75 años de la vaporización de Hiroshima

Todo nuestro progreso tecnológico, tan elogiado, y la civilización en general, podrían compararse con un hacha en manos de un criminal patológico. 

Albert Einstein en carta del 06-12-1917 a Heinrich Zangger

De por sí, la naturaleza terráquea, Gaia como todavía la llaman muchos (supongo que el nombre irá a más), no produce espontáneamente explosiones nucleares. En el Sol, ese horno inmenso -o diminuto en comparación con otras estrellas visibles-, sí, allí las detonaciones en cadena están a la orden del día, nunca mejor dicho. Cuando estas semanas de rebrote pandémico oigáis a alguien entonar una elegía a la fragilidad humana no le creáis, puesto que el hombre es ese ser que como poco es capaz de hurgar en el nivel atómico para generar una debacle alucinante a escala de la corteza terrestre. Los chimpancés son muy graciosos, algunos perros te traen las zapatillas, los caballos sabrían volver a su establo solos, pero los seres humanos han aprendido a decorar el horizonte con una especie de baobab descomunal que no tenía por qué estar ahí y gracias al cual todo rastro material, inanimado o anímico, de una zona amplia del planeta queda ascendido, sublimado y homogeneizado en una nube de vapor rosa. Es nuestro particular “rompimiento de aura”.

¿Y hay acaso mayor prueba tangible del núcleo profundamente espiritual de la naturaleza humana, de que no somos bestias, sino dioses, que esta suerte de Eucaristía de la Aniquilación? (de hecho, ningún dios de ninguna religión que yo conozca fue capaz de nada semejante, y a su lado el Diluvio Universal no es más que ganas de encharcarlo todo y dejarlo totalmente perdido…) Todos sabemos lo que dijo Robert Oppenheimer cuando vio por primera vez en la Historia de la Humanidad, y de la Geoquímica Terrícola, ya digo, el hongo, el puto hongo -una frase precisamente religiosa, Ahora me he convertido en la Muerte, el Destructor de Mundos, cita del Bhagavad Gita-, pero lo que quizá no sea ya tan célebre es que el hombre al que entrenaron para lanzarla un 6 de agosto de hace justo 75 años lo vio también, pero un poco por sorpresa, y, bueno, la leyenda cuenta que fue como en ese episodio de Los Simpsons en que Flanders sufre un ataque de nervios y se lleva él solito al psiquiátrico. Pues no, leyenda falsa: ese leal militar, que había puesto con ilusión el nombre de su madre al avión del que era comandante y piloto para esta misión tan especial, vio esa cosa alzarse por encima de su nave, tal vez creyó por un momento que se había tomado un saquito entero de ácido -me lo estoy inventando, Hofmann aún no había sintetizado el LSD-, pero instantes después recobró la compostura y el patriotismo y siguió vivo y equilibrado para contarlo hasta hace muy poco. Ay, la humana fragilidad… 

El coronel Paul W. Tibbets, de 31 años, al lado de la superfortaleza B-29 Enola Gay en 1945, en un lugar desconocido

Tres días después se repitió la operación sobre Nagasaki, un poco por dejar claro que lo primero no había sido una casualidad o una pesadilla y otro poco por hacer algo de leña del árbol caído. Hirohito, descendiente de un orgulloso linaje milenario de Hijos del Cielo que nunca por nada del mundo habían mostrado ni su augusta presencia ni su voz a sus temerosos súbditos, corrió a la radio oficial de Japón a corporeizarse lastimosamente y anunciar la rendición incondicional del Imperio del Sol Naciente. Hasta hoy, no han emitido protesta alguna, al contrario, no han hecho más que imitar en lo que han podido al honorable vencedor gaijin –“extranjero” en japonés, lo aprendí en un cómic de Wolverine. Naturalmente, los japoneses no habían sido ningunos santos durante la guerra. Casi merecían, ni más ni menos que todos los participantes en aquella gresca descomunal, ese broche doble de espanto. No fue el único: es sabido que el sañudo bombardeo aliado sobre la ciudad alemana de Dresde mató más gente que el pepinazo sobre Hiroshima, pero su valor teratológico es de todas formas mucho menor. Por poner un ejemplo: Jack el Destripador asesinó a cinco mujeres, de ínfima extracción social, las pobres, y sin embargo su cotización monstruosa en mucho mayor que la de un actual negacionista de la pandemia en el poder, que mata por cientos. Hiroshima no es las cifras del horror que produjo, que en realidad ya no nos dicen nada -las hemos superado exponencialmente-, sino un símbolo semejante a Jack o al 11-S. Un símbolo es formal, no material.

Contra un criterio estrictamente científico, ocupa más imaginario colectivo y espasmo social por su cualidad, no por su cantidad. Por eso Estados Unidos ha intentado tocar el tema lo menos posible durante estos 75 años, aunque pudieran tener su parte de razón en que aquello acabó con la guerra y salvó vidas. El resultado es realmente sorprendente, porque la gente tiene incrustada la imagen pavorosa del baobab en la cabeza, pero sin conseguir relacionarla con la Tierra de la Libertad. Desde luego, yo si pudiera haría lo mismo con mis pecados, pero no creo que consiguiese ser tan eficiente como la propaganda americana de la Guerra Fría (por cierto, mi hija de 11 años me ha explicado hoy, viendo Stranger Things, que la Guerra Fría es como insultarse sin llegar a pegarse…; la he envidiado). Sólo conozco Creadores de sombras, la película que protagonizó tangencialmente Paul Newman, donde se cuenta algo del Proyecto Manhattan pero nada acerca de sus consecuencias -la vida sentimental de Oppenheimer, por ejemplo, importa más-, e Hiroshima mon amour, ese guion de Marguerite Duras convertido en película por Alain Resnais donde se juega a convertir la vaporización en algo inefable, existencialista, de tal manera que al final parece que las bombas no formaron parte de una guerra concreta con responsables concretos, sino que son algo así como la antítesis Absoluta del amor, una flipada del copón que arranca en la cama de un sabroso adulterio. Sin embargo, la brutalidad de Dresde sí tiene al menos un cronista extravagante, que es el Kurt Vonnegut de Matadero Cinco, que hay que leer. Desde el lado japonés supongo que alguna exploración cultural se habrá hecho de aquella traumática y repentina conversión al modo de hacer occidental, pero Yukio Mishima, por ejemplo, que era bastante nacionalista, apenas roza el asunto en sus Memorias de una máscara, que se ambientan antes y después de la catástrofe, tal vez por algún extraño sentido del honor que ya se inventara para nosotros Ruth Benedict. 

Hoy mismo, en nuestros informativos, dan la noticia de un modo totalmente cocinado por la justificación consecuencialista (supuesta escuela de Ética que analiza una acción no por su moralidad intrínseca, sino por la racionalidad de sus efectos…) que ya hiciera valer el torvo presidente Truman tras conocerse la cosa. No obstante, yo he leído en la Historia del Mundo Contemporáneo de Fernando García de Cortázar que la fabricación del arma definitiva había salido tan cara que no podía quedarse sin estrenar. Sería como comprarse un abrigo de visón por la inversión, sí, pero no probar a ponérselo ni una sola vez. O un cuadro exclusivo de Picasso, y no mostrarselo a los pares –de hecho, Stalin ya estaba enterado de todo antes, por lo visto, y, claro, fue culo-veo-culo-quiero. Supongo que todo fue determinante a la vez, eso nunca lo podremos saber con exactitud. También se dice que Roosevelt sabía de antemano del ataque a Pearl Harbour, pero lo permitió para poder intervenir decisivamente en la guerra, y yo me lo creo. O que el propio Roosevelt, que apareció muerto una mañana en su despacho poco antes de estar preparada la bomba, el “bebé” (baby well born, le anunciaron más tarde a Truman), fue asesinado porque no le gustaba mucho la idea de tales fungi from yuggoth, por decirlo con Lovecraft. También me lo creo.

Es demasiado desmesurado todo como para juzgarlo desde la distancia convencional de un aniversario y en la pantalla de ordenador de alguien a quien le da apuro gritar a un niño o pisar una cucaracha. Lo que se recuerda hoy, por tanto, de la tragedia de Hiroshima y Nagasaki en realidad nadie está por labor de recordarlo bien, y apuesto a que ese emborronamiento de los hechos no irá a menos. Yo fui un niño de esos de los ochenta que sufría un cierto pánico nuclear, sin tener ninguna noción de dónde venía tal miedo, y la película de Matthew Broderick Juegos de Guerra del ´83 nos puso a todos un poco peor, aunque nos atrajese hacia los condenados videojuegos. Cómo no estarán entonces en Hiroshima y Nagasaki todavía hoy, con las muchas personas muertas o enfermas desde entonces. Antonio Escohotado, y otros intelectuales ilustres, entienden que la misma existencia del poder atómico, hoy, es una salvaguarda hacia toda guerra mundial futura, teniendo en cuenta que una Bomba H normal (normal porque es como Hulk, que cuanto más la cargas más da de sí, sin límite) es 3000 veces superior a la de Hiroshima, que dicen que bastan tres para arrasarlo todo y que tenemos aproximadamente 15.000 ojivas nucleares en el planeta. Esto también me lo creo, pero no que vaya a impedir un pepinazo de los gordos en área local en el inmediato futuro, como en Years and years. En fin, me parece que toda esta historia de tan sólo siete décadas y media de amenaza de extinción brusca sobre nuestras cabezas es parecida a lo que se cuenta en el Hagakure japonés, una obra literaria samurái del s. XVII donde se narra la siguiente fábula: 

 Había un hombre en China al que gustaban mucho las imágenes representando a dragones. Todos sus muebles y vestidos estaban decorados con este emblema. El dios de los dragones se dio cuenta de este amor profundo, así que un día, un verdadero dragón se presentó en su ventana. Se dice que el hombre se murió del susto… Era seguramente un charlatán que se hubiera revelado como tal en el momento de la acción. 

75 años después, espero que acertemos ser tan sabiamente cobardes como aquel chino fetichista… 

Para seguir disfrutando de Óscar Sánchez Vadillo

“Sin novedad en el frente”, E. M. Remarque

“Íbamos a pasar de la civilización de la mano a la civilización...
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