Casa Kauffman, 80 años

27 October 2015 19:06

 

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De todas las casas canónicas del siglo XX, que pueblan el imaginario productivo y simbólico, la Casa Kauffman de Frank Lloyd Wright suscita una rara unanimidad, que será preciso desvelar, en la estela de Gaston Bachelard cuando indagaba la relación de los sueños con las casas. Una rara unanimidad de lo imaginario de su propuesta y de la ensoñación de su solución. De tal suerte que es conocida comúnmente como ‘Casa de la Cascada’; que ya expresa un conflicto constructivo, en esa rara coexistencia de agua y piedra ¿Pero tienen sueños las casas? o ¿es que soñamos con ellas, aun despiertos?

 

 

Bien cierto es que el ideario moderno habría imprimido un sesgo maquinista a la casa del Canon o a la casa del Sueño. Desde la Ville Saboye de Le Corbusier (1928) a la Villa Tugendhat de Mies Van der Rohe (1928), desde la Maison de Verre de Pierre Chareau (1928) hasta la Casa e-1027 de Eileen Grey  y Jean Badovici (1929).  Todas ellas no dejan de expresar una confianza ciega en el futuro/presente maquinista y en el artefacto higiénico, que igualaba casa con máquina y vivienda con herramienta. Pese a que todas esas propuestas, tengan en su  seno la flaqueza de ser piezas ‘escasamente urbanas’ o ‘altamente aisladas‘. Como si ya en esos años se divisara la dificultad de proponer la arquitectura desde el universo de lo  urbano.

 

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Hay que esperar a 1935, tras la Gran Depresión y en vísperas de otras depresión monumental, para que la expresión del ‘habitar bucólico’ que sintetiza la Casa Kauffmann, realice un sutil desplazamiento: de la máquina de habitar, al rigor de la naturaleza; de la forma unitaria a la forma fragmentada; de la exhibición al ocultamiento bajo una cortina de agua y de la ciudad al campo.

 

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Situar una casa, como hiciera Wright, en una intersección de la naturaleza, a caballo de las aguas y de las piedras, era expresar en parte el agotamiento del discurso formal de la década anterior y en parte reflejar sus preocupaciones urbanas, aún antes de que la catástrofe de la guerra se pusiera en marcha. Que en esos años de plomo y de máquina infernal, las mejores reflexiones sobre el habitar  prolonguen ese misterio de la encrucijada natural, puede otearse desde la Casa Malaparte en Capri, de Adalberto Libera (1938) hasta la Casa del Puente de Amancio Williams (1943). Como si la Segunda Guerra, al compás de otras destrucciones, hubiera fragmentado la Utopía de lo urbano.

 

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Lo que vendrá más tarde, serán piezas de acero y cristal transparente, que colocadas en el bosque (Casa de Cristal de Johnson en 1949 o Casa Farnsworth de Van der Rohe en 1951) permitan ver los árboles del recorrido sobresaltado de la vivienda en el siglo XX.

 

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4 Comments

  • Óscar S.

    Se me ocurre que, si la idea es integrar una casa en la naturaleza, bueno, eso es de toda la vida (alquería, casa del molinero, granja, etc.) Así que más bien puede ser lo contrario: integrar la naturaleza en la casa, previamente domesticada, y eso sí es un ensueño moderno…

  • JOSE RIVERO

    El problema Oscar es saber ¿que es la Naturaleza en cada momento? Y si puede servir tu captura, de la Casa-en-la-Naturaleza o de la Naturaleza-en-la-casa. Sabiendo de antemano que todo gesto constructivo (de cueva, chozo, tienda, refugio o cabaña) por elemental que fuera es un gesto arbitrario y artificial. Que participa de otro orden diferente al del medio circundante.

  • Óscar S.

    ¿Por qué arbitrario y artificial? ¿Hay algo más natural y necesario que una familia delimitando un espacio doméstico para dormir, cocinar, practicar cultos, etc? Hasta los nómadas lo hacen, aún provisionalmente, y algunas especies animales. “El gesto constructivo” lo encuentro muy kantiano. Lo que yo apuntaba es precisamente que, como la naturaleza en el s. XX ya se presenta como algo totalmente dominado por lo artificial, entonces se concibe una edificación en la que la primera venga a servir de locus amoenus a la segunda, colocándose a sus pies, como una fiera vencida…

  • Dj Tini

    Muchas gracias

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