Cocooning vs. cloistering

Fotografía Guy Le Querrec

En la actualidad, los seres humanos supermodernos hacemos muchas cosas que acaban en “ing”: footing, spinning, shopping… con tal de que sea muy trending. Pero hace muchos, muchos años… allá por los ochenta del siglo pasado, ya había cosas con sufijo ing. Un ejemplo muy curioso es el cocooning, que puso de moda la gente guay de las Américas del norte, los yupis de la new-age, urbanitas con sobradas capacidades y luengos recursos, pero saturados de estrés laboral y actividades sociales. Cansados de tanto agobio y tanta artificiosidad, les dio por verdear sus viejos sueños de paz, amor y relax, acordes con su hipismo trasnochado. Para ello trataron de practicar un nuevo estilo de vida que alguien, de nombre Faith Popcorn (sic. Palomitas de Maíz), y de profesión buscadora de tendencias, lo que viene a ser ahora una influencer, le puso ese nombre, cocooning, que en español se tradujo como cocoonismo.

Fotografía Guy Le Querrec

Aunque parece innecesario que lo aclare, quizá convendría explicar que cocooning viene de cocoon, sustantivo, que significa capullo, y de cocoon, verbo, que significa esconderse. En suma, equivaldría a esconderse en el capullo de la casa. En eso, esencialmente, consistió su nuevo estilo de vida.
Insisto, la idea surgió como adaptación vital para huir del bullicio de la urbe, del apresuramiento vital, de la agotadora lucha por el éxito laboral y social, de la infosaturación y la mercadofrenia. El objetivo era promover una vida sosegada y doméstica, familiar y mullida, afín al viejo dicho como en casa en ningún sitio, y acorde con el clásico beatus ille de Cicerón, y la vida retirada de Fray Luis de León. Nada nuevo bajo el sol, pero al ponerle el ing detrás, el concepto quedaba muy in, muy fashion.

Fotografía Guy Le Querrec

Para lograrlo, decidieron encerrarse en sus distinguidas viviendas, amplísimos loft, planísimos flat, escalonados duplex y luminosos penthouses, y practicar una vida retirada del estrés profesional y social. Una nueva forma de convivencia, sin convivencia, centrada en la protección del individualismo tras las almenas de su vivienda-fortaleza, pero compatible con la actividad laboral y social.

Las personas que siguieron esa tendencia, perseguían las ventajas del aislamiento domiciliario frente al hostil medio social, el equilibrio del cuerpo y la mente, la protección de su salud mental y física, y, de paso, mantener sus aspiraciones profesionales y nivel socioeconómico, que no era, de hecho, nada malo.

Pero el nuevo estilo de vida, además de cambios en las actitudes, precisaba desarrollar nuevas tendencias en habitabilidad, decoración, estilismo, comunicación, etc. Así fue como se iniciaron tendencias como el homeing y la homewear, lo que viene a ser como el actual estilo zara-home. Pero como comer y beber siguieron necesitándolo, y trabajar para ganar y gastar dinero también, se tuvo que desarrollar el telecommuting (teletrabajo) y las teleshopping (telecompras). Eso se pudo hacer gracias a que ya se habían desarrollado los primeros ordenadores domésticos, personales, conectados con una red informática incipiente, los cómodos mandos a distancia, e incluso los primeros motorolas portátiles.

Fotografía Guy Le Querrec

Cierto es que no fueron muchos, pero los verdaderos cocoonitas disfrutaron de su nuevo estilo de vida, encerrados en sus homes (hogares) liberados de ritos sociales cargantes, y compartiendo su intimidad con la familia más cercana y un selecto círculo de amigos. Encontraron la felicidad entre las cuatro paredes de sus casas, en los hábitos atenuados en formas pero sofisticados en costumbres. Es como si los cocoonitas, hombres y mujeres de una edad joven-madura y afectados por una especie de agorafobia social, compensaran la pérdida de conexiones sociales – ojo, no había redes sociales -, con un sibaritismo refinado en la mesa, la ropa, la decoración y las diversiones al alcance de su mando a distancia y sus computadoras personales.

Aquella moda, todo hay que decirlo, paso sin pena ni gloria, pero eso sí, dejó huella, especialmente en países más desarrollados, y con clima poco favorecedor de la vida exterior. Pero, sigamos esa huella.

Fotografía Guy Le Querrec

A día de hoy…

Desde que se generó el concepto y acuñó el término, se han producido grandes avances que, de persistir, lo habrían facilitado. Entre otros, el desarrollo y la expansión de internet, la invención y perfeccionamiento de las TIC, la mercadotecnia del servicio y venta a domicilio, y las tendencias empresariales conciliadoras entre trabajo y familia.

Conclusión que el viejo cocooning despareció para dejar paso, no ya a una moda rosicler de personas superpijas, sino una opción de vida atractiva para cada vez mayor número de personas. Pero a esta forma de vida, que ahora es perfectamente factible y no un privilegio de hippies trasnochados, ni le hemos puesto un nombre con ing, ni nos interesa especialmente en este post. Tiempo habrá.

Fotografía Guy Le Querrec

Nos interesa relacionar el cocooning con lo que está sucediendo en el mundo en los últimos meses. La catástrofe del coronavirus apocalíptico, que ya es tan diablo social como virus biológico, ha hecho que retomemos aquellos viejos conceptos, que ahora, por mor de la coyuntura, han pasado de ser una elección a una necesidad, de una invención a una imposición.
Por eso, lo bondadoso del concepto “esconderse en el capullo de la casa”, ha pasado a ser ansiedad, miedo o intolerancia. El confinamiento (cloistering), que en modo cocooning se asocia con elegancia y libertad, en modo COVID lo asociamos con reclusión y prisión preventiva.

Las modas pasan pero siempre se renuevan. Ahora el cloistering más que moda y tendencia, es modo y circunstancia, y esperemos que pronto pase.
Pero mientras tanto quizá podamos aprender algo de aquellos viejos soñadores. En el modo cloistering, casi todos los ing están limitados o prohibidos, como el footing o el shopping, pero podemos hacer windowning, balconying, terraceing o gardening, esto solo los más afortunados.

Fotografía Guy Le Querrec

Mientras dure, que ojalá no sea tanto, para no acabar padeciendo un síndrome de cloistering, y volvernos tarumbas en soledad o en familia, podemos recordar que el trasnochado coccoonismo enlaza con conceptos muy clásicos y bondadosos de estilo de vida, la ansiada vida retirada, el encomiable beatus ille de los privilegiados, pero también con algo al alcance de cualquiera, que consiste en convertir la vivienda en hogar, dulce hogar.

Ya sé que es difícil coexistir en cuarenta metros cuadrados y sin balcón, convivir sin tensiones una familia con niños en un piso pequeño, el día a día cara a cara y codo con codo con personas ancianas o enfermas, lo sé de sobra, pero si me permiten, en consonancia con la principal aspiración de mi profesión, que es aliviar los sufrimientos ajenos, les voy a hacer el mismo regalo que les hice a mis hijos cuando se fueron a vivir a los “30metroscuadrading” de los madriles, a ese modo de vida que alguien, muy acertadamente, ha llamado chabolismo vertical.

Les escribí una frase, y se la enmarque humildemente, para que la colgaran en las paredes vírgenes de sus apartamentos:

“Por muy pequeña que sea una casa, siempre habrá sitio para las ganas de vivir”.

Etiquetado en
,
Para seguir disfrutando de Jesús de la Gándara

Hesse: el acuarelista inquieto (y II)

Autoterapia con acuarelas Si en la primera parte quedó claro que la...
Leer más

2 Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.