El mito del “buen salvaje” en el cine norteamericano reciente

No somos los señores de la naturaleza, sino sus alumnos

Albert Einstein.

Cuando J.J. Rousseau leyó en un periódico acerca de la convocatoria del concurso que le permitió escribir contra el progreso, iba por el campo camino de visitar a Denis Diderot en la cárcel de Vicennes, y se dice que cayó en el sendero y lloró. Las cosas le iban muy mal en Paris, y de repente vio el cielo abierto, sin tener en cuenta el que se abría en torno a su cabeza. Las lágrimas eran lágrimas de alegría, y ya podía entusiasmarse, pues había encontrado la ocasión de propalar una de las mayores y más queridas patrañas del pensamiento occidental, una patraña que iba a hacerle ciertamente famoso. Que era una patraña como una catedral ya lo había enunciado antes David Hume mediante lo que denominó la “falacia naturalista”, que señalaba que es una trampa, un error lógico, confundir el ser con el deber ser. O dicho de otra manera: a la modernidad naciente no le era lícito retornar a la ingenuidad del mito hesiódico de la Edad Dorada, pensando que nuestras descripciones racionales del mundo son normas asimismo racionales, y están enfocadas a erigir un mundo perfecto como el que ya existiera en los albores de la Humanidad.

J.J.Rouseau

Sin embargo, J.J. ganó el concurso, como él tenía previsto, el muy pillo, y en consecuencia cambió en gran medida la historia. Qué ocurrió inmediatamente después por todo el mundo blanco e ilustrado viene relatado en las charlas de historia Franklin y Europa, de Jesús Pabón, que recomiendo fervientemente. Pero conste que en su momento, gente como Voltaire estuvo frontalmente en contra (él fue el que dijo que Rousseau parecía pretender que todos volviésemos a andar a cuatro patas…) Porque Hume y Voltaire entendían que hay que tomar al hombre por lo que es y no por lo que sueña ser, a riesgo de edificar la antropología sobre unas bases falsas. Sin embargo, sobre la fantasía del “buen salvaje” hasta los norteamericanos han fabricado un millar de películas, y me atrevería a decir que también han llegado a votarle en la figura de Theodore Roosevelt o, más recientemente, George W. Bush –el ascenso de Donald Trump más bien juega en otra liga imaginaria o ideológica, la de la “destrucción creativa” del empresario schumpeteriano. Hablaré, muy por encima, de cuatro de ellas muy características y cercanas a nosotros, pero no sin antes extenderme un poco sobre la justificación o no “injustificación” filosófica de semejante mito, el mito que dice que bajo la cáscara de una sociedad corrupta y podrida (y desde este punto de vista todas lo son) yace un modelo de hombre inmaculado, virgen, dechado de todas las virtudes e inocente como la naturaleza misma de la que ha brotado como una palmera soleada y fresca en una isla del Pacífico nunca hollada por el pie humano -que es, por cierto, donde comenzó todo…

Hume

Circula por Internet un presunto “documento de los Papalagi” que pasa por ser el informe antropológico genuino de una sociedad indígena de ese nombre en la que todo funciona bien, y donde los hombres viven atados por lazos de cordura, cordialidad y solidaridad. No sería extraño que ese documento sea otra película más montada por una especie de Carlos Castaneda apócrifo. El mito tiene una enorme fuerza seductora, qué duda cabe, aunque no resista el menor análisis. Toda una tradición iusnaturalista católica se ha enredado en el problema de que, si hay leyes morales naturales, cómo es que no se cumplen ininterrumpidamente en la conducta del hombre. Puesto que son necesarias, no deberían tener excepción. Por cierto que este fue el problema asimismo que convirtió la Academia platónica en escéptica tras la muerte de Platón: cómo es que si hay Ideas, y son paradigmáticas, o sea, normativas, el mundo sensible se empeña en violarlas una y otra vez. Es decir, por qué los hombres de las sociedades avanzadas somos tan pérfidos que infringimos constantemente con nuestras costumbres la legislación moral natural que sin embargo está tan clara entre los felices miembros de la tribu los Papalagi… Contra todo ello tenemos un alegato poco célebre pero contundente, que se halla al final de La filosofía del tocador  del Marqués de Sade. El texto creo que se llama “Un esfuerzo más”, y trata de mostrar el absurdo de tachar cualquier comportamiento de antinatural, a propósito de acabar con la ética tradicional además de con la política tradicional en el marco de la Revolución Francesa. El argumento, si no recuerdo mal, es inexpugnable: nada de lo que puede darse en la naturaleza puede ser calificado de antinatural sin contradicción. El que así lo hace esconde una teología bajo el manto, ya que entiende como natural no el entero orbe inmanente, sino tan sólo un estrato del mismo que refleja el designio de Dios. O sea, que comprende como antinatural lo que está en contra de la voluntad (racional o no) del Altísimo traducida en leyes, las cuales se hallan, pues, fuera de la naturaleza, y no dentro de ella, según razona Sade. 

Dersú Uzalá

Lo curioso es que esto sucede continuamente en Filosofía, pero también en el mero sentido común. Si las acciones de los hombres o de los pueblos nos parecen crueles o dementes las adjetivamos como inhumanas o monstruosas. Sin embargo, no se entiende por qué iban a ser menos humanas que las rectas o buenas a no ser que creamos, como advierte el divino marqués, en una legislación sobrenatural que las prohíbe. En contra de Platón, la esencia humana no se expresa más o menos en diferentes individuos, sino que se cumple íntegramente tanto en el jorobado como en el cachas, en el altruista como en el tirano. O por lo menos eso es lo que enseña la pura experiencia libre de juicios de valor. Los relatos de “antropología inversa” son necesariamente platónicos, puesto que comparan nuestro modo de vida con la Idea del Hombre que se encarna en la cultura observadora, sean los persas de Montesquieu, los marroquís de Cadalso o el extraterrestre de Eduardo Mendoza, Gurb -y entre los cuales en la realidad “real” habría tantos “jefes, cabecillas y abusones” como en nuestra región del planeta, por decirlo en los términos del ensayito antropológico de Marvin Harris. Y, claro, eso no tiene nada de “inverso”: los platónicos somos nosotros mismos. Ni tampoco de “antropológico”, me atrevería a decir, puesto que se juzga también un entorno tecnológico, ecológico, histórico, etc., que es lo que hace a cada hombre ser lo que es, no siendo posible aislar este último factor de sus condicionantes.

Bailando con lobos

Lo que sí que es verdaderamente antropológico, pienso yo, es el experimento del encuentro mismo que representa eldocumento en cuestión, sea real o mixtificado. Que una cultura se tope con otra y trate de traducirla a sus parámetros: ahí sí tenemos una acción privativamente humana. Pero como dijo Spinoza al comienzo de su Tratado Político, una ética y una política que no consideren al hombre tal como es, sino que establezcan a priori cómo querríamos que fuese, no son una ética ni una política propiamente, sino una sátira disimulada. Esa es, pues, mi conclusión personal, la de que quién lee crédulamente Los Papalagi está leyendo una sátira, no importa quién sea su autor. En comparación, la mierda de escritos de Sade son mucho más científicos, sin duda, puesto que informan sin deformar. Otro tema es cómo se hacen una ética y una política a posteriori, es decir, sin falsear los datos iniciales, por tanto sabiendo que una mala bestia como Pinochet también es una posibilidad tristemente real de ser humano y que EEUU, por ejemplo, es una organización política y social tan representativa de nuestra especie como la Cuba revolucionaria para quien le guste o la actual Finlandia del Estado de bienestar. Pero esa ética a posteriori es, sin duda, otro tema, el tema, tal vez, de nuestro tiempo, como diría el cursi de Ortega y Gasset…

Avatar

Mi tema ahora son las películas sobre el buen salvaje norteamericano. También las hay de otras naciones, como el Dersú Uzalá ruso, pero tienen mucha menor difusión. Célebre es Bailando con lobos, que ha sido versionada después como El último samurái y ésta a su vez como Avatar, en un encadenamiento de plagios donde los pueblos que encarnan al buen salvaje son cada vez más remotos y ficticios, hasta dar de lleno, en la última, con la quimera absoluta. Es interesante precisamente esta progresiva des-realización del mito, de tal manera que al final hay que reconocer tácitamente que el buen salvaje tendrá que ser un ente larguirucho y azul de otro planeta, una suerte de pitufo hiperdesarrollado que ningún antropólogo ha estudiado ni estudiará jamás. Pero las películas que me interesan aquí son La costa de los mosquitos, de 1986, Hacia rutas salvajes, de 2007, Alma salvaje, de 2014, y Captain Fantastic, de 2016. En ellas el mito se desdibuja y pierde consistencia hasta casi desvanecerse en una ilusión terapéutica.

La primera, del australiano Peter Weir (no podía ser de otro), termina en tragedia, como Hacia rutas salvajes, que adapta una historia real. Ambos protagonistas se llevan a sí mismos, y con ellos a sus familias, hacia la destrucción en nombre de la pureza del buen salvaje, sencillamente porque no están personalmente preparados, o porque el mundo real es mucho más complejo y letal de lo que pensaban. En las dos últimas, Alma salvaje y Captain Fantastic, la degradación del ideal está todavía más clara: si intentas la vida del buen salvaje más vale que sea temporalmente, y con fines catárticos, como en Alma…, o precipitarás a tus seres queridos por un barranco existencial, como en Fantastic. Por eso estas dos terminan con un retorno a la civilización, con un pacto con las convenciones sociales, tras la aventura en territorio virgen, tras el experimento de huir de todo y empezar de cero.

Parece, entonces, que al menos en el cine norteamericano reciente Rousseau ya no conserva el crédito que tenía antes, sin que ello nos arrastre al cinismo social de Voltaire. Vivir en las sociedades tecnificadas actuales tiene sus desventajas, pero mayores perjuicios se obtienen si osas salir de ellas. Hay que llegar a una entente, a una componenda que nos permita vivir bien y humanamente en un entorno que en muchos aspectos procura generar ciudadanos estúpidos y satisfechos. Formar parte del rebaño sin ser rebaño, no darlo todo por perdido y acaso trabajar por un cambio desde dentro. No es cierto, sencillamente, que la civilización sea un estado de degeneración de una esencia original prístina, esto es una invención flagrante de Rousseau que luego fue revisitada en términos más pesimistas y rebuscados por Freud en El malestar de la cultura. Los señores y señoras de sus respectivas épocas se sentirían muy escandalizados a la par que atraídos por ello, pero no es verdad, es una simplificación ridícula de las cosas. La civilización es la creación de dispositivos, artefactos y leyes que expresen la naturaleza humana en tanto que poniéndose límites a sí misma, y ese es un proceso que, siguiendo esta vez a cierta lectura de Hegel, no parece tener un fin claro y rotundo.

Las películas que he mencionado no se meten en eso, no hacen exactamente filosofía, pero parecen presididas por una fuerte intuición: el hombre está fracasando en su intento de ser el amo de la naturaleza, pero igual de difícil sería ser su alumno, conforme a la frase de Einstein, en condiciones de soledad y salvajismo. Hemos, pues, de olvidar los arrebatos de Rousseau de una vez, que ya es hora… 

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2 Comentarios

  • Muy interesante este análisis desde la perspectiva de la “falacia naturalista”. Ahora bien, yo analizo la idea de “contrato social” de Rousseau y no veo que se proponga un “regreso” a una edad dorada sin más. En todo caso, opino que a Rousseau le asistiría una idea de armonizar las voluntades para la superación de una situación “degradante”.

  • Le asistió esa idea, sí, y le tuvo frenéticamente ocupado una temporada, pero, como sabes, después de acumular casi mil páginas en las que se hizo un lío total sólo publicó una selección de ellas y pasó a escribir acerca de sí mismo y su alma dolorida, que se le daba mucho mejor. Lo planteas como una paradoja, pero creo que no lo es. Rousseau es ese hombre que propuso un vector del progreso ilustrado que tiene más de nostalgia de Esparta que de anhelo de futuro, pese a que El contrato social fuera reivindicado por Simón Bolívar y otros. Bueno, tal vez sí sea una paradoja… En fin, yo estoy más del lado de Voltaire: primitivismo es primitivismo, no es la Arcadia de la Voluntad General. Gracias por leer y por el comentario.

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