Dresde 1945. Fuego y oscuridad

La noche del 13 de febrero, casi en el ciclo final de los carnavales dresdenses –¡qué enorme paradoja cruel! –, el cielo se incendió sobre la ciudad del Elba, para señalar la aparición de un infierno iluminado en la tierra, incendio en la oscuridad que a partir de las 22,03 horas de la noche daría paso a tres oleadas de bombarderos de la fuerza aliada, con la cabeza destacada de la RAF británica y el Mando de Bombardeo al frente, dirigido por el mariscal del Aire, Sir Arthur Harris –quien acabaría siendo apodado El carnicero–, y quien tuvo serias diferencias –sobre la idoneidad de las acciones bélicas sobre poblaciones no esenciales, desde el punto de vista militar– con el primer ministro Churchill

Ese podría ser el punto de partida del reciente trabajo de Sinclair McKay, que da cuenta de los acontecimientos del tramo final de la segunda guerra en suelo alemán, junto a algunos puntos de vista de los aviadores ejecutores de la tarea. Y que entre nosotros ha merecido la reseña de Jacinto Antón (El País, 23 de enero 2020), donde fija su captura de manera compungida, como Cuando la RAF convirtió Dresde en Pompeya. Con la salvedad de que la destrucción de Pompeya fue causada por la erupción del Etna y la de Dresde por los bombarderos Lancaster de la Real Fuerza Aérea. Más allá de la tormenta de fuego y muerte desplegada por el Etna y por los bombarderos de la RAF, pocas coincidencias pueden hallarse entre ambos acontecimientos, uno fruto de la naturaleza y otro de mano del hombre.

Winfried Georg Maximilian Sebald

Por más que, por lo contado por McKay, Dresde viviera en ese último invierno bélico con cierto sentimiento de abandono más que de abatimiento. Un sentimiento difícil de conjeturar, ajeno al conflicto y con cierta indolencia vital sentida –somnolencia bélica o depresión sostenida por la vida en retaguardia–, atribuible todo ello, a su carácter de ciudad monumental y a cierta estabilidad de una burguesía no muy dañada por la guerra en curso. Como da cuenta, por ejemplo, que aún en esos días previos al bombardeo final, en Dresde se sostuvieran las actuaciones del Circo Sarrasani. Una ciudad, por tanto, caracterizada por una arquitectura notable: desde la Frauenkirche a la Kreuzkirche, desde la Ópera Semper al Palacio Zwinger, conformaban la visión de la ciudad estructurada por la Prager Strasse, el Altmarkt y el Neuemarkt. Un complejo urbano –que los alemanes comparaban a Florencia, la Florencia del Elba para contraponerla a la del Arno– que ya en 1750 Bernardo Belloto había captado sobre la curva del Elba y que setenta y cinco años más tarde volvería a captar Caspar David Friedrich.

Consecuencia esa actitud de los dresdenses, de ese desapego castrense por estar alejada la ciudad de los centros operativos de la Wehrmacht, ni por contar con instalaciones susceptibles de ser objetivos militares, resulta más sorprendente las acciones de los días 13, 14 y 15 de febrero. Piénsese que las campañas de vuelos aéreos en misiones de castigo habían comenzado en 1942 –según mantiene Sebald en su trabajo Guerra aérea y literatura– sobre objetivos civiles de ciudades como Nuremberg, Colonia, Frankfurt, Aquisgrán o Würzburg. Por no hablar de los superiores y posteriores de Hamburgo, Múnich en julio de 1944 y Dresde, en febrero de 1945, que han merecido reflexiones tardías, como si hubiera habido cierta condescendencia en no señalar la responsabilidad de esas tormentas. Esa es la posición de Sebald cuando habla del silencio de los escritores alemanes para revelar el horror de la guerra y de la crudeza de estos días. En el caso de Hamburgo no será hasta 1972 cuando se publique el trabajo de Hans Erich Nossack, Der Untergang, y en 1978 el trabajo colectivo Feuersturm über Hamburg (Tormenta de fuego sobre Hamburgo); de igual forma que El ángel callaba de Henrich Böll no aparecerá hasta 1992, cuando la obra fue escrita a finales de los cuarenta. Como si hubiera una resistencia a contar lo vivido.

Wilhelm Rudolph

Por más que el recuento de esas imágenes –en palabras de Jacinto Antón– pueda establecer un peligrosos paralelismo con el genocidio nazi. “Los cadáveres apilados en las calles, la cremación de los cuerpos en parrillas improvisadas, el propio horno en que se convirtió la ciudad”. Por más que el autor McKay insista en que no ha buscado el paralelismo, como ocurre con ciertas posiciones políticas actuales de Alemania que comparan los bombardeos con el Holocausto. Incluso el trabajo de Jörg Friedrich El incendio (2003) expresa el carácter de la población alemana como unas víctimas más de la guerra, por más que Dresde fuera “una ciudad entusiásticamente nazi”. Y si ello fuera así, ¿contarían los bombardeos verificados con alguna excusa moral?

Bien diferente de los aguafuertes del pintor dresdense Wilhelm Rudolph (1891-1987), quien muta las características de su obra anterior y pasa a realizar –en un gesto nervioso y alterado que condicionará su trayectoria final– representaciones de las ruinas resultantes tras las tres oleadas de bombardeos, verificadas en pocas horas. Un grupo de grabados y aguafuertes de formato menor, pero que cuenta con la misma intensidad que las piezas de Goya para relatar otra realidad anterior, como fuera la invasión francesa en suelo español. Inventario de la destrucción que apareció como álbum denominado Dresde destruido. Que mereció el calificativo de Johannes Schmidt como Desde 1945: Inventario compulsivo de Wilhelm Rudolph en la revista ArtinPrint. Y quien cita, entre otras cosas, que “El evento transformador de la vida de Rudolph ocurrió el 13 y 14 de febrero de 1945, cuando las fuerzas aliadas lanzaron bombas y artefactos incendiarios sobre Dresde, destruyendo 15 kilómetros cuadrados del centro de la ciudad. Unos 12.000 edificios estaban en ruinas y más de 25.000 personas murieron…” Este trabajo en las ruinas fue una empresa aventurera. Inicialmente, la Wehrmacht patrullaba la ciudad para evitar saqueos; Rudolph recibió un permiso con el fin de documentar los edificios culturales destruidos. A medida que se acercaba el final de la guerra, se convirtió en una zona virtualmente sin ley donde los residentes aturdidos y bombardeados deambulaban en busca de sus posesiones restantes, y los refugiados pasaban recogiendo leña. Mientras Rudolph se concentraba en su mesa de dibujo, su esposa se mantenía alerta ante posibles peligros. El 7 de mayo de 1945, el día antes de que el Ejército Rojo tomara el control de la ciudad, informó: ‘La artillería rusa ya estaba disparando sobre la ciudad; era peligroso estar entre los escombros. También había posiciones defensivas en las ruinas, que no se veían; Dresde debería ser defendida. Podrían matarte como a una liebre. Así que me arrastré; podría ser una cuestión de vida o muerte’… Al final de la guerra, en este estado obsesivo-compulsivo, había dibujado unos 50 paisajes de escombros con pluma de caña y tinta. Después de que el Ejército Rojo ocupara la ciudad, Rudolph obtuvo un permiso provisional que le permitió continuar dibujando las ruinas, nuevamente con la explicación de su propósito documental. Calle por calle registró asiduamente la devastación; pretendía dejar esta destrucción única y total de una ciudad como un documento para hoy y para el futuro.  

A principios de 1946, su paquete de dibujos a lápiz había crecido a más de 200 hojas…En los años que siguieron, Rudolph no pudo liberarse de esta tarea documental. En grabados, pinturas y acuarelas continuó registrando meticulosamente los cambios graduales en el paisaje de escombros. Muestran cómo primero se limpiaron las carreteras principales y cómo se apilaron los escombros a lo largo de los bordes de las carreteras. Dado que los fuertes vientos provocaron repetidamente el colapso de las fachadas dañadas, en los años siguientes se arrasaron intencionadamente los proyectiles quemados restantes. Montones de escombros cubiertos de vegetación dan la impresión de un vasto paisaje abierto donde edificios aislados, menos dañados o de importancia histórica se levantan como casas de campo en un terreno montañoso. La destrucción fue histórica; la gente se había acostumbrado a la vida cotidiana en el páramo de escombros…Un fragmento de la película filmada para la televisión de Alemania Oriental, alrededor de 1980, muestra al nonagenario en las ruinas del castillo de Dresde, todavía sin restaurar cuarenta años después del final de la guerra. “Lo absolutamente fantástico es la realidad”, dice. ‘Aparte de eso, toda invención humana sigue siendo débil’.  Es un punto de vista que resulta directamente de la experiencia de febrero de 1945, cuando el entorno que Rudolph había conocido y en el que había confiado durante décadas cambió radicalmente de la noche a la mañana. Solo se puede especular sobre su obsesión por las ruinas de Dresde, pero es tentador sugerir que su ojo artístico percibió no solo el trauma sino, más allá de toda consideración moral, la fantástica extrañeza de la situación”.

Dresde 1900

El recorrido de Rudolph por la ciudad quebrada y desaparecida –Neuemarkt, Zollnerstrasse, Kaiserpalast o Mathilden Strasse– sirve como reflexión de una imposible explicación. Por más que se recurra, por parte de McKay, a fijar que el bombardeo de Dresde parte de una petición del Ejército Rojo, para allanar las dificultades en su camino hacia Berlín, que fue atendida po rla RAF y menos asumida por los Estados Unidos. Una imposible explicación en imágenes, como el mundo de Rudolph y como mostraría después algún cine posterior. Algo parecido, por ello, a lo mostrado por Roberto Rosellini en su película Germania año zero, y que da cuenta del estado de postración de vidas y ciudades en el filo de 1945. Incluso la pieza más actual de La sombra del pasado (2018) de Florian Henckel von Donners Marck –director de La vida de los otros–, que quiere señalar el bombardeo de febrero de 1945 como punto de partida del relato, permite capturar la rara continuidad de los dirigentes de las SS, reconvertidos por el poder de ocupación soviética en nuevos colaboradores de lo que acabaría siendo República Democrática Alemana.

Paradójicamente será Kurt Vonnegut quien se anticipe a los escritores alemanes, publicando en 1969 su novela –documentada en los bombardeos de Dresde, donde Vonnegut se encontraba prisionero de la Wehrmacht, realizando trabajos forzados– Matadero Cinco, que cuenta el subtítulo de La Cruzada de los niños. Para todas las implicaciones literarias de ese panorama, me remito obligatoriamente a la obra de Winfried Georg Maximilien Sebald, Sobre la historia natural de la destrucción. Título que retoma el del encargo de Cyril Connolly –director de la revista inglesa Horizon– a Solly Zuckerman de escribir sobre la destrucción de las ciudades alemanas bajo esa rúbrica, donde regresa la naturalidad de lo que  no lo es, como decíamos al principio: Dresde no es Pompeya. Cierre que verifica Sebald con las palabras siguientes: “Y si pensamos en las noches de los incendios de Colonia, Hamburgo y Dresde tenemos que recordar también que ya en agosto de 1942, cuando la vanguardia del Sexto Ejército había llegado al Volga y no pocos soñaban con establecerse después de la guerra en un jardín de cerezos en una finca junto al tranquilo Don, la ciudad de Stalingrado, que en aquella época, como luego Dresde, rebosaba de fugitivos, fue bombardeaba por mil doscientos aviones y que, durante ese ataque, que entusiasmó a las tropas alemanas que estaban en la otra orilla, 40.000 personas perdieron la vida”. En suma y de todo ello, concluye Sebald: “La mayoría de los alemanes sabe hoy, cabe esperar al menos, que provocamos duramente la destrucción de las ciudades en las que en otro tiempo vivíamos”.

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1 Comment

  • Creo que el punto de vista de Vonnegut es mejor que el de Sebald, por aquello del distanciamiento brechtiano. Pero qué sé yo, que nunca he sido bombardeado, ni por perversos nazis ni por carniceros aliados…

    Excelente evocación, en todas partes cuecen habas.

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