Le Carré, el frío y los espías

David John Moore Cornwell (Poole Reino Unido,1931- Truro, 2020), conocido literariamente como John Le Carré, ha cerrado el ciclo del espionaje, preferentemente en el periodo terso de la llamada Guerra Fría, que trenzaba argumentos inverosímiles a caballo del llamado Telón de acero, el Courtain wall visto por Alfred Hitchcock como Cortina rasgada aún en 1966. Justamente en esos años que van desde el 7 de octubre de 1949 –creación de la República Democrática Alemana con Wilhelm Pieck como primer presidente– al 12 de agosto de 1961–levantamiento del Muro de Berlín, Berliner Mauer–.

Lo siguiente es ya conocido –se acelera y se precipita hacia el 9 de noviembre de 1989 y el conocido como Hundimiento del Muro de Berlín y el desvanecimiento del llamado Socialismo real, un eufemismo del Comunismo soviético– y representa el llamado deshielo y la aparición de otros polos de tensión mundial: ya Oriente Próximo, ya el Mar de China, ya la descolonización africana, ya el Islamismo radical. Pero no la plenitud del conflicto sostenido en la Europa de posguerra, recorrida por reasentamientos, rearmes, conflictos de fronteras, ajustes de cuentas, adjudicaciones de influencias, olvidos memorables y reafirmaciones sustanciales. Y recorrida esa Europa en llamas y escombros por un acelerado debate ideológico, concebido a destiempo, de los sistemas político-sociales contrapuestos –como dos polos opuestos y rara vez complementarios, pese a la evidencia anterior de haber sido aliados y colaboradores en la Guerra pasada–, representados esquemáticamente por el Moscú soviético-comunista y los Estados Unidos liberal-capitalistas.

Nótese que el 7 de octubre de 1949, fundación de la RDA como mito viviente de toda la modelística del Hombre nuevo del Socialismo triunfal, posceden en sólo unos meses a la firma en Bruselas del tratado militar de la NATO, el 4 de abril de 1949, por más que se denominara como Tratado de Washington; y que no dejaba de ser un sistema de cautela militar –con los colmillos afilados ante el conocido como expansionismo soviético, al que se obligaba a otro rearme y a otra escalada armamentista– en la Europa ocupada. Fecha ésta del 7 de octubre de 1949, casi coincidente en un año, con la firma por el presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, de la Ley de Cooperación Económica, el 3 de abril de 1948. Ley de Cooperación que era la plasmación final de la idea que había expuesto el secretario de Estado George C. Marshall en un discurso el 5 de junio anterior, y que sería conocido en Europa como el Plan Marshall. Cuya filosofía, no sólo era apoyar la reconstrucción material de la Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial, sino producir efectos políticos en la llamada primero distensión, luego represión de los antagonistas en el tablero europeo. Si EE.UU.–se decía con insistencia– quería asentar un orden mundial en el que la democracia y la economía de mercado no estuviesen amenazados hacía falta ayudar a las naciones europeas que no habían caído en la órbita soviética a recuperarse de la devastación provocada por la Segunda Guerra Mundial. Los países europeos acogieron la idea con entusiasmo y colaboraron desde el principio. La ley puso en marcha el Programa de Recuperación Económica, conocido como Plan Marshall por su autor y principal impulsor. Éste recibió el premio Nobel de la Paz en 1953 como reconocimiento de su aportación.

Y ese contexto abierto y cerrado de la Europa en conflicto, supone el escenario mejor trazado por las novelas de John Le Carré, que curiosamente en 1963 había realizado su propuesta de análisis de lo descrito antes –Europa dividida, dobles agentes, Muro de Berlín, fronteras que se entrecruzan, enemigos en liza, inteligencias afiladas– con El espía que surgió del frío, por más que dos años antes, en 1961, ya había presentado sus credenciales al género con la pieza iniciática Llamada para un muerto. El ciclo se magnificaría después con El espejo de los espías (1965) y se rubricaría con El topo (Calderero, sastre, soldado, espía, 1974) con la construcción de un espía tan personal como escéptico, tan atípico como imprevisible en su lucha contra Karla, en la persona de George Smiley.

Una de las grandes obsesiones de Le Carré –que había realizado estudios en las universidades de Berna y Oxford, y que había sido profesor en la de Eton entre 1956 y 1958–, había sido la del mundo de los dobles agentes y la de las líneas paralelas del espionaje y del contraespionaje. Como muestra de la falibilidad de las ideas y de como señuelo de los deseos personales de protagonismo y preminencia.  Fue mientras daba clases en el elitista colegio privado de Eton, cuando fue reclutado por el Servicio Exterior Británico y dio comienzo la parte verdadera de su propio relato o la parte ficticia de su propia vida. Desde una pequeña oficina del MI5, un tugurio lleno de papeles y mapas de todo el Este de Europa, con cafés fríos, noches largas y ceniceros atestados, la agencia de inteligencia interior, en Curzon Street, Londres, había dado trabajo real a David John Moore Cornwell. Quien captaba, instruía, traducía y enseñaba a espías del otro lado del Telón de acero el juego de las verdades y de las mentiras. Atraídos ya por el bando de Occidente –puede que también por el peso del dinero, no tan abundante en el paraíso de al lado– jugaban a pasar información y a desmontar el sistema que los amparaba en una nueva prolongación incruenta de la guerra precedente.

Fue allí, en esos años de adiestramiento y de distanciamiento de su propio trabajo de reclutador, cuando comenzó a escribir, bajo el seudónimo de John le Carré, para evitar confusiones y superposiciones y para contribuir a remarcar la ficción de los informes oficiales con membrete de Reservado. Reclutador con la tapadera de miembro perteneciente al cuerpo diplomático británico entre 1960 y 1964 y que había comenzado con anterioridad a trabajar para los servicios secretos británicos mientras estudiaba alemán en Suiza, a finales de los años cuarenta. Todo, tal vez, se precipite en su obsesión por los agentes dobles con los acontecimientos que se van desvelando en el trayecto de los llamados Los cinco de Cambridge: Kim Philby (alias ‘Stanley’), Donald Maclean (‘Homer’), Guy Burgess (‘Hicks’) y Anthony Blunt (‘Tony’ y ‘Johnson’) e, hipotéticamente, John Cairncross (‘Liszt’), quien nunca reconoció haber pertenecido a este grupo de espías. Profesores y tutores idealistas y movilizados, de tendencia labour o trosquista, que fueron reclutados por el NKVD, futuro KGB, durante los años treinta del siglo XX en la sociedad secreta de los Apóstoles de la Universidad de Cambridge. El entusiasmo por el antifascismo de posguerra hizo, con posterioridad, a muchos jóvenes entrar entonces en el Partido Comunista, pero otros optaron por trabajar menos al descubierto y más a escondidas. Y, desde aquí, los soviéticos formaron con ellos una espléndida red de agentes en las facultades de las universidades del Trinity College y del King’s College. Algunos otros, también de la Sociedad de los Apóstoles, fueron acusados de espiar para los soviéticos además de los cinco citados antes: Michael Whitney Straight, Nathaniel Rothschild, Lewis Daly y Guy Liddell. Durante mucho tiempo no se supo quién era el quinto espía, y se discutió mucho sobre quién pudo ser, acusándose a Sir Roger Hollis (1905-1973) e incluso al filósofo Ludwig Wittgenstein, pero al fin se averiguó que fue el mencionado Cairncross. El grupo se infiltró en el MI5, el MI6, el Foreign Office y el Ministerio de la Guerra, puro Le Carré o pura imitación entre la vida y el Arte entre la vida y la Literatura. Y así, secretos de Estado fueron llegando a Moscú, también desde la Embajada en Washington, donde trabajaron varios de ellos. Kim Philby murió en Moscú en 1988, 25 años después que Burgess y cinco más tarde que Maclean. El historiador de arte Anthony Blunt falleció en el Reino Unido en 1983. John Cairncross fue el último en morir, en 1995, cerrando el ciclo que ya se había disuelto en Berlín seis años antes, en 1989.

Entre 1944 y 1955 el coronel de la KGB Yuri Modin –una suerte de Karla lecarreano –controló la información facilitada a la URSS por los cinco de Cambridge, sobre la que luego escribió un libro verdadero, nada de ficción. Su trabajo, ciertamente, ha inspirado numerosas novelas, películas y series de televisión del espionaje de estos años de fogueo entre Londres y Moscú, con paradas intermedias en Praga y Berlín. Entre otras piezas memorables, las novelas de Graham Green, El tercer hombre y El factor humano, que además había sido amigo personal de Philby. También otras piezas como El intocable​, de John Banville (sobre la vida de Anthony Blunt) y Another Country, del dramaturgo inglés Julian Mitchell (inspirada en la vida de Guy Burgess, y que fue llevada al cine por Marek Kanievska en 1984).

 Y junto a todas ellas, por lo que hoy interesa, las piezas de Le Carré referidas a esos años que se cierra con Un espía perfecto (1986) y se rubrica, como un colofón, con El legado de los espías (2017). Y abriendo, consecuentemente, el debate sobre la capacidad literaria de las novelas de espías. ¿Son un género menor? O ¿son literatura a secas? Novelas genéricas, novelas de género tenidas por menores, que cual Pulp Fiction, se vendían más en kioscos que en librerías. Pero que nadie –desde El espía del Joseph Conrad, a las piezas de su antecesor Graham Greene– puede desmerecer en la medida en que dan salida a la representación de un mundo en un momento histórico determinado. Por ello, como ha afirmado Luis Alemany: “Berlín Este y Berlín Oeste, el espionaje, las clases sociales, el comunismo, el psicoanálisis, el adulterio, la guerra nuclear… Lo que quedaba entre nosotros del siglo XX se ha muerto un poco con John Le Carré, un escritor insólito que hizo el camino que lleva desde la literatura de género, de género de espías, hasta la cultura media-alta”.

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3 Comentarios

  • Susto me has dado. Casi casi me temía que hasta Keynes fuera agente soviético. Menos mal, imagínate. El que sí fue espía de verdad fue Graham Greene, a quien mencionas dos veces, pero del lado de los buenos, desde luego. Dios salve a la Reina.

  • Ese es otro filón y no por la Reina. El perfil del espionaje británico juega a otras cosas diferentes de los espías rusos, americanos o franceses. Entre el glamour de 007 y los perfiles universitarios de los Smiley y los Cinco de Cambridge se traza un arco con otro perfume que elude la pólvora. Piensa en Blunt, historiador del Arte ejemplar, asesor de la Reina en la materia y vendido al código del Este.

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