Telempatía

 

A las víctimas de la barbarie, la intolerancia y el fanatismo.

 

Los que me leen ya saben que me gusta inventar palabras, encontrar neologismos para describir mejor los comportamientos novedosos acordes con los tiempos. Por ejemplo, la telempatía, una palabra que propongo para referirnos a la empatía a distancia, la que activamos en nuestras mentes cuando vemos a personas que sufren o que disfrutan en cualquiera de las pantallas que tenemos a mano: la tele, el ordenador, la tableta o el móvil. Es una empatía pos-hiper-moderna. Antes no existía: no había pantallas. Ahora el mundo es una pantallasfera que nos somete a una tiranía pantallocrática. Estamos tan imbuidos en lo que sucede en ellas que corremos el riesgo de acabar pantallofrénicos. Por eso hay tantas prevenciones y temores, razonables o no, sobre lo que nos hacen o hacemos con las pantallas.

Acaba de leer otras palabras nuevas que aluden a situaciones novedosas que Lipovettsky y Serroy han analizado en su libro La pantalla global”. Todo empezó el día 22 de marzo de 1895, cuando los Lumière “iluminaron” por primera vez la pantalla de un “cine” con “La Salida de los obreros de la fábrica Lumière en Lyon Monplaisir”. Si se fija, esta última frase contienen los tres atributos esenciales que han hecho que las pantallas cobren tanta importancia en nuestras vidas: son visibles, son dinámicas y se pueden compartir. Desde entonces las pantallas han contribuido a amplificar y modificar la vida humana, no sólo a través de la creación del “séptimo arte”, sino mediante el desarrollo tecnológico, la globalización de la sociedad de consumo, la transmisión veloz de mucha información, la facilitación de las relaciones interpersonales, y, sobre todo, la diversión y el placer. ¿Acaso ha habido en la historia de la humanidad un invento humano que haya influido tanto en los propios seres humanos? Quizá el fuego, la rueda o la imprenta.

Las pantallas no son ajenas a que seamos víctimas de algunos vicios, como el hiperconsumo posesionista, la saturación informativa, el apresuramiento ansioso o los espejismos insalubres. Esos comportamientos nos diferencian claramente de nuestros ancestros. Somos seres que transitamos veloces por la vida real y también por la virtual, que padecemos las paradojas y contradicciones de la posmodernidad, más individualistas, narcisistas y hedonistas que nunca, pero también más cohesionados, solidarios y empáticos. Por eso la cuestión clave que nos plantemos ahora es si las pantallas también nos han hecho beneficiarios de las virtudes que estamos analizando en esta segunda parte. Por ejemplo, la telempatía.

 

 

Veamos, las pantallas retransmiten de forma constante, cambiante, veloz y compartida una tele-vida virtual que, aunque es distinta y distante, no es menos verdadera que la real. De hecho, las pantallas ya no nos sirven sólo para contemplar el mundo y las vidas ajenas, sino para ver, comparar y recrear nuestra propia existencia. Hoy día la vida consiste, para muchas personas, en mantenerse pegado a una pantalla. Las informaciones con valor emocional de esa tele-vida llegan a nuestros cerebros y activan las mismas neuronas espejo que usamos para relacionarnos cognitiva y emocionalmente cuando las contemplamos en directo. Pero hay algo diferente, que hace que reaccionemos de manera peculiar. Por ejemplo, podemos contemplar atónitos una gran catástrofe, o una atrocidad inaudita, o un espectáculo apasionante, y sentirnos emocionados y concernidos, u ofendidos y lastimados. En ese momento podemos reaccionar con incredulidad o con dolor, con tristeza o con alegría, y sobresaltarnos con euforia o paralizarnos sobrecogidos. Y enseguida se pone en marcha el segundo proceso psíquico, que es pasar del sentimiento al pensamiento, tanto en forma de opinión (qué me parece esto o aquello que veo), como de impulso (qué puedo o debo hacer yo). En este punto crítico es donde la telempatía empieza a ser diferente de la empatía. En efecto, a menudo sentimos y pensamos que hay que hacer algo, pero al cabo apenas nos movernos inquietos en nuestras cómodas butacas, nos apuntamos a alguna campaña solidaria, o reenviamos en cadena los mensajes que nos han impactado, pero poco más. Pronto zapeamos el canal, cambiamos de red o de mensaje, y si te he visto no me acuerdo.

Pero la cosa no acaba de forma tan sencilla, pues enseguida nos llega información de otro suceso, otro mensaje, otro tweet que empequeñece al anterior, y el mecanismo telempático se vuelve a activar, y vuelta a sentir, a pensar y a actuar, para enseguida volverse a desactivar. Y así sucesivamente, hasta que se va generando una especie de acostumbramiento, una taquifilaxia, que atenúa o anula la reacción telempática, lo que nos convierte en seres menos reactivos, menos “alérgicos” a la terrible realidad.

Sin embargo, aunque eso sea así, no por ello dejemos de ser sensibles a las valencias emocionales de las informaciones que recibimos. La empatía siempre está ahí, siempre se activa y se desactiva, siempre funciona, aunque la versión telempática sea diferente, pues le faltan varios elementos esenciales. Por ejemplo, la proximidad.

 

 

Veamos, según los citados expertos en pantallas la actual comunicación audiovisual se caracteriza por varios rasgos peculiares: la imagen-exceso, la imagen-multiplicidad y la imagen-distancia. Los tres empezaron con el cine, y se han expandido hasta la desmesura con la televisión y las nuevas pantallas. Lo que sucede en ellas, especialmente en el ámbito de la información y la publicidad, es siempre excesivo, múltiple y distante. Esos son sus trucos, con los que consiguen que mantengamos la atención, que no dejemos de sorprendernos, y que nos sintamos a la vez dentro y fuera de las pantallas. Esas son también sus normas, ajenas a cualquier traba moral o ética, gracias a las cuales hacen que nos sintamos concernidos al tiempo que alejados, protagonistas de lo que sucede pero también espectadores imparciales. Es decir, atrapados de nuevo en una de las paradojas tan al gusto de la pos-hiper-modernidad.

Así pues, podríamos decir que la telempatía consiste en poder estar a la vez en la empatía y en la neutralidad emocional. Como si la “sintonizáramos” sin necesidad de “sim-patizarla”, en el sentido del griego “pathos”, que equivale al sufrimiento o compasión de las personas ante la percepción de situaciones dolorosas. Eso no sucede con la empatía normal y directa, que cuando se siente, no se puede no sim-patizar. Por eso la telempatía funciona siempre, aunque parezca que fluctúa y se agota, y se siente como si fuere auténtica, aunque no la padezcamos tanto, por su condición efímera y lejana.

Otro aspecto típico de la empatía que no sucede en la telempatía, es que el ser humano que la siente debe poder expresarla y comunicarla a la persona o situación que la motiva. La empatía es una comunicación emocional, siempre es un movimiento de vaivén, de recepción y emisión. Si no es así no sirve para nada. Por ejemplo, ¿para qué le podría servir la empatía a una persona del siglo XVI, que tardaba días o meses en enterarse de algo que sucedía a alguien distante? Para nada. La distancia era el tiempo. Ahora la pregunta es diferente: ¿para qué le vale a una persona palestina cuya familia ha sido masacrada por las bombas israelitas mi telempatía, si no puede percibir que yo lo siento y me conmina a actuar? Para nada, la distancia ahora la impone la pantalla y sus normas. Por eso la telempatía necesita la ayuda de la acción, con frecuencia mediada por organismos no gubernamentales, campañas mediáticas o acciones personales comprometidas. De no ser así es un sentimiento privado, efímero e inútil.

 

 

El tercer elemento diferencial de la telempatía es la ficción. El cine inventó una nueva percepción del mundo mezcla de ficción y realidad. Una realidad remodelada, artefactada, pero no falsa. Las nuevas pantallas lo han ampliado hasta el exceso, imponiendo además otra peculiaridad, que consiste en posibilitar la participación individual de muchas personas a un tiempo. Eso sucede, por ejemplo, en las redes sociales, cuando se comparten informaciones o emociones personales. La percepción de los sucesos humanos filtrados por el prisma de la ficción-realidad de la pantalla hace que la reacción empática sea a la vez real y ficcionada, no falsa, pero si artefactada por el medio. Una realidad que a la vez sucede lejos y cerca, una telerealidad que es nueva, diferente, activa y pasiva en sí misma, y, sobre todo, cargada de “hiperrealidad” mediática. La pantalla consigue mostrar la vida real como si fuese una película, con sus detalles más íntimos, sus emociones más intensas, sus dramas y tragedias teatralizados. Nosotros ponemos las neuronas espejo a funcionar, percibimos y activamos la telempatía, nuestros circuitos neuronales de dopamina o serotonina potencian las emociones positivas o negativas, y nuestras lágrimas caen sobre las palomitas hasta que el happy-end se encarga de serenar nuestras conciencias concernidas, y salimos del cine, o apagamos la tele, tan conmovidos como satisfechos, por habernos sentido tan sinceramente concernidos como tan inactivamente proactivos.

Finalmente, entre otros aspectos menores, cabe añadir un cuarto elemento peculiar de la telempatía, anunciado ya en el párrafo anterior: la posibilidad de compartirla. Es una empatía individual y colectiva a un tiempo. En efecto, se dice que la era hipermoderna ha promovido el individualismo narcisista y ególatra, pero también que ha posibilitado la participación solidaria y generosa. La telempatía no sería ajena a esa doble actitud de la personalidad moderna. En los espectáculos masivos se aprecia de forma palpable, cada uno en su casa se siente globalmente emocionado con lo que retransmiten por la pantalla, tanto o más que los que lo contemplan en directo. De hecho es una constante que en los grandes recintos deportivos o escénicos el espectáculo se retransmita por pantallas in situ y en tiempo real, así se potencian ciertos aspectos con tanta intensidad e hiperrealismo que se promueve una hiper-emoción individual y colectiva. Así telempatizamos con el ganador y con el perdedor, con las lágrimas del derrotado o con la euforia del campeón. Y eso sucede en el estadio y en casa, a ellos y a mí al tiempo. Y como tú y como yo millones y millones. De hecho eso es en cierto modo lo que motiva el citado “Global Consciousness Project”, tratar de detectar una especie de conciencia emocional colectiva, midiendo las subidas y bajadas telempáticas que unen a los seres humanos del planeta ante un suceso determinado. Y en cierto modo también es lo que intenta hacer un conocido psiquiatra español, José Miguel Gaona, que asegura que con un aparato denominado “Psyleron” puede detectar la energía emocional acumulada en ciertos lugares cargados de dramatismo. Se me ocurre que quizá podría aplicarlo a las retransmisiones televisivas que promueven la telempatía multitudinaria, a ver si se puede detectar y usar como la empatía normal, dirigiéndola hacia las personas o colectivos que la generan y necesitan. Pero esto, al menos de momento, no es más que ciencia-ficción, lo cual, a tenor de lo que venimos defendiendo, no quiere decir que sea falso, inmoral o inútil, sino que simplemente es una tele-ficción-realidad cercana a la pantallofrenia desquiciante.

 

 

Luego parece claro que la telempatía es algo diferente. Es una empatía filtrada por la pantallaesfera y por lo tanto es a la vez cercana y distante; asimismo es hiperlativa en frecuencia, en cantidad y en velocidad, y por lo tato lábil e inestable; y es individual y colectiva a un tiempo. El problema, al menos de momento, es que no sabemos cómo usarla eficazmente para fines empáticos. La empatía nunca es una emoción pasiva o inútil, siempre sirve para algo a alguien, y la telempatía también debería servir. La cuestión es cómo conseguirlo, cómo hacerlo con eficacia y corrección, de acuerdo con las condiciones prácticas que impone la pantallocracia, y con respeto de normas éticas y morales universales e intemporales.

Personalmente, bajando a un terreno práctico, he propuesto en “El síndrome del espejo” (2013) el uso de las pantallas para ayudar a las personas que sufren ciertas enfermedades. En los últimos años, gracias a su versatilidad y facilidad de uso, se han desarrollado terapias de realidad virtual para el tratamiento de patologías como fobias, obesidad, adicciones o incluso el dolor crónico. De momento son métodos complejos que requieren tecnologías sofisticadas y un terapeuta instructor, pero seguro que pronto podremos adquirir programas sencillos, APPs versátiles, que cualquiera podrá instalar en su ordenador o tableta para utilizar como método de autoayuda. Por ejemplo, las terapias mediante realidad virtual con dobles o avatares ya se han mostrado útiles para cambiar las distorsiones perceptivas que sufren las personas con trastornos de la alimentación, obesidad o dismorfias. Se basan en el denominado “efecto doppelgänger” (mi otro yo). Basta con contemplar en una pantalla dos o tres minutos al día tu propio avatar para cambiar el estado de ánimo, modificar actitudes erróneas, mejorar la opinión sobre personas o cosas, y propiciar una mejor autoevaluación. Pero lo más interesante es que cuando contemplamos nuestro avatar se activan intensamente en nuestro cerebro las zonas relacionadas con el procesamiento de información referente a nuestro propio cuerpo, a nuestro propio “yo”. Concretamente se activa la denominada corteza prefrontal medial, que es la que usamos para juzgar a nuestro yo corporal, lo cual sugiere que estas técnicas podrían usarse como métodos sencillos y eficaces de auto-aprendizaje, aplicándonos a nosotros mismos los mecanismos de la empatía que usamos con los demás. Se trataría de usar la telempatía mediada por una pantalla y un procesador para fines propios. Un elemento clave en este mecanismo es que la recomendable “distancia terapéutica” necesaria para conseguir que el proceso sea eficaz, la aporta la técnica, como si dispusiéramos de un terapeuta neutral a la vez que empático que nos ayuda a tolerar nuestros sufrimientos, a disminuir nuestras inseguridades y a cambiar nuestras actitudes erróneas.

 

 

Eso en la vertiente práctica. En cuanto al trasformo ético de esas nuevas opciones podemos volver a pedirle ayuda a la “Ética de urgencia” de Fernando Savater. Un detalle sutil, pero muy relevante, de su mensaje es que la capacidad empática se puede ejercer allende las fronteras de la cultura y el lenguaje, simplemente contemplando de forma activa e interesada a los demás seres humanos. Sugiere el autor que la empatía se puede entender como una especie de “miramiento” emocionado, respetuoso y convivencial, que nos ayuda a compartir y sobrellevar nuestra condición de seres vulnerables y libres. Pero aduce que como ahora hay tantas maneras diferentes de contemplar a los otros y a nosotros mismos, ahora que tenemos cine, tele e internet, corremos el riesgo de que se atrofie nuestra sensibilidad empática y nuestra implicación moral. Y opina que las nuevas TIC y la realidad virtual que ellas transmiten nos han cambiado, ya que aunque en el fondo seamos los mismos, estamos sometidos a los riesgos del acostumbramiento, la insensibilidad y confusión entre lo que es veraz (auténtico) y lo que es falso (artefactado).

En efecto, el criterio de veracidad es uno de los mayores problemas que tenemos al observar la telerealidad, ya que nuestro juicio sobre el mensaje está mediatizado por las normas (medio) y las modas (estética) de las pantallas. Por ejemplo, las redes sociales te dan la oportunidad de mostrarte y ocultarte a un tiempo, de disimular defectos o simular virtudes, de adoptar una doble o triple personalidad, y eso lo captamos todos y lo emitimos todos, de ahí que cunda una cierta desconfianza, una especie de suspicacia ciberparanoide, a la hora de apreciar y juzgar lo que contemplamos. Por eso es importante recordar que tenemos nuevas responsabilidades morales y éticas en el uso activo y pasivo de las TIC y sus producciones. Puesto que todo lo que en ellas sucede está cargado de sentimiento y emoción, todo es pasivo y activo, y todo genera reacciones afectivas y conductuales, activando los mecanismos de la empatía o los del rechazo defensivo u hostil. Internet, dice Savater, es una enorme ciudad, y sus habitantes deberíamos saber conducirnos como buenos ciudadanos, ciber-cilizadamente, siendo en cada momento consientes de que nuestra responsabilidad no se anula por el hecho de que los medios faciliten el anonimato irresponsable o cobarde.

 

 

Así pues, volviendo un paso atrás, diríamos que los seres cibernícolas deberíamos saber ejercer nuestras cibervirtudes, como la telempatía o la intelegancia, de acuerdo con normas morales y éticas adaptadas a los nuevos medios y recursos, siendo conscientes del gran poder, y también la gran vulnerabilidad, que todos tenemos cuando los usamos, dándole, de acuerdo con Sabater, “…sentido a unas virtudes que nacieron cuando las noticias afectaban sólo a los seres humanos que vivían juntos y que hoy pretendemos aplicarlas  a todo el planeta…”.

Coincido pues con él en la importancia de resolver estos nuevos retos éticos que se nos plantean, que empiezan con el uso habilidoso de un aparato más o menos ingenioso, y trascienden hasta su utilización eficaz para promover las nuevas virtudes de acuerdo con ciertas normas de urbanidad cibernícola. Este doble desafío, técnico y práctico, moral y ético, es uno de los asuntos pendientes de la humanidad hipermoderna al que, de momento, se le ha prestado poca atención, ya que nos han preocupado más los aspectos prácticos o utilitarios que los teóricos o filosóficos de las TIC.

Pero ojo, llegará un día que nos lo tendremos que plantear seriamente, o de lo contrario correremos el riesgo de ser seducidos por las ventajas de velocidad, eficiencia y versatilidad de los medios, a costa de perder esa parte de nuestra inteligencia que es emotiva y empática, y sufrir, como  dice Nicholas Carr, una “lenta erosión de nuestra humanidad”.

 

 

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