Carlos Ruiz Zafón: la fragil sombra del viento

Me recuerdo con diecinueve o veinte años tratando de sentir que podía escribir, que tenía algún tipo de talento, mucho más que dedicándome a entrenarlo delante de una hoja de papel, tratando de seguir los estereotipos de la época sobre lo que a un escritor de verdad le tenía que gustar, lo que debía llevar debajo el brazo para que le vieran los amigos en cualquier café, lo que era preciso tratar de meterse entre pecho y espalda con bastante dolor aunque luego se dijera lo contrario y se afirmará que había sido una experiencia extraordinaria. Recuerdo que escuché a Caballero Bonald decir, por aquella época, que a él le gustaban las novelas que le ofrecían resistencia, un poco difíciles, sin una narración evidente, que contuvieran un lenguaje distinto y un poco críptico. Era la tendencia que se había producido, según él, en la literatura española después de “Tiempo de silencio”. Una conexión con la literatura europea moderna que había roto con las historias o el lenguaje convencional, con escritores como Kafka, Musil o Joyce. Lo que aquí se pusieron a hacer los Goytisolos o Benet o él.  Una evolución equivalente a lo que había ocurrido con la figuración en pintura. Lo que era fácil que llevara al “Cuadro blanco sobre fondo blanco” o a la Topología de una ciudad fantasma” de Robbe Grillet que traté de masticar inútilmente con mucha voluntad, como los niños rumian, y no acaban de tragarse, los trozos de pescado que tan poco, en el fondo, les gustan y en los que auguran agudas espinas.

 Llegó un momento en que me di cuenta que, sobre todo, me gustaba que me contaran historias que me absorbieran, de esas en las que no puede soltarse el libro y uno pasa todo el día soñando volver a él. Así que renuncié a ese ejercicio un poco masoquista de tragarme sables muy afilados y comencé a leer, con sumo placer, a Flaubert y luego seguí ya a con toda la gran literatura del XIX desde Sthendal a Tolstoi. También abandoné la fascinación por los escritores atormentados, pobres y alcohólicos que siempre se sentían vivir en el peor de los mundos posibles. Y, por otro lado, dejaron de parecerme mal los que escribían “best sellers” como Asimov (¡lo que disfruté con la tetralogía de la Fundación!) o Michael Crichton, capaces de ganar dinero y mirar el horizonte del mar desde una casa con palmeras, aunque algunos siguieran torturándose con fiereza como Chandler que tanto me hizo disfrutar con “El largo adiós”.

Tengo muy mala memoria, lo que con el tiempo me he dado cuenta que es un defecto grave para alguien que aspira a escribir y, reparo ahora, en que he olvidado casi todo sobre “La sombra del viento” que leí cuando salió, hace casi veinte años. Recuerdo, sin embargo las sensaciones que tuve: desde el primer momento me hallé en territorio conocido, había bibliotecas, ecos de escritores legendarios, nostalgia, amores imposibles, personajes creíbles, una ciudad que yo entonces amaba que era posible disfrutar a través de las palabras que la convertían en mágica, había sobre todo historias por las que apetecía dejarse llevar mecido por un runrún vagamente conocido, con descripciones que apetecía subrayar aunque no sonarán a nuevas, sino porque evocaban otras que se habían leído en buenos sitios y era como volver a una casa conocida y confortable donde se podía estar a salvo. Donde muchos, no iniciados, podían descubrir el placer de la literatura.

También le gustó a Terenci Moix que recomendó su publicación, a pesar de que no era la ganadora del Premio Fernando Lara de aquel año 2000, que había ganado Angeles Caso con “Un largo silencio”. Lo mismo le ocurrió a muchos lectores que a través del boca a boca y, me imagino, después de promociones poderosas, cuando el libro era ya un gran éxito editorial, llegaron a comprar diez millones de ejemplares en todo el mundo. Para entonces el autor ya vivía en Los Angeles, había publicado algunos libros juveniles y había podido dejar su trabajo en una agencia publicitaria para dedicarse solo a la literatura. (Cómo me gusta eso del escritor que primero se gana la vida con otra cosa, en un oficio quizá alejado de la literatura, pero sigue escribiendo y al final consigue vivir de eso).

Y allí siguió, muy lejos de España y sus procelosos círculos literarios, cerca, probablemente, de sus propios sueños, sin meterse en charcos políticos, ni tratando de cambiar el mundo con posturas más o menos de moda. Solo haciendo lo que le gustaba hacer: leyendo y escribiendo historias a su manera sin meterse con nadie. También componiendo música, segun dice Eduardo Mendoza que lo conoció por la intersección de sus ciudades prodigiosas. Construyendo historias que, muy probablemente, sus colegas miraban por encima del hombro con esa mezcla de desdén  y envidia  tan frecuente en este país, pero que los lectores amaban y no dejan de comprar, cuando ya nadie compraba libros. 

Intenté leer hace no mucho “El juego del Ángel” pero ya no me atrapó y su escritura me pareció mas frágil, aunque quizá vuelva a intentarlo. A pesar de eso no dejó de caerme bien y de parecerme un ejemplo para mucha gente a la que le gusta escribir. La posibilidad de captar algo en el aire y seguir un camino al margen que puede llevar a desayunar con champán, como me cuentan que dijo Ken Follett cuando le preguntaron que porqué escribía best sellers. Lo peor es que el destino alcanza hasta los picos más altos y puede terminar con todo en cualquier momento. Entonces comienzan cosas que ya no puede resolver del todo la literatura, salvo para escaparse un poco, aunque quizá también para no poder engañarse y verlo todo más claro y en toda su crudeza. “Querido Sergio, espero que estéis disfrutando en familia el tsunami nadalenc. Yo estoy de regreso en el hospital tras unas breves vacaciones en casa de semana y media. Mis reservas de entereza y fortaleza están como los pantanos esos en años de sequía donde asoman campanarios y otras ruinas. Esta guerra le va consumiendo a uno de mala manera y cada vez se hace más difícil plantarle cara.” le escribió en 2019 a su amigo Sergio Vila-San Juan cuando ya estaba seguro de que su mundo había terminado en 2017 y se sabía una reliquia del mundo de ayer. 

Así que espero que, al final, le haya hecho gozar el éxito y las palmeras y la colección de dragones y que le haya sido gozoso leer todo tipo de literatura y escribir esas historias porque, hasta los escritores de best sellers, se mueren jóvenes a veces, como aquellos héroes de la Iliada que tenían marcado su destino incluso cuando prevalecían en la batalla. Lo que nunca cambiará en este siempre jodido mundo. 

Para seguir disfrutando de Ramón González Correales

Edith Piaf: cincuenta años

Que el mundo no es un sitio seguro es algo que mucha...
Leer más

5 Comentarios

  • Muy bueno, me obligas a argumentar mi rechazo a los best-sellers, pese a lo bien que lo he pasado con alguno de ellos. Tengo una respuesta. Los Zafón son como enormes y e historiados pasteles de chocolate, nadie en su sano juicio diría que no están ricos o que son de poca calidad. Lo que ocurre es que salen del horno a competir con todos los demás pasteles que cocinan en la televisión, el cine o las plataformas de internet. ¿Por qué iba yo a leer a Zafón, si puedo ver Origen de Nolan, por ejemplo? Me aporta lo mismo con mucho menos esfuerzo y tiempo. La única razón que se puede alegar es el prestigio de la lectura sobre el mundo audiovisual. Y, de hecho, la mayoría de los best-sellers que desean aferrarse a ese prestigio en vez de narrar sexo, lujo y drama familiar son autorreferenciales, porque versan precisamente acerca del prestigio de los libros. No es casualidad, es inevitable. Hasta Pérez Reverte lo hace. Sin embargo, si en vez de Zafón lees a Handke, eso no hay dios que lo convierta en audiovisual, lo puedes jurar, el un tipo de plato que no tiene parangón en televisión, cine o internet. Quizá sea más semejante a comer espárragos verdes casi crudos, un manjar muy austero frente a un hipercalórico pastel de chocolate, pero para desgustar el cual hay que ir al campo a recolectarlos doblando el lomo… Algo así.

    Gracias por tu estupendo obituario.

  • No podemos cerrar el debate de best sellers y pasteles de chocolate de manera ingenua. Una cosa es el éxtasis y tormento de la Gran Literatura ( el Gran Estilo que predicaba Benet) y otra el gusto de la mayoría, que según los Estudios de opinión siempre tiene razón . Es posible que en los años de formación de Ruiz Zafón, el lector medio tuviera otras capacidades y mayores exigencias que las de los lectores actuales. Y ese será el verdadero análisis. Por qué cada vez menos lectores están dispuestos a la lectura esforzada y optan por formas simplificadas de cultura y comunicación. Y ello sería aplicable al cine o a la pintura. Hoy Bresson o Antonioni, Rothko o Morandi, serían impensables. Creo que esa forma de cultura simplificada fue anticipada por la firma americana del Readers Digest. Donde por cierto, trabajaba Caballero Bonald, poniendo una vela a Dios y otra al diablo.

  • Lo mejor de la literatura es que elegir es renunciar y leer un tipo de literatura no tiene que suponer renunciar a otra. También es verdad que cada lector en función de su temperamento y de sus lecturas va a adquiriendo un paladar, de tal forma que aprecia unos libros y no otros, lo que unas veces depende de la calidad de los libros (que nunca es objetiva pero si resulta evidente) pero también de sus propios gustos.

    Así entre los llamados best sellers hay muchas calidades pero en lo que he visto, cuando un libro es leído por muchos y variados lectores, suele tener algo interesante, captar algo de las necesidades de una época, llenar algún hueco. Eso creo que pasó con Harry Potter que es mucho más que un libro para niños y puede tener muchas lecturas. Y también la historia de su autora es interesante si es verdad eso que lo comenzó a escribir en un bar estando muy arruinada y, al parecer, habiendo sido maltratada. Esta bien que siga existiendo esa posibilidad de salir de pobres, ahora que quedan cada vez menos, que tengan relación con el talento o el valor.

    Por otro lado no creo que sea lo mismo ver una película o una serie que leer. O, al menos no es lo mismo verlas si has leído o te gusta leer que no habiéndolo hecho. Creo que en el cine se pierde parte de la intersubjetividad y las referencias de donde vienen las cosas o se accede a ella de otra forma que opera de forma distinta en la psicología del lector. La lectura es un refugio distinto y creo que mucho más sólido. Cuando iba a ver a mi madre a la Residencia hablaba con una compañera que comia con ella. Tenía 99 años y una cabeza lúcida y sin miedo. Me contaba que la acostaban a las ocho de la tarde pero que ella se queda va leyendo sus libros en el Kindle hasta la una, lo mismo que hacía todo el día. La última vez que la ví estaba leyendo “Guerra y paz”.

    A mi hay muchos libros que se me caen de las manos por diversos motivos pero algunos me enganchan y cuando lo hacen ya no me pregunto demasiado si son de los que hay que leer o no. Creo además que quien disfruta ahora de Handke o de Faulkner comenzó cas siempre como un adolescente fascinado por una historia y que, aunque hay gustos para todo, no es incompatible disfrutar de ellos y de una novela de Reverte.

    Ya digo en literatura por suerte podemos permitirnos tener gustos amplios e incluso aparentemente contradictorios.

  • Y se encerraban juntas a leer novelas. Si, novelas, pues no voy a adoptar esa poco generosa y poco política costumbre, tan común en los que escriben novelas, de denigrar con su despectiva censura las mismas manifestaciones cuyo número están ellos mismos incrementando, haciendo frente común con sus mayores enemigos al lanzar los más duros epítetos contra tales obras y no permitiendo casi nunca que las lea su propia heroína, la cual, si por casualidad coge una en sus manos, siempre hojeará sus insípidas páginas con desprecio. Porque, ¡ay!, si la heroína de una novela no es defendida por la de otra, ¿de quién puede esperar protección y consideración? ¿Cómo no vamos a sublevarnos contra esto? Dejemos que los periodistas censuren a sus anchas tales efusiones de la fantasía y ante cada nueva novela repitan los manidos y tontos argumentos con que la prensa gruñe en la actualidad. No nos engañemos entre nosotros: somos un cuerpo vituperado. Aunque nuestras producciones han gustado a más gente de modo espontáneo que las de cualquier otra corporación literaria del mundo, ningún otro tipo de literatura ha sido tan criticado. Por causa del orgullo, la ignorancia o las modas, nuestros enemigos son casi tan numerosos como nuestros lectores, y mientras que el talento del enésimo compilador de la Historia de Inglaterra, o de quien reúne en un volumen y publica una docena de líneas de Milton, de Pope y de Prior con un artículo del Spectator y un capítulo de Sterne, recibe los elogios de un millar de plumas, parece existir un deseo casi general de criticar la capacidad del novelista, menospreciar su obra y restar mérito a los escritos de quienes no tienen otra recomendación que su inventiva, su buen gusto y su genio. “No soy yo lector de novelas…” “Rara vez leo novelas…” “No vaya usted a creer que yo leo novelas…” “No está nada mal para ser una novela…” Tales son los tópicos más frecuentes. “Y ¿qué está usted leyendo, señorita…?”, “Bah, ¡no es más que una novela!”, replica la joven dejando el libro con afectada indiferencia o momentánea vergüenza. No es más que Cecilia, Camilla o Belinda: en resumidas cuentas, no es más que una obra en la que se manifiestan las más nobles facultades del espíritu, una obra que transmite al mundo el más profundo conocimiento de la naturaleza humana, la más acertada descripción de sus variedades, las más animadas muestras de ingenio y de humor con el lenguaje más escogido. Ahora bien, si la misma joven hubiera sido sorprendida leyendo un tomo del Spectator en lugar de tal obra, ¡con qué orgullo habría mostrado el libro y pronunciado su nombre! Aunque existen pocas probabilidades de que una joven se interese lo más mínimo por esa intrincada publicación, cuyo contenido y estilo no pueden sino desagradar a los jóvenes de buen gusto, al consistir lo esencial de sus artículos en la exposición de circunstancias improbables, personajes poco naturales y temas de conversación que ya no interesan a nadie que esté vivo, y todo ello en un lenguaje a menudo tan tosco que produce una impresión muy poco favorable de la época que pudo soportarlo.

    Jane Austen, La abadía de Northanger.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.