufrimiento, y prohibición, entonces fracaso, luego depresión. Eso no sirve. Hay que hacer dieta, pero no como una condena, sino como una norma, con espíritu apolíneo: “Nada en exceso”. Y hay que aderezarla con ejercicio físico moderado y regular, con más calma y menos estrés, y, si a pesar de todo, no logramos vencer a la báscula, a lo mejor es que tenemos un metabolismo desequilibrado, y en ese caso hemos de consultar con el médico.

La propuesta sería: aprender a comportarse como delgados, para conseguir estar delgados. Es el cambio en el estilo de vida, la motivación y el aprendizaje lo que de verdad nos hace perder peso y, sobre todo, llevarnos mejor con nuestros espejos. Es decir: aprender a comportarse como personas delgadas, para conseguir sentirse y ser delgadas.

7. CUANDO LA FEALDAD ES UNA ENFERMEDAD

La “dismorfofobia” es una enfermedad rara, que consiste en sentirse horriblemente feo sin que haya ninguna anomalía, deformación o rasgo que lo justifique. Hay casos tan conocidos y graves como Michael Jackson, que odiaba su negritud y sus narices, y padeció por ello enormes sufrimientos que acabó pagando con vida.

La primera descripción la hizo en 1886 Enrico Morselli, como una idea fija, exagerada e irrebatible de padecer alguna deformidad física (dismorphia), sin motivos razonables para ello. Se estima que afecta a 1-2% de la población, hombres y mujeres por igual, generalmente jóvenes y de clase social media-alta. Muchos empiezan con leves preocupaciones por algún “defectillo”, y acaban siendo obsesiones graves, hasta el punto de complicarse con fobias, depresiones, abuso de sustancias o suicidio. Las áreas del cuerpo más implicadas son la piel, el cabello, la nariz, los dedos de los pies, el abdomen, los senos, los ojos, los muslos y los dientes. Este trastorno, lejos de ser un mero asunto estético, suele ser tan grave que compromete las relaciones, el trabajo y la salud física y mental de los afectados. Su tratamiento es complejo, y debe incluir una combinación de psicoterapia y psicofármacos, y no medidas meramente cosméticas.

Como se ha dicho se suele iniciar en la adolescencia, cuando el espejo es más peligroso, y su evolución depende de la maduración de la personalidad y de las condiciones familiares y sociales que rodeen a esos jóvenes. Con frecuencia se observa que desde pequeños han estado rodeados por una gran preocupación familiar por la apariencia. Muchos han sufrido bromas o críticas excesivas por motivos estéticos, y otros han sufrido por fracasos emocionales que les han hecho sentirse rechazados. La mezcla de una crianza super-preocupada por la belleza, con ser víctimas de críticas o burlas por problemas estéticos, es un coctel peligrosísimo para los jóvenes. Así se entiende que algunos acaben en la mesa del cirujano plástico, y luego en la consulta del psiquiatra, cuando en realidad debería de haber sido al revés.

8. HEREDERAS DE SISSÍ

Sissí era muy bella e inteligente, pero tenía serios problemas con sus espejos. ¿Qué sería hoy de ella? Sería, sin duda, una de las miles de jóvenes que llegan a nuestras consultas padeciendo anorexia, bulimia u otro trastorno de la conducta alimentaria (TCA).

Pero a qué se debe esta epidemia. Lo habitual y sencillo, es culpar a la moda, a la publicidad, pero también es inútil. Muchos políticos, periodistas, famosos y afectados llevan años haciéndolo, pero ninguno se ha preguntado si dicha relación es cierta o si tan solo es una excusa colectiva para aliviar la culpa.

En realidad, estos trastornos representan una conducta ecológicamente desadaptada a nivel macro-evolutivo (la especie humana, el medio ambiente), causada por desajustes bio-psico-sociales a nivel micro-evolutivo (el cerebro, la persona y la familia). Cada caso concreto sería el resultado de una suma de factores biológicos, personales, familiares y sociales desajustados que determinarían el inicio de conductas anómalas, las cuales, al persistir y agravarse acaban convirtiéndose en enfermedades graves y crónicas.

Partiendo de este concepto, hemos propuesto un modelo evolucionista de los TCA, a modo de marco de referencia “darwiniano”, que explica las conductas anoréxicas y bulímicas como desajustes evolutivos de la especie, es decir como que fueron útiles para adaptarnos a las presiones evolutivas ancestrales, pero que han acabado siendo desadaptados en el ambiente actual.

En la actualidad la restricción alimentaria y la delgadez son los patrones de conducta más adaptados biológica y socialmente. Es decir, los que se asocian con una mayor calidad y cantidad de vida, y también con mayor probabilidad de éxito social y de dejar descendencia. Es decir, las personas delgadas y esbeltas serían más sanas, más atractivas, vivirían más, tendrían más éxito y dejarían más descendencia. Esto se explica por el denominado modelo de la CAARS (Capacidad Autopercibida de Aptitud para la Reproducción y la Supervivencia). Hay patrones ancestrales que en su momento resultaron útiles para la supervivencia y la procreación. Por ejemplo, ser obesos en Atapuerca sería un rasgo positivo de CAARS, especialmente en las hembras, que tenían que gestar y amamantar a sus hijos, pero ahora ser obesos es ostensiblemente anti-CAARS. Desde que tenemos espejos y neveras lo que mola es comportarse anoréxicamente, por eso las princesas de las pasarelas son tan “esbeltísimas”. Claro que, como siempre, pasarse de la raya acaba siendo anti-adaptativo, y lo que empezó siendo un rasgo pro-CAARS, ha acabado siendo anti-CAARS, o, lo que es lo mismo, anti-ecológico, anti-evolutivo y anti-saludable.

La distorsión perceptiva característica de las personas con TCA, que les hace verse gordas cuando están flacas o gordísimas cuando están normales, es de naturaleza neurobiológica. Hay una alteración cerebral que la produce. Cuando uno se contempla a sí mismo en el espejo, no solamente realiza una percepción, sino que lo compara con la representación mental del propio cuerpo que cada uno tiene grabado y, además, le añade una valoración emocional. Para que eso suceda correctamente tienen que funcionar bien ciertas estructuras cerebrales, como la ínsula, la corteza cerebral dorso-lateral, el cerebelo, el giro parahipocámpico y el giro fusiforme. A lo largo de decenas de miles de años, los seres humanos hemos ido aprendiendo a mirarnos en los espejos, y la imagen corporal se ha ido gravando en nuestro cerebro como una especie de engrama figurativo. Eso ha tardado centeneras de miles de años en producirse. Y sin embargo, en los últimos cientos o miles de años, los espejos y sus múltiples variantes han permitido una auto-contemplación visual constante, fina, precisa y minuciosa. Los espejos han metido en nuestro cerebro esquemas cognitivos y perceptivos nuevos, y nuevas valoraciones emocionales, nuevos juicios sociales y culturales. Pero nuestro cerebro antiguo no está adaptado para percibir y juzgar adecuadamente nuestro esquema corporal moderno, y sobre todo los cambios tan rápidos. Por eso algunas personas que, ya sea por razones genéticas, psicológicas, familiares o sociales, tienen alterados esos mecanismos de autopercepción, sufren una gran dificultad para adaptarse y acaban desarrollando conductas inadecuadas o patológicas por culpa de su mala auto-contemplación y auto-evaluación.

En definitiva, el modelo evolucionista que proponemos es una propuesta integradora (bio-psico-familio-socio-cultural), que quizá nos permita entender mejor por qué una joven se comporta anoréxica o bulímicamente, un adulto se pega atracones o se sume en dietas imposibles, y tantas personas nos llevamos  tan mal con nuestros espejos.

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Podéis ver también la reseña del libro en la revista Qué leer

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