Historias Reales de Papá Ridículo (para leer a mis hijos por la noche)

Fotografía: Paolo Ventura

Comedia es igual a tragedia más tiempo.

Lenny Bruce (o Woody Allen…)

 

Una

Pues, cuando era pequeño, yo también iba a algún Parque de Atracciones. Como en mi colegio no había niñas, casi estoy por decir que las “atracciones” eran las pocas chicas que se veían por el parque que fuese, pero me parece recordar que aún no estaba en la edad de fijarme en esas cosas. La vez que más recuerdo fue una en la que nos montamos en un coche grande que tenía que seguir un camino. El coche imitaba uno antiguo, todo de hierro y de techo alto, en cuyos asientos cabían bastantes personas. Aunque yo debía ser todavía muy “cani”, o sea, muy canijo en edad y tamaño, conseguí subirme al puesto del conductor. Allí había un volante también de hierro, sin pintar ni nada, como el resto del vehículo. No sé por qué pero el hecho de ser todo el trasto tan serio y como tan pesado y armatoste (aunque tenía amplias ventanas para mirar y sacar el brazo) me hizo creer que era un coche de verdad, y que a mí me había tocado de piloto. La madre, qué responsabilidad, y qué emoción. Se puso el coche en marcha y teníamos por delante un sendero de tierra apisonada repleto de curvas que había que recorrer. Yo, más concentrado que Shin Chan viendo un episodio de Ultrahéroe, agarré el volante dispuesto a afrontar el gran reto, no sé si con la lengua fuera como cuando nos ponemos a dibujar. Porque parecía mentira: uno siempre sueña con que le dejen conducir como los mayores, y esa era mi oportunidad. Además, el coche iba lentito, tomándoselo con calma, y no había mucha tripulación de la que encargarme. De modo que lo hice: fui trazando todas las curvas como un poseso, sudando a mares por dentro (se puede sudar por dentro, como se puede llorar o tragar saliva por dentro), y sorprendido de que me estuviese saliendo tan bien. El trasto no tenía pedales, así que tenía que describir cada curva sin salirme y a la misma velocidad, que ya digo que era tranquila, pero firme. Y, jopé, aunque en tensión, lo hice de miedo. Me sentía el capitán de un barco velero, el hombre del día, el que había puesto a todos a salvo, dos veces más alto y diez años más mayor (resulta que sólo los niños y los que tienen trabajos aburridos quieren hacerse mayores, estos para jubilarse). Hasta que el recorrido se acabó y tuvimos que apearnos. Entonces descubrí, como quien se cae de un guindo, que las ruedas de metal del coche iban engranadas a unos raíles muy finos y que todo el rato el chisme había ido guiado por el circuito y yo no había conducido nada, pese a toda la pasión que le puse. Como no había cables por arriba, y los raíles estaban semi-enterrados por abajo, no me había dado cuenta de nada. Había sido como cuando en los dibujos animados el muñeco -por ejemplo el Coyote- sigue caminando por el aire hasta que se percata de que no tiene nada debajo, pero al revés. Resulta que en la primera clase de conducción de mi vida había estado atado al suelo en todo momento, mientras que yo pensaba que iba libre, como conduciendo sobre una nube. Menos mal que viajando en el coche nadie se dio cuenta, o hubiese quedado como un tonto. Sólo pensarían, “hay que ver este niño cómo lo vive”, creyendo que era un juego, no que me lo creía de verdad. Pero ahora pienso yo… ¿y lo bien que lo hice, que no me dio, yo qué sé, por olvidarme del camino y atropellar a un Bugs Bunny que pasase por ahí?

Tonto sí, pero cívico o lo que sea también…

 

Fotografía: Paolo Ventura

Dos

Con doce o trece años a una profesora de inglés se le ocurrió la peregrina idea de sacarnos a todos por turnos a la pizarra, para escenificar un diálogo en eso, en inglés, claro. Ahora al inglés hay quien lo llama “el idioma del imperio”, porque es la lengua que hay que hablar para ser importante y ganar dinero, y por eso os la enseñan, igual que a mí, en clase. Pero es una lengua noble, como todas, con sus truquitos y sus grandes poetas y cantantes. El caso es que se trataba de salir ahí, delante de todos los compañeros, por parejas, saberse todo de memoria y pronunciarlo bien. Puesto que todos íbamos a decir las mismas cosas, había que hacerlo diferente cada vez, de modo que las parejas debían llevar preparado un montaje distinto del diálogo. Lo que había que decir era sencillo, del estilo de preguntar la hora, dónde vives, cómo te llamas y todo eso que ya os sabéis. Yo hice pareja con Juanvi, que era mi mejor amigo, pero que tenía ideas extravagantes. Tan extravagantes que a Juanvi se le ocurrió esta vez que por qué no hacíamos el diálogo fingiendo una pelea. A mí me daba un corte tremendo, pero, por muchas vueltas que le dimos, no se nos ocurría nada mejor. Los demás iban a hacer como que tomaban el te, igual que los ingleses a las cinco de la tarde, o como que se encontraban dos coches en un semáforo y hablaban cortésmente, cosas así. Lo de la pelea, sin duda, había que reconocer que era mucho más impactante. No obstante, a Juanvi le costó mucho convencerme, tres recreos más o menos. Tuvimos que ensayarlo, claro, en secreto. De la misma manera que en las películas de acción, se trataba de zurrarse de mentira, sin tocarse nada en absoluto, que no es nada fácil, y por eso en las pelis se contratan a especialistas y a expertos en artes marciales. Por fin llegó el día y a otras parejas les tocó antes que a nosotros, mientras que yo me moría de vergüenza y temblaba por lo que iba a suceder. Acertaba de pleno, porque cuando Juanvi y yo salimos a la pizarra nadie se esperaba lo que teníamos planeado. No sólo es que tuviésemos que hacer como que nos dábamos puñetazos, patadas, etc., es que además debíamos soltar el diálogo enfadados y entre gritos de dolor. Yo estaba ruborizado hasta las pestañas, si es que mi moreno natural fuese dado al rubor, pero actúe conforme a lo pactado sin dejarme un solo golpe. Qué papelón. Los compañeros no se lo podían ni creer, pero terminaron encantados. Hubo aplausos. La profesora, en cambio (en esos tiempos los profesores no tenían ningún humor), estaba indignada, como si hubiésemos convertido su clase en un ring de boxeo o en una calle húmeda y oscura. No recuerdo qué nota nos puso, pero debió ser redonda y hueca. A mí me pareció el resultado natural del bochorno, pero en cierto modo estaba orgulloso de mi Juanvi, que, sin ser un mal chico en absoluto, tenía ideas originales y se atrevía con todo.

Y ahora pienso yo… ¿y es que no es precisamente muy inglés preguntarse cosas educadas incluso en mitad de una pelea?

 

Fotografía: Paolo Ventura

 

Tres

Un poco más mayor estuve apuntado en los Boy Scouts, que son una asociación de chicos que se visten de soldados de otra época y pasan los fines de semana en el campo haciendo el cabra. Sin embargo, este grupo al que me había juntado yo eran muy estrictos, y en vez de hacer el cabra sin más se tomaban todo muy en serio. Había que ser un soldado de verdad, o al menos un bosquejo de soldado. Todos te observaban a ver si hacías las cosas bien, y de ello dependía que te pusieran insignias y concedieran honores, lo de pasarlo bien de excursión parece que importaba menos. Hubo un fin de semana en concreto en que yo me sentía especialmente observado, como si fuera un bicho raro. Me tenían a prueba, no bastaba con estar dispuesto a hacerse amigos y prender fogatas de campamento. Así que, sin quererlo, me hice “bullying” a mí mismo. De repente, parecía que me había mirado un tuerto y todo me salía mal, como si fuese gafe durante unas horas. Metía la bota en los charcos, me resbalaba escalando piedras, se me caían por sorpresa las cosas, un desastre. Alguno de los que llevaban más tiempo en el grupo me hacía algún comentario severo, los demás simplemente se reían. Yo no soy torpe, generalmente, o no más que el resto de la gente. Pero ese día tenía “la negra”, como se dice. Cuanto peor me salía todo, más hacía la vergüenza que me moviese mal y volviese a ser patoso. Fue una cadena de despropósitos, o dicho más difícil todavía, un slapstick, como llaman en inglés a las películas de caídas, tortazos y equivocaciones, estilo dibujo animado antiguo o Mr. Bean. Incluso si alguien trataba de echarme una mano, como lo hacían con gesto sumamente reprobador, resultaba todavía más humillante. Yo no podía salir de mi asombro, parecía que mi cuerpo tomaba decisiones propias al margen de mi voluntad. Al regresar a casa volví a ser el mismo, no gran cosa, pero tampoco el pato Donald o Goofy.

Pero ahora pienso yo que podían haber sido más majos, y que precisamente fueron ellos, todos ellos, con su conducta estirada y fría, los que me hacían meter la pata sin parar, o, como más o menos decía un filósofo francés tirando a bizco, que “el tropiezo son los otros”…

 

Fotografía Paolo Ventura

Cuatro

Hace muuuuucho, mucho tiempo, como 35 años, hubo unos días en que en España creíamos que se nos caía encima el cielo, como en la famosa aldea gala. Los telediarios, que son como loros pero con feos colores metálicos, hablaban durante horas de una especie de nave o estación espacial que orbitaba la Tierra y que podía caer justo en el lomo de la recién estrenada democracia. Se llamaba “Skylab”, la nave, no la democracia (la democracia se llamaba Suárez, pero yo entonces no estaba enterado), y daba más miedo que un nublao, porque estaba justo encima de nuestras cabezas y de un momento a otro se podía precipitar sobre la tierra y rompérnoslas. Yo andaba de vacaciones en casa de un amigo de cuyo nombre no puedo acordarme, o sea, que o no era muy amigo o sólo estaba yo ahí por ese rato. Sus padres tenían una casa en un bajo bastante diáfana, con muchas cristaleras, como de playa de pijos o de película, y que daba a un amplio terraplén de hierba no muy en cuesta donde se podía jugar a algo, a lo que fuere. La madre de mi amigo, la muy metijona y pijipi -mezcla de pija y jipi muy de entonces-, se empeñó en hacerme comer de merienda un bocadillo de jamón u otro fiambre rico, pero untándome el pan en tomate natural, que me daba mucho asco. Así que ahí estaba yo, en territorio ajeno, bastante  cortado, más sólo que la luna, intentando no saborear ese bocadillo tan perfectamente malogrado, entrando y saliendo de la casa mientras que los adultos miraban la televisión y bromeaban sobre los pedazos de chapa del Skylab cayendo justo encima de nosotros, sobre el techo de esa misma vivienda, como si no hubiese país de sobra para estrellarse, y mi muerte inminente por aplastamiento de detritus cósmico me sabía a tomate guarreado sobre una rebanada de pan, y casi era peor para mí la merienda estropeada que mi triste final, con que me salí al césped a jugar un escondite o algo, lo que fuere, el mucho o poco tiempo que me quedara de vida….

Ahora ya me gusta el tomate untado, que conste, pero no me pidáis todavía hoy que le pegue un bocado a un tomate crudo no vaya a ser que me espachurre el Skylab en una finca pijipi de verano…

 

Fotografía: Paolo Ventura

Cinco

Hay una cosa que hacía en mis tiempos de estudiante de la carrera que era bastante ridícula, pero no consigo arrepentirme de ella. Me he acordado hoy, que está lloviendo. Yo nunca llevaba paraguas, igual que ahora. Llevarlos se me termina resolviendo en perderlos, así que no me merece la pena ni intentarlo. Hay personas que son despistadas, no tiene remedio, y yo he llegado a portar la bolsa de basura que la abuela me encargó echar en el contenedor desde la puerta de casa hasta la mismísima entrada de la facultad. U otro día, en que intenté denodadamente meter el billete de metro en la cerradura del portal, no recuerdo si ese mismo día a la vuelta (¡lo que ya sería el colmo!). No penséis que es que voy muy concentrado en importantes asuntos que me rompen la cabeza hasta que averiguo cómo solucionarlos. Al revés: es que voy yo muy preocupado por cosas más bien pequeñas que no tengo ni idea de cómo afrontar, no digamos ya solucionar… De ahí el despiste continuo y mayúsculo.

Pero no importa, en cualquier caso es verdad que raras veces llevo paraguas, y también que nunca he tenido un abrigo decente, con capucha y todo. Cuando llovía en tiempos de la carrera, me exponía a mojarme en un largo tramo a la intemperie que llevaba desde el edificio de la facultad hasta la boca de metro, una calle recta como un huso (no sé lo que es un huso) que solía ser muy agradable caminar conversando. Así que cogía a alguien que pasase con un paraguas, a ser posible una chica, y le pedía, dando un poco de pena, que me “llevase” hasta el metro. O sea, que me dejase guarecerme bajo su techo portátil, en una especie de intimidad no muy recomendable con un desconocido. Pero, bueno, si vas a la universidad están como permitidas esas cosas, por tontas y maleducadas que parezcan. Además, de esa manera teníamos los dos conversación durante un ratito corto. No obstante, me marqué una regla inviolable para aquellos asaltos: al llegar a la boca de metro, había que dar calurosamente las gracias y dejar a la pobre víctima en paz, no vaya a parecer que todo era una excusa para conocer a alguien. Que si ocurre, ocurre, pero no me parecía correcto buscarlo aposta –de hecho, nunca sucedió, que recuerde.

Todavía hoy sigo sin llevar paraguas, pero ahora, ¡ay!, soy mucho más soso (que rima, pero solo rima, con “acoso”…), y además ya tengo un abrigo de rayas con capucha que me regaló la abuela.

 

Fotografía: Paolo Ventura

Seis

En el autobús del colegio iba mi amigo Sergio porque también vivía en Moratalaz, como yo, pero entonces aún no era mi amigo, aunque debería haberlo sido, porque era monísimo, la mar de cuqui, como un chupa-chups con rizos dorados. También iba su hermano Enrique, dos o tres años mayor, que siempre se sentaba delante como remarcando su condición de chico maduro, y de hecho se pasaba el trayecto hablando y haciendo chistes, en vez de armarla gorda en los asientos traseros. Hablaba con un tal Asdrúbal, también mayor, que tenía un hermano, a su vez, que se llamaba Aníbal, seguramente porque sus padres eran aficionados a la historia y habían decidido hacer un homenaje a los famosos cartagineses que tuvieron el valor de enfrentarse al imperio romano y casi le vencen, hace mucho tiempo ya pero en realidad no tanto. Los dos nombres, en cualquier caso, me parecían a mi impresionantes, tremendos, como de capitanes generales del autobús, y eso que no tenía ni idea de cartagineses, como tampoco, en realidad, de almerienses o murcianos, por decir gente más moderna. Enrique no hablaba conmigo, por ser pequeño, pero yo le tenía visto que llevaba un muñeco de la pantera rosa chulísimo, porque debía tener un alambre dentro y lo podías mover para que se quedase con una postura fija. Supongo que este Enrique lo utilizaba para hacer bromas de mayor, y luego lo metía en una caja cilíndrica a dormir. Yo deseaba ese muñecajo intensamente, más, creo, de lo que Telmo desea sus cromos y sus capsulas y lo que se le ponga por delante, pero no se lo pedía prestado porque me daba corte. Así que cuando llegaba a casa lo hacía con ansiedad de pantera rosa moldeable, pero cuando les suplicaba a los abuelos que me comprasen una igual eso de la pantera rosa les parecía chino, que son unos señores que aún viven más lejos que los cartagineses, los almerienses y los murcianos juntos. Al final, lo conseguí, no recuerdo cómo, pero muy distinto del objeto de mis devociones, una pantera rosa más grande, más desgarbada, más descolorida y que se movía peor. Aquello no era la pieza de ingeniería infantil que tenía Enrique, era un sucedáneo, o sea, una mala imitación, un timo y como su versión barata. Pero ya no podía decirle a quien me lo hubiera regalado que quería otra, que esa cosa gansa y triste era un error…

De todos modos, ahora pienso yo… ¿para qué quiere uno un muñeco, para qué quiere Telmo sus figuritas, y sus capsulas, y demás, si no hablan, si con cinco minutos de juego ya has descubierto todo lo que pueden hacer, si son objetos inanimados que sólo sirven para tenerlos y guardarlos, hasta que te olvidas de ellos como te olvidas de qué ropa llevaste el día anterior? Supongo que tienen algo de fetiches, o sea, que es como si a ti se te pegase algo de su gracia, o si sólo por llevarlos en el bolsillo fueses una persona más afortunada, o porque piensas que están bien hechos y te gustaría que todo en tu vida estuviera igual de bien hecho, o algo parecido. Tanto es así, que muchas personas mayores -más mayores que Enrique, Asdrúbal y Aníbal entonces-, siguen obsesionadas con coleccionar cosas cuyo valor está en haberlas coleccionado y rodearse de ellas, tontamente, porque creen que poseer esas cosas les hace de alguna manera especiales. Yo no digo que no, pero es un engorro guardarlas, estar pendiente de ellas y cuidarlas constantemente, lo cual quita mucho tiempo de hacer otras cosas que igual son menos perfectas, pero que también molan más porque las has hecho tú con tus propia manitas aunque no puedas guardarlas después en ningún sitio, como los castillos o los pozos en la arena de la playa.

 

Fotografía: Paolo Ventura

Siete

A algunos niños les gustan los superhéroes, a otros no. A los que no les gustan, suelen preferir los futbolistas, que también son superhéroes a su manera, porque ganan o pierden y van uniformados. Las niñas suelen ser más listas, porque no les gustan ni los unos ni los otros. Eso de admirar locamente a alguien más poderoso que tú a quien querrías parecerte no les pasa a las chicas por la razón que sea, ellas sólo quieren ser lo que son pero a ser posible mejor, mientras que los chicos sueñan con ser otra cosa, alguien invencible, invulnerable y temible. A mí desde muy pequeño me atraían los superhéroes, incluso los dioses griegos, que se les parecen, mientras que los futbolistas no me decían nada. Yo solía dibujar nuevos personajes calcados de los más famosos del cómic que en el momento preciso en que se arrancaban la camisa y dejaban ver la enseña de su traje superheroico. Curiosamente, lo que pasase después no me importaba demasiado, lo que importaba verdaderamente era la revelación, la transformación misma: el tipo de las gafas dejaba de ser una persona común para pasar a ser un dios, griego o no. Los psicólogos que se ganan la vida hurgando en estos secretillos, y las feministas de ayer y de hoy, tendrían mucho que decir sobre todo esto. No quiero ni pensarlo. Pero sí hubo un verano en que fuimos a Huelva y yo y mis amigos nos pasamos los días jugando a que éramos “Los secuestradores”. No secuestrábamos a nadie, ni a un saltamontes, pero eso nos permitía llevar un antifaz muy cutre y colocarnos una toalla a la espalda como si fuera una capa. Era ponerte la toalla y ya eras otra persona, ya daba comienzo la aventura y gozabas de prerrogativas especiales, o sea, que podías hacer lo que te diera la gana siempre que fuera arriesgado y felino. Trotar por el camping ya no era trotar por el camping, era deslizarse por un terreno sombrío y peligroso. Te escondías detrás de un árbol y nadie, ni tú mismo, sabía lo que estabas tramando. Teníamos las piernas repletas de picaduras de mosquitos, el mismo aire estaba lleno de nubes de mosquitos, dábamos lastima y a veces hasta era difícil mantener los ojos abiertos, pero espantábamos los mosquitos con la capa y les dábamos su merecido como a enemigos del género humano…

Había una niña que también jugaba con nosotros a eso, pero la diversión le duraba menos. Se daba perfecta cuenta de que el juego no tenía argumento, de que todo era una expectativa de argumento que jamás se realizaba. Por lo menos el futbol tiene un argumento chupado: hay que meter la bola en la portería de enfrente sorteando al equipo contrario. Los escritores masculinos deben ser esas personas a las que de niños les gustaba ponerse en la actitud de lo que no eran, pero luego les faltaba el argumento. Como cuando crecen resulta que cada vez menos se parecen a superhéroes de ninguna clase, conservan un rescoldo de esa actitud y tratan de inventarse por fin el argumento. Piensan: ojalá pudiera demostrar al mundo cualidades excepcionales, pero como no puedo, como cada vez puedo menos, vamos a hacer que las tengan mis personajes. En cuanto a lo que pueda impulsar a las escritoras femeninas, que raras veces se vistieron una toalla a la chepa, eso que lo digan ellas, que yo no me atrevo aquí a formular teorías. Y en cuanto a los niños que idolatraban a los futbolistas, supongo que a ellos les resultaría más fácil cuando llegaron a mayores eso de formar parte de un equipo, de ir todos igual y de obedecer al entrenador, como unos buenos chicos o unos buenos empleados, pero no sé, habría que preguntarle también a ellos…

 

Fotografía: Paolo Ventura

Ocho

Sin embargo, el episodio más patético de recordar para mi tuvo lugar cuando ya tenía más de veinte años, para que veáis que no hay edad segura, que uno hace el canelo hasta el fin de sus días. Había conseguido yo quedar con una chica de la facultad que me gustaba, pero de un modo muy accidentado. Primero yo me había “declarado”, como se dice, en una estación del autobús en Banco de España, pero lo había hecho, según me dijo ella después, hablando muy rápido y de manera muy confusa, con lo que ella, la pobre, no entendió nada, y se fue a su casa sin responderme y desconcertada. Yo interpreté, claro, que se había marchado asustada por la propuesta, y que le había resultado más cómodo hacerse la sueca que responder que mejor va a ser que no. Así que me retire a mi casa en el siguiente búho –así se llaman los autobuses nocturnos que salían de allí- con el ánimo por los suelos, hecho trizas, pero dispuesto a poner buena cara la siguiente vez que nos viésemos. Esa ocasión se dio la semana siguiente, en que un grupo de amigos y amigas fuimos a la mansión de uno de ellos en San Rafael. La mansión estaba custodiada por dos perrazos enormes que daban miedo, llenos de mataduras y heridas de guerra, y que dormían acostados en la nieve, como los de los cuentos de supervivencia de Jack London. Allí estuve yo más relajado, puesto que ya había asumido el rechazo, haciendo tan sólo por divertirme, de perdidos al río. Fui el único que se duchó en aquella casa, con el agua helada, y salí colorado como un estado de Norteamérica para regocijo de todos y orgullo mío, pero no como prueba de hombría frente a ella, en serio, porque, total, yo pensaba que no le gustaba nada. Pero, ¡sorpresa!, sin yo esperarlo, esa misma noche, al calor de la chimenea, el hielo tornose fuego, porque me cogió en un aparte y me dijo que sí, que estaba interesada en salir conmigo, lo que pasaba es que no se había enterado de nada hasta que sus amigas le habían dicho que yo andaba triste como quien va arrastrando un cargamento de redondas y abultadas calabazas. Pues qué bien. Pero todo era muy raro, después del lío. Quedamos un viernes a solas y yo no sabía cómo empezar la relación en sí. Estaba como Roque cuando ve un beso romántico de esos en una serie de televisión y se pone rojo o prefiere taparse los ojos con las manos: no sabía cuándo dar el dichoso beso, si pedir permiso primero o qué, ni si sacar o no el tema de a qué habíamos venido adonde habíamos venido. Claro, la oportunidad normal habría sido en la estación de Banco de España, de noche bien entrada, ella muy atenta a mis palabras balbucientes, bajo las estrellas y bla, bla, bla, pero ese viernes postizo de una semana después de repente no me pegaba nada. Así que estuvimos charlando como bobos y paseando por la calle Bravo Murillo cogidos de la cintura hasta las 11 de la mañana, mucho después del amanecer, porque ella tampoco iba a hacer ni decir nada si no daba yo el primer paso antes, conforme a las reglas no escritas del rollete que imperaban entonces. Por fin, cuando ella, que vivía en el quinto pino, iba a coger el autobús para irse, me decidí y le plante un pico, el pico, no tanto porque lo estuviera deseando después de mirarla y remirarla por los cuatro bonitos costados toda la noche, sino porque si llega a irse de vacío y extrañada me tiro por el puente más cercano (y en Madrid hay pocos y encima la mayoría tienen un montón de candados cerrados que simbolizan el amor pretendidamente inmortal de las parejas que fueron más decididas que nosotros, o que se lo montaron mejor desde el primer momento…

No contaré lo que ocurrió después. Tampoco me acuerdo bien, como no recuerdo en qué sitios estuvimos aquella noche de vagabundear ni de qué hablamos. Lo que sí tengo que deciros es que ser tímido está bien, no todo va a ser esa gente hipersegura que sale en la tele y que van por la vida haciéndonos creer que quieren comerse el mundo, porque en caso contrario se sienten fracasados. Los tímidos molan, porque tienen sentimientos más delicados, no les gusta avasallar, y seguro que albergan un mayor respeto y consideración por los demás que los chulitos, como diría Sabina. Pero a menudo tienen un secreto algo feo, que creen muy bien escondido, y que es el de que envidian ferozmente a los que no son tímidos, a los echaos p´alante. La envidia es muy mala, pequeños cachorros, es la más corrosiva de las pasiones, no dejéis que tome posesión de vosotros demasiado intensamente ni demasiado tiempo, que afila los dientes como colmillos de perrazo de novela de Jack London…

En fin, tampoco fue tan patética esa noche, una vez contada.

 

Fotografía: Paolo Ventura

Nueve

Durante un verano trabajé de portero. Cada vez hay menos porteros, pero es que yo estaba en un edificio de oficinas, al lado de la sede de la Bolsa de Madrid. A los señores que trabajan en las oficinas parece que les gusta tener portero, uno que salude al entrar y al salir y que friegue el suelo, para que cuando lleguen sus clientes de impresión de seriedad a sus negocios. Es como esos soldados que hacen guardia a la puerta de un organismo oficial para que parezca que lo protegen, pero que luego en las películas son los primeros en morir o en quedar KO. Ya veréis como cuando inventen los robots humanoides, o sea, los androides, no los ponen nunca a la puerta de ningún sitio, porque lo que les encanta de verdad a los jefes es que sea un ser humano de carne y hueso, una persona real con legañas mañaneras, el que salude y friegue el suelo. Así se demuestra quien manda, frente a quien pringa y friega. Los androides los reservaran para traer un refresco a los clientes en una bandeja, porque quedarán muy chulos, parecerá que se está visitando una empresa moderna, conectada y próspera.

Yo era un portero malísimo, que leía todo el rato para matar el tiempo, y aunque saludaba y fregaba, apenas daba conversación a los que pasaban. Excepto a una señora de la limpieza que iba de una oficina a otra, y a la que no podía ni quería evitar, porque la mujer se sentía sola y me hablaba con cualquier pretexto. Era todo un carácter, la señora. Una vez quiso que la ayudara a cambiar uno de esos tubos luminosos que está en el techo de las oficinas, esos fluorescentes que dicen que parpadean no sé cuántas veces por segundo y con el tiempo te hacen polvo la vista. Lo cierto es que no recuerdo si yo tenía que ayudarla a ella o ella tenía que ayudarme a mí, el caso es que había que sustituir el dichoso tubo, que yacía muerto allá en lo alto. Trajimos una escalera portátil y yo traté de subirme a ella, pero no me sentía nada seguro mirando hacia arriba mientras que no veía bien donde tenía los pies. Daba un cierto vértigo, y encima tenías el cuerpo al descubierto por delante y por detrás. Pues nada: tuvo que subirse la señora, que era bastante más mayor que yo, pero dotada, como os cuento, de un par de ovarios. Se empoderó -como se dice ahora- de la escalera, escaló por ella y jubiló el tubo mientras que yo la sujetaba, a ella y a la dichosa escalera. Me sentí más intelectual de lo que me haya sentido nunca en mi vida. Si quieres demostrar al mundo que lo tuyo son los libros y la pura teoría, no acudas a un congreso de algo raro y abstracto, intenta mejor rivalizar con una trabajadora auténtica por hacer algo más bien fácil pero que implique algún riesgo físico…

Más tarde me despidieron de ese trabajo antes de terminar el contrato, pero no fue por lo del fluorescente. Lo mismo ahora han puesto un robot en mi lugar, pero no lo creo. El chico que vino a sustituirme lo hacía mucho mejor que yo, porque daba mucha mejor conversación. Así es la vida…

 

Fotografía: Paolo Ventura

Diez

Siempre he sido de esos que admiran la épica. Ocurre mucho entre los lectores y entre los cinéfilos, que a menudo son gente que se inflama con las supuestas hazañas que han realizado otros desde la comodidad de sofá, o tirados en la cama cambiando de postura cada cinco minutos. Autores y cineastas ha habido que tras toda una vida de filosofar, escribir o rodar películas todo lo más que han llegado a transmitir es eso, que ojalá hubieran vivido una vida física, más o menos aventurera pero sobre todo de cara a la realidad, en vez de protegidos tras el burladero de las tapas de un libro o de las luces de un cinestudio. Mamá ha sido, hasta hoy, mucho más aventurera que yo, y desde luego mucho más directa con el mundo, sin tener tampoco necesidad de ir contándolo por escrito por ahí. De hecho, lo más épico que en este momento recuerdo haber hecho es algo tan poco arriesgado como aprender a montar en bici. A vosotros os ha resultado muy fácil, pero yo tuve que partirme el morro varias veces hasta conseguirlo. Debía tener 9 o 10 años y estábamos en Galicia. Esa tarde llovía como el mismísimo demoño (sic), el cielo parecía pesar gris y gordo justo encima de nuestras cabezas y el suelo de tierra estaba terriblemente embarrado. Un amigo que me había echado allí mismo tenía una bicicleta de adulto, altísima, delgada y de ruedas grandes. Me subía en ella y me colgaban las piernas. Pero era el aparato más fascinante salido de la mano del hombre, algo que ya se podía haber inventado en la prehistoria justo después de la rueda, y el género humano pobre y campesino se hubiese ahorrado muchísimas caminatas a pie. ¿Os imagináis a los griegos antiguos, a Pericles mismamente, llegar al ágora montado en bicicleta, aparcar, agarrarse el manto y prepararse para el discurso? Las estatuas de mármol de los dioses adornarían Atenas cabalgando en sus bicicletas, y algunas llevarían cesta, para portar la sagrada ambrosía. Todo un espectáculo democrático…

Pero me voy de varas. El chaval aquel, con toda su buena voluntad, me prestó esa bici suya para gigantes, y yo tenía que inclinarla sólo para poder subirme. Cuando aprendí a pedalear lo suficientemente fuerte como para arrancar, la cosa iba bien durante unos minutos, pero después para parar me caía irremediablemente. Un tramo de unos cincuenta metros, con casas bajas a los lados, me vio morder el polvo cien veces por lo menos. Como en los rodeos de los estados paletos de EEUU, la montura parecía más fuerte y rebelde que yo, no había manera de domarla. No obstante, me obstinaba y volvía a subirme, para caerme otra vez más estrepitosamente, bajo el aguacero, lleno de arañazos, con el ceño fruncido, hecho un campeón de la prueba de los cien metros-hostión. Llego un punto en que hasta los padres del chaval le dijeron algo porque le estaba estropeando la bici al pobre, realmente. Quizá me la seguía prestando porque no se podía creer tanta cabezonería, ya que a él también le gustaría la épica… Lo curioso es que aquella tarde memorable no terminé de hacerme con la bici, pero desde luego le perdí el miedo. La siguiente vez que agarré una era ya como un pony, pequeña y mansa. Frecuentemente, de niños somos mucho más valientes que de mayores, pero supongo que habrá todo tipo de personas. En los años subsiguientes, monté en bici sin parar en cuanto aparecía un rayo de sol, a veces hasta hartarme. Pero sí recuerdo que cada julio, cuando el portero de nuestra casa, Juan, se hacía de rogar para sacarnos la bici del cuartito que tenía en el portal, eso era la felicidad plena con olor a goma de neumático…

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