Lecturas para quedarse en casa (El Decamastrón…)

Lecturas para quedarse en casa

And the birds up on the wires and the telegraph poles
they can always fly away from this rain and this cold (…)

From all of these signs saying “sorry but we’re closed”,
all the way down the Telegraph Road….

Dire Straits

Antístenes el cínico, el inventor del cinismo en realidad, decía que la filosofía le había enseñado al menos una cosa: a hablar consigo mismo. Todo el mundo, claro, habla consigo mismo -con lo que espera hablar con Dios un día, según Machado-, pero que exista una disciplina que te enseñe a hacerlo, y a hacerlo bien, con conciencia y sin darse demasiadas cosas de matute a uno mismo (todas es imposible: hace falta un mínimo de autodefensa embaucadora), es ya lo discutible. Yo creo que la filosofía raras veces lo consigue, más bien al revés. Tipos que son capaces de tragarse sin chistar la mitad de las fanfarronadas que Nietzsche suelta por cada entrevisión interesante, o que subrayan párrafo a párrafo a Deleuze/Guattari como si eso no fuese mera Contracultura haciéndose la fina, difícilmente podrían ser capaces de ser honestos con su propio espejo. El cine tampoco, porque el cine es el espectáculo que erige ídolos completamente irreales, y en este sentido es mucho más cine la saga de Indiana Jones que Mater amatísima, que desgarra el alma de puritita verdad-verdadera. La música ni por casualidad, la música está ahí para hacernos sentir que tenemos alma, y que ese alma tiene una razón sagrada en sentir lo que siente.

Así que, hoy en día, para conquistar la destreza de Antístenes, sólo nos queda la literatura. La literatura, en mi opinión, sí que nos capacita para dialogar con nosotros mismos, porque nos aporta una visión desde fuera de nuestra propia complejidad. Es, creo, como los tratamientos médicos no-invasivos: te permite echar un vistazo a lo que hay en tu colon, por ejemplo, sin rajarte el abdomen ni tocar tu colon. Ese vistazo no es el colon, es un daguerrotipo en color ultravioleta del colon, pero casi que se nos hace más llevadero así -nadie querría tener un colon real metido en un frasco en la estantería del dormitorio.  Antístenes no pudo conocer eso, porque en su época no había novelas (había algo mejor: filosofía real, algo payasa, pero no “libros de filosofía”). Así que voy a recomendar algunas viejas novelas, por si alguno de vosotros tiene que recluirse un tiempo en casa, se pone a teletrabajar y esas cosas -cuidado, que eso lo carga el diablo, y a los ojos de tus jefes pasas a estar disponible a todas horas…-, y le cierran las vías de comunicación de su ciudad: cien veces mucho más neorrealista que Rossellini sería un Madrid città chuisa.

La literatura tiene además dos ventajas. La primera es que durante siglos se ha considerado un acto moral. Cuando lee uno no sólo se entretiene, como en la bolera, o se informa, como en el periódico, además mejora como persona. Mejoras como persona aunque leas al negro de Ana Rosa Quintana, o al monstruo del pitillo, Houllebecq. Y la segunda es que para leer puedes adoptar nuestra postura más habitual, aquella que pronto se esculpirá en las estatuas, con la cabeza gacha mirando el móvil. O eso o echado en la cama. Si Boccacio escribiera hoy lo titularía El De-camastrón… Son, por consiguiente, diez:

1) Cervantes se equivocó, no hay nada más representativo de lo que ha sido la literatura occidental que la novela de caballerías. Es cristiana y es pagana a la vez, aparecen el campo y la ciudad, hay aventuras y al tiempo largos y floridos parlamentos, se exalta el amor, pero sin ocultar que se halla escoltado por dragones… Pero lo mejor, lo más significativo de ese tipo de relato, es que los grandes valores que encarna el caballero andante sólo pueden ser literarios, puesto que escasean desdichadamente en la realidad extra-libresca. Así que si sólo tienes tiempo para leer un único libro, que sea aquel en el que habitan en su máximo grado la búsqueda, el valor y la generosidad, aunque no sea una temática demasiado original; porque para leer otro que trate del fracaso o la engañifa que encubren en su plasmación material estas tres grandes ficciones poéticas ya tienes la vida real. Hasta el propio Cervantes se dio cuenta, a medida que crecía su novela, de que el último caballero andante merecía un final digno y no un internamiento en un psiquiátrico. De modo que puestos a leer, lee lo que sólo podría ser lectura, es decir, idealización de la realidad  (y que, por cierto, coincide enteramente con lo que podemos encontrar en un cómic o película mala, o fácil, pero totalmente inverosímil, o sea, aquellas cuyo argumento trata simplemente de alguien fuerte que se decide a hacer lo que nadie esperaría de él, ni el mejor de los sueños: usar esa fuerza para defender a los más débiles, como he mencionado antes del inigualable pero fantasioso Indiana Jones. Chrétien de Troyes, además, lo hace muy bien y nunca es pesado ni moroso –pongamos Perceval y el cuento del Grial, que, aunque incompleto, es el primero de los suyos…

2) Pero para mirarse de verdad a uno mismo, te guste o no lo que vayas a encontrar, vamos a por las bestias pardas de la modernidad literaria. La línea de sombra, de Joseph Conrad, es una novelita relativamente corta para ser suya, y no tan angustiosa como las demás. El título puede llamar a engaño, ya que pudiera parecer una frase rimbombante de esas que dan nombre a los folletines actuales y que no significan nada –os juro que el otro vi en un escaparate un tocho caro, de tapa dura y de portada llamativa denominado Los peces sólo flotan muertos (¿??). Podría tratar de cualquier cosa, podría ser una pintada en Lavapiés. Conrad ya sabía eso, lo de los peces, hace poco más de cien años, porque fue marinero e incluso capitán, “soy capitán”, como en la canción de La bamba. Todos conocéis a Conrad gracias al exquisito aroma del Napalm por las mañanas, y tal vez por aquella estupenda película de culto que le hicieron a un relato, Los duelistas. Quien se sienta más valiente, puede pasar por alto la faceta de novelista de Conrad y leer sus memorias, A personal record, Un crónica personal, que son estupendas (lo peor que te podía suceder en la vida según Conrad era comer perro…), pero si además de valiente te atreves a cruzar fronteras de género léete uno de los mejores libros de las historia de la humanidad, A mirror of the sea, un ensayo sobre la navegación a vela traducido al castellano por Javier Marías cuando el chaval aún estaba bajo la férula un tanto tiránica de Juan Benet. A los rendidos fans de El espejo del mar nos encanta que sea minoritario, porque así nadie hará una edición con ilustraciones del hijo de la editora ni se convertirá en lectura recomendada por el Círculo de Lectores –por cierto… ¿eso sigue existiendo? Pero entendemos, ay, que sería egoísta, elitista, y varios –istas más repugnantes y feos reservarnos nuestro tesoro. Léase, pues, El espejo…, o, si no, La línea…, cuya metáfora, como digo, es muy concreta y a la vez muy universal, o eso me gusta pensar a mí. O mejor, qué coños: el uno después del otro. Comprobaréis que hay algo mucho peor que el conflicto, el estrago y los problemas, que son sus antónimos: la espera, la incertidumbre y la calma chicha, o sea, eso en lo que nos dicen y se supone que estamos velis nolis

3) En comparación con lo anterior, Thomas Bernhard es un literato muy menor (no lo digo con mala uva: mi propio Maestro me dijo una vez sin ánimo de ofender pero con razón que lo que yo hacía era literatura “muy menor”…) Pero a muchos lectores les hace gracia precisamente por sus propias limitaciones, sean reales o fingidas. Esa manera serpentina y obsesiva de odiar, esas temáticas tan decimonónicas, ese Schopenhauer austriaco al borde del abismo, esos periodos tan largos con ritornello de los que nos sabes si apearte o reírte… Yo prefiero sobre todo los Relatos autobiográficos, una pentalogía que Anagrama publicó junta y separada, que es cierto que va cansando conforme se avanza en sus pequeños cinco episodios, pero que resulta morbosamente fascinante como poco en su primera mitad. Aquí no hay amor, no hay amistad, no hay calor humano, no hay patria, no hay más que frío, enfermedad, lecciones de violín y decisiones amargas. Yo es que soy una especie de enfermo controlado de Trastorno de Ansiedad Generalizado, así que me encuentro un poco en mi elemento en esos relatillos, al igual que en el sobresalto mediático y sanitario actual. Bernhard gusta a sus numerosos lectores por su estilo inconfundible, mal escrito aposta, y porque parece dolorosamente sincero, cuando en realidad Miguel Sáez, su consabido traductor, nos informa de que se inventa muchas cosas. A mí, saber eso debo reconocer que me quitó gran parte de su encanto, pero estoy seguro de muchos de vosotros seréis mucho más posmodernos que yo en esto, que soy un pesao –con lo que ya lo habréis leído, Scheisse!… 

4) También hay que divertirse en esta vida, pero no como un niño, en el cual la diversión va de suyo, sino como los adultos, que necesitamos también mirar fuera y echarnos cargas en la espalda. Para divertirse con un relato, tal como yo lo entiendo, son supremas las colaboraciones que hicieron Charles Dickens y Wilkie Collins con objeto de pasarlo teta y cimentar su amistad. En castellano se han traducido tres de esas colecciones de cuentos, pero la más inspirada en mi opinión es la más difícil de encontrar, Los perezosos. Cuentos de posadas y viajeros también es excelente, y Calle sin salida parece más Collins que Dickens. Estos dos últimos se han publicado no hace mucho, en bonito pero no excesivamente caro. Los perezosos fue el relato gamberro que urdieron esos dos cómplices con un doble avieso fin: primero, reírse un poco del rigorismo victoriano, y, segundo y aún más reprobable, permitir a Dickens pisar los talones de la gira de una actriz demasiado joven que le gustaba también demasiadamente. El romance no se puede decir que terminase muy bien, pero el librito resultante de tal viejoverdismo es una joya. Dos genios que habitualmente escriben encadenados a su reputación y a los gustos de la época de repente liberados para ir pergeñando lo que les salga de la punta del, ahora tú y ahora yo, mira cómo te lo he dejado. Y lo que les sale son ellos mismos, bajo nombres falsos, caricaturizados en honor a sus lectores como lo que jamás pudieron ser: unos vagabundos holgazanes y tarambanas. Con todo, Los perezosos -creo que su título original en inglés es más largo- contiene el cuento de terror más radical que yo haya leído jamás. Con “radical” quiero decir brutal, sin contemplaciones, duro. Me parece que se puede descargar entero en Internet, y si no da pereza el estilo de narración incisivo y amanerado del s. XIX, no se lo pierdan…

5) Venga, viajemos de vuelta a la casi actualidad. Amélie Nothomb se ha hecho bastante famosa escribiendo libritos sencillos, breves y de letra grande. Además, cuenta con el soporte industrial de la editorial Anagrama, que es como tener tu cara de mascarón de proa en un trasatlántico. Yo he leído pocos, por eso de que lo mejor es enemigo de lo bueno, y aún no he pasado de la página 100 de Guerra y paz  (las descripciones bélicas, aunque sean de retaguardia, es que no las capto…) Pero no me importaría leerlo todo, lo cual me llevaría dos de los extintos discursos de Fidel Castro. Está bien Ni de Eva ni de Adán, para quien guste de las historias de amor algo exóticas, puesto que transcurre en Japón y el lío es con un japonés, pero el realmente gracioso y chocante es Estupor y temblores. Esas dos emociones son las que un buen súbdito del Emperador debiera sentir ante la presencia del Soberano Celestial, al menos antes de que Hirohito prestase su mortal voz a la radio para decretar la rendición del Imperio del Sol Naciente tras los dos disparos de nuestros amigos americanos -que el primero fue para frenar la guerra, pero el segundo ya de recochineo total. No voy a contar aquí qué es lo que le produce temblequera y estupefacción a la Nothomb, pero es la mar de divertido y equívoco. A su lado, Ampliación del campo de batalla es un análisis muy serio y aburrido  del funcionamiento de las corporaciones actuales y su estilo de esclavizar física y mentalmente a sus trabajadores. Mejor la Nothomb, aquí interviene el cuerpo, la inscripción sobre el cuerpo, la biopolítica del cuerpo y tal, como gusta tanto decir a los nietos y nietas construccionistas de Foucault (eso sí, para cuerpo-cuerpo, el de la bilogía de “Roberte” de Pierre Klossowsky, puro arte erótico de nivelón, que es lo que a las mentes francesas se les da realmente bien).    

6) Hay que ver cómo me enrollo, me atufo hasta a mí mismo, os lo digo de verdad. Pero hay que mantener viva la llama, como los desgraciados protagonistas del The road de Cormac McCarthy. En el último libro que le han publicado a Alessandro Baricco en España, Una cierta idea de mundo, que es un título que no le va nada, el italiano dice que McCarthy es “bíblico”, en la tradición de Melville y Faulkner. Es cierto, pero tópico. Mejor adjetivo sería “levítico”, a la manera de Manuel Vicent. No obstante, recomiendo el librito de Baricco, una compilación de reseñas informales muy chispeantes de los contenidos más variados, pero este tendréis que comprarlo, aunque sea por Amazon, esa pérfida compañía propiedad del hombre más poderoso del mundo. El que no tendréis que comprar, porque no puede haber biblioteca que se precie donde falte, pero que también tiene algo de bíblico a su manera, es Padres e hijos, de Iván Turguénev, o Turgeniev. Esta novela es una maravilla, y ya está. Si se quiere se puede leer como una historia puramente pastoril, por así decirlo, de amores y relaciones sociales en la Rusia zarista. O si se prefiere se puede leer como un manifiesto sociológico prerrevolucionario que termina melancólicamente. Tuguénev era un espíritu tan bondadoso, tan moderado, tan equilibrado, que lo menos que hubiera querido es molestar a nadie ni imponer su punto de vista al mundillo del arte. Pero no podía más que comunicar lo que veía, e incluso lo que sentía, si es que hay alguna diferencia. Tenemos demasiada veneración por el majara de Dostoievsky o por el aprehensivo de Tolstoi, que sin duda eran gigantes, pero nos olvidamos de las almas dulces, no muertas, de Tuguénev y Gógol. En Padres e hijos Turguénev examina sin despeinarse un cambio generacional con amabilidad y gentileza, pero también con profundas charlas filosóficas que agradan y arañan al lector. Padres e hijos, nada que ver con las tonterías freudianas, es un libro bíblico en el sentido de que, como en Faulkner, un aciago destino termina por prevalecer sobre los escasos vislumbres de futuro que terminan en la ruina inexorable, pero es también enteramente moderno porque el autor es completamente consciente de la historicidad de sus personajes y aún así les quiere como son. Creo que os caerá bien Bazárov, no puedo decir más…

7)  Va un autor español, no poco grande pero algo olvidado. Me acabo de enterar de que existe versión cinematográfica de Bearn, o la sala de las muñecas, del mallorquín Llorenç Villalonga. No lo sabía, pero como en el chiste de la vaca que se está comiendo una lata de celuloide, me gustó más el libro, así, de antemano. Era muy joven cuando lo leí, lo mismo no comprendí ni la mitad. Pero tuve la vivida sensación de que sí, de que se trataba de una de esas sagas familiares “más grandes que la vida” que todavía practica Jonathan Franzen en otras claves sociales y epocales en el panorama actual. Mientras lo leía, estaba convencido de que lo que se retrataba principalmente era la peculiar existencia de un caballero ilustrado del s. XVIII, pero sobreviviendo como tal en el s. XIX. Esos señores de pelucón empolvado que descubrieron una nueva forma de felicidad instruida y sibarita que es propiamente la moderna y que hemos perdido hoy, porque no cabe en una pantalla de televisión o en Forocoches ni visita jamás Disneyland París o frecuenta en streaming películas porno. La verdad es que no lo recuerdo bien, pero me parece que el asunto era algo como eso, vamos a ver: el intento de seguir siendo un noble pero sin descartar ser a la vez un vividor, justificándose a sí mismo en esa ambigüedad tranquilamente. El gatopardo se publicó dos años después, pero, por lo que hemos visto en la película de Visconti, resulta mucho más solemne. Ese tránsito irrevocable, esa nausea nietzscheana, del paso del poder de los auténticos leones aristocráticos a los perros serviles burgueses narrado desde un punto de vista más ligero y más ameno que en Lampedusa es Bearn, o eso me pareció a mí. No he vuelto a leer nada de Villalonga desde entonces, pero mi amigo Javier dice que es un proustiano y que tiene muy buenas cosas. Pues nada, a empezar con el ínclito Bearn, que lo mismo podéis leerlo en castellano que en catalán.  

8) Todavía me acuerdo menos de Tres habitaciones en Manhattan, de Georges Simenon, el padre del comisario Maigret, de la que, ¡ay por Dios!, resulta que también hay película. Me sorprendo a mi mismo por recomendar a un segundo belga, con la cercanía que tienen a la francofonía o directamente a Francia, gran nación de cuya cultura sólo aprecio a Valéry, Barbey D´Aurevilly y Maupassant, entre muy pocos otros (conste que Klossowsky era de origen polaco, como Conrad). Pero es que Tres habitaciones… es de una tristeza y concentración desoladoras. “Concentración”, quiero decir, excesiva en su historia de amor, como si no hubiera nada más en el mundo, al modo de esas canciones dementes que tratan de que Nothing else matters, o de que Sin ti no soy nada… Creo haber leído que Simenon era bastante mujeriego, era incluso un glotón enfermizo de las mujeres, pero en esta se puso a teorizar sobre ello a fondo, por así decirlo. Aquel que estos días de cívica austeridad no quiera pasarlo mal, que consiga Las diabólicas -nada que ver con el film galo del mismo nombre, creo- de Barbey D´Aurevilly, que es diabólicamente bueno, está diabólicamente bien escrito y es diabólicamente perverso. Pero si te ves con estómago, si estás hecho a sufrir, porque sufrir es tan humano como disfrutar, cógete a Simenon, o a Una música constante de Vikram Seth, para llorar a raudales, para concluir que el amor son dos días de pasión y dos años de agonía y para determinar que es cierto, que, como señalaba Slavoj Zizek, somos todos masoquistas de nacimiento y no cambiaríamos esa puta mierda de experiencia por nada del mundo…

9) Hubo una temporada de cuyas fechas me da igual acordarme en que leí todo Amin Maalouf casi seguido. El único que fui incapaz de acabarme fue La roca de Tainos, lo cual tiene mérito por parte del libanés. Y el mejor fue Samarcanda, la historia de la primera Secta de los Asesinos, del Viejo de la Montaña -no confundir con el abuelo de Heidi- que los lideraba, del Rey de Persia y del amigo de juventud de los dos, uno de los personajes más sugestivos de la historia universal, Omar Khayam –existen mil maneras de transcribir su nombre, así que me tiro a lo fácil. Khayam escribió las Rubbaiyat, inventó el número cero -o la X de las ecuaciones, no recuerdo-, libo vino y amo a las mujeres que se dejaron amar. Eso mientras que la Europa cristiana vestía de luto, adulteraba a Aristóteles y andaba barruntando la vía de expulsar a judíos y moriscos. Yo no sé, realmente, si es que la secuencia histórica en sí es tan brillante que era imposible hacerlo mal o es que Maalouf es de verdad tan buen escritor. En todo caso hace justica a aquel fragmento sorprendente del enorme trozo musulmán del mundo, que también existe. Leed todo Maalouf, incluso los ensayos de macropolítica cultural que destila últimamente. Maalouf frece una visión sincrética de la geoestrategia civilizatoria actual que es del todo inédita cuando nos hallamos colocados en el enfoque occidental del cosmos. En Samarcanda juega con eso, con el pasado y con el presente entremezclados en una visión de la relación Oriente-Occidente, es como el Edward Said de la novela. No se suele hablar mucho de ello, en realidad, porque a quién le importa realmente Oriente desde que lo holló Kipling y encima nos exporta enfermedades temibles y tecnologías imparables. Pues le importa a Maalouf, qué pasa, un hombre que vive a horcajadas entre los dos mundos pero no se siente muy optimista acerca de la armonía de ambos en el futuro. Samarcanda es nítida novela histórica, como las del maestro Robert Graves, pero más sentida que las de Graves y menos mentirosa que muchas de las que se venden bajo el manto del rico bazar de baratijas desleído y tercermundista…

10)  Y, por último, cualquiera de las anteriores citadas en el segundo puesto del pódium, que por algo me habrán venido a la cabeza. Es decir, The road, El espejo del mar, Cuentos de posadas y viajeros, Ampliación del campo de batalla, El gatopardo, Las diabólicas, Una música constante, las cuartetas del Rubbaiyat o las dos “Roberte” de Klossowsky. Lo mejor de todo, sin duda, y en varios sentidos, es El espejo del mar, para mi gusto, pero resulta demasiado estoico, aunque sea de un estoicismo radiante. Personalmente estoy cansado ya de ser tan estoico, parezco el puto Steve McQueen o un faquir de Kafka, y encima es poco o nada feminista. Así que me voy a quedar con las guarradas refinadas y artísticas de Roberte, la musa del polaco/francés Klossowsky, sea Roberte, esta noche, o sea La revocación del edicto de Nantes. Lo siento, soy un simple hetero, y esta noche estoy solo, como Han. Veo que estos dos curiosos libros están en La sonrisa vertical, pero yo los recuerdo en otra editorial más historiada. No importa, son disfrutables igualmente. Ya que hay que quedarse en casa, y que pronto Madrid será una ciudad fantasma, imaginemos una mujer de largas piernas trazada y casi acariciada por un escritor avezado de apellido extraño al que muy pocos conocen. Decía Gilles Deleuze, con el que me he metido antes, pero sobre el que me cuesta formar una opinión, que el mundo moderno se caracteriza por la fatiga. La “fatiga”, para él, no es una sensación interna de cansancio, es la designación de nuestra total incapacidad, como la de una tortuga para volar, para creernos el mundo tal como nos lo presentan y confiar esperanzadamente en él. Creo que eso es terriblemente cierto, y por eso nos acoplamos tanto a la ficción. Hasta el apocalipsis lo recibimos con los brazos abiertos, en vez de luchar contra él. No es que estemos, en absoluto, frente al apocalipsis, face to face, pero si lo estuviéramos nos sentiríamos a priori derrotados. Contra este mal rollo, o este “para lo poco que me queda en el convento…”, quedémonos en casa, como unos resistentes del porvenir, y agarremos un libro de lo que sea, en vez contemplar hipnotizados las presuntas noticias, que yo no tengo la culpa, que la culpa es de la tierra, y de ese olor que te sale de los pechos y las trenzas…

(Lo que no podéis hacer nunca, bajo ningún concepto, ni cobrando ni pagando, es agachar la cabeza o echaros al camastro a leer La peste escarlata, de Jack London, que encima de catastrofista es nada estimulante estilística ni temáticamente hablando, o La máscara del muerte roja, de Poe, obra de arte en la que se inspira, pero que os durará poco para la gran dosis de miedito chungo que produce…)

De modo que buenas lecturas, buenas noches y buena suerte.

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5 Comentarios

  • Nunca he conocido en persona a alguien que haya leído tanto como tú. Estupendas recomendaciones para leer en aquellos tiempos del COVID-19, cuando ocurrió lo que no habíamos vivido nunca de esta manera.

    Eres muy grande!

  • Undécimo, o décimo según se mire:

    “Los asquerosos” o del eremita ateo

    La última novela de Santiago Lorenzo, que salió hace tiempo, pero que sigue coleando obstinadamente, es uno de los libros más deprimentes que he leído en mi vida. No era ese, sin duda, el propósito del autor, ni mucho menos, se le nota a la legua que lo ha pasado teta escribiéndolo, y seguro que hasta lectores hay que lo han encontrado divertido. En realidad, yo también, casi siempre, puesto que pertenece a esa especie literaria -si es que es literaria, y no más bien de monólogo del Club de la Comedia, pero esculpiendo las frases- tan nuestra y tan actual en la que los recursos descriptivos se recrean onanísticamente en sí mismos y terminan por importar más que lo descrito, y donde el reto parece consistir en mostrar incesantemente musculatura léxica y, tirando de ella, si acaso golpear sin clemencia a toda pobre criatura que se cruce por tu alcoba ficcional. El narrador, así, se postula y se autoinviste como más listo y de mejor gusto que nadie, ya no narrador omnisciente, como dicen los filólogos, sino narrador omni-irónico, omnisuperior, omnifustigante (“omnívoros con el genital tapado”, denomina en cierto momento a sus congéneres el narrador), y el juego literario al que se consagra es nada menos que el de despellejar al mundo, mediante el uso armado y peligroso del adjetivo. Lorenzo en esto es un campeón, sobre todo porque ha elegido una diana fácil, en mi opinión: ese colectivo que llamamos despectivamente canis, chonis, los “chavs” de Owen Jones, la clase/mierda, esos seres humanos peculiares y exclusivos de nuestro tiempo que, como dice Lorenzo en boca de su protagonista, más que hombres son secuelas. Secuelas, claro, del consumo, de la publicidad, de las modas esotéricas, de la charlatanería pseudocientífica, de la horterada estética, de la idolatría tecnológica y ante todo de la religión terminal del “disfrute”, que es lo que nos ha quedado de culto espúreo y mundano tras la muerte del Dios nacionalcatólico. Santiago Lorenzo dedica muchas páginas verdaderamente desopilantes a escarnecer la ordinariez y gregarismo de ese tipo de gente, párrafos y párrafos tan conceptistas como duros en los que se ceba y se despacha a gusto, para los que a veces hasta se inventa vocablos nuevos, inserta algunos cultérrimos o deforma los existentes a fin de consumar hasta las heces el holocausto verbal de sus antagonistas, el muy sádico, o el muy moralista. Busca con ello, por supuesto, la complicidad del lector, que si está como está ante su libro, que es un tipo de libro distinto de los que te promocionan en la tele, se supone que queda automáticamente exonerado de “mochufismo”, que es el nombre con que se califica aquí el estilo vital de esa chusma, de esa plebe a la que Lorenzo execra profusamente (porque, además, sabemos que el propio Lorenzo vive de modo semejante a su protagonista, practicando soledades en una casa situada en un pueblo perdido donde se hace sus cositas sin que nadie le moleste, entre ellas este libro atípico, casi más confesión filosófica en clave de burlaveras que novela propiamente dicha, ya que, por ejemplo, tan sólo tienen algún relieve tres personajes escasos).

    Pero resulta deprimente, Santiago, coño, reconócelo. ¿Cómo se puede entonar el canto del cangrejo ermitaño, del caracol en su concha, del Narciso perdido enteramente en su espejo, sin ser un misántropo, sin entonar por antistrofa el odio a la humanidad, sin dinamitar los cimientos del contrato social? Decía Aristóteles que aquel que vive fuera de todo contacto social es una bestia o un dios, y este relato se decanta claramente por lo segundo. Manuel, el Robinsón rural, anacoreta obseso, es como un dios indigente para su tío, que le observa y sabe de él desde lejos. Como un dios o como un adorador de Dios, pero en este caso del Dios espinosista, que no pide ni exige nada, pero tampoco da nada, excepto, si aciertas a enfocarlo bien, beatitud… Pues bien, yo no me lo creo. No creo ni en la impasible beatitud espinosista, ni en la recoleta Nada divina del Maestro Eckhart, ni en la vuelta al útero de Santiago Lorenzo. Me creo mucho más, ya puestos, el tingladillo del famoso Thoreau: soy un místico, voy a vivir al campo en completa soledad dos años, pero mientras me escribo un libro muy cuidado, pasado ese tiempo me vuelvo y que se entere el mundo. Esto sí que es reconociblemente humano, sin ser per se demasiado mochufo -aunque sí, desde luego, fertilizador de futuras mochufadas-, y que es además lo que ha hecho, por cierto, el propio Lorenzo. Kafka escribió una vez: “en la lucha entre el yo y el mundo, siempre termina por vencer el mundo”. Aquí no, aquí vence el yo, un yo fanático de la soledad que no alberga ninguna esperanza positiva en la compañía humana, para el que no sirve ya el retruécano kantiano -y casi de Lorenzo- que dicta acerca de la “insociable insociabilidad” del hombre, y que constituye sin haberlo buscado un avatar literario del Übermensch de Nietzsche, nihilismo devastador incluido…

  • “…Javier Marías cuando el chaval aún estaba bajo la férula un tanto tiránica de Juan Benet”. Sería al revés, el joven Marías como decía Benet, abducido y no tiranizado por el maestro de la calle Pisuerga y por los ademanes histrionicos del ingeniero . Podremos aceptar que J.M. siguiendo el modelo narrativo de J.B. ha triunfado más que el maestro y ha llegado donde don Juan no lo hizo ni de lejos. Otra cosa será que comparemos El siglo de J.M. con Otoño en Madrid hacia 1950 y veamos quien permanece por encima. A ambos les interesó por razones diferentes el trayecto áspero e hirsuto de Thomas Bernhard, aunque no se miraran en el. Esa será otra cuestión a dilucidar, sobre el apetito literario de escritores de primer nivel y sus tendencias al manierismo. Por más que J.M no haya obtenido los rendimientos exploratorios en el ensayo que obtuvo Benet.
    Las opiniones literarias de ambos no son tan coincidentes como pudiera parecer esa férula citada. Ni Joyce, Ni Kafka, ni siquiera Faulkner compartían sus preferencias. Mucho menos Borges o Cortázar. Tal vez Rulfo , Shakespeare y el modelo narrativo de La Biblia, eran capaces de compartir opiniones. Como Galdos, por razones contrarias. Aunque en el fondo, todo discípulo acaba traicionando a su maestro y mostrando el truco de su formación protegida.

  • Pues como quieras. Como decía mi maestro, que también tuve uno, no vamos a discutir por las palabras. Si a mi me tratasen a veces “histrionicamente”, o yo lo hiciera con mis alumnos, quiero decir, riéndome de ellos con superioridad pero jugando a que nos reímos juntos, me jorobaría y me consta que a ellos también. Lo cantaban Pink Floyd, “No dark sacarsm in the classroom”. Creo que fue en “Infame turba” donde leí de las bromas de Don Juan, pero lo mismo es “infame chismorreo”. En cualquier caso, estoy contigo: ni color el maestro con el alumno. Tu última frase no la entiendo.

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