De mi insólita fascinación por Limónov

Eduard Limónov murió el 17 de marzo de 2020. Yo no sabía quién era entonces, y aún no había leído Limónov, el libro escrito por Emmanuel Carrère, cuya lectura me hipnotizó durante esta pandemia. No fue fácil encontrarlo. El librero de la biblioteca municipal me dijo que los dos únicos ejemplares que tenían no habían sido devueltos, lo que al parecer es común con este libro de Carrère; y aumentó mi curiosidad. Me enfrentaba a un fenómeno. Comenzó entonces mi fascinación con el libro y el personaje – de la persona, no tengo idea.

Coincidieron, yo creo, varios elementos que me llevan a reflexionar cuatro meses más tarde sobre el por qué de esta fascinación. Limónov es un libro sobre un escritor al fin y al cabo; un escritor misógino, excéntrico o un cabrón, cualquiera de estos adjetivos no serían una descripción injusta. Mitad biografía – mitad novela, Limónov pertenece a un género bicéfalo que da alas a Carrère para contar las cosas como él las recuerda, como él las siente o las imagina, más allá de la documentación al uso, lo que le ha valido polémicas en libros posteriores.

Esa pasión compartida – la escritura – es uno de los hilos conductores de este libro junto a las controversias que les rodean a ambos. Carrère nos descubre con esta biografía novelada el universo creativo de Eduard Limónov en nueve capítulos con nombre de ciudad y, en ese proceso, nos revela el suyo propio. Es, Eduard, un escritor visceral – creo, ya que aún no he tenido el placer de leerle. De su bibliografía empezaré sin duda por Soy yo, Édichka, publicado por primera vez en Francia bajo el título de Le poète russe préfère les grands nègres; Fuck off, Amerika (en alemán), y en inglés, It’s me, Eddie. Hagan sus apuestas sobre la temática. Conforme leía, buscaba las múltiples referencias que Carrère comparte, y aumentaba mi pasión por un estilo que atrapa mezclando la vida del protagonista con las experiencias del autor. Ejemplo de ello es la ejecución de Nicolae y Elena Ceaucescu, que tan bien describe Carrère, y que, para mi sorpresa, se puede encontrar en Youtube.

Carrère, cuya madre es una reconocida experta en Rusia, comienza su libro citando a Putin “El que quiera restaurar el comunismo no tiene cabeza; el que no lo eche de menos no tiene corazón”. Diría que es una declaración de intenciones. Eduard dejó la URSS en 1974 – momento en el que al otro lado del charco jóvenes socialistas revolucionarios como mi padre se inspiraban en Lenin, Trotsky y Aleksandra Kolontái – y volvió a su patria– desmembrada ya – en 1991. He aquí el segundo elemento de mi fascinación: la grande y misteriosa Rusia. Además de referencias políticas e históricas de mi educación formal y familiar, tengo referencias naif como Anastasia – esa película (estadounidense) de animación de la que aún recuerdo las letras de las canciones – o la modelo Natalia Vodianova, así como algunas referencias literarias (principalmente clásicos rusos) y cinematográficas, pero ¿qué sabía yo de ese gigante? Nada.

Limónov me permite descubrir algo parecido a un relato de primera mano de una vida extraordinaria, pero no por ello menos real, de un ruso “corriente”. No conozco a muchos rusos. Sí he tenido compañeros de trabajo, amigos y amigas de ex satélites soviéticos (Húngaros, Checos, Serbios, Georgianos o Polacos). Y, como curiosa que soy, les he hecho preguntas que a menudo han sido respondidas con argumentos polares o silencios que las han ido engrosando.

Al acabar el libro y con la curiosidad exaltada, pregunté a varias personas si conocían a Limónov – el libro o el personaje -. Quería saber si mi ignorancia era compartida. Pocas personas saben más de este tipo de personajes interesantes y random que mi amigo Teo. Fascista, fue el primer adjetivo que empleó. En una noche primaveral en Bruselas comenzó por recomendarme un documental de Pawel Pawlikowski “Tripping with Zhirinovsky” (también en Youtube y donde aparece Limónov), hablamos sobre Cold War – la última película de Pawel– que refleja la censura soviética, y sobre la polémica participación de Limónov en la guerra de los Balcanes – otra de mis obsesiones -. Escribí mi trabajo de fin de grado sobre los crímenes sexuales que tuvieron lugar en dicha guerra, y he seguido el trabajo de la directora de cine bosnia Jasmila Žbanić al respecto. En definitiva, los dos, Teo y Eduard, han pasado por Belgrado.

El tercer elemento de mi fascinación por Limónov es su personalidad. En tiempos pandémicos y Trumpistas, palabras como libertad y políticamente correcto tienen una fuerte carga ideológica. Si Eduard estaba loco, era así, o leemos una fantasía de Carrère, no lo sé. Él mismo (Eduard) dice que no se reconoce en el personaje y ahora, a dos metros bajo tierra, ya no se lo puedo preguntar. Pero reales o ficticias: su locura, su intensidad y complejidad me conmovieron, horrorizaron y atrajeron a partes iguales. ¿Cómo hubiera sido el joven Eduard en un mundo con redes sociales? ¿Qué hubiera dicho sobre la pandemia? ¿En qué otras aventuras y polémicas se hubiera embarcado? Yo misma me siento desapegada en esta sociedad que no admite error, ignorancia, desconexión o desinformación, que es buenista pero cruel. Un joven Eduard no hubiera sobrevivido al examen social actual porque sus polémicas lo hubieran hecho famoso demasiado rápido. O, al revés, ¿hubiera triunfado? Los titulares de entrevistas recientes lo corroboran: Entrevisté a Eduard Limónov y sentí deseos de estrangularlo, Puigdemont fue un gallina, En Europa me toman como una atracción de feria, pero soy un profeta; Lo que aconsejo a todo el mundo es la rebelión y un largo etcétera.

¿Conoces a Limónov? Pregunté también a Nikolai, un ruso enorme que me encontré por casualidad en un parque nacional en Costa Rica; es la tercera persona que contestó sí. Él, emigrante, extractor de petróleo en Alberta, recién divorciado; y yo, turista, activista medioambiental y en búsqueda. Una coincidencia más en mis anécdotas limovianas. De nuevo, comenzaron las preguntas, aunque acabó por recomendarme un par de bares en Moscú y un libro de Ayn Rand – una rusa nacionalizada estadounidense y muy de derechas -. Por último, pregunto a mi amigo Pedro mientras escribo este texto. Él, la persona más abiertamente comunista que conozco, me responde, textualmente: Vale, el fundador del Partido Nacional Bolchevique. Puto loco. Una contradicción en sí misma: no se puede ser comunista sin ser internacionalista, y no se puede ser internacionalista e imperialista a la vez…un gilipollas redomado. Me hace reír. A mi padre tampoco le interesa leer el libro.

¿Qué es lo que me atrae de Limónov, entonces? ¿Es el misterio de los hommes fatales como Limónov, Carrère, o Houellebecq, que para otros no serían más que un grupo de señoros con la lengua muy larga y la pluma muy corta? Sin embargo, hay algo de conmovedor y humano en la manera que Carrère (d)escribe a Eduard. Uno de los factores comunes de los clásicos de la literatura rusa es, en mi opinión, su capacidad para dilucidar la complejidad de la naturaleza humana, de nuestras emociones diversas y de nuestras paradojas. Para mí, ese humanismo está presente en este libro. Llámalo meditación, crecimiento personal o yoga; lo último que esperaba encontrarme en el libro de Carrère era un Eduard que medita, que busca conectar con la naturaleza. Parte de mi propia experiencia en esta pandemia ha sido comenzar a intentar meditar. Y, de nuevo, Eduard me sorprendía. Limónov me fascinaba. Carrère me atrapaba.

Eduard murió tres días después de la declaración del Estado de alarma en España. Está enterrado en el cementerio Troykurovskoye en Moscú. Supongo que el suyo fue un entierro menos multitudinario que el de Stalin, veáse el documental State Funeral (2019, también en Youtube). Sigo con más preguntas que respuestas sobre Rusia y sobre Eduard Limónov. Si finalmente voy a Rusia algún día, trataré de visitar su tumba, ver quién le pone flores, como hice al visitar la tumba de Gertrude Stein, y de su amada Alice, en París, tras leer una de sus biografías. Dicen que la realidad supera la ficción. En el caso de Limónov, se dan la mano.

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