Covid: paisaje cuando la batalla aún no ha concluido

Fachiamo finta che” aquella canción de Ombreta Colli que de inmediato asocié con “Flor de Pasión“, el programa de Juan de Pablos en Radio 3, que escuchaba tanto en los años de estudiante y que ahora volvía cada mañana como una sintonía que me acompañaba machaconamente con las noticias de la radio, mientras bajaba a la campera y me cambiaba al pijama blanco, como si me pusiera un uniforme para ir a la guerra, mientras avanzaba en el coche por las calles vacías de una ciudad que parecía otra, recordando a menudo ese propósito de Bernard Rieux, narrador de La Peste” de Albert Camus, con el que trataba de identificarme para dar sentido a lo que estaba viviendo, para consolarme o intentar comprenderlo: “Esto pasó“… y hay que contarlo. Concentrarse en estar ahí, en lo posible a la altura de las circunstancias, y mirar hacia afuera y hacia adentro, tomar notas de todo para no olvidarlo, escribir artículos para Hypérbole, dejar constancia de lo que ya estaba seguro que, como ocurrió con la epidemia de gripe de 1918, iba a olvidarse muy rápido cuando pasara, sobre todo porque muchos iban a poner mucho interés en que se olvidara y también porque necesitamos olvidar el horror, la fragilidad esencial de nuestras vidas, la muerte a la vuelta de la esquina cuya posibilidad esquivamos y que una epidemia desvela en todo su azar y su horror.

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Las plagas, en efecto, son una cosa común pero es difícil creer en las plagas cuando las ve uno caer sobre su cabeza. Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas.” dice Camus, después de describir que nadie daba importancia a las ratas que aparecían muertas, con una flor de sangre en su boca, en todos los rincones de la ciudad. Aquel coronavirus que apareció en Wuhan al que nadie daba importancia a pesar de las fotos espectrales de la ciudad confinada, que no iba a llegar a este país o solo llegaría como una gripe leve para la que no harían falta las mascarillas que, sin embargo, ya había recomendado el responsable de riesgos laborales de la policía en los aeropuertos, lo que le fue agradecido con un cese por alarmista. Los partidos de futbol y la manifestación del 8M. La eclosión en Italia que estaba tan cerca y todavía parecía tan lejos. Los primeros pacientes con síntomas que debieron llegar a final de Febrero y que atendimos con las manos desnudas, la neumonía rara que quizá ya era, los síntomas respiratorios que ya sabíamos que lo eran y las primeras instrucciones que cambiaban muy rápido. El inicio del triaje en la puerta, la consulta telefónica, la habitación para atender a los casos sospechosos, los teléfonos a los que había que llamar para nos autorizaran un ingreso y que colapsaron tan pronto, después de mostrar de nuevo nuestra subsidiaridad cuando éramos nosotros los que teníamos al enfermo delante y los que corríamos el riesgo, la falta clamorosa de protecciones y la solidaridad de la gente que nos donaba mascarillas y batas hechas con bolsas de basura, el aluvión de neumonías bilaterales y las noticias de los primeros muertos, la conciencia de estar ante una catástrofe y lo que eso podía significar desde el punto de vista médico.

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Las reuniones de las mañanas en la sala de espera, pasando lista para ver quien faltaba, siendo conscientes de las bajas que se iban sumando cada día entre compañeros que hacíamos lo mismo, que nos movíamos por los mismos sitios, que tomábamos parecidas medidas de seguridad, que teníamos el mismo miedo de volver a casa y contagiar a nuestras familias. Constatando distintas maneras de ver la asistencia en la inevitable tensión clinico-epidemiológica que se estaba produciendo en medio de una clamorosa falta de organización que desnudaba la ficción sobre “la mejor sanidad del mundo” y que se concretaba en que nos estábamos enfrentado a una epidemia con las mismas armas con las que los médicos de principios del siglo XX se enfrentaron a la gripe de 1918: solo la posibilidad del confinamiento, sin protecciones eficaces, sin test diagnósticos, sin tratamientos más allá del sostén respiratorio y hemodinámico que podían prestar hospitales que estaban desbordados y que tenían que decidir con criterios de medicina de catástrofe quien entraba en la UCI. El “comité de crisis interno” para hacer lo que pudiéramos en nuestro círculo de influencia; la adaptación de los protocolos que leíamos por distintos sitios a lo que realmente podíamos hacer; el intento de crear, tanteando, zonas covid y no covid con plásticos precarios; la inexplicable falta de comunicación (en los tiempos de internet) con las instituciones oficiales desde las que apenas fluía información coherente y justificada racional o científicamente, ni había mecanismos para que también fluyera de abajo arriba; la sensación de abandono y el nulo interés en que los profesionales participáramos en algo o mantuviéramos la moral alta. La estruendosa precariedad de Simón y su comité de expertos que luego supimos que nunca existió. Lo que se creían capaces de hacer ellos solos cuando les faltaba casi todo para hacerlo. La pelea de gatos en el parlamento y la melancolía que produce contemplar la desnuda estupidez en medio del clamor de miles de muertos.

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La angustia, la serenidad o la esperanza de la gente, al otro lado del teléfono o en las visitas presenciales, las historias que nos contaban de sus ingresos en el hospital, de sus heridos y de sus muertos, de los entierros solitarios tan tristes. La estruendosa soledad y la entereza de los viejos solos. La impotencia de presenciar lo que ocurría en las Residencias de Ancianos a las que se dejó tan solas, sin medios, sin que se intentara la posibilidad de medicalizarlas más sólidamente desde la sanidad pública utilizando todos los medios disponibles, todos los médicos disponibles y voluntarios que no se utilizaron de ninguna manera. No solo los que allí murieron sin posibilidad de ser trasladados a los hospitales, sino cómo, en algunos casos, murieron. El heroísmo de los profesionales de todo tipo que estuvieron allí cuando era tan peligroso, tan difícil. Los cambios ineludibles que habría que hacer en esos centros que, cada vez más, alojan a ancianos más enfermos y dependientes que precisan muchos más recursos sanitarios de los que hasta ahora tienen. Los aplausos de la gente por las tardes.

La “nueva normalidad” donde nada tenía que recordar lo que había pasado, donde aparecieron los que antes nunca habían aparecido para eliminar las huellas del naufragio cuando la tormenta solo había amainado, no desaparecido. La frustración que nos produjo que no se utilizara ese tiempo de tregua para preparar la próxima ola, es decir para tratar de adaptar las instalaciones de cada centro de salud y hacerlas más seguras para los pacientes y los profesionales que en ellas trabajábamos (porque los contagios masivos de profesionales tuvieron una causa a veces evidente en las condiciones inadecuadas de los edificios), para hacer un análisis de los errores cometidos y tratar de mejorarlos, para adecuar la asistencia a lo que volvería a ocurrir y tratar de conciliarla con los otros enfermos. La carta que mandamos en agosto y nunca fue contestada ( “El triaje en el que colaboramos todos, los plásticos que separaban espacios, eran símbolos de esos días, de la cooperación entre nosotros, del intento racional de minimizar las posibilidades de contagio en unas instalaciones que nunca fueron adecuadas para atender lo que tuvimos que atender. También eran un símbolo de las deficiencias organizativas que hemos padecido.“), los cambios mínimos y baratos que no se han hecho, el riesgo epidemiológico en las salas de espera donde, en la segunda ola, hay menos medidas de seguridad, y personal para llevarlas a cabo, que en un mercadillo, un bar o una peluquería.

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La decisión de abrir las agendas de atención primaria hasta casi el infinito, masificando más lo masificado, sacrificando lo poco que todavía intentábamos hacer de una medicina mínimamente digna, cuando además no se aumenta el personal, ni se sustituye (porque ahora aducen que no hay médicos de familia los mismos que no planificaron nada y son, por tanto, responsables de ello), ni ha habido ningún intento de organización y coordinación entre niveles asistenciales que hiciera la asistencia algo más ágil y eficiente aprovechando los nuevos medios informáticos. El fracaso clamoroso de la Gerencia Única para representar nuestros intereses. La “capacidad de curar” aún más comprometida porque defraudamos, en estas condiciones de forma ineludible, las expectativas de los pacientes que, además, nos proyectan personalizadamente la hostilidad que les causa las deficiencias que perciben en todo el sistema sanitario. El retorno al punto de partida como en ese juego de los niños: la vuelta a la situación de los médicos generales de los ambulatorios de los años 70, que algunos conocimos, donde solo daba tiempo a hacer recetas y rellenar P-10 y cuya consulta masificada, sin prestigio, podía pasar cualquiera. Quizá el final poético de una especialidad que solo ya puede refundarse para un nuevo comienzo sobre otras bases más realistas donde pueda demostrar, con los recursos adecuados, el valor añadido de los médicos generalistas en un sistema sanitario superespecializado y en el futuro demográfico que nos espera.

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La nueva ola que de nuevo nos asfixia cuando parecía que, con varias vacunas comercializadas, había comenzado el principio del fin. De nuevo la constatación en la consulta del aumento de los contagios, de los ingresados en el hospital, de los muertos. La irritación casi insoportable de carecer de datos sobre la estrategia de vacunación que debería haber estado preparada desde hace meses y de que cada comunidad autónoma vaya a su aire y tenga distintos porcentajes de vacunación de las vacunas que les van llegando. Lo que tendría que ser evidente y un imperativo moral: los profesionales y la población tendrían que saber cuantas vacunas llegan cada día, qué logística de distribución se ha montado, con que combinación de estrategias (justificadas científicamente) se van a administrar a los distintos segmentos de población, de qué manera se va organizar la campaña de vacunación para que su administración sea masiva y lo más rápida posible, sin que la población corra riesgos de contagios en el propio proceso. Ahora hay test diagnósticos y vacunas además de protecciones y la epidemia puede realmente pararse haciendo un uso inteligente de esos recursos e implicando a las mejores cabezas de la sociedad civil para minimizar los riesgos económicos y sociales. La mayoría de los sanitarios que intuyo que estaríamos deseosos de  prestarnos voluntarios para vacunar masivamente y participaríamos activamente en la organización si nos lo pidieran. Pero la realidad es que nadie nos pide nada, ni nos informa de nada, ni podemos informar de nada a la gente que nos pregunta con mayor ansiedad cada día. El ministro incompetente que abandona el barco en el acmé de la tercera ola como símbolo de un tiempo político turbulento y falaz que quizá podría haber sido menos tétrico con mejores cabezas y mejores corazones.

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La perspectiva histórica que da leer “El jinete pálido”, el magnífico libro de Laura Spinney sobre la gripe de 1918. La necesidad de distanciarse y de comprender la condición humana. Una epidemia ocurre en un contexto histórico, cultural, político y sus consecuencias pueden ser muy diferentes de un país a otro, incluso de una ciudad a otra. Ocurrió entonces y está ocurriendo ahora, no hay más que mirar el mapa de la John Hopkins y tener en cuenta los denominadores de población. Es muy fácil decir que ha ocurrido lo mismo en todos sitios pero eso simplemente no será verdad al final, como no lo fue en 1918. No en todos lados ha muerto proporcionalmente el mismo número de personas por mucho que se oculten los muertos reales o no se haya investigado por qué somos una de las ciudades (o de los países) con más fallecimientos del mundo; ni han sucedido los mismos enfrentamientos políticos feroces que han debilitado la necesaria colaboración; no todos los comités de expertos ni las organizaciones han sido igual de competentes ni se prepararon igual para afrontar una epidemia de SARS-2 cuando los que tenían que saberlo ya sabían lo que había supuesto el SARS-1 que, desde luego, no se comportó como una simple gripe estacional (recomiendo leer el capitulo que le dedica David Quanen en “Contagio” escrito en 2013 con la perspectiva de hoy). No todos tendrán una crisis económica similar, ni la misma repercusión en sus relaciones sociales, ni en sus sistemas políticos.

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La enfermedad y sus metáforas. Las que evocan las epidemias que tanto se prestan al eterno retorno de los charlatanes, a la superstición de la presunta culpa y el merecido castigo, para intentar lograr otros fines más o menos explícitos y generalmente espeluznantes. Esta epidemia que no será la última y que simplemente hay que vencer pragmáticamente, sin metáforas, cuanto antes, con todos los medios realmente eficaces que se tienen y que, en muchos casos, se intentan desacreditar. La mucha gente que ha hecho bien su trabajo, la ciencia que ha funcionado a nivel global y ha conseguido remedios tan rápido si lo observamos con perspectiva. El orgullo de ser médico entre tantos médicos de verdad que han estado realmente a la altura de las circunstancias en una situación que quizá da sentido a toda una carrera profesional. La esperanza de que al final el esfuerzo termine siendo útil y retorne pronto la prosperidad y la alegría.

Artículo publicado en la revista del colegio de médicos de Ciudad Real. Enero 2021

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2 Comentarios

  • Cuando la batalla aún no ha concluido, y después del pandemónium que nos cuentas, lo que se me ocurre pensar es que esta pandemia tal vez haya venido a mostrar que la globalización tenía más de ideología que de realidad. Se globaliza la economía, según dicen, pero a la hora de la verdad cuando el planeta tiene que llegar a unos acuerdos mínimos para afrontar una emergencia -ni mucho menos tan grave como las del pasado, o como la que planteaba Camus-, esto es una Babel insoportable. Es una Babel incluso la propia ciencia, por si alguien seguía creyendo, contra Habermas, en el carácter exento de intereses, prejuicios y cegueras de la tarea científica. Si este virus llega a ser lo que fueron otros, o lo que son otras infecciones sobradamente conocidas del Hemisferio Sur, aquí no queda vivo ni Jordi Hurtado. (O no, o hubieran aprendido por fin la globalización como especie, aquellos que sobrevivieran…)

    Estupendo aluvión de crónicas, o crónicas del aluvión.

  • Ramón, tras leer tu crónica solo se me ocurre eso de que no hay que decir nada, porque todo está dicho. Magnífica síntesis de todo este maremagnum odioso que rodea a la “gestión” (que aquí suena casi a eufemismo) de la pandemia.

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