Covid-19: «la luna miente…»

"Dos y medio fotógrafos"

«La luna miente», nos decían de pequeños, cuando parece una «C» no está creciendo: es entonces cuando está menguando. La miro ahora, en la noche del principio de la primavera, creciente en el cielo y adornada por Venus a su derecha, muy cerca de las Pléyades, como el ojo brillante de un dios griego que seguirá ahí tanto tiempo, ajeno a la epidemia y al devenir del destino de los hombres que, ahora, hacen cuarentena metidos en sus casas, anhelando que todo acabe cuanto antes para seguir con sus vidas pero intuyendo que navegan en el mar de un presente que está sucediendo todavia, y es fatalmente incierto aunque se le trate de aplacar con expectativas demasiado teñidas por los anhelos y sus emociones.

Es el tiempo de la extrañeza de mirar la misma ciudad, ahora vacia, convertida en el decorado de una pesadilla para tanta gente, los mismos lugares conocidos que ahora nos trasmiten las ausencias que comienzan a habitarnos, la nostalgia de lo que, a veces, tanto creíamos detestar cada día: el sonido del despertador, el ruido de los coches, los gritos de los niños, el aburrimiento de la oficina, la compra en el supermercado lleno de gente. También del sostén que nos proporcionan las pequeñas rutinas o las cosas que nos gustan y nos protegen sin saberlo, lo que parecia una rutina sin importancia y sin embargo era tan importante: el olor del café en el Trokanto por las mañanas, el rumor de los pacientes en la sala de espera, la visita al kiosko de Esteban para ojear las revistas y comprar caramelos, el vino blanco en «El patio de mi casa» algunos días de sol cuando ya se había terminado la jornada, las cañas de los viernes. Y, sobre todo, las conversaciones cara a cara con amigos o enemigos, los besos de saludo o despedida, las manos de los otros, los encuentros con desconocidos, las calles encendidas por la vida. La conciencia de la suerte de vivir en un mundo donde la la tecnología aporta vias paralelas para, a pesar de todo, mantener la comunicación y los vínculos, para ver las caras de los que queremos o nos preocupan, las finas conexiones que nos ayudan a sustentarnos.

«Dos y medio fotógrafos»

La extraña normalidad que se alcanza tan rápido. Las reuniones de las mañanas con mascarillas y batas verdes donde primero contamos los que faltan porque han dado positivo en el test, los mismos que estaban ahí al lado ayer o hace tres días, haciendo lo mismo que hacíamos nosotros: entrando y saliendo de las mismas estancias, viendo los pacientes de forma parecida, vestidos con los mismos vestidos, haciendo las mismas curas o procedimientos. Ese azar que vuelve misterioso la causalidad del contagio, su propia evolución en una persona en concreto, esa interacción entre el virus y cuerpos, siempre distintos, con defensas o debilidades que siempre ignoran. La convivencia con el enemigo invisible que sabemos que está por ahí pero con el que creemos establecer ciertos pactos de no agresión que nos aportan cierta (falsa) seguridad. Lo rápido que evolucionan los hechos. Lo que haciamos solo hace dos días que ahora parece tan viejo, los teléfonos a los que habia que llamar que ya han desaparecido, la reflexión sobre nuestro papel en todo ésto sin demasiadas instrucciones, como si fueramos un grupo de alguna Resistencia que se reinventa con la evolución tan rápida de los acontecimientos.

«Dos y medio fotógrafos»

La reflexión sobre el papel de la Atención Primaria en ésta crisis y las controversias que está creando en los lugares más afectados. La conciencia clara que tenemos de lo que tendríamos que hacer. Diagnosticar y evaluar los casos con sospecha de infección: derivar al hospital a los graves, mitigar la angustia de los contagiados leves en sus domicilios, alentarlos, darles instrucciones realmente eficaces, estar pendientes de cualquier signo de alarma. También ayudar a sustentar a los pacientes sin el virus en sus casas aprovechando que los conocemos: hablar con ellos por teléfono, apoyarles, facilitarles la medicación, resolverles los problemas habituales que siguen sucediendo, intentar que no tengan que ingresar en el hospital. La rapidez con que todo esto se ha convertido en nuevas rutinas: las neumonías que detecta el ecógrafo como destellos verticales una y otra vez, los pediatras que llaman a gente mayor, las asistentes sociales que buscan recursos, los administrativos que organizan papeles interminables y contestan de continuo al teléfono.

«Dos y medio fotógrafos»

Los escenarios delirantes que nunca creímos que tendríamos que contemplar: los mayores con muchos factores de riesgo y clínica muy grave que nos pueden llamar desde sus casas, que quizá pronto no tengan sitio en el hospital ni podremos derivar a ningún otro lugar porque no se podrá conseguir una ambulancia. Lo que deberíamos hacer (nunca dejar de prestarles ayuda hasta el final) y lo que realmente podríamos hacer, si llega el caso, con los medios que realmente tenemos, con la falta de material de protección realmente eficaz, con la situación real de cada familia si es que la tienen, sin un plan homogéneo, coordinado, adecuadamente dotado de medios y explicado previamente a la población. Volver luego a nuestras casas tras haber estado en un entorno de gran carga viral. La paradójica contradicción entre la asistencia ineludible y la posibilidad de contagio ascendente de la que además seríamos víctimas y vectores. El debate social ya en los medios, la dificultad de la toma de decisiones incluso en las UCIs, los aspectos legales, la resaca del resentimiento cuando todo esto acabe. Lo que es difícil incluso visualizar hipotéticamente a pesar de la pesadilla de las cifras de contagiados y muertos. Las voces de algunos que critican que protejamos a los que se pasaron todas su vida trabajando y nos hicieron llegar hasta aquí. El enfoque del sacrificio generacional para salvar nuestro estilo de vida y no parar la economía. Lo que algunos con tintes populistas hicieron mal (como nosotros) y otros hicieron mucho mejor.

«Dos y medio fotógrafos»

Miro la luna que miraba con mi amigo Victor, en los cielos llenos de astros de aquellos veranos que creíamos interminables para los dos, con la zozobra de lo que puede desaparecer de nuestra experiencia, en un instante, para siempre, y pienso en los miles de ojos que no la verán dentro de siete días. Anticipo lo que todavía queda de cuarentena y sus límites como remedio eficaz (también sus efectos secundarios), en que no lo será demasiado si no hay protecciones eficaces para los que las necesitan, si no hay test masivos que permitan identificar rápidamente a los contagiados y a los ya inmunes, si la epidemia no se frena sola por la temperatura o surgen pronto tratamientos. Tengo un recuerdo para esa compañera tan joven que murió ayer como un gran médico que estuvo a la altura de las circunstancias justo cuando había que estarlo, en su mala suerte, en los caprichos del azar que rompe todas las estadísticas.

La frase de Popper otra vez: «Rechazad la fragmentación del conocimiento, pensad globalmente, no os dejéis sofocar por el crecimiento de las informaciones, rechazad el desencanto de Occidente y el pesimismo histórico, ¡ya que tenéis la suerte de vivir en el siglo XX(I) No caigáis víctimas de la nada, ni del terrorismo intelectual, ni de las modas, ni del dinero, ni del poder. ¡Aprended siempre a distinguir lo verdadero de lo falso!».

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