Aretha Franklin: Body and Soul…

Como soy un filósofo loco, y últimamente leo poco -valga la rima-, cultivo una teoría más bonita que verdadera, pero que no deja de tener su extravagante sentido. Consiste en pensar que los fenómenos psíquicos son tan reales como los fenómenos materiales (el atributo del pensamiento tanto como el de la extensión, que diría Spinoza), de modo que tanto unos como otros van dejando su rastro en la tierra, hasta que morimos, momento en que nuestro cuerpo y nuestra alma se diseminan y se transforman fertilizando con ello el Universo. Por esa razón el cosmos es tan absurdamente grande: sencillamente, tiene que dar cobijo a una cantidad enorme de percepciones, afectos y conceptos, la mayoría de ellos microscópicos e inconscientes, que los seres vivos van acumulando a su paso, de manera que al igual que nuestro cuerpo está compuesto de polvo de estrellas, llegará un día en que las estrellas se compongan de polvo de emociones, no todas ellas positivas, dando así la razón a tantos padres, tantos poetas y tantas películas de Disney en las que se ha afirmado de modo intuitivo que los muertos han pasado a iluminar el cielo, y desde allí nos miran enmudecidos y serenos. Si esto fuera así -y para creerlo no hace falta ser muy New Age, tan sólo bajar la guardia criticista-, entonces nada se perdería con el transcurso del tiempo, y todo se aprovecharía con el fin de ir poblando el inmenso vacío cósmico, desde el llanto del primer niño neandertal al que le asustó una tormenta eléctrica hasta la idea más disparatada que concibió Einstein pero luego desechó en un cajón. Así mismo, una roca que se parte en lo alto de una cumbre nevada o una supernova que estalla en la constelación de Orión y el sonido que producen y la luz que rompen anima el Universo, que es el lugar privilegiado en que el espíritu se materializa y la materia se espiritualiza, sin que exista la menor diferencia entre ambos procesos. No importa, entonces, si todo comenzó con un Dios diseñador o con el dios Azar: su destino es el lleno absoluto, el engordar de esencia, la plenitud amoral, la leche en bote…

Así, una vida como la de Aretha Franklin, repleta de éxitos, implica no más que la de un anónimo conejo que sufrió atrapado en un cepo, desde el punto de vista del todo, pero al menos puede conseguir que en cierto modo bailen hasta las piedras, como en el mito de Orfeo. Esta mujer que lo ha sido todo en la música popular desde los años sesenta, que estuvo donde había que estar también en el movimiento por los derechos civiles y por la liberación de la mujer, y que se ha apuntado a todos los saraos organizados por los últimos presidentes demócratas en EEUU, ha muerto rodeada de gloria y de sus seres queridos, como el protagonista de aquella película francesa, Las invasiones bárbaras. Ahora el légamo primigenio es un poco más góspel, un poco más soul, un poco más disco e incluso un poco más R&B y un poco más rock and roll. No sólo por lo que interpretó, también por lo que compuso, en una carrera con algún altibajo pero siempre en la cima, como una cometa que sube y baja bruscamente empujada por el viento pero sin desplomarse del azul.

Colaboró con toda la gente que importaba en su momento, tocó todos los palos excepto el reguetón (que es un poco el estilo musical de los proxenetas, si hay que atender a sus videoclips, pero el universo también metaboliza la carroña…), tocaba el piano como los ángeles y cantaba como una herida abierta de la que supuraba miel sanadora. No fichó en su día por la Motown, tal vez por no encasillarse, pero no ha tenido que arrepentirse nunca por ello. De hecho, había nacido en Memphis, Tennessee, lo cual en el mundillo de la música negra norteamericana es un pedigrí, y Aretha tuvo suerte desde un principio. Buenos padres, buena educación, pasables maridos, hijos devotos… Realmente, una existencia extraordinaria, el universo se va a dar un festín. No obstante, de todo aquello yo prefiero sus temas de los primeros tiempos, rebosantes de vitalidad, años sesenta y setenta, vestida de camarera airada en Think o cantando por la calle seguida de un coro de chicas en Respect, si no recuerdo mal. Aretha Franklin no era una mujer especialmente guapa, no se puede decir que estuviese allí recomendada o enchufada ante los poderosos de las discográficas y ante su público por su belleza, igual que sucedió antes con Ella Fitzgerald (a la que Chick Webb, que bastante tenía con lo suyo, antes de fliparlo oyéndola cantar, llamó muy despectivamente “vaca”), y por eso debemos admirarla aún más, ya que en la actualidad multimedia y youtubera lo tendría verdaderamente más difícil. Da la sensación de que Aretha Franklin ha muerto, como quizá morirá algún día el cosmos, no de consabido cáncer, sino de puro reventar de sí mismo, de plétora universal de body and soul: say a little pray for her…

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2 Comentarios

  • Sencillamente precioso, además de muy sabio, y claro, inevitablemente en la senda espinosista; me ha gustado especialmente la primera parte de entrada, pero el final sobre la explosión de Aretha Franklin es memorable. Así se llena el universo de emociones potentes

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