Propuesta para un Premio Nobel de Literatura vacante…

Las cosas que yo sé las sabe un tonto cualquiera…

Kiko Veneno

 

 

 

Decía Manuel Vicent (o por lo menos yo se lo leí a él…) que la cultura acaso no sea sino el resultado de haber olvidado mil libros… Y de haber olvidado mil lugares, olvidado a mil personas u olvidado mil proyectos, también. La literatura no es, hoy, un campo especialmente enriquecedor de la vida personal, como se suele decir, o no más, desde luego, que viajes, personas o proyectos, por ejemplo. Lo fue, sin duda, hasta bien entrado el s. XX, pero desde entonces existen muchas otras formas de aprender sobre las vidas o las costumbres ajenas y también de crecer moralmente en el trato teórico con el mundo sin necesidad de experimentar tal incremento sumido en la soledad anti-social y un tanto monstruítica de la lectura obsesiva. Es verdad que un libro es un artefacto perfecto, tal que, como apuntó Alan Moore (o por lo menos yo se lo oí a él…), se trata de una entidad semejante al tiburón, que no ha necesitado de evolución, ajuste o mejoramiento alguno en millones de años. Pero también la bibliomanía tiene su enfermedad o su exceso característico, que consiste en terminar prefiriendo, a la manera de un Borges, la representación a la realidad, o, por decirlo de otra manera, la precisión de la palabra escrita a la desazón de la acción incierta. Y no es eso, creo yo, lo que uno quiere para sus hijos (uno se retrata en buena medida en lo que desea para sus hijos): a mí me gusta leer, y amar los libros y todo eso, pero no me gustaría que mis hijos sustituyesen el protagonismo real de su propia vida por el esplendor de los héroes de ficción, cuya grandeza es radiante o pueril, pero de maravilloso a la vez que vulgar papel. Ni siquiera desearía, yendo más lejos, que les diese por ser un gran carácter de la historia universal efectivamente acontecida, como el Julián Sorel de Stendhal, que admiraba en demasía, como tantos en su generación, a Napoleón Bonaparte. Cada uno tiene no diré que su destino, pero sí su excepcionalidad, como tiene su rostro irrepetible, cada cual es un resumen y una perspectiva del universo en sí mismo, al modo de la monada leibniziana -esta grandísima idea, por cierto, merecería una revisión contemporánea-, e implica grave traición a uno mismo travestirse en otro, aunque el papel que te haya tocado en este cruel teatro sea el de bufón. Por eso me parece que la literatura no es, después de todo (y aunque existan las novelas de Faulkner) tan importante, que todo lo que había que de bueno y de malo -no se olviden las toneladas cúbicas de cosas horribles que se han escrito- que decir ya ha sido dicho, y que la cuestión del estilo tampoco va más allá, en la actualidad, de lo que escribiera Schopenhauer al respecto, al señalar que la mejor manera de jactarse de verdadero estilo literario es justamente esa: tener algo nuevo que decir…

 

 

William Faulkner. Premio Nóbel de Literatura 1949

 

No obstante, el Premio Nobel de Literatura se concede todos los años, y parece que este se va a quedar desierto, a causa de los escándalos de índole sexual de la Academia Sueca. Encuentro que se da una excelente ocasión para concedérselo a nadie, o sea, a la gente, en vez de a la última estrella promocionada por una editorial, o al último tipo que ha acertado a defender los Derechos Humanos mediante la ficción. La gente ha inventado durante milenios los mejores chistes, las mejores frases hechas, las mentiras más flagrantes, los dioses más absurdos, los apodos más hirientes, los giros idiomáticos más expresivos o exactos, y, últimamente, los lemas de protesta política, los blogs más controvertidos y los memes más oportunos e ingeniosos. En comparación con el genio anónimo de la gente, los literatos son parásitos instruidos. A mí me admira, lo juro, lo sabroso de cualquier lengua, lo desbordante de cualquier pragmática comunicativa, por elemental que se presente, una capacidad rigurosamente popular de conjurar significados que ninguna academia de la lengua nacional puede controlar ni filósofo idealista como Habermas delimitar. Las “palabras de la tribu” de cualquier comunidad, por decirlo con Mallarmé, incluyen palabrotas, blasfemias, valores, disvalores, amenazas, ruegos, etc., de una diversidad y plenitud tan alucinante que haría palidecer a un Proust, o relamerse a un Cervantes. La gente, hablando (y me apostaría algo a que no hay nada que nos guste más a los humanos que conversar, aunque no le reconozcamos su tremendo valor por lo frecuente que afortunadamente resulta todavía), ha creado todo eso, la gente es el Autor Máximo, la gente es el puto Homero colectivo. Si la Academia Sueca no tuvo la lucidez, en su momento, de otorgarle el Nobel a Tolstoi, que se olviden ahora provisionalmente de Javier Marías, Murakami u otros y nos los den a nosotros, la gente de la calle (no me gusta decir “el pueblo”: esto no pretende ser una reivindicación romántica), que nos pasamos el día chismorreando, perorando, platicando, conspirando, suplicando, dándole la vuelta y sacándole punta a las palabras, charlando y comentando esto y lo otro, y con ello fabricamos el sustrato, el humus, de toda posible aventura literaria.

 

Mario Vargas Llosa y Gabriel Garciía Marquez. Premios Nobel de literatura 2010 y 1982

Toda literatura es literatura de fantasmas, todo personaje literario es un espectro, todo enclave literario es fantasmal, y los sucesos de la narrativa son sucesos en cierto modo sobrenaturales, lo que ocurre es que como la escritura los fija de manera tan indeleble, a diferencia de las tradiciones orales de los mitos y las consejas arcaicos, parece que son más reales que la misma realidad, parece que el Nueva York de Tom Wolfe es más Nueva York que el de Rudolf Guiliani. Y está bien que sea así, las sociedades actuales necesitan de un Dickens o de un Spielberg tanto o más que el mundo pre-moderno, precisamente porque la conversación ya no mana tan sencillamente como antes, porque somos individuos recelosos en un entorno complejo de ostentación y competitividad. En la Edad Media los viajeros se reunían en mesas redondas que tenían habilitadas en las posadas o fondas del camino y, sin conocerse de nada, intercambiaban noticias, se daba palique, compartían fantasmas. Nadie se preguntaba, entonces, cual es la vida auténtica, o si ese de enfrente es un ganador o un fracasado, simplemente se daba vía libre al impulso de no guardarse las cosas para uno mismo, de soltarlo todo y hacer comunidad, tangible o intangible. Los escritores, o los guionistas, hoy (que, por cierto, son infinitos: en los perfiles de Facebook la mitad de la población mundial son escritores además de otra cosa), tiene la misión de tratar de darnos explicado eso, o lo que ellos han averiguado sobre eso: cuál es la vida auténtica y quién es fracasado o exitoso en las sociedades de masas. Bueno, pues hay que decir que la gente habla de lo mismo, pero también de muchas cosas más, si se encuentra en el bar, o en el chat, o en la terapia o reunión familiar adecuada. La conversación es una manufactura de fantasmas, como diría Chesterton, a la vez que su exorcismo, no es extraño que luego a mucha gente no le quede tiempo, ni cabeza, para ponerse a leer a la firma literaria de turno. La cultura verbal sería, así, el resultado de haber olvidado mil charlas, y si los animales tuviesen la facultad de envidiar, cosa que no les deseo, nos envidiarían precisamente por eso…

Merecemos, pues, creo, un Nobel de Literatura como especie -que no sería lo mismo que un Nobel de Física por simplemente movernos-, y lo merecemos mucho más, desde luego, que Trump el de la Paz.

 

Wisława Szymborska. Premio Nóbel de Literatura 1996
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4 Comentarios

  • Pensando en tu artículo he recordado algo que he leído últimamente por ahí. Al parecer en la Edad Media la gente creía que el arte estaba inspirado por fuerzas sobrehumanas y no por el talento del artista concreto cuya obra, en el fondo, no era suya sino inspiración de las musas, los ángeles o el espíritu santo. Como en la música todo era reflejo de “la música celestial”, aquella que los griegos decían que se creaba por el movimiento de los astros en el cielo e impregnaba todo el universo.

    La tesis de que los creadores, en este caso literarios, no tienen realmente mérito porque en el fondo no hacen más que “copiar” o interpretar el aire de su tiempo, algo que podría estar al alcance de cualquiera, es una idea que se ha transmutado muchas veces en la historia. También de forma paralela a otra que obligaría a los creadores a expresar “correctamente” el verdadero espíritu de la historia, la nación o de cualquier otra idea con tentaciones totalitarias.

    Sin embargo el mundo siempre está ahí. Con su luz, sus seres, sus palabras, sus pasiones, sus recursos, sus acontecimientos históricos. Pero solo Homero, Shakespeare, Dante, Montaigne, Kafka, Proust, Mann, Yourcenar o tantos más supieron hacer, con los colores que ese mundo les posibilitaba, una obra que perdurara en el tiempo, que hiciera ese mundo, de alguna manera, más inteligible. Por supuesto se inspiraron en otros, se beneficiaron de lo que la sociedad aporta de forma automática pero fueron ellos los que tuvieron la fuerza y el talento de sacar adelante historias memorables donde otros, en las mismas circunstancias, solo estuvieron allí, pero no escribieron “Guerra y Paz”.

    Por otro lado la literatura, el leer o el escribir, no es algo que se haya valorado en exceso en un país como éste. “Escribir en España es llorar”, creo que dijo alguien. Cosa que sigue siendo bastante verdad actualmente si tenemos en cuenta las cifras de lectura incluso de nuestros universitarios o la posibilidad de vivir de la literatura o el prestigio social que tienen los escritores si se los compara con otras profesiones. También con el inconcebible caínismo que existe en el gremio, cosa que puede apreciarse en toda su crudeza leyendo el libro de Gregorio Moran “El cura y los mandarines”.

    Y sin embargo algunas personas (no “la gente”) siguen escribiendo, porque una cosa es charlar, con más o menos gracia, y otra escribir y no lo hace cualquiera. Lo han hecho siempre, desde que existe la escritura, incluso en las peores circunstancias, cuando podrían no haberlo hecho. Lo estarán haciendo ahora mismo en todas las tiranías o infiernos en la tierra o también en los mundos privilegiados donde también habitan las pasiones, la estupidez, la incertidumbre y la tragedia humanas, donde también son necesarios relatos que intenten explicarnos.

    Este año, que no se ha otorgado el Nobel, habrá habido muchos escritores esforzándose en sacar adelante sus obras. Puede decirse que también hay mineros, agricultores, taxistas, albañiles y que ellos también se esfuerzan y no les dan premios. Pero estamos hablando del premio Nobel de literatura, un galardón que se da para premiar toda una obra de un escritor que el jurado considere excelente. Un premio que puede descubrir a un desconocido de un país lejano o iluminar la vejez a alguien que ha dedicado su vida a las letras y quizá ha renunciado a muchas cosas por hacerlo.

    Pienso que la literatura SÍ es, lo sigue siendo actualmente, un campo especialmente enriquecedor de la experiencia personal, quizá más necesario que nunca para la intersubjetividad y la búsqueda de sentido en los humanos. Hay otras cosas es verdad. Pero la lectura aporta una complejidad, una perspectiva y unas posibilidades intelectuales que no tienen otras actividades. Tampoco tiene que ser obsesiva o sumir en una soledad antisocial, eso depende de la personalidad y de la biografía de cada uno.

    Y por eso intenté que mis hijos leyeran. Porque la lectura no tiene porque sustituir la vida sino que forma parte de ella, puede intensificar la experiencia o ampliarla, posibilitar transvertirse en otros de alguna manera o a veces (¿porqué no?) . Es la “Orgia perpetua” y también un refugio seguro para los tiempos oscuros que siempre llegan, en los que hay que engañar al dolor y esquivar el aburrimiento.

    Por todo eso y mucho más se tendría que haber concedido este año el Premio Nobel de Literatura a una persona que escribe en concreto. No a “la gente”, una abstracción insulsa y actualmente ideologizada (sinónimo de pueblo por cierto) por mucho que eso parezca quedar tan bien en algunos ámbitos.

  • El sábado noche, Cesar Aira un posible candidato al Premio Nobel de Literatura de años próximos, en el programa Encuentros en la Casa de America, hablaba de la no obligatoriedad de la lectura. Más allá de la obligatoriedad de leer textos académicos y normativos. No se puede imponer, ni se puede obligar a leer a quien no quiere. En ello, en el descubrimiento del placer del texto, late un descubrimiento propio y personal que difícilmente puede nacer de una obligación. Pero todo ello contado por un chico de pueblo pequeño, que en la adolescencia descubrió a Borges y desde entonces se empeñó en ese esfuerzo que no acaba nunca, suena a cierta impostura. Entre el polo de la obligación y la libertad de la renuncia al libro y al conocimiento, nos debatimos hoy. Cuando ciertamente se lee más que nunca, aunque se lea de otra manera.

  • Pero Aira (al que conozco sólo por ser detractor de Cortázar en el país de Cortázar) tenía cierta razón. La gente sabe de sobra que un libro sólo es un libro, como cuando dicen que bueno, no te pongas así, “sólo era una película”… Claro que en un libro o una película puede haber mucho arte, pero ese arte significa sobre todo haber aprendido de producciones pasadas a estilizar los recursos, un esfuerzo, o un talento, dirigido exclusivamente a cinéfilos y futuros hacedores de novelas o filmes. Todo el proceso, pues, queda encerrado en el círculo de los especialistas, y la gente puede, o no, interesarse por ello, pero únicamente desde fuera. Hace unos días en El País un crítico tuvo la mala leche de dejar constancia de los comentarios que personas normales y más bien incultas habían hecho en foros de tercera regional a grandes obras maestras del cine mundial. Uno decía, por ejemplo, que El padrino era “otra película de tiros…” Se trataba, me parece, de una comparación injusta. El chaval que habría escrito eso ignoraba que El padrino no se había hecho para entretenerse, sino que en ella había algo así como “voluntad de arte”. ¿Y dónde puede aprender eso, en las largas listas de autores y obras medievales españolas que se ingieren como pienso insulso en 4 de la ESO? Pero supongamos que lo intuye, a pesar de todo, ¿por qué iba a importarle, en qué le afecta? Esa voluntad de arte no va a cambiar su vida, para la cual un libro, o una película, son sólo un libro, o una película. No tiene por qué asimilar que ver una película, o leer un libro, es un acto en cierto modo moral, porque difícilmente lo es, si nos ponemos serios. Yo leo un libro sobre la situación de la mujer en Afganistán y eso sólo me sirve para una conversación más bien dura y desagradable, o tal vez autocomplaciente, en una cena de sábado con otra pareja de ávidos lectores, a la manera de los personajes snob de Woody Allen, no voy a hacer nada más además de hablarlo y sentirme muy concienciado por ello. De manera, creo, que la gente sabe muy bien lo que es el arte: se trata de unos tipos que quieren destacar por su habilidad en un oficio que es mil veces mejor que trabajar de 9 a 5 y que les reporta premios, palmaditas en la espalda y, últimamente, hasta una cartera ministerial. Poco que ver, me parece, con el conocimiento o la moral, y algunos, para colmo, hasta se permiten ponerse melancólicos y escribir una tonelada de páginas acerca de sí mismos y sus tribulaciones de desocupados comecocos, al estilo de Joseph Roth o Ricardo Piglia, que en paz descansen…

    Hablando de argentinos, os recomiendo al respecto la película “El ciudadano ilustre”.

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