03/03/2024

Todos admitimos sin discusión que hay ideas nefastas que deben ser perseguidas, abolidas y castigadas, como aquellas que empujan al odio, a la esclavitud, al genocidio o al racismo, el problema es que el espectro de ideas funestas se ha hecho cada vez más extenso y desborda lo razonable y el sentido común, abismándonos en un celo infantil y bienintencionado en una lista que no deja de alargarse hasta la tontería. Lo que empezó siendo una lucha justa ha degenerado, en una década, en una persecución que debilita las primeras intenciones y sus nobles objetivos.

¿Empowerment?, ¿Cancel culture ?, ¿Gender studies? son anglicismos de moda viciados por los nuevos justicieros y las nuevas inquisidoras para hacer ejercer una política basada en la arrogancia moral.

Empiezo con una anécdota personal seguida de un chiste. Es una conversación con una profesora colega de la UCL de Lovaina, de hace diez o doce años. Hablando de nuestros alumnos, llegamos a una de ellas, es nueva, cursa su primer año de máster. Este es el diálogo:

-…Me refiero a Kin Wuiame, dice ella

-Su nombre no me dice nada, respondo.

-Sí hombre, insiste, una chica alta, suele sentarse al final, al lado de las ventanas.

-No veo, la verdad…

-Sí hombre, va siempre muy maquillada…,

-No sé…

-Su padre es diplomático.

Yo resoplo resignado…

-Muy simpática,

-¿…?

-Siempre va con Anais Delcroix…

-¿Aaaah! -salto yo, contento, comprendiendo en ese momento de quien quiere hablar-¿La chica negra?! digo con toda naturalidad.

-Sí la misma, respondió con un tono de ligera desaprobación.

Era la única estudiante negra de la clase. Mi colega podía haber empezado por ahí, pero lo evitó. Comprendí que empezaba una nueva época que, con el tiempo, se llamaría lo “políticamente correcto”, esa corriente que, entre otras, cosas omite las denominaciones simples y descriptivas para hacer perífrasis envolventes que marean, en su intento de purificar también el idioma. 

Recordé entonces el chiste aquel de dos mejicanos en la mesa del saloon. Un amigo dice al otro,

-¿Mire, ve a aquel cuate apoyado en la barra?

-Todos están apoyados en la barra, hermano.

-Aquel que tiene un bigotazo.

-Todos tienen bigotes grandes.

-Aquel que tiene un sombrerote grande.

-Todos tienen un sombrerote grande, hermano.

El amigo desenfunda cansinamente su pistola, apunta y dispara, al tiempo que dice con pachorra:

-¡Pues aquel que se dobla!

Esa marea de lo políticamente correcto llegaba desde Estados Unidos, un ejemplo de la americanización de las ideas que permean a Europa como una fina lluvia, y la hemos ido descubriendo poco a poco en los titulares de los periódicos desde hace quince años. Confieso que este tipo de noticias me han venido produciendo cada vez sorpresa, perplejidad, incredulidad, irritación, angustia o incomprensión. Pensaba al principio que eran anécdotas extravagantes, sin recorrido e insustanciales. Pero a pesar de mis previsiones, las he visto triunfar una tras otra.

Recordemos. Se suprime la palabra “negro” en nuevas ediciones de la obra de Mark Twain (2011); en una escuela de Canadá se envían a la hoguera 5.000 libros (como en los autos de fe nazis), entre ellos los cómix infantiles de Tintín, Axterix y Lucky Luke  por ser considerados racistas (2019). Dumbo y Peter Pan son acusados de lo mismo. El título de la obra de Agatha Christie “Diez negritos” ha sido modificado para evitar la palabra “nègre” y “nigger” despectivas en francés e inglés (2020). También se cambia en español, cuando en realidad, en nuestro idioma, solo tenemos una palabra para todo y el título carecía de connotaciones racistas en la mente del lector. Los Conguitos, una marca de chocolate española, sufrió una campaña para que cambiara el nombre y la imagen por vehicular estereotipos racistas (2020). En 2021, en Bruselas, estuvieron a punto de desbautizar el mayor túnel de la capital (túnel Annie Cordie), con el pretexto de que la artista había cantado una canción racista en 1981, un auténtico delirio cuando descubrimos el título, Cacao caliente . En 2022, una obra maestra del séptimo arte, Lo que el viento se llevó, es retirada de la plataforma HBO porque algunos medios universitarios la consideraban racista al presentar una visión descafeinada de la esclavitud y ser a la vez un instrumento del revisionismo sudista. En los Países Bajos, la justicia concluyó que el paje negro que acompaña a San Nicolás el 5 de diciembre para traer regalos a los niños “es un estereotipo negativo de las personas con piel negra” y ordena modificar su aspecto en los desfiles de Amsterdam (2022). Óperas y teatros proscriben el maquillaje blackface (pintarse la cara de negro para representar a un personaje negro), de manera que el Otelo de Verdi, en adelante, solo puede ser representado por un tenor negro o mulato (2015-2022). Con la misma lógica, solo las cantantes de ópera orientales podrían asumir el papel de Madame Butterfly. El director artístico de una gran ópera hace observar  que “en las óperas más conocidas siempre hay una mujer que se suicida, es asesinada, o sufre abusos de poder… Hay que hacer expresa la advertencia al público de que verá elementos de repulsión que pueden herir su sensibilidad”.

“Otelo” por Orson Welles (Film de 1951)

Dios mío. Estamos tontos. Escribamos entonces lo mismo en la contraportada de la Biblia, de la Divina Comedia y en un millón de novelas.  Los hombres también sufren. Escondamos las Meninas en los sótanos del Prado porque se ven enanos, tapemos con cal los frescos de Veronés porque se ven criados negros sirviendo la mesa. Las posibilidades de indignación, de acusación de racismo o de sexismo son infinitas, y si aparecen tratadas por las Artes, la pintura, la literatura, el folklore, deberían, siguiendo la lógica precedente, suprimirse o colgarse el sambenito de “atención puede herir su sensibilidad”. Nos quedarán pocos cuadros en los museos y menos libros en las bibliotecas.

La última noticia de la lista es de hace unos días (20 de febrero 2024): la asociación PETA  (People for the Ethical Treatment of Animals) que lucha por los derechos y el bienestar animal pide que se prohíban los caballitos de madera en los tiovivos porque normalizan su explotación al servicio del hombre en la mente de los pequeños. La demanda ha llegado a Bélgica, Francia y Países Bajos y se debate en la televisión. ¿Es necesario tomar todo esto en serio o perder el tiempo dando argumentos en contra? No, al menos en estas páginas. Lo más inesperado es que el wokismo, puesto que de eso se trata, haya penetrado tanto en la médula directiva de la política social.

El espíritu woke hunde sus orígenes en la década de los sesenta, cuando se estructura la lucha por los derechos civiles de la comunidad afroamericana. De aquellos años proviene el término empowerment, que significa reforzar o adquirir poder, un movimiento que empieza a generalizarse a finales de los setenta impregnando todo tipo de campos, de la psicología social a la salud pública, ocupando hoy un destacado lugar en la retórica de diferentes organizaciones y colectivos al extenderse al mundo de la política y los negocios. El empoderamiento hace referencia a la capacidad de individuo y de la comunidad para alcanzar su bienestar y el derecho a participar en las decisiones que les afectan. Suele citarse la figura de Paulo Freire como padre intelectual de esas ideas justas que conquistaron rápidamente a tantas organizaciones dedicadas a la educación y al desarrollo.

A partir de los ‘80 la noción se introduce en el discurso feminista de los Países del Sur y luego en los ‘90 en el discurso político de lucha contra la injusticia social, contra la pobreza, contra la discriminación de colectivos marginados y oprimidos, negros, gays y lesbianas,  personas con discapacidad, y por la emancipación económica de las mujeres.

En aquella corriente se inscribe el eslogan « Stay Woke », del movimiento Black Lives Matter  (2013), el cual se extiende englobando la defensa de todas las minorías discriminadas, de las personas no blancas, asiáticas o latinas, de las personas LGTB, de los inmigrantes, etc.  Woke es el que está “despierto”, en vela, por lo que también implica la noción de “vigilante”, aquel que se da por misión señalar las injusticias, la desigualdad y el racismo en nuestra sociedad y debe abrir los ojos a los demás. Tiene connotaciones de emancipación, de estar alerta, y de despertar mental, como puede encontrarse en el budismo.

En España llega importado por el movimiento de los indignados (2011) y encuentra terreno fértil hacia 2014 en la retórica doctrinal justiciera del nuevo partido político Podemos, el cual va a jugar la carta electoralista, por ejemplo, de la mujer.

El ideario woke ganó los campus universitarios norteamericanos donde se ha extendido con la metodología de otorgar ayudas institucionales a estudios, tesis y publicaciones que ponían el Global South en el foco. A este efecto, las universidades recibieron fondos importantes para promover el wokismo y la ideología de género. Esto fue denunciado en la época por Camille Paglia (Nueva York, 1947), azote de feministas: “si un estudiante presenta un tema cualquiera y añade al final ”bajo /desde/con una perspectiva de género”,  o bien las palabras clave “diversidad” e “inclusión”…es posible que obtenga la beca o la subvención más fácilmente para efectuar el estudio […]  Si la universidad no se alinea puede ocurrir que uno u otro magnate retire sus donaciones millonarias, de manera que están en un callejón sin salida”.

Con los años, lo woke se ha radicalizado, en la Universidad el debate se vuelve difícil para algunos de sus miembros por miedo a herir susceptibilidades de unos u otros, es delicado formular ideas que se opongan a lo que muchos colectivos llaman lo “políticamente correcto”. Lo woke se ha convertido en una censura férrea disfrazada de defensa de derechos inalienables de todo tipo de minorías, oprimidas o no, en una censura bienintencionada y moralista que se extiende por el terreno político, académico, institucional y mediático, que carece de matices, derrapa por sus excesos y no admite el debate contradictorio. Es frecuente ver como son boicoteados en su seno conferenciantes acusados de no obrar según sus mandamientos. Ahora bien, en una sociedad, las ideas qué molestan, que son críticas o van a contracorriente forman parte de la vitalidad de esa sociedad y son necesarias.

En las universidades parte del profesorado tiene dificultades para enseñar, están petrificados por el miedo a ser denunciados o mal evaluados por sus estudiantes. Una estudiante erasmus canadiense se ofuscó conmigo porque no le puse una “A+” en su examen: “Es que en Toronto casi todo el mundo tiene “A+” o “A”, porque el profesor tiene miedo de lo que podamos decir en su evaluación” me dijo con picardía.

En estos últimos años, expresar una crítica a Israel puede interpretarse como un acto de antisemitismo o una crítica al islam como un acto de islamofobia. Han sido malos tiempos para el análisis distanciado y crítico. En Francia, el tratamiento de “fascista” a filósofos de altura y con carreras irreprochables, simplemente por afirmarse en posturas disidentes, es moneda corriente. La purga reciente de Savater en El País es otro ejemplo de ese ambiente sofocante. La cultura es desplazada por el activismo político, los matices desaparecen y una parte del feminismo predica que toda la sociedad es estructuralmente racista y sexista y que el patriarcado es la madre de todos los males sociales desde Altamira. Afirmado el enunciado, el arte, la lengua, la cultura, la ciencia o la historiografía han sido y son instrumentos de dominación masculina, de manera que hay que arrumbar con ello, y los profesores debieran expurgar sus notas de curso en tal sentido. En una universidad americana un profesor puede ser fácilmente denunciado por un estudiante con cualquier excusa y el profesor es apartado de su función asentando el respeto de un precepto religioso del estudiante por encima del precepto de libertad académica. 

Ha sido el caso reciente de Gilles Kepel (París, 1955) uno más entre tantos,  especialista de Medio Oriente en la ENS (Escuela Normal Superior) de París, quien ha visto su máster suprimido (diciembre 2023) por un proceso que él analiza como una purga de profesores críticos: “en el wokismo sofista la ideología sustituye al conocimiento, no requiere el saber”, es una sopa de pensamiento buenista y tiránico, que en realidad victimiza a quien pretende defender.


Mathieu Bock-Côte (Quebec, 1980) lo explica así: “Durante mucho tiempo consideramos erróneamente que lo políticamente correcto era una excentricidad americana, una más, sin percibir que empezaba a penetrar ideológicamente. Las élites mediáticas sobre todo universitarias empujadas o inspiradas por los grupos más radicales empezaron a multiplicar los gestos de censura más absurdos”

Es así como el wokismo se ha convertido con el tiempo en un movimiento moral extremo, una caza de brujas dicen algunos. La tiranía woke consiste en boicotear a la persona, en tomar medidas disciplinarias, desprestigiarla, crear un vacío en torno a ella, señalarla, provocando una pérdida instantánea e irreversible de reputación. En otro contexto, muchas celebritys la han sufrido, y eso antes de cualquier juicio, porque la mera sospecha es en sí la sentencia de culpabilidad. Han sido unos pocos años pero suficientes para histerizar el debate público, un régimen de linchamiento de una minoría poseída por un fanatismo propio de una secta que se sirve del altavoz de las redes sociales. 

Lo woke es justiciero, escinde y polariza lo que toca, exige aceptación de la sentencia, no permite los matices, conmigo o contra mí, descalifica al otro, no duda en modificar o en borrar el pasado, desatornillando del pedestal a personajes históricos que fueron considerados próceres en su época, ignorando la lógica de la historia y los contextos. 

Las activistas de lo woke, omnipresentes con sospechas obsesivas constantes, tan primarias que pueden confundir grosería con agresión, se rebelan contra la viejas feministas, devorando a sus propias madres. Defendiendo tesis dudosas de manera caprichosa, pretenden saltarse las barreras de la biología con su deseo de abolir las diferencias sexuales, proclamando que en la mujer no existe el sentimiento de protección maternal, que eso sería un constructo cultural. Pero si eso fuera así y la mujer el único mamífero que no protege a su prole, la especie humana sencillamente no habría existido. ¿O significa que es el hombre quien hereda esa función?

Hoy, una opinión expresada públicamente en las tres líneas de un tuit basta para desatar las iras de esa camarilla de “despiertos” y movilizar al ejército de los justos, en una misión redentora condimentada con una moralina insoportable.  De la mano de la extrema corrección política, llegaron las nociones de deconstrucción y  descolonialismo, que es querer reescribir la historia como si fuera un acto de contrición, como si Occidente fuera hoy fuera el culpable de las injusticias de ayer, pero recuerdo que a los hijos de los nazis nunca  se los consideró culpables de las faltas de sus padres. Bajo esa óptica se llega a decapitar a Cristóbal Colon en Boston (2020) o a pedir, por algunos tontos, que se retire su monumento en Barcelona (2022). Hoy un tuit puede convertirse, como bola de nieve, en una fatua social, expresión de un sentimiento ciego de superioridad moral exacerbada, que se vuelve tóxico. Sus huestes corren por todas partes como caballos desbocados, los frentes parecen ilimitados, y en todos los casos el inquisidor encontrará apoyos de acólitos en busca de nobles causas. Los influencers y otros instagrammers han encontrado en cada reivindicación extravagante una veta donde explotar su propia gloria y pescar en sus redes miles de followers adictos al clictivismo, (hacer clic en una petición de change.org) ¿Hay algo más fácil para culpar y humillar desde el anonimato?

El ataque woke se caracteriza por ser una forma de intimidación y de acoso mediático. Lo que pudo haber sido una loable cultura de la indignación, nacida en defensa de los derechos civiles es hoy, por los excesos de muchos, una cultura de la denuncia, cuyo fin es deslegitimar, acallar al adversario ideológico y deviene por esa vía una corriente política. La única forma de escapar a esa persecución es admitir la culpa, disculparse a la japonesa, flagelarse monásticamente, y eso deja aún una posibilidad de supervivencia social y profesional. En caso contrario, el mecanismo de la cancel culture se pone en marcha triturando todo a su paso, es la cultura del borrado, un protocolo de anulación del pecador que consiste es retirar el apoyo a personas por expresar opiniones que alguien autodenominado progresista y con una superioridad moral que se adjudica a sí mismo sin criticas ni dudas, considera racista, machista, sexista, homófobo, grosofobo o islamófobo. 

Un artista americano dijo “me importa un pimiento la paridad, solo quiero los mejores músicos”, … tuvo que pedir perdón públicamente; un ministro inglés dijo bromeando hace unas semanas “voy a drogar a mi mujer para que no se dé cuenta de que hay mejores hombres que yo por ahí fuera”, y su colega de gabinete, Ministra contra la Violencia Doméstica, se lo recriminó, … ha tenido que pedir disculpas igualmente. El arrepentimiento real o forzado es una estrategia de supervivencia.

El fenómeno de la cancelación no se detiene delante de ninguna puerta por blindada que parezca como demuestra la caída en desgracia de la creadora de Harry Potter simplemente por mostrar su perplejidad de que una persona perdiera su trabajo por manifestar que “el género es biológico”. La autora había ironizado comentando un artículo titulado “Creando un mundo post-coronavirus más igualitario para las personas que menstrúan”. “¿Personas que menstrúan?”. Estoy segura de que solíamos tener una palabra para esas personas: MUJERES”. Fue acusada de transfóbica.

Según Bock-Côté “esta revolución se está llevando todo por delante, las nuevas generaciones han caído en el puritanismo, usted me dirá que el sentido común sirve para contrarrestar estas tonterías pero cuando el sentido común no está respaldado por un discurso filosófico o ideológico termina por disgregarse”.

La cultura de la anulación empezó a difundirse hacia 2017 circulando fundamentalmente dentro de la cultura negra americana y en el ámbito de las redes sociales, cuando se  boicoteaba o denunciaba alguna situación o entornos profesionales qué vehiculaban ideas negativas o racistas, y estaba asociado al concepto de vergüenza pública. Significaba entonces “voy a ignorarte”. Hoy, con el poder adquirido y el paso cambiado, significa “voy a hundirte en la plaza pública”, perdiéndose en el camino el contenido inicial de llamamientos a la responsabilidad.

La cultura de la cancelación, es un tipo de bullying social que se apoya en las dinámicas de funcionamiento de las redes sociales para condenar al acusado al oprobio público, al destierro y la muerte social y muy a menudo a la muerte profesional. Hoy más vale no fiarse del auditorio y expresar tu opinión porque te juegas tu medio de vida. La víctima es la libertad de expresión, amordazada por la autocensura.

Los humoristas lo saben, están atenazados por la espada de Damocles que pende sobre sus sketches. Hoy la prohibición y la censura es taimada porque es uno mismo quien se la impone por miedo al borrado social o al etiquetado fulminante. En 2016 TVE se disculpó públicamente por un sketch de JM. Quizás se llegue a prohibir todos los chistes sobre cualquier colectivo que tenga una portavocía muy susceptible, preparada a denunciar supuestas ofensas, viendo crueldad y maltrato donde solo hay ingenio. Los chistes de gitanos, de homosexuales, de mujeres rubias, de suegras, de médicos, de banqueros, de políticos, de tartamudos, de curas, de negros, de cojos, de catalanes, de chinos, etc., siempre van a molestar a algún colectivo, o dos, o tres (un gitano cojo andaluz, por ejemplo, lo tiene mal pintado), o soliviantará a los censores oficiales o ¡provocará un tuit!, esa arma de destrucción masiva (¡Oh perdón! siento no haber feminizado lo anterior, quería decir chistes de gitanos y gitanas, de políticos y políticas, de tartamudos y tartamudas, de homosexuales y homosexualas, etc. Dios me libre de querer invisibilizar a la mitad de la humanidad).

Volvamos a la razón. Todos nosotros pertenecemos en algún momento a algún colectivo que puede ser objeto de burlas o tema de humor y eso no es para escandalizarse cuando el fin no es hacer daño sino, al contrario, liberar, hacer reír, que es bueno para tantas cosas, entre ellas la salud mental. En 2015 había visto el siguiente vídeo pensando que era una parodia humorística, de manera que sonreí al verlo. Con el tiempo he comprendido mejor el mensaje, y me parece desde el punto de vista simbólico un vídeo hiperbólico, sí, pero premonitorio.

En esa nueva religión existen los llamados micro-machismos, microfascismos y las micro agresiones racistas, son los pecados veniales que también merecen su castigo, gestos y expresiones sutiles que perpetúan la dominación del hombre, costumbres heredadas del pasado que hay que desterrar. La lista de ejemplos es interminable, están muy definidos, muy clasificados, como un manual para rastrear machistas. Uno solo de estos gestos o un chiste, o un comentario inocente deviene una agresión micromachista, es decir una técnica de dominación. Mirar a una mujer, si ella considera que la mirada expresa deseo o dura más de 10 segundos, es considerado propio de un viejo verde cuando en realidad puede ser simplemente la expresión de la admiración por lo inalcanzable.
“La ideología woke desaparecerá víctima de sus propios excesos” cree G. Kepel. Es cierto que asistimos a una reacción, más general que antes, y que hay una corriente de fondo porque, como siempre, a un movimiento se opone un contramovimiento.

Desde el principio se alzaron ya voces críticas de esta deriva de purismo jansenista, entre ellas la de Camille Paglia (Nueva York 1947), feminista incómoda para el neofeminismo woke, autora de Sexual Personae (2001) :“El resurgimiento feminista de la década de 1960 nació como reflejo del movimiento por los derechos civiles cuyo objetivo era acabar con la segregación de los afroamericanos en el sur profundo de Estados Unidos. El feminismo, por tanto, progresó asociado al proyecto de liberación de un grupo oprimido. El feminismo siempre estuvo vinculado a la democracia.  Pero el movimiento tiene dos elementos con los que no ha sabido lidiar, que han quedado excluidos: la Estética, por un lado y la Psicología por otro. El primero muestra su dificultad para tratar con la belleza y el arte. Es maravilloso ver a una persona fuerte o atlética. Sí, puede decirse «¡Qué belleza, qué hombre tan guapo, qué mujer tan guapa, qué pelo tan bonito, qué pechos tan bonitos!», y eso no es acoso. No deberíamos tener que disculparnos por disfrutar de la belleza. El problema del feminismo con la belleza es un prejuicio provinciano […] Pero no es el único problema, la otra carencia del feminismo está en el campo de la psicología al considerar a Freud sexista e intentar construir una teoría del sexo sin Freud […] En el momento actual se trata de una psicología incoherente”.

En 1991 escribe: “las feministas han perdido el tiempo siguiendo a Lacan y a Foucault […] los terapeutas de la violación parecen no darse cuenta, pese a sus buenas intenciones, de lo opresivo que es todo esto para el sexo, lo desastroso que es para la mente y para el espíritu…  esta actitud de despotricar, de criticar el capitalismo, de quejarse de Estados Unidos y de los hombres, todo este lloriqueo es lamentable, es una conducta infantil, adolescente y es malo para las mujeres. Es absolutamente nefasto querer convencer a las mujeres jóvenes de que han sido víctimas y de que su herencia es la victimización. Esta es otra perversión”

“Estamos hablando de esos dos grandes campos ausentes en el feminismo contemporáneo (la estética y la psicología), pero también hay un tercer elemento, creo yo, que es una mentalidad política ingenua, que culpa de todos los problemas de la humanidad a los varones blancos imperialistas que han victimizado a las mujeres y a las personas de color […] esta visión de la historia procede de personas que no saben nada de historia”.

En sus conferencias de 2014 decía que “muchas mujeres jóvenes no se identifican con el feminismo, lo que seguramente se deba, al menos en parte, al absurdo tono castigador y antimasculino que todavía impregna buena parte del discurso feminista […]. Ese feminismo se prolonga en las carísimas universidades del norte, con el paternalismo intervencionista de un ejército de gerentes universitarios en constante expansión que hoy recurre a consignas inconstitucionales para imponer el discurso políticamente correcto sobre sexo y género […], las peroratas en la universidad han venido a crear en su seno un nuevo estrato burocrático con un comité especializado en denuncias por conducta sexual indebida. Este sistema de vigilancia académica, que de hecho controla las vidas privadas de los estudiantes, y es aceptado a escala nacional en Estados Unidos, es prácticamente desconocido en Europa […] Las universidades deberían ceñirse a lo académico y dejar de vigilar las vidas de los alumnos, una intrusión autoritaria que raya el quebrantamiento de las libertades civiles y que, además, solo logra infantilizar a la juventud. Los delitos auténticos deben denunciarse a la policía, no en los improvisados y chapuceros comités cívicos de las universidades.

La ideología de género predominante en el sector académico niega que las diferencias sexuales tengan una base biológica y las considera, en cambio, ficciones maleables que pueden revisarse a voluntad. Mi hipótesis es que las quejas y protestas, apoyadas por los gestores universitarios y por una serie de funcionarios fieles a la causa, acabarán logrando modificar esencialmente a todos los hombres.

Cuando la propia supervivencia está en juego, quizá necesitemos unirnos como seres humanos en vez de insistir sobre la batalla de los géneros”.
Podemos felicitarnos de que la autora acertara en el diagnóstico pero lamentamos que se equivocara en su evolución, porque el tiempo dió la victoria a la corriente que ocupa actualmente las universidades europeas.

Otra voz crítica, surgida en el seno del feminismo es la de Loretta Ross (Temple, Texas 1953), feminista que se proclama liberal, que escribía en 2019 en el New York Times “la vergüenza pública ejercida por los woke no se hace para criticar justificadamente a personas que son peligrosas sino para ganar audiencia para sí mismo, en su deseo vanidoso de ser autoproclamados guardianes de la pureza política”, por ello se muestra partidaria de terminar con la cultura de la cancelación. En el texto introductorio de su vídeo puede leerse Loretta J. Ross legendaria activista y académica cancela la “cultura de la cancelación”, disecciona la ineficacia de la “cultura de la anulación” y promueve una cultura de empatía y responsabilidad. Con una carrera de más de cinco décadas, Ross ha sido una luchadora formidable por la justicia social, contra el apartheid, y la supremacía blanca, (11:47). Aboga por el diálogo empático y respetuoso en lugar de la confrontación pública que prevalece en el activismo en línea. (23:59). Ross  busca reducir las diferencias y promover el crecimiento a través de una dialéctica constructiva. Sus ideas son un modelo para abordar cuestiones sociales complejas con compasión y comprensión. (55:09)


Una de las puntas de lanza más exitosas del wokismo ha sido Disney y Netflix que con su omnímodo poder lo han venido promocionando en sus producciones internas, exaltando el nuevo orden moral de la diversidad étnica y morfológica, el multiculturalismo y la causa LGTB.  La publicidad se ha echado también en los brazos de lo woke con sus anuncios llenos de felices parejas interraciales, de parejas LGTB en actitudes explicitas o sugeridas, en las encuestas en la calle cuando el periodista sigue la consigna de obtener el comentario de alguna persona representativa de una minoría de cualquier clase que, si antes eran invisibles, ahora están bien representadas. Por supuesto que no pasa nada y las ficciones ficciones son, Hollywood nos tiene acostumbrados a todo tipo de diversidad racial y sexual y al recurso a recreaciones y licencias narrativas sin avisar. Que la reina de Inglaterra Ana Bolena sea de piel negra nos da igual puesto que se trata de una creación artística y se admite el artificio formal y argumental, es el derecho del creador (ver Anne Boleyn Official Trailer)


Pero podemos temer, por ejemplo, que los jóvenes consumidores de estas series acaben creyendo en la existencia de la igualdad de oportunidades y la posibilidad de ascensión social en la Inglaterra del siglo XVI, un riesgo real dado su bajo nivel de conocimiento de la historia. En realidad, hay un peligro de que, haciendo aparecer a un personaje negro donde no lo hubo, se de pie a una interpretación errónea. Al contrario, cuando se le hace desaparecer, como el paje de san Nicolás o el “nigger” de Tom Sawyer, el resultado sea invisibilizar del esclavismo. La pira de libros quemados en Canadá considerados nefastos por comportar estereotipos racistas sobre la población autóctona ¿no es más bien una forma de lavar lo sucedido? Todo ese borrado me parece a mí que equivale a destruir las pruebas de aquel tratamiento inflingido. Si destruimos el testimonio se desvanece la memoria. Cuando borramos las huellas, trágicamente sangrientas del pasado, actuamos exactamente igual que cuando, en las películas, el culpable hace desaparecer las pruebas materiales que lo incriminan.

Justo lo contrario de lo que se pretende. El infierno está empedrado de buenas intenciones.

23Febrero/2024


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6 Comentarios

  1. says: Óscar

    Grandísima genealogía de la cosa que te agradezco muchísimo porque pienso usarla en futuras referencias. Gracias. Pero qué quieres?… Esas son, inevitablemente, las consecuencias de centurias de dolor y sumisión, no estoy yo muy seguro desear que no conozcan revancha. Por otro lado, debemos reconocer que “Kim Wiuame” es mucho más humano y fraternal que “la chica negra”. Quien no consiga ver la diferencia entre “la chica negra” o “la chica de gafas” tiene un grave problema de decencia o incultura. Casi lo segundo es preferible…

    Gracias de nuevo.

    1. says: Carlos Muñoz Mendoza

      Admirado Oscar, aplaudo tu solidaridad con el sufrimiento secular de los esclavos y de sus descendientes, pero te respondo lo que dice el sabio, si buscas la venganza cava dos tumbas.
      Sobre lo negro, tener que explicar algo obvio me parece impropio de esta revista en la que tantos artículos excelentes has publicado, y lo hago de mala gana. En mi paleta de pintor el negro es un color, como el blanco, el gris, el amarillo o el azul. En la vida describimos las cosas por la forma, la función, la materia o el color, y describir a alguien por su aspecto más característico en aras de la comunicación es rápido y eficaz, no veo razón para silenciar ningún color en la lista de los elementos descriptivos una persona, el pelo, los ojos o la piel tienen color y tonalidades. Hay tonos tostados, cobrizos, pajizos, rojizos, castaños, verdes, grisáceos, oliváceos. Puedes decir de alguien que tiene los ojos azules, el pelo blanco y la piel rosada sin ofenderlo. Los colores son inocentes. Yo he sido un “blanco” en un club de jazz en Barbados, Antonio Banderas es un “no blanco” en el catálogo racial de Estados Unidos. Creo que Obama era “no negro” cuando llegó a la Casa Blanca… y para los chinos somos “narices grandes” o narizotas. No confundamos una nota descriptiva con otra despectiva.
      En la anécdota que cuento, y que tanto te ha espantado, yo hablo en confianza con una amiga hace 12 años, el wokismo es un desconocido en la época, y me veo mal refiriéndome a nuestra estudiante como la “chica afroamearicana”, porque hubiera sido artificioso, pedante y además impreciso, porque no era americana. Y tampoco me salió lo de “la chica de color”. No veo pecado ni la necesidad de confesarlo, ni comprendo por qué me tratas de indecente y de inculto puesto que no nos conocemos, y si lo haces, viniendo de un hombre compasivo como eres, es porque me atribuyes por error intenciones que ni tengo ni tuve.
      Ese color innombrable.
      En la Universidad de Michigan, un compositor de renombre mundial, Bright Sheng, finalista del premio Pulitzer y cuyas obras han sido tocadas por la Orquesta Sinfónica de Nueva York y la Orquesta Sinfónica de China, proyecta en su clase de Adaptación cinematográfica una versión del Otelo de Shakespeare, encarnado por el galán francés Laurence Olivier (film de 1965), que se presenta como un Otelo muy negro en contraste con versiones teatrales anteriores.
      Una estudiante de primer curso, que quizás desconoce todo de la obra y del autor, denuncia al profesor por “acto racista”. El decano, que imagino que debe conocer la obra de Shakespeare, le da la razón. El profesor presenta sus excusas en una carta denunciando el mismo el racismo, etc., etc., pero la carta es interpretada por una asociación de estudiantes como generadora de un “entorno negativo” y obtienen la dimisión del músico. Todo en quince días. Los detalles, que omito por razones de espacio, son aún más grotescos. No es esto lo que yo considero propio de una formación universitaria.
      ¿Quién va a atreverse hoy a proyectar las versiones de Otelo llevadas a la pantalla por Orson Welles (1951) o Anthony Hopkins (1981)? Al igual que las especies en vías de extinción, estas películas y mil otras (¿El Cid Campeador?) pueden verse suprimidas de las programaciones, homenajes, plataformas, festivales y videotecas. Tiemblo al pensar que un día leamos la cancelación, incluso para una proyección didáctica, de El cantante de Jazz (1927) la primera película sonora de la historia del cine, donde aparece un músico blanco pintado de negro (ves Oscar, en tres palabras todo el mundo ha comprendido).
      Lo woke versión 0.2 nos sitúa en un punto crítico de basculación que conduce a cambiar la Historia del Cine, suprimiendo aquellas películas que cualquier grupito con la piel muy fina denuncie en su ignorancia.

  2. says: Óscar S.

    Además la cancelación ha producido su reversa reaccionaría que ha aprendido emplear sus mismas tácticas: para revolverse contra el progresismo, en efecto, basta con blandir la palabra mágica, “adoctrinamiento”…

    Aquí hasta el más tonto hace relojes de cuco.

    1. says: Carlos Muñoz Mendoza

      La reversa de la cancelación no proviene siempre de la derecha reaccionaria, ese es un cuento que ha dejado de funcionar. Constatamos que las críticas más aceradas provienen precisamente de intelectuales con una carrera ideológica de izquierdas. En mi artículo he omitido voluntariamente ligar lo woke con los términos “derecha” e “izquierda” porque sus fronteras hoy son confusas. Pero hace muy poco se ha publicado La izquierda no es woke (Debate, 2024), donde la autora, Susan Neiman, profesora de Filosofía en Yale, que algo debe conocer, dice que la diferencia fundamental es que la izquierda es universalista mientras el wokismo representa el triunfo del tribalismo: “Estamos ante un choque entre sentimiento y pensamiento […] lo woke se dedica a la política de símbolos más que al verdadero cambio social”
      En los últimos tres años las ideas woke han sido pervertidas y llegado a excesos destructivos: acusar a los Ilustrados por ser eurocéntricos ya se considera una razón legítima para cancelar el racionalismo del Siglo de las Luces. Es como acusar al escorpión de tener veneno. Estamos tontos.

  3. says: Óscar S.

    Acusar a los ilustrados de ser eurocéntricos es exactamente contemporáneo de la propia Ilustración, pongamos Burke, Herder o Von Humboldt. Si estamos tontos, la tara cuenta ya con 250 años, y esa nulidad que citas lo desconoce. Hasta la crítica a Europa es europea…

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