El amante de Lady Chatterley, otra vez

D.H. Lawrence

 

 

El sentido de las vidas y de los cuerpos; lo que está alcance de las manos y lo que se escapa; lo que se tiene y lo que se pierde precisamente por tenerlo; las emociones que nunca pueden ocultarse del todo, pero engañan a veces,  y, sin embargo, son esenciales porque sin ellas no hay sensación de vida; el deseo de la juventud que siempre late y busca caminos que supone esplendorosos y que oscurecen el sol de lo que se posee, de lo que se siente como muerto aunque parezca resplandecer por el triunfo o la posición social.

“El amante de Lady Chatterley” contiene un mundo de intersubjetividad muy sutil y complejo, personajes heridos y muy vivos a la vez, a punto de morir y de resucitar, deseosos de prevalecer aunque sientan que pertenecen a un mundo que se hundió por una guerra absurda y estaba a punto de hundirse en otra aún más absurda. Personajes que quieren ser libres pero están influidos por muchas cosas que no suelen ser las que sospechan. Seres que quieren elegir pero les cuesta renunciar, que quieren encontrarse pero que encuentran abismos entre ellos.

Una novela con descripciones como ésta para volver a conectar con el calor del sol este verano…

 

DH Lawrence y Frieda Weekley ,1923

 

 

“Clifford miró a Connie con sus ojos pálidos, azules y ligeramente saltones, en los que se dibujó una indefinida expresión. Parecía despierto en la superficie, pero en el fondo era como el aire de los Midlands, neblinoso, cargado de humo. Y la neblina parecía ir avanzando. De modo que cuando miraba a Connie de aquella extraña manera, transmitiendo su información peculiar y precisa, ella presentía que el fondo de su mente se llenaba de humo y vacío. Y aquello la asustaba. Clifford parecía impersonal, cercano a la idiotez.

 Y oscuramente se dio cuenta de una de las grandes leyes del alma humana: y es que cuando un espíritu sentimental recibe una herida que no mata al cuerpo, el alma parece irse recuperando a medida que se recupera el cuerpo. Pero es sólo una apariencia. Se trata sólo del mecanismo de la costumbre que vuelve a ponerse en marcha. Lenta, lentamente, la herida del alma comienza a hacerse notar otra vez, como una contusión que va profundizando lentamente su terrible dolor hasta llenar la mente por completo. Y cuando creemos que nos hemos recuperado y olvidado es justamente cuando nos enfrentamos al peor aspecto de los efectos secundarios.

 Así había sucedido con Clifford. Una vez que estuvo «bien» y de vuelta en Wragby, escribiendo sus cuentos y sintiéndose seguro en la vida a pesar de todo, pareció olvidar y haber recuperado su ecuanimidad. Pero ahora, con el lento avance de los años, Connie se daba cuenta de que la herida producida por el miedo y el horror salía a flote y se expandía en él. Durante algún tiempo había estado tan en lo profundo que parecía borrada e inexistente. Ahora, lentamente, comenzaba a manifestarse en una aparición externa del miedo, una parálisis casi. Mentalmente seguía estando en guardia. Pero la parálisis, la herida del golpe inconmensurable, se extendía gradualmente en su conciencia afectiva.

Y al tiempo que crecía en él, Connie la sentía crecer en sí misma. Un temor interno, un vacío, una indiferencia a todo, se abrían paso poco a poco en su alma. Cuando Clifford se excitaba era capaz todavía de hablar con brillantez y en apariencia controlar el futuro, como cuando en el bosque había hablado de que ella tuviera un hijo y diera un heredero a Wragby. Pero al día siguiente todas aquellas palabras brillantes parecían hojas muertas quebrándose y convirtiéndose en polvo, sin significado real alguno, arrastradas por cualquier ráfaga de viento. No eran las palabras clorofiladas de una vida efectiva, joven, con energía y formando parte del árbol. Eran los montones de hojas caídas de una vida sin sentido.”

D.H. LAWRENCE “El amante de Lady Chatterley”

 

D.H. Lawrence

 

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