El arte de recordar(se): la memoria y la literatura

Fotografía Enzo Selleiro

¿Solo se recuerda cuando se empieza a envejecer o, dicho de otro modo, cuando se va abandonando la juventud? Todos sabemos que recordar forma parte de la condición humana, cualquiera que sea nuestra edad, pero hay un momento en que la vista atrás sobre la propia vida se impone como algo inevitable y a la vez necesario. Es entonces cuando los recuerdos se centran en el propio yo, en los distintos estratos de lo que fuimos, volviendo a los tiempos y los espacios que habitamos tratando de entender (nos). Y eso, indudablemente, se suele hacer con el paso de los años, cuando la franja del pasado ya es mucho más larga que la queda por recorrer. 

Un buen ejemplo de ello es la última película de Almodóvar, Dolor y Gloria, donde el cineasta exhuma episodios e historias donde la herida está aún por cerrar, o traslada a un alter ego (Antonio Banderas) sus crisis existenciales. El cine transgresor que nos provocó y encandiló durante décadas ha dejado paso aquí a un universo íntimo y dolorido donde lo real (??) se mezcla con lo imaginario en un ejercicio de catarsis personal. Pero, ¿Dónde está la barrera entre lo real y lo inventado?; ¿realmente podemos recordar las cosas tal como sucedieron?. Porque esta es la gran interrogante que se cierne sobre lo que se denomina la escritura del yo, un  fenómeno tremendamente prolífico  en las últimas décadas. Y es que Dolor y Gloria, a la que ya se clasifica bajo el término de autocine, ha incorporado a la pantalla las estrategias de la autoficción literaria, un género consolidado y de gran fertilidad.

Annie Ernaux

Pero no hay nada nuevo bajo el sol y en el arte de recordar (se) la tradición y las técnicas se pierden en el tiempo. Autobiografía, confesiones, memorias, e incluso los diarios y las cartas, son recursos para detener el paso del tiempo o, al menos, para inmortalizar un segmento de la vida con la palabra escrita. Unos y otros se diferenciarán en la selección y el orden de las vivencias que los componen y en el difícil equilibrio entre la memoria individual y colectiva. Porque el secreto de la escritura del yo radica en el logro de un registro intimista único y diferenciado, hábil en el control de la nostalgia y consciente de las traiciones que nos asesta la memoria. Esto último, la imposibilidad de recordar las cosas tal como sucedieron, es un hecho probado, como también lo es que cualquier recuerdo es filtrado y teñido por nuestro “yo” presente. No debe extrañar, por tanto, que la falta de fiabilidad de la memoria nos haya conducido a la autoficción, una narrativa donde los recuerdos verdaderos se alían con la imaginación. Pero, como ha resaltado el crítico francés Philipe Lejeune, para que la autoficción funcione debe establecerse un pacto entre autor y lector de tal manera que este último  profese un “acto de fe” ante el relato autobiográfico (y en parte falseado) que se le ofrece. 

Marcel Proust

Recordar es una de las bellas artes y ejerce su oficio con fines muy diversos: celebración, reconciliación, redención, testimonio, recuperación, ajuste de cuentas o evocación elegíaca, entre otros. Cada autor/a vuelve la vista atrás de una manera diferente, pero hay elementos recurrentes de los que nadie parece escapar y entre ellos destacan los recuerdos de infancia y primera juventud. La casa, la familia, las primeras impresiones sobre la existencia y el mundo, el descubrimiento de las sensaciones y los sentimientos o el despertar al sexo y al amor son pilares que sustentan cualquier vida y su correspondiente relato. 

Rafale Alberti y Maria Teresa León

Pero no olvidemos que en la escritura del yo ha habido grandes maestros, como en cualquier arte que se precie, verdaderos artífices de una tradición que se ha ido consolidando y ramificando con gran fuerza. ¿Cómo silenciar, por ejemplo, el avance que supusieron las Confesiones de Rousseau, obra truncada por su muerte, o la importancia capital de En busca del tiempo perdido. Proust elevó la memoria sensorial a la categoría de arte supremo y nos enseñó a tejer el recuerdo con emociones cotidianas (y no por ello menos excelsas) en una prosa de corte impresionista que parece “pintar” las vivencias  además de escribirlas. Otra obra crucial, que bucea y abarca la complejidad del “yo”, es Retrato del Artista Adolescente, de James Joyce, un prodigioso y descarnado exorcismo de los demonios carnales, espirituales y artísticos de su alter ego, el joven Dedalus. Joyce estableció con esta obra un modelo y un punto de referencia incuestionable para la denominada novela de aprendizaje, la crónica del tránsito desde la infancia hacia la madurez. 

James Joyce

¿Debemos deducir, por los ejemplos citados, que el arte de recordar(se) es eminentemente masculino? Las relaciones entre memoria y género constituyen otro debate inconcluso que suele conceder a la mujer grandes dones para relatar su intimidad y al varón mayor habilidad para la vida pública. Es cierto que los diarios- el registro de la cotidianeidad por excelencia – florecen en la comunidad femenina, como lo prueban los de Virginia Woolf, Sylvia Plath, Anais Nin o Rosa Chacel, entre muchos otros. Pero también han pasado a la historia los soberbios diarios de Tolstói, Kafka o Pessoa, lo cual demuestra que la maestría es independiente del género, si bien varían las experiencias según el espacio y el tiempo que les tocó vivir. Hoy en día asistimos a una proliferación del relato autobiográfico donde hombres y mujeres brillan por igual y parecen competir en impudor a la hora de exponer sus vidas. Porque, ¿se puede imaginar una autobiografía más volcánica y más torrencial que la que acaba de concluir Karl Ove Knausgard? Desde la publicación del primer titulo en 2009, La Muerte del Padre, el autor noruego se ha sometido a una cruda cirugía verbal que, a lo largo de 6 libros, disecciona recodos íntimos y no tan íntimos, lo que le ha supuesto laureles literarios, reyertas familiares y crisis personales. No debe ser fácil sobrevivir a la exhibición descarnada de esas parcelas vitales que, por su carácter íntimo, reclaman más silencio y menos verborrea.

Lucia Berlin

Aunque si la publicación se produce de manera póstuma, la muerte parece encargarse de aliviar la causticidad de algunas memorias, como es el caso de la gran Lucia Berlin, que vierte toda la miseria y el esplendor de su existencia en Manual para las Mujeres de la Limpieza y Una Noche en el Paraíso. No ignoramos que la técnica es  muy diferente en ambos autores: en Knausgard hay una radiografía exhaustiva y despiadada de sus días y sus universos, en tanto que Berlin enmascara sus nudos vitales en historias que quizá nunca ocurrieron así. Con ello la autora alcanza cotas insólitas de intensidad narrativa que se deben por igual a su delirante trayectoria vital y al voltaje narrativo, que a veces bordea el malditismo. De muy distinto signo, pero ciertamente interesantes, son las incursiones biográficas de Siri Hudsvet en Recuerdos del Futuro, una reconstrucción parcial del pasado a partir de unos diarios escritos en su juventud. Hudsvet encara versiones anteriores de sí misma y las valora desde la óptica del presente en un ejercicio pleno de sensibilidad e inteligencia. Y con la misma técnica-en este caso los diarios que su padre dejó antes de fallecer- aborda y abarca la memoria familiar en su última obra, Elegía para un americano. Pero sin duda la gran dama de la escritura del yo es la francesa Anni Ernaux, autora de un buen puñado de títulos donde deshoja las distintas mujeres que hay en una mujer- la hija, la esposa, la escritora, la ciudadana- tomando como marco su vida personal. Ernaux da un paso más allá en su aclamada obra Los años, donde pone la memoria individual al servicio de la experiencia colectiva y traza un vivo retrato generacional de la sociedad francesa, desde la posguerra hasta hoy. 

Karl Ove Knausgard

Recordar es inherente a la condición humana, pero el arte de combinar memoria y literatura depende en gran parte de la tradición heredada y de las circunstancias que rodean al autor/a. No necesita explicación, por ejemplo, la ausencia de escritura del yo en la España franquista y la expectación con que se leyeron los títulos de voces disidentes que iban surgiendo: Años de Penitencia de Carlos Barral, La Arboleda Perdida de Rafael Alberti o Coto Vedado, de Juan Goytisolo, que el propio autor definió como “un libre examen de conciencia”. En un país que emergía de una férrea censura y penalización de la expresión individual, nos hizo más libres saber de experiencias como, por ejemplo, La Tia Julia y el Escribidor, donde Vargas Llosa ficcionalizaba sus transgresores amoríos familiares, o la belleza y la honestidad de Gil de Biedma “saliendo del armario” en Retrato del Artista en 1956. En ese tiempo muchos descubrimos nuevos horizontes a través de la vida de los otros y supimos así que había más vida detrás del rígido blanco y negro que sufrimos  40 años. No cabe duda que en los países donde el silencio se ha impuesto durante largo tiempo suele emerger un clamor de confesiones y de secretos silenciados, en un afán por desvelar páginas sin escribir. Quizá sea en Irlanda donde se han publicado un mayor número de memorias de infancia y juventud que subvierten con fiereza la imagen idílica de la isla esmeralda. Se ha hablado incluso, por parte de la crítica, de “comercializar la miseria del pasado”, como es el caso de la aclamada Las cenizas de Angela, que acarreó algunos problemas a su autor, Frank McCourt, y a la que siguieron numerosas “imitaciones”.

Carlos Barral en un retrato de Oriol Maspons.

De todos modos, no solo en Irlanda nos encontramos con relatos de un pasado sombrío y difícil. Parece ser que la desdicha es más rentable literariamente que la fortuna y por eso escasean- hasta donde yo sé- crónicas de la felicidad o, dicho de otro modo, memorias que celebren la vida, a pesar de las sombras que siempre acompañan a los gozos. Tal vez sea ese-una dosificación adecuada de nostalgia y emociones- el secreto de Ordesa, de Manuel VilasEl balcón en Invierno, de Luis Landero, Recuerdos de Otra Persona, de Soledad Puértolas o Lo que me queda por Vivir, de Elvira Lindo. Todos estos títulos, entre otros, son el producto de cifrar la vida en lo cotidiano y de  saber compartir el color y el dolor del paso del tiempo.    

Soledad Puértolas

 En cualquier caso, siempre habrá memoria y memorias, de eso estamos seguros. Algún crítico ha apuntado que hoy la novela se nutre esencialmente de recuerdos por la ausencia casi generalizada de temas nuevos. ¿Se nos está  anunciando, una vez más, la muerte de la novela?  Me apresuro a decir que no la tememos, a pesar de tantas voces agoreras. Pero sí reafirmamos nuestra fe en el arte de recordar (se) y en su gran importancia como albacea de la vida.Y, por supuesto, nuestra fe en su probada inmortalidad, como glosan las hermosas palabras de Annie Ernaux: 

“ Como el deseo sexual, la memoria no se detiene nunca. Empareja a muertos y vivos, a seres reales e imaginarios, el sueño y la historia”.  ( Los años, p. 18).  

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