Vladimir Bukovsky: la muerte de un hombre valiente

«Esquizofrenia latente» era el término que inventaron los psiquiatras de la antigua URSS para justificar el enclaustramiento en clínicas psiquiátricas de castigo, donde se torturaba, de miles de disidentes o espíritus críticos con el sistema comunista de entonces. El instituto Serbsky de Moscú dio cobertura pseudocientífica a la lógica simple que les marcaban los dirigentes políticos: los que se oponían a la línea política oficial eran considerados como propagadores de ideas perturbadas, es decir, eran convertidos en enfermos mentales peligrosos que debían ser apartados de la sociedad. Así se conceptualizó este síndrome que ponía a cualquier ciudadano bajo sospecha, solo bastaba con que manifestara ideas críticas al régimen, que participara en manifestaciones, que redactara cartas de protesta o denunciara públicamente cualquier abuso. Se consideró, además, que era una deformación genética del pensamiento (hereditaria, por tanto) y que todo aquel que era diagnosticado alguna vez de padecerla podía a lo sumo quedar libre de sintomatología temporalmente, pero la enfermedad en sí misma era ya incurable. Por eso los internamientos duraban unos cuatro o cinco años al menos y siempre quedaba latente la amenaza de volver a ser internado. El caso de Petro Grigorenko , un general héroe de la segunda guerra mundial, fue especialmente significativo.

Curiosamente esta práctica comenzó en 1959, cuando Nikita Kruchev criticaba los abusos del estalinismo (y ya no podía utilizar sus expeditivos métodos), y abarcó la década de los sesenta y los setenta del siglo XX. En 1971 el disidente Vladimir Bukovsky consiguió pasar a Occidente documentos que probaban este inicuo uso de la psiquiatría en la URSS y otros países del este, pero los organismos psiquiátricos internacionales tardaron mucho en denunciar estas prácticas y hasta 1977 el congreso Mundial de Psiquiatría no hizo una censura oficial. La directora del instituto Serbsky, Tatiana Dimitrieva, todavía en 2008 mantenía la opinión de que no hubo ningún abuso político sistemático en su especialidad y la psiquiatría oficial rusa no ha había hecho ningún tipo de autocrítica. Los médicos que participaron en tales acciones abusivas, si no se encontraban jubilados por edad, seguía ocupando puestos importantes y revestidos de dignidad. En China parece que se han utilizado métodos similares que nadie critica especialmente y es muy conocida su utilización en la RDA por la película «La vida de los otros».

Recuerdo estas cosas que leí hace unos diez años en Mente y Cerebro cuando que ayer murió a los 76 años, en Cambridge, Vladimir Bukovsky. A veces nos creemos especiales pero por desgracia el siglo XX ha demostrado que todo poder autoritario ha encontrado siempre médicos, generalmente los mas prestigiosos (que lo eran precisamente por eso) que lo apoyen y le den cobertura ideológica. Nuestra aparente mentalidad científica muy a menudo está sesgada por sistemas cerrados de creencias u otros intereses o presiones de todo tipo sobre todo en los sistemas totalitarios de cualquier signo. En nuestro país la dictadura franquista también tuvo una psiquiatría oficial que le dio cobertura, que hizo psiquiatría política (sobre todo Antonio Vallejo Nájera) durante muchos años (se puede leer sobre el tema en el tercer tomo de la Historia de la locura en España de Enrique Gonzalez Duro. Temas de Hoy 1996) asombrosamente no reeditado y casi inencontrable hoy en día, lo que supone que estos hechos son difícilmente conocidos por los psiquiatras jóvenes.

Es asombroso y triste observar como esos disidentes soviéticos que, durante tantos años, se jugaron la vida y pasaron todo tipo de calamidades han sido en general olvidados; cómo, en la nueva Rusia, han seguido encontrando motivos para seguir luchando casi por los mismos motivos; cómo, en muchos casos, volvieron a alcanzar el poder los mismos que lo tenían antes defendiendo aparentemente otras banderas (el caso de Yeltsin es paradigmático pero pueden encontrarse muchos ejemplos en todos los países del antiguo bloque del este).

Por eso, ahora que surgen con frecuencia en occidente activistas de muchas causas, más o menos nobles que, por suerte, corren muy poco riesgo en defender, no hay que olvidar a los que defendieron causas inequivocamente justas, jugándose su vida y su libertad, muchas veces ignorados y vilipendiados por intelectuales que vivían en sociedades occidentales desde las que defendían tiranías inhumanas. El caso de Sartre y de su grupo de «Les Temps Modernes» es paradigmática. En 1954 al volver de Rusia, probablemente mientras tomaba sus dos copas de coñac en el «café de Flore», después del desayuno, declaró: «En Rusia existe una total libertad de critica». En «Pasado imperfecto» de Tony Judt pueden explorarse los detalles de esa infamia a veces no demasiado reconocida.

Lo que lleva a la importancia de mantenerse alerta, de aprender de la historia y no justificar fácilmente el silencio o la colaboración con situaciones que vayan contra los derechos humanos. Sobre todo porque, en la misma situación, muchos otros no claudicaron, a pesar de todos los riesgos. Y porque, gracias a ellos, podemos valorar la importancia y la fragilidad de vivir en sociedades más abiertas que permiten la crítica y el intercambio de ideas. Lo que siempre exigirá el compromiso de defender un pensamiento libre que es el que nutre la auténtica ciencia y que debe resistirse a cualquier intento de manipulación, venga de donde venga.

In memoriam

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