Henry Chinaski: mi vida como un cerdo

No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis,  

y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados. 

Lucas 6,37 

California Dreaming… Si Henri Chinaski no se hubiera trasladado de niño de su Alemania natal a Los Ángeles, no sólo su vida hubiera sido muy distinta, sino que jamás habría sido el escritor mundialmente célebre -me sorprendió antes de Navidad que mis alumnos de 17 años lo conocieran y quisieran leer- que sigue siendo hoy. Estados Unidos necesitaba en ese momento, algo así como inicios de los años setenta, cronistas como Fante, Chinaski o Carver, tipos que plantearan la relación del escritor con su entorno como un vínculo existencial en vez de como uno sociológico, igual que necesitó -y es un hecho probado históricamente que fueron financiados por la CIA- el expresionismo abstracto de los Pollock, De Konning o Rotkho para combatir el realismo soviético. Puesto que en literatura no se podía emborronar la experiencia tan fácilmente como en la pintura, la estrategia consistió seguramente en entregar el testigo a estos señores que estaban siempre tan borrachos, desde que se despertaban hasta altas horas de la madrugada, que su percepción de la realidad era en efecto “sucia”, pero no de muy altos vuelos. Chinaski, en concreto, no tiene una sola página de crítica social explícita, y todo lo feo que tiene que decir sobre el mundo que le rodea lo atribuye a una vaga y triste condición humana, de la misma manera que Faulkner -pero Bill sólo se embriagaba por las tardes, y tenía unas resacas ciertamente geniales- explicaba las tragedias del ser humano en términos de que somos todos unos “hijos de perra”. Espero, de verdad lo digo, que algún día mis hijos me juzguen con la misma benevolencia con la que los escritores ilustres de EEUU han juzgado las leyes y costumbres de su país, esas que abominan de los intelectuales, que te matan si careces de un seguro médico, que siempre tienen un empleo para ti siempre que carezcas de dignidad, y que si has nacido sin suerte no establecen más redes de protección comunitarias donde caerse muerto que las que ponen bares inmundos, salas de juego y apuestas o redes sociales troleadas donde citarse con los colegas para asaltar el Capitolio una mañana de invierno vistiendo un gorro de castor a lo Daniel Boone defendiendo El Álamo. 

Es verdad que Chinaski fue un poco el “hombre del subsuelo” de la literatura americana de aquellos años, mucho más que Fante o Carver. Pero la relación que nos hace en sus novelas autobiográficas, esas en que apenas se disfraza de su alter ego Charles Bukowski, de los trabajos de mierda que tuvo que desempeñar, tan mal y tan a disgusto como estos se merecían, no constituye en realidad una denuncia de nada. Al contrario, parece más bien que lo que pretendió fue ganarse una vez más esa cédula de tipo duro que desde La senda del perdedor le aseguraría un crédito indefinido de veracidad y autenticidad para su personaje blasfemo, fornicador y antisocial -hay que tener en cuenta que aquí en España lo de fornicar no nos parece tan escandaloso como allí, en los puritanos EEUU; no obstante, con el alcohol sucede justo al revés: pese a nuestra abundancia de abrevaderos, aquí es raro el alcohólico full time, el borracho que va borracho al trabajo y que hace todo borracho. Sin embargo, lo que uno lee al otro lado del charco es desolador. He terminado Cartero, después de 25 años de no leer a Chinaski, y la impresión que he tenido tan solo del servicio postal norteamericano es que resulta peor que la inhumana burocracia soviética de esos mismos años. Pero ya digo, a Chinaski le iba la marcha, Chinaski entendía que había que sufrir para ganar, e incluso cuando observa a otros aspirantes a escritores más afortunados que él los desprecia, precisamente porque nunca han clasificado el correo con nauseas, o porque no se acuestan con las mujeres más arrastradas de L.A., o porque no les despiden cada dos por tres, o porque no parecen habitar pisuchos como mazmorras infectas: Yo los había mirado. Si escribían conforme a su aspecto, tomando sus cafés, soltando risitas y mojando sus rosquillas, daba igual que enseñasen su obra a los editores o que se la guardasen metida en el culo. (Cartero, pág, 144, Anagrama Compactos).

Tenía un amigo en mi adolescencia que decía que lo que más le gustaba era comer y dormir, “la vida del cerdo”, añadía. Chinaski supo arañar a sus degradantes oficios el dinero justo para agregar a esa puerca vida beber y follar, pero nada más, y tampoco poniéndose muy exigente con el género. Hasta que le llegó su oportunidad, una extraña y curiosa oportunidad que casi avala mi idea de que el gobierno usamericano asumió finalmente el realismo, pero puesto en manos autores tan poco o nada subversivos que hasta hubieran gustado al viejo senador McCarthy. Un editor le ofreció, con 49 años, 100 dólares al mes para que se pusiese a escribir lo que le diese la gana, un milagro que únicamente ocurre una de cada 50 millones de veces. Desde ese momento, Hank Chinaski dejó de ser white trash, ahora era un cerdo que escribía, y no mal, todo hay que decirlo. Me ha gustado Cartero, maneja muy bien esa especie de estilo de anécdota/aforismo que es despiadada pero que tiene su humor al mismo tiempo. El narrador, pese a lo antes transcrito, no juzga apenas a su prójimo, ni desde luego a sí mismo. Tampoco, opuestamente, alardea de nada -“¡yo no alardeo!”, alardeaba ese otro perdedor/ganador, el Eddie Felson de El buscavidas-, ni siquiera de sus muchas conquistas femeninas, aunque extraña un poco al lector que no haya algún rechazo, incluso alguna que otra bofetada. No hay malditismo en Chinaski, como tampoco en los beatnicks que le consideraron como un padre, malditismo verdadero es Poe, Nerval, Verlaine, Lautremont, Walser, Lowry, Arenas, que eran mucho mejores escritores y poetas, y cuyas vidas fueron verdaderamente desgraciadas. Chinaski era más bien un humorista, un tipo hábil escribiendo, un cultivador de la frase corta hemingwaiana[1] y de la parresía de Henry Miller[2], un golfo descarado y contestón, un alcohólico carismático con mucha, muchísima suerte. 

Nietzsche decía en alguna parte (un aforismo corto de Gaya ciencia o Aurora, no recuerdo) que hay un cierto tipo de gente a la que no le gusta reconocer la grandeza del espíritu humano, sino que prefiere creer y hacer creer que no somos más que monos henchidos de vanidad y con dos apetitos fundamentales -el hambre y el sexo, supongo yo, porque Nietzsche no lo dice. Pues bien, yo creo que Chinaski era de estos, pero no lo era a la vez. Pensaba que era así, pero luego albergaba una especia de nobleza insobornable que no es que valiera gran cosa, pero que está totalmente ausente de gran parte de la clase política y empresarial de su propia nación y de todas aquellas a las que les gustaría parecerse a ella. Esos otros países deberían leer más a Chinaski, y tal vez lo hagan, pero no como culto al famoso escritor maldito mujeriego y borrachuzo, como quieren legítimamente mis alumnos, sino como registro neutro de la verdadera vida cotidiana en la tierra de la libertad y de las oportunidades. Porque bien puede ser que el alcohol sea en Chinaski el narcótico perfecto para una frustración gigantesca, que no se amortiguó hasta los 50 años, o el bienestar artificial que termina al día siguiente como malestar real, o la única salida del individuo para aguantarse con el aislamiento inevitable de una sociedad ferozmente atomizada, y sobre esto Chinaski escribió mucho, pero de nuevo en clave personal y artística suya.

También el físico Richard Feynman, que no era ningún tonto, acudía a los garitos de striptease de Los Ángeles por esos mismos años con la intención de beber, excitarse y acaso garabatear algún dibujo o alguna fórmula sobre las servilletas del local. De modo que sí, que hasta en la grata California las personas inteligentes no tenían otra compañía que su propia cabeza y sus genitales una noche cualquiera, a no ser que empeñasen su vida a una hipoteca, una familia y una pistola bien grande bajo la almohada. Henri Chinaski fue, sea o no cierto todo lo que trasvasó en su entrañable y despreciable personaje de Charles Bukowski, un tipo que simplemente escogió la primera opción, y luego tuvo la enorme potra de escribir sobre ella. Como había tan poco en lo que elegir, convirtió esa opción de soledad y alcohol en una actitud algo chulesca, algo apaleada que luce bien por escrito, pero él en realidad se hubiera conformado con mucho menos, una vida del cerdo satisfecho como no pudo imaginar John Stuart Mill, algo, tal vez, tan sencillo como esto: Entonces Betty consiguió un trabajo de mecanógrafa, y cuando una tía con la que vives consigue un trabajo, notas la diferencia. Seguíamos bebiendo toda la noche y ella se iba por la mañana antes que yo. Ahora sabía lo que es bueno. Yo me levantaba a las diez y media de la mañana, me tomaba una sosegada taza de café y un par de huevos, jugaba con el perro, flirteaba con la joven esposa de un mecánico que vivía en la parte de atrás, hacía amistad con una bailarina de striptease que vivía enfrente y cosas así. Me iba al hipódromo a la una de la tarde, luego volvía con mis ganancias y salía con el perro hasta la parada del autobús, a esperar a que Betty volviese. Era una buena vida. (Cartero, pág. 51, Ibidem). 

(Este 2021, se cumplen 101 años del nacimiento de Charles Bukowski, el mismo número que los dálmatas…) 


[1] De la cual nos enteramos ayer de que Albert Camus opinaba y se autoinculpaba lo siguiente. Cesare Pavese, en cambio, tenía una mejor impresión y más finamente argumentada en sus La literatura norteamericana y otros ensayos, publicado en castellano en DeBolsillo -lo malo de Pavese en esta compilación es que sólo conocía a Faulkner por Santuario, que es la peor de Bill con diferencia junto con Intruso en el polvo dentro de su altísimo, casi increíble, nivel general.    

[2] Por parresía entiendo aquí la parresía de los cínicos antiguos, no eso que se sacó de la manga Michel Foucault en sus últimos años, y que también tiene su aquel. “Parresía” como el arte de no mantener la boca cerrada, de soltar lo que se te pasa por la cabeza sin atender a modales o empatía, de decir siempre tu verdad aunque duela, es decir, lo contrario de lo que hoy entendemos por “cinismo”. Chinaski le sacó mucho partido a esta facultad suya, yo creo que con franqueza, en cambio tengo peor sensación del caradura de Henry Miller. Miller había leído el Ulysses de Joyce de cabo a rabo, llegando a la conclusión de que armar ruido en los tribunales por acusaciones de obscenidad es muy rentable profesionalmente hablando. Miller, en realidad, no tiene nada que contar, sus libros están hechos de americanizar a Joyce despojando del Ulysses todo lo que pudiera tener de luminosidad acerca de la vida real y de filigrana de estilos para quedarse únicamente con the dirty words, ahora trasplantadas a un ambiente de Norteamérica mística vista como desde el ojo de la emblemática águila calva o de Dios, a la manera concebida por el malogrado Thomas Wolfe. A partir de ahí, Miller llena páginas y páginas con nada, de modo semejante a los posteriores beatnicks, con algún ocasional acierto, aunque solo sea porque no se puede escribir tanto sin decir algo bonito cada 20 páginas, y por aquello de que hasta un reloj estropeado da la hora correctamente dos veces al día.  

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4 Comentarios

  • Personaje necesario para afianzar la sociedad la sociedad puritana norteamericana.Personaje que nadie quiere en su círculo de amistades pero añora perder la cabeza y algo más,en una noche loca.Todo lo contrario que en la sucia mente del irlandés Joyce.
    Enjoyable!.

  • Aunque en la sociedad irlandesa,de hoy en día,también sería bien aceptado,en cuanto al alcoholismo,no tanto en su depravado apetito sexual,sobretodo con niñas púberes.Salvo cuando pierden todo pudor,en sus innumerables caminos hacia el alcohol.

  • Pues mira, seguro que la bella y verde Irlanda los borrachos tienen muchos más amigos que llevarles a casa con la cogorza que en Los Ángeles, que serán Lakers, pero no de la guarda. Gracias por tu experta y viajará opinión, Saint Patrick of the spanish…

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